El árbol bajo el que escribo estas entradas

Empieza la vida aquí en la casa del sur, con las tórtolas en pleno desatino. Tengo a una ahora mismo en el árbol hablando con otra que está en la ladera de enfrente. Sé que es así porque cuando ella canta a pleno pulmón la otra calla y viceversa. De vez en cuando mete baza una de las inquilinas del árbol, esto es, una pareja de canarios que habita en su interior. La otra tórtola cada vez está más cerca de esta, mientras ambas luchan por hacerse oír en un tráfico creciente. Yo creo que la gente viene a pillar sitio un domingo en la playa desde el alba. Me los imagino como en Benidorm, donde he visto que la gente baja a pinchar la sombrilla hasta que luego va el resto de la familia. Si tengo que hacer eso para ir, prefiero no hacerlo. Qué va! Discutir o pelear un trozo de espacio o, como he visto en otros sitios, aparcelar la playa para poner las toallas, me parece un poco too much para alguien tan tímida como yo. Por supuesto, no vamos los fines de semana porque nos pasaría lo que a estas tórtolas, nos tendríamos que hacer oír entre la multitud, y mira, no.

La naturaleza este año está burbujeante por obra y gracia de que la vecina que tenía enfrente, alemana, ha alquilado su casa a unos ingleses. Los mismos que quieren comprar esta casa porque tiene tres habitaciones y es la mejor de todo el complejo. La causa de tanto fervor naturil tiene que ver con que ya no se ve un gato en la urbanización porque ella ha dejado de traer sacos y sacos de pienso para alimentar a una población que esquilmaba lo que siempre estuvo aquí. Que una cosa es tener un gato doméstico y otra es coger un gato de la carretera de un pueblo a 50 kilómetros de aquí y plantarlo en la urbanización. Teníamos una población de erizos y alguien los envenenó porque se comía el pienso de los gatos. Los pobres animales tuvieron una muerte horrible y, para rematar el crimen y que pagara yo, los tiraban por la ladera que está anexa a la casa. Menos mal que tengo una vida tan mierder y tan corre corre que casi nunca paro aquí y claro, culparme a mi del crimen era una tontería. Algún vecino me dijo que habían enfermado del calor. Yo estuve a punto de decirle que del calor de proteger a una población felina por encima de otra que era autóctona de estas montañas, pero me pareció tan estúpido su argumento que me hice bola y salí rodando escaleras abajo de la pereza. Ahora tengo que ver cómo la población de cucarachas, que antes se comían los erizos, también se hacen fuerte en los jardines. Asco gigaenorme!

Hoy toca adecentar un poco el hogar por esto de que va a tener una visita extra. La de mi hermana. Si. El viernes dije que vendría el sábado, pero es que viví todo el día creyendo que era sábado, que ya estaba inmersa en el fin de semana. Las ansias de verla! Voy a cambiar las sábanas de la habitación donde me estaba quedando y a limpiar un poco todo esto, para que, cuando la vea quiera venir cada año al menos una vez y la naturaleza no se apodere de sus paredes. Al otro inquilino, que se que me lee, se le espera con los brazos abiertos igualmente.

Vuelvo a oír a la tórtola, ahora desde el tejado de la casa. Le pasa lo que a los cantantes que trabajan en los pubs de la zona. Se ha tenido que subir a un sitio más alto para dejarse oír entre la multitud,  gritona y bebida, que hacen caso omiso a lo que cantan y que, al final, a penas aplauden. Menos «sweet Caroline». Esta sí que sí, porque les hace recordar la película «Beautiful girls» y aquí todos tenemos una edad, los guiris und ich. Los ingleses  se desgañitan, como en la escena de la película que, cuando sucede, la vuelve memorable.

Yo sigo prefiriendo el sonido de las aves, el zumbido de los insectos, el sonido del viento entre los árboles en este reducto natural, el aleteo de los pajaritos al moverse de rama en rama. En lo poco que nos queda de verde entre tanto cemento. Nosotros, como la naturaleza, somos un reducto de gente extraña, un tanto huraña, que se aleja de todo lo que tenga que ver con sonidos fuertes, esperas y multitudes. Mientras a mi me aguanten las fuerzas de mantener el peso de esta casa, más el peso de la mía, de mis hijos, de mi trabajo, de mis estudios…demasiado para unas espaldas que flojean a golpe de años, seguiremos protegiendo esta atalaya. La joya de la corona, que diría la abuela.

, ,

6 respuestas a “La casa”

  1. ¡Feliz cumpleaños, Druski!
    Qué alegría saber que celebras un año más de vida rodeada de lo esencial: tus hijos, tu hermana y ese rincón tan tuyo donde el viento, las tórtolas y los recuerdos se enredan entre las ramas del árbol que te cobija.
    Hoy deseo para ti un día pleno de amor y calma, como el canto pausado de esos pájaros que narras con tanto detalle y belleza. Que la estancia bajo ese árbol, esa imagen tan serena que compartiste, sea el símbolo perfecto de lo que mereces, raíces fuertes, sombra generosa, y un banco firme donde descansar el alma, aunque tus hombros estén cansados de tanto sostener.
    Tu manera de contar la vida tiene algo que conmueve profundamente. Con una mezcla de ternura, lucidez y humor fino nos llevas contigo por ese sur bullicioso de aves y memorias, donde incluso el zumbido de un insecto se convierte en compañía. Leerte es como sentarse cerca de ti en ese banco y escuchar cómo la vida sucede, con sus absurdos y sus maravillas.
    Gracias por escribir así, por abrir ese reducto de belleza y verdad.
    Que sigas cumpliendo años y compartiendo mundos.
    Que sigas cantando, aunque sea desde el tejado.
    Con todo mi cariño, recibe un gran abrazo. 😘💝💐🎂🌷

    Le gusta a 1 persona

Deja un comentario