• Los límites

    ¿Qué es eso que sabes ahora y que le habría ahorrado mucho sufrimiento a tu yo más joven?

    Hoy me he levantado con migraña, producto de una discusión con mi marido. Una discusión absurda pero que pone el foco en que, por mucho que lo intente, por mucho que ponga de mi parte nada es suficiente. He hecho todo lo posible por ceder, adaptarme, pero nunca ceder es suficiente y pasamos de negociar días para estar los dos juntos, a decirme que tengo sobrepeso e indicarme qué debo cenar. Mi cabreo ha sido tan monumental que he acabado pagándolo con salud. Si yo pudiera viajar en el tiempo, hasta mi juventud, le pediría por favor que aprendiera a poner unos límites seguros y que no deje que la gente que ella cree que la quiere, como su novio, avance en su terreno hasta límites como los de su peso. Porque sí, me dejé hace unos días subir en una báscula porque él quería demostrarme que yo iba por mal camino y, en vez de dejar las cosas así y permitirme buscar una solución, decidió pasar al peldaño siguiente. Controlar qué debo comer. Como le paré los pies, me hizo un gesto de desprecio, y cuando le dije que no volviera a repetirlo porque se iba a arrepentir, lo hizo de nuevo.

    Entonces sentí que caía en un pozo profundo y en ello seguía al llegar a casa  mientras intentaba aferrarme a algún sitio para evitar seguir cayendo.

    Anoche vinieron mis espíritus a visitarme. Primero mi madre y su marido y luego mi tío. Él ya es la segunda noche que lo hace. Me han recordado las cosas que pasamos juntos y el montón de veces que sacamos la cabeza de hoyos más profundos que este. También me han recordado lo fuerte que soy. A mi tío lo he despedido con un abrazo. Entonces dejé de caer y me quedé flotando en ninguna parte. Abrí los ojos y me encontré con los de mi hijo. Me abrazó y noté que ascendía un poco. Me volví a dormir, y al despertar me encontré con la cara de mi hija. Y seguí ascendiendo. Luego he mirado hacia abajo y he visto qué me impide seguir subiendo. He visto la mano de mi marido sujetando mi tobillo. Lo he mirado con pena, me he soltado de él, y he seguido subiendo, poco a poco. Despacio. Sin prisas.

  • Una Jornada creativa

    Una Jornada creativa

    Estamos de vuelta en la casa del sur pero, esta vez, marido mediante, y ahora mismo me encuentro fuera, en la terraza, escuchando al canario trinar desde algún punto del árbol, huelo a barbacoa recién encendida, que debe provenir de algún restaurante que abre desde bien temprano y cierra a las mil sirviendo jarras de cervezas y comidas rápidas a granel, salvando alguna excepción del extranjero que viene aquí a disfrutar de una gastronomía del país que lo acoge mientras se encuentra de vacaciones, que son los auténticos disfrutones. Los que saben.

    Dentro de casa se produce el primer desacuerdo. Ayer habían quedado en ir a la churrería que solo hace honor a su nombre los sábados. Ni un domingo ni día entre semana. Si quieres churros te lo haces en casa que aquí el negocio está, de nuevo, en el que viene de fuera. Total, que hoy su padre ha decidido no ir con la excusa de haber desayunado, para quedarse a solas con esta que escribe, y sus hijos le han dicho ricamente que si él no va, ellos tampoco. Ahora hay un silencio dentro de la casa que llega hasta donde yo escribo y me deja sin ganas de moverme para no recordar que existo, en una batalla que sabe de antemano a derrota, y que consiste en querer ser la Sandra que fui, la que pasaba desapercibida, la que por no molestar ni tosía. Pero resulta que no. Que estoy. Que soy. Y ya no hay vuelta atrás de ninguna manera. Y la gente me mira y me ve, y me abraza y me quiere como yo quiero a quienes me abrazan. Y ya no queda más remedio que aceptar a mi nuevo yo, aunque eso sirva para alejarme más de quienes me prefieren callada.

    Me he traído un cuaderno de esos que se pintan con números y que acaban dando un dibujo pinturero y un cuaderno que compré en Córdoba con un precioso dibujo de sus patios, con todas aquellas macetas colgadas y que ellos venden a los de fuera, para escribir un relato, y ahora caigo en que, en ninguno de mis planes, entró la palabra marido. Sé que es consecuencia de andar cuatro meses sin hablarnos lo que, al final, acabé agradeciendo porque cuando abría la boca surgía un desacuerdo y una discusión. Ahora debo ajustar mi sintonía vital a la suya, como el que busca un determinado programa de radio y mueve con lentitud la perilla hasta conseguir que el sonido llegue con nitidez. Tal vez él esté en el mismo punto o tal vez no. Tal vez algún día vuelva a pensar en él y le incluya dentro de mis planes, y le cuente el relato que voy a escribir y le enseñe el dibujo que voy a sacar a base de paciencia y lápices de colores.

    Por lo pronto, ya ha planeado nuestro día que incluye ir al restaurante que adoraba mi madre y a su amada playa, así que viviré la jornada entre contenta y nostálgica por no poder vivirla en su compañía. Pero es que, desde que ella se fue he cambiado y lo he hecho para mejor. Así que, cuando la nostalgia me apriete le diré que coja el camino de vuelta porque quiero disfrutar del día con los que están. Y así será porque lo he decidido. Vivir cada momento de mi vida como si al siguiente me saliese la ficha de salida. A tope!

  • La semana larga

    Esta semana que termina me ha dejado un poco triste, aunque yo creo que es por el esfuerzo que he realizado para superarla.

    Primero, en el curro. A una de mis jefas le pareció bien acumular varios trámites que había realizado, ir a mi mesa, decirme que estaban mal redactados (lo copié íntegro de mis compañeros) y, sin fijarse en la columna de expedientes de mi izquierda y en mi cara de tristeza porque acabábamos mis amigas y yo de posponer el viaje a Asturias de este mes, me dijo que repitiera cinco documentos que solo verían el compañero de turno y ella.  Nadie más. Me puse a llorar y lo hice llorando a mares. Una charla con mis compañeros y varios ánimos después y volví al tajo porque si algo tengo es que a los imbéciles les doy el tiempo justo en mi vida y ya, antes de salir del curro, me había olvidado de la anécdota porque me había puesto manos a la obra con la columna. Eso sí, lo plasmo aquí para recordar que a la gente como ella siempre bien lejos.

    Segundo, el viaje. Decirle adiós a unos días de olvidarme de la maternidad y practicar la palabra amistad ha sido muy duro. Lo hemos pospuesto porque, entre otras, algunas de mis amigas ya son abuelas además de madres y eso es un plus de dificultad cuando quieres volar libre como un jilguero. Llevamos la fecha a abril y cruzamos los dedos para que el karma no nos venga a remover otra vez la vida.

    Tercero, el examen de tramitacion al que se presentó ayer mi hija. Para evitar esperarla nerviosa en casa, me fui al gimnasio y me hice una clase con una amiga y veinte personas más. Cuando llegué a casa, preparé todo para cuando ella saliera solo tuviera que sentarse a comer, y, cuando llegó lo hizo con la misma cara que el año pasado y diciendo que no cree haber superado el supuesto práctico. Veremos a ver, que es mi frase estándar a todas las que me lanza la gente en forma de aviso de catástrofe. «Que viene un terremoto»-«veremos a ver», «me temo que he suspendido»-«veremos a ver». Y con esa frase, cayó de la silla donde comía y salió rodando a su habitación donde se enredó con las sábanas para caer en un sueño profundo. Yo hice lo propio en mi cuarto, porque insuflar energía a alguien que la ha perdido toda en una mañana es muy agotador. Al despertar, creí que más que dormir y despertar había resucitado. Y aún me quedaba la tarde y sus coñas, como hacer la compra del mes en un supermercado atestado de gente, que, dicho sea de paso, deben tener mi misma vida social. Cero absoluto.

    Por último mi matrimonio. El viernes salimos a hablar de nuestra relación y de el porqué de llegar a este punto. Él comenzó diciendo que yo no era agradecida porque él me había animado a ser funcionaria y me había apoyado todos estos años. Yo contraataqué diciendo que, por si lo había olvidado, las oposiciones las había estudiado, pagado y aprobado yo, y que si se le volvía a ocurrir faltarme el respeto él iría a Boston y yo a California. Volvió a repetirme lo de desagradecida, y yo le indiqué, por si no lo sabía, que decirme eso era faltarme el respeto. A mí y a mi esfuerzo. A mí y a mis sacrificios. A mí y a todo lo no vivido con mis seres queridos. A mí y a mi dinero. Y entonces supo que yo he cambiado y, que o acepta a esta nueva mujer, o le pueden ir dando mucho. No indico qué ni cómo. Tras la conversación, donde hemos dejado claro muchas cosas, entre otras, que debemos buscar ratos de intimidad donde podamos volver a conocernos, a enamorarnos de estos nuevos yo, de disfrutar de un tiempo nuevo donde el enano tiene un papel principal y nuestra chica ya encara sus comienzos universitarios. Con todo, intentaremos reconstruir lo derruído y, o nos sale una construcción fuerte, o nos vamos a crear otras por separado.

    Hoy me he levantado, he abierto la ventana y he visto a la gente caminar como zombies hasta la única cafetería que permanece abierta en esta zona los fines de semana y, mientras los observaba he pensado que la vida está llena de momentos corrientes como ese, en el que yo miro a otros mientras ellos y yo desconocemos las batallas vividas para llegar ahí. A esa fotografía. A ese punto vital en el que quieres un café y otra persona observa tu rutina en la distancia.

  • El jardín y el genio

    El jardín y el genio

    Un genio te concede un deseo. ¿Cuál pides?

    Ella estaba en la cocina, de pie, mirando el jardín mientras tomaba el primer café de la mañana. De repente, vio algo brillar junto al jazmín que trepaba por el muro situado al fondo del todo. Al principio solo fue extrañeza pero luego, la curiosidad le pudo y fue a mirar qué diablos era aquello.  Al acercarse, vio como un insecto luminoso volando que resultó ser un pequeño gnomo alado medio enredado entre las ramas de un arbusto. Rió por la sorpresa y oyó: «no te rías y sácame de aquí, por el amor de Dios!» Se puso manos a la obra y, en un rato un tanto angustioso, el gnomo salió volando hacia las nubes para luego volver como una bala y situarse frente a ella. «Gracias! Creí que no la contaba!» Le dijo. «De nada!» Le replicó.

    Tras un rato de silencio, le preguntó él si podía hacer algo por ella como recompensa. «Algo como qué?» Le replicó. «Bueno! Te puedo conceder algún deseo, pero uno solo porque he perdido mucha energía en mi pelea con esa maldita planta!» Ella se le quedó mirando un rato largo y luego le contestó: «Podrías hacer que volviera a ver a mi madre?» Él se quedó en silencio y luego habló: «A ver querida, concedo deseos, no milagros! Tu madre ya no existe entre nosotros pero está en la energía de todas las cosas que te rodean!» «Pues la vida es bastante más gris sin ella! Y yo no noto esa energía de la que hablas! Menuda porquería de genio eres que no puedes conseguir algo tan simple» replicó llorando.

    El genio, al ver sus lágrimas suspiró y dijo: «No puedo hacer que la veas pero sí que sientas esa energía de la que te hablo». Ella lo pensó un momento y contestó: «Vale, me sirve!»

    Entonces el genio se puso muy serio y comenzó a murmurar palabras que eran de otro mundo y, al cabo de un rato, el jardín se convirtió en pura luz. Ella comenzó a elevarse y, cerrando los ojos y poniendo los brazos en cruz, comenzó a sentir todo el amor que había entre aquellas ramas, entre aquellas flores. Le atravesó el pecho como una espada y comenzó a llorar pensando en todo el cariño que su madre se había llevado. Luego notó su perfume y, por último, sintió una voz que le dijo: «Vive! Así me sentirás en todo lo que te ocurra. Secaré tus lágrimas en las penas y te acompañaré en tus alegrías. Pero, por el amor de Dios, vive!!!»

    Cuando todo acabó miró al genio y este le preguntó: «qué? Qué tal te ha ido?». «Bien!» Le respondió. «Muchas gracias por tu magia!». «Bueno, pues si es así me alegro mucho por ti y me voy a un sitio que no tenga tantas ramas donde pueda volver a enredarme, a disfrutar de cada uno de los días de hoy en adelante. Cuando estaba atrapado pensé que moriría atrapado como un insecto en una tela de araña y, al salvarme, me has dado ímpetu para no perderme nada a partir de ya mismo». «Sabes qué?» Le replicó ella «sin tú saberlo has hecho lo mismo por mí, así que no hay nada que agradecer».

    El genio la miró unos segundos en silencio y luego salió volando sin un rumbo fijo, disfrutando de lo que oteaba  desde las nubes. Ella lo miró hasta que desapareció de su vista y luego entró a casa y preparó una mochila. Ella también saldría de viaje sin rumbo fijo y gozaría de todo lo que pudiera ver a ras del suelo. Porque ella y el genio tenían una cosa en común. Querían disfrutar de los años que le quedaran por vivir. Y así sería…

  • Aniversarios

    Aniversarios

    Hoy se cumplen 21 años del asesinato de mi prima a manos de su pareja. Cuando he abierto los ojos, he tenido la sensación extraña acentuada por mil que me ha acompañado toda la semana porque, con dos años de diferencia, y con tres días de distancia, perdí de forma repentina a dos mujeres a las que quería muchísimo, mi abuela y ella. A mi abuela la perdí en un sueño y a ella en una pesadilla. La noticia del fallecimiento de mi abuela me cogió estudiando para las eternas oposiciones que forman parte, incluso, del carácter disciplinado que me he forjado. El de mi prima me encontró en una visita a mi madre para ver si ella notaba lo que yo a mi hija. No. Aún puedo recordar el grito de ella, que veía la televisión mientras se preparaba para un viaje a Madrid de ida y vuelta. Su carrera subiendo las escaleras, abriendo luego la puerta sin llamar del cuarto donde me quedaba. Decirme en una frase lo que había sucedido mientras daba el pecho a mi niña, cosa que, a partir de ahí no pudo ser más porque del disgusto la leche cogió la puerta de salida de mi alma. No quise creer lo que me acababa de decir. Resulta que ella tenía un nombre oficial del que yo no tenía idea, y otro que usábamos toda la familia por obra y gracia de su madre, que no estuvo de acuerdo con que su benjamina se llamase como su cuñada malvada, hermana de mi abuela por cierto, que era la cuñada santa por aguantar a su hermano que era bastante peor que la que se llamaba como su hija. Por eso yo no me quise creer que era ella. Encendí el ordenador de mi madre, busqué la noticia, y apareció la foto de mi prima sonriente en la foto que se sacó para la universidad y ahí ya no hubieron más dudas, ni alegrías, ni nada en absoluto. Mi vida se fue a negro total.

    Años después yo sigo inventando historias como la entrada de » El viaje» en el que yo imagino otra cosa para ella pero, en definitiva, las cosas fueron así y yo me pego esta semana, cada año, con un runrún muy raro que me deja sin muchas ganas de hablar con nadie. Estos días, a diferencia de otros, pasan lentos como una apisonadora, pasándome por arriba y dejándome aplastada como un dibujo de tiza en el suelo.

    Hoy, además del aniversario de estas despedidas, me encuentro diciendo adiós en voz baja a la casa por unos quince días. Tal vez venga a mitad de mes para seguir disfrutando de este hogar que hace que me cambie la tristeza por resignación, el agobio de tener tanto curro y ser tan nueva por una organización en mi cabeza que hará que lleve el trabajo con más tranquilidad, y que hace que tirar del carro yo sola en una familia donde no se me entiende con según qué cosas porque vivir en Avatar no es moco de pavo, se convierta en una carga más liviana.

    Esta semana, además de aniversarios, he dado el paso de decir, por fin, que escribo, a la gente que me rodea y ha sido una historia bonita. Me he alegrado cuando me han dicho que les gusta cómo escribo. Yo soy así. Hay una escena en la película «Pretty woman» en la que ella le dice a Richard Gere que siempre le fue más fácil creer todo lo malo que la gente dijera de ella y a mí me pasa igual. Es bonito oír a la gente decirte cosas buenas, y, para los que no estamos acostumbradas, los halagos suenan como gotas de oro en nuestro espíritu y me dan la fuerza que necesito para decir al resto de mi familia que, parte de el libro «Esto también era quererse» lo escribí yo, y que si no les gusta mi historia tienen siete más para leer. Mi tía sabía lo del libro, pero ahora no tiene salud para disfrutarlo.

    Ahora que lo pienso, es curioso que el libro se llame de esa manera y yo forme parte de él habiendo forjado mi espíritu con mujeres que pagaron con sus vidas esa falta de mimo hacia una misma. Que la vida, años después hiciera, con nuestras historias, un cuadro que está quedando hermoso. Es curioso, si.

  • El viaje

    El viaje

    Llegué ayer a mi casa del sur después de un viaje de más de dos horas en guagua. Durante éste, intenté ir soltando por el camino el trabajo que me quedó pendiente, las compañeras y amigas a las que tuve que decir ‘hasta pronto», algunas dejando a sus espaldas etapas de seis años de trabajo en un mismo sitio, gente a las que aprecias que están pasando por un problema personal bastante jodido…y de repente, siento una voz a mi derecha que me dice: «que hermosa es esta isla!» Me giré a mirarlo y era mi enano sonriendo y mirando el paisaje. Cuando miré yo de vuelta, ví una playa que está cerca de aquí, con tres pequeñas embarcaciones fondeadas no muy lejos de la orilla, el mar cogiendo un color plata producto de la caída del sol, chocando suavemente contra los cayados de la orilla. Entonces, como siempre que me suceden estas cosas, pensé que la vida es esto. Momentos. Fotografías de situaciones que ya no volverán y que debemos aprovechar el máximo posible antes de que caigamos en el recuadro que dice que debemos salir de este juego llamado vida.

    Llegamos oscureciendo, y salimos a comprar lo justo para sobrevivir hasta por la mañana. Al volver, veo que alguien ha talado la buganvilla que está en mi jardín y ha dejado un enorme vacío. Me quedo mirando un rato. Me enfado. Pienso que, total, es una planta que, cuando la podaba yo me cagaba en todo por los pinchos que tiene y se me pasa el cabreo. Ya averiguaré quién fue y, si la planta muere, tomaré medidas respecto del jardín del que supuestamente somos usufructuarios. Pero hoy no. Otro día. Ahora toca cena con los chicos.

    Después de cenar, subo a ducharme para quitarme el resto del mal rollo que aún me queda colgando de la chepa y descubro que no he encendido el termo. Hace calor pero una es del team fresca pero no fría, así que espero mientras me instalo en mi cuarto. Pongo el ventilador y éstte me devuelve al girar un sonido como de gaviota agónica antes de irse de pico contra una montaña. Tampoco importa. Es eso o sudar y sobre eso no hay ni media duda.

    Me ducho y vuelvo a la cama. Me despierta el enano trasteando para irse a dormir. Apago la tele y él se pone junto a mí. Entonces le huelo el pelo que tiene aroma de colonia infantil que su padre le pone por las mañanas como un reducto de lo que queda de su infancia peleando inútilmente ahí, junto a su coronilla. No sé cuánto tardó en dormirse pero yo lo hice dejándome llevar por ese olor y por el sonido de la gaviota agónica. Y así me pilló el sueño y con él me marché a vivir otra aventura distinta de la del día.

  • Quererme

    Quererme

    ¿Qué es algo que te habría gustado empezar a hacer antes en la vida?

    Si hace años me hubiera querido como me merezco, hubiera empezado con el deporte antes, por ejemplo, o hubiera ido a un especialista a abordar el problema de mis terribles migrañas para las que creía no habían solución y hubiera abordado el cuidarme muchísimo antes, pero estaba acostumbrada a creerme todas las cosas verdaderas o falsas que me tiraban a la cara. Hay una canción (por «jodidamente perfecta» la traduzco yo) de la cantante Pink que lo retrata de mejor manera que yo:

    «Maltratada, fuera de lugar, malinterpretada

    «No hay forma de que todo sea siempre bueno»

    Eso no me detuvo

    Equivocándome, siempre pensandolo todo dos veces

    Subestimada

    Pero mira, aún sigo aquí»

    También me hubiera puesto a escribir antes porque mi relación con las letras, a diferencia de con el resto del mundo, siempre ha sido muy bonita. Leer no solo fue un placer sino el único lujo que podía permitirme. Pero, como siempre, hubo alguien que torció las cosas. Me explico. Se acuerdan del Círculo de lectores? Pasaba cada mes un chico, me dejaba una revista, yo elegía mis lecturas, él las traía, y así funcionaba. Hasta que dejé el trabajo porque quería estudiar y necesitaba un trabajo a tiempo parcial. Nunca imaginé que la competencia me llamarían al mes siguiente y, claro, cobraba menos. No me importaba. Yo quería tener mi Diplomatura en mis manos y por eso, si había que sacrificar los pequeños lujos, como la lectura, lo haría.

    El día que el chico llamó a mi puerta y le dije que me daba de baja, se puso muy desagradable y a mí se me pusieron las tripas del revés. Tuve la misma sensación que ya había tenido en otras ocasiones con personas allegadas a mi, y si bien con ellos andaba yo desarmada, con él no. Me mantuve en el «no voy a comprar ni un libro más» y, tras cubrirme de insultos, cerré la puerta temblando e hice algo que nunca habría concebido hacer. Llamé a la empresa y me quejé. Y él volvió. Cuando estuvimos otra vez frente a frente le dije que si volvía por allí, llamaría a la policía. No bromeaba. No sé qué fue de él, pero sí sé que no era trigo limpio, pero si hubiera vuelto se hubiera llevado una sorpresa sideral. En mi casa habían seres humanos con trigos bastante menos limpios que el suyo. A partir de ahí me dediqué a comprar libros de segunda mano en mercadillos.

    Ahora, tropecientos años después, tras años de terapia, conseguí presentarme a un concurso literario empujada por mis ganas de escribir y por gente que me quiere. Escribí un texto que, oh sorpresa! no recuerdo de qué iba. Lo escribí en las horas de tedio que se dan en los juicios y lo envié sin pensar. No gané el primer premio pero, de unas 500 personas, fui una de las 70 elegidas. El resultado es que me publican un relato corto junto con otros escritores. Ahora está en preventa y a mí, solo decirlo, me supone un mundo. Dejo el enlace por si quieren ver la foto que me hizo mi hija, en casa, con sonrisa de «no tengo ni idea de porqué he hecho esto». https://www.diversidadliteraria.com/esto-tambien-era-quererse. Además, me gusta de qué trata. De quererse. De amarse uno sobre todas las cosas sin descuidar a los que más quieres pero sin perderte de vista. En el relato, cuento la historia de alguien que resurge como el Ave Fénix dejando cosas atrás que no eran buenas para ella. Me siento con todo esto del libro como una niña chica, pero no la que fui, sino la que me hubiera gustado transitar.

    Debemos enseñar a nuestros hijos a quererse y darles ejemplo y decirles, como hace la cantante Pink en su letra «Eres jodidamente perfecta para mí». Y con eso ya sería suficiente.

  • La orilla

    La orilla

    Hoy debería estar tecleando estas palabras en la terraza de mi casa del sur pero, ayer, cuando vine a casa a darle una vuelta y tomar café, me encontré a mi hija tirada en la cama, encogida de dolor y el sudor perlando su frente. Sabiendo de siempre que tiene unas reglas muy malas y por las que ya se trata, taché de la lista el viaje a la casa y me preparé para dar al enano una noticia tan mala. No soy capaz de dejarla sola en casa con un padre cogiendo la puerta y marchando a sus «quedadas» sin preocuparse ni un gramo por lo que deja al cerrar la puerta. El chiquillo se disgustó pero se lo tomó con deportividad. Es lo que tiene querer tanto a su hermana, que sacrificar un fin de semana playero por quedarse en casa, le es menos duro si se trata de su «bro». Un día tengo que explicarle de dónde viene esa expresión y porqué llamar «bro» a tu hermana no es correcto.

    Al cambiarme hasta el humor, cuando volví al trabajo todo fue a peor. Una consulta a la Letrada que trabaja un piso por debajo del mío con un tema un poco raro y una llamada de emergencia porque tenía entre manos un expediente que era un desastre después, me fui a mi casa sin ganas de comer preguntándome como puede nadie trabajar así de mal y dejar semejante muerto a otros.

    Durante la comida, el silencio de una biblioteca hace más ruido que nuestros tres cuerpos ayer, decidí que, encima, no me iba a flagelar por lo sucedido y pensé que todos mis comienzos se han puesto del color de las hormigas y que me han dado un aprendizaje enorme. Cierto es que yo querría aprender a pasos cortos pero también lo es que conmigo la vida ha empleado el lema de «siéntate y abróchate el cinturón que el viaje será una carrera rupestre». Bien de aprender a las malas malísimas.

    El jueves tuve mi primera tutoría y toda ella se mezcló en un bucle de medicación del niño, que ya está grande para tan pocos miligramos, autorizaciones para medicarlo en el cole recreo mediante, para que dure el efecto hasta la hora de marchar, hablar de lo duro que iba a ser este año, con un profesor que sospecho muy fuertemente que proviene de Avatar, con la misma mentalidad cuadriculada que la de mi marido, con asignaturas distintas y de gran dificultad como puede ser la Física y Química y en definitiva, buscando un apoyo con un palillo de dientes y una toalla bien tupida tapando mis ojos. El panorama pinta desolador pero a lo mejor me equivoco y el enano, una vez más, hace un triple carpado hacia atrás y nos deja a todos boquiabiertos. Todo ello, claro está, con la ayuda de unos progenitores que se hablan lo justito para llegar a acuerdos que tienen todo que ver con que él consiga ir dando pasos seguros hacia un futuro incierto. El primero de todos, pedir cita al neuropediatra para poner en ese cuerpo la dosis necesaria.

    Luego está el silencio de mi tía. Su hijo anda pidiendo citas a médicos y ella anda escurriéndose por entre los dedos de la cordura. Lo impresionante es la serenidad del muchacho que ha explicado que la ha visto peor. No sé si con o sin medicación, pero está claro que ahora, lo que toma, se va al espacio sideral y no recorre su organismo. No saber de ella es triste, pensar que, tal vez su hijo pueda creer que estaría mejor sin ella bajo estas circunstancias, lo es aún más. Y mientras todo eso ocurre, yo la llamo cada noche entre mis sueños, a ver si así doy con ella, pero esta vez, como dice mi admirada Luz Casal «yo te esperaré, en la orilla, aunque tú no volverás jamás».

  • Reflexiones

    Hace un rato largo que me he despertado y, después de un café y un sandwich, me he venido a estirar en la cama otro rato.

    Luego ha venido mi hijo y se ha puesto junto a mi, pidiendo abrazos y besos a diestro y siniestro, como un koala enorme, pero en vez de colgado de un árbol lo hace sobre mi costado. Mientras él está tan a gusto en esa posición, yo reflexiono sobre la semana que viene, esto es, que mañana tengo que salir en punto del trabajo porque si no, no llego a comer y a recoger al peque a tiempo en a tomar por saco porque a su colegio dejó de parecerle rentable seguir con el transporte escolar. Repaso si hay alguna cita médica, recuerdo que debo escribir unos correos y que es posible que me citen para alguna tutoría.

    Llegaremos a casa y, después de merendar y coger resuello, se irá con su hermana a la terapia para que yo pueda ir al gimnasio. Eso será los días que su padre trabaje porque, los días que no lo haga, jugaremos a la ruleta rusa de si comerá o no en casa, si irá o no a recogerlo, si quedará atrapado o no en un atasco y me enviará un correo electrónico para avisarme que no llega, mientras a mi se me va poniendo un mal humor clavado en la espalda como las puñaladas traperas que le encanta darme.

    Reflexiono también en mi viaje a Asturias que será el último que haga con mis amigas. No me molesta hacer esa actividad con ellas pero, debo mirar también en viajar con mis hijos, con los dos porque a Asturias voy con mi hija y, hasta que ella no empiece a currar, no voy a tener tantos posibles para hacer, como hacen muchos, un viaje cada dos o tres meses aunque sea a la isla de enfrente. Debo comprar ropa de abrigo para ella y para mí y un calzado adecuado para un sitio que es de natural frío en fechas como las de finales de octubre.

    Luego me llevan los pensamientos a un libro que empecé y terminé ayer. Se llama el libro «Nunca estuviste solo» y su autor, Albert Espinosa, persona superviviente de cáncer y que me parece un alma de una dulzura exquisita. El autor, al final del libro, da su correo electrónico y te invita a, si has leído su libro, enviarle un mensaje con tus sensaciones en la lectura y le he tomado la palabra. Quiero decirle que, la primera vez que me lo eché a la cara fue en una entrevista en un programa de la tele. Porqué estaba yo con el mando y porqué, a esas horas de la noche no estaba preparando mil historias para el día siguiente es algo que no recuerdo pero sí que me pareció una persona llena de sabiduría y bondad y no quiero que se vaya de este planeta sin que se lo diga. No quiero enterarme que, por lo que sea ya no esté y yo no hubiera tomado ni cinco minutos de mi vida en decirle a alguien que un día lo miré y lo ví.

    Ahora mis pensamientos me llevan al miércoles pasado, concretamente, a mi terapia en la que hablamos del «síndrome de la impostora» que me arrea de mala manera ahora que va a salir ese proyecto literario que recogerá un relato corto escrito por mí. A estas alturas ni siquiera mis amigas saben que el texto está en preventa porque soy absolutamente incapaz de zafarme de este run run que me dice que se equivocaron por completo conmigo.

    Vuelve mi hijo solo con unos calzoncillos y una sonrisa encima. Me dice que me quiere y yo le respondo con lo mismo. Me contesta que él me quiere más, pero yo estoy segura que si ve por un agujerito su propio parto yo ganaría esa discusión. Le pregunto que si está comiendo algo y me contesta que no. Levanta la cabeza. Huele a chocolate. «Me mientes bellaco» le digo riendo y él, con esa sonrisa hermosa, me abraza más fuerte.

  • EL VUELO

    ¿Cuál es tu mejor consejo para viajar barato?

    Necesitaba escapar y quería hacerlo cuanto antes. Aquella relación, que empezó cuando ella era menor de edad y él veinte años mayor se había convertido en una pesadilla. Empezó con un » no te pongas eso que pareces una de la calle» siguió con gritos inesperados por cualquier comentario que le molestase, continuó con una primera bofetada de «es que me sacas de quicio» y ya, esta última vez, había tenido que coger la baja porque todo su cuerpo era de color azul moretón. «Si me dejas te mato o mato a alguien a quien quieras mucho» y ella sabía que, después de quince años era muy probable que cumpliera con su amenaza. Pero iba a hacerlo. Se marchaba. No habían hijos pero sí sobrinos. «Descuida!» Le dijo su hermana mayor. «Limítate a correr sin mirar atrás. Cuando pregunte por tí le diré la verdad. No tengo idea de dónde está».

    Lo más duro de todo el plan de huída había sido avisar en el trabajo que se iba. Sólo se lo había comunicado a sus jefes. No quería comprometer a sus compañeros y amigos después de que ella desapareciera. Sería muy duro para ella saber en la distancia que él habría conseguido acceder a un ser querido y que le había hecho el mismo daño que a ella en aquellos dieciséis años de convivencia. Pero aún tenía su instinto de supervivencia activado y no quería morir a manos de aquél a que ella, al principio, miraba casi como un guía espiritual. Qué equivocada estaba y qué poco caso le hizo a su padre que la advirtió que aquella diferencia de edad tenía mucho de metedura de pata cósmica!! Pero claro! A los quince años una adolescente cree saber muchas cosas y no sabe qué equivocada está hasta que ya está atrapada como un pequeño insecto en una gran tela de araña.

    Pilló el vuelo de madrugada, con el móvil, a un destino que eligió solo por barato. Borró el historial de búsqueda tras comprar el billete. El vuelo salía al día siguiente porque sabía que a él no le quedaba más remedio que ir a cuidar de su madre enferma. Sus hermanas, según él «esas zorras», habían puesto un turno y, sin contar con él, que entendía que por ser varón no le tocaba, le dijeron los días a los que debía acudir a echar un ojo a su madre que ya se había caído dos veces en su casa. La enfermedad avanzaba pero ella aún le plantaba cara. Solo que sus hijas no querían que ella librara esa batalla sola. Por eso los turnos. Y, en aquella familia criada en que aquello era cosas de mujeres, al hacer un calendario les faltaron manos y les sobraron días y lo incluyeron a él que ni trabajaba ni tenía cargas familiares. Solo controlar a su pareja, claro! pero eso ellas preferían no saberlo no fuera a ser que se dieran cuenta de el bicho que tenían por pariente.

    Y llegó el día. Había hecho la maleta en secreto y la tenía en el maletero del coche. Una maleta minúscula, con el contenido justo para un nuevo principio. No tendría ni que facturar el equipaje ni enseñar pasaporte alguno. «Ni muy cerca que pueda alcanzarme, ni muy lejos que me exija una documentación de la que carezco» pensó al comprar el billete.

    Pasó el control policial y se sintió un poco más aliviada. Pero solo un poco. Esperar a que anunciaran su vuelo era una auténtica tortura y, sentada allí, detrás de una columna, miraba con disimulo a todo el que pasaba por delante buscando su sitio de embarque.

    Llegó la hora. Se puso en la fila y siguió mirando por encima de su hombro por si alguien se acercaba a ella. Entró en el avión y buscó su asiento. No escuchó cuando las azafatas enumeraban lo que debía hacer en caso de emergencia. Su emergencia ahora es que el avión despegara. Que nada ni nadie detuviera aquél vuelo. Ya en el aire, cuando se apagaron las luces de abrocharse el cinturón, cogió sus auriculares para ver una película. Le daría tiempo. De repente, sintió una mano en su brazo y dio un brinco. Miró a la azafata que estaba allí, de pie, sonriente ofreciéndole la comida del vuelo. Entonces sonrió también. Estaba a salvo y era lo único que le importaba. No volvería a ver a familiares ni amigos pero podría respirar tranquila, vestirse como le diera la gana, reírse de lo que quisiera…La vida le daba otra oportunidad y no iba a ser ella la que la tirara por la borda. A pesar de que, ese nuevo capítulo iba a vivirlo en completa soledad. «No importa» se dijo. «Eres libre y eso no volverá a quitártelo nadie. Jamás!»