• Anhelos

    Hoy ha amanecido lluvioso aquí en la capital. Nos íbamos a la casa del sur pero es que, las predicciones meteorológicas decían que llovería por allí también y decidí no ir bajo juramento al enano de volver el fin de semana que viene so pena de acabar suplicando su perdón por no cumplir mi promesa. Para consolarme, miro en las webcam que hay colocadas en las playas de la zona para ver cómo va todo. Me encanta ese lugar! Está todo tan ajardinado, tan tranquilo, que me sienta como un orfidal en mi ánimo. Luego miro la casa por la cámara conectada a la alarma para ver cómo están las cosas allí y así veo cómo  dejé la casa, si la gata  que nos visita cada noche ha vuelto (resulta que el gato negro era gata, según mi vecina, que es la que trajo hasta la urbanización una comuna de gatos muy poco adecuada para la fauna de la zona) porque cuando se sube a la terraza una luz ilumina toda la entrada y hace que la cámara se ponga en alerta y me envía una notificación tras otra diciéndome que alguien ha accedido a la terraza. Patrañas. Hasta ahora, claro! Es una mascota, la mascota de la casa, más concretamente. Ha perdido su collar rojo y ahora, cuando la veo no consigo distinguirla. Ha perdido su mojo la gatita.

    Luego pienso en mi madre. Ella amaba esa casa. Qué me diría si siguiera viva? Le gustarían los cambios que he hecho? Le parecería bien lo que hago con la casa? De una cosa estoy segura. Le habría encantado saber que la vecina se mudó a varios kilómetros de allí, no porque esta le cayese mal, sino porque es tan invasora en la vida de los demás como sus gatos, y, cuando eso ocurre, o la pones muy en su sitio o te pones muy de puntillas para que no se de cuenta de qué es lo que haces en cada momento. Pero todo se acaba y eso, increíblemente, es otro ítem que hemos alcanzado con el paso de los años.

    Ha entrado el niño a mi habitación y me ha dicho que está lloviendo. Me vuelvo a la webcam. Si. Allí el día también va regular. El ánimo se alinea entonces con el día y decido que hoy debo pasar a la acción. Necesita mi mente mucha distracción para no tener pensamientos tristes, pensamientos de anhelos, de añoranza, llenos de recuerdos bonitos y en familia. No seamos cenizos. «Recuerda que tienes hijos y que ellos te necesitan fuerte, con la moral alta» me digo.

    Siento la mano de mi aún marido en mi brazo. De vez en cuando necesita asegurarse que no he cogido las de Villadiego y me he hecho humo. Ayer se enfadó porque puse su pantalón de trabajo a lavar y, a pesar de mirar en los bolsillos delanteros y traseros, no me fijé que tenía otro a media pierna. Ahí estaba su agenda, un bloc de notas, un pilot y una pluma. El resultado ha sido un enfado, un repetir colada, y todo lo que estaba en el bolsillo arruinado. Que porqué no me di cuenta? Alguien ha convivido con tres personas autistas en casa? Pues eso! Que cuando presto atención a lo importante no me fijo en cosas nimias. Ojalá haber tenido ese mantra años atrás! Tal vez eso me hubiera hecho aprovechar más tiempo de calidad con personas que ya se han ido.  Yo no soy Édith Piaf, que no se arrepentía de nada. Yo soy Sandra, la floja, la familiar, la que daría todo lo que le dejó su madre por conseguir un añito más a su lado. «Déjate de lamentaciones, levántate y ponte a recoger!» me digo. Pues eso! Feliz día!

  • La rigidez se resquebraja

    Describe un cambio positivo que hayas hecho en tu vida.

    Anoche, sobre las diez y veinte, llamé al enano, que estaba en el salón, para que se duchara y se fuera a acostar. No oigo respuesta. Repito. Nada. Ni un «voy» ni un «si». Silencio. Me levanto y voy al salón en modo «te voy a tirar de las orejas por tomarle el pelo a tu madre» y lo hago con sigilo, para que la presa, él, no salga huyendo. Llego al salón y veo su cuerpo pero no su cabeza. No se mueve y la televisión se ha puesto en modo reposo. Respiro profundo porque soy una ansiosa y no hay necesidad de hacer dramas sin afrontar aún qué pasa. Me acerco más rápida hasta el niño. Lo miro y tiene los ojos cerrados y una mano, la izquierda, cae toda sobre el resto de su cara. Creo que me está tomando el pelo, como siempre, y que se hace el desmayado o el dormido. Me río y lo toco mientras le pido que deje de fingir. No. No finge. Lo toco en modo «habrá perdido el conocimiento?» Miro su cara, su temperatura corporal. No. SE HA QUEDADO DORMIDO COMO UN TRONCO!!! Consigo despertarlo y se pone de pie sin dar crédito a haber hecho algo que su rigidez autista no le permite. Se ha dormido en otro sitio que no sea en una cama, y, además, cuando no le tocaba. Yo lo abrazo y lo beso de felicidad. Él no entiende un pimiento. Le digo que vaya a lavarse los dientes y un par de órdenes más, y cuando llega a la cama lo vuelvo a felicitar. Sigue sin saber qué diablos me pone tan contenta pero es incapaz de hablar porque su cerebro autista está flipando muy mucho, y, cuando eso pasa, le dice que no hable. Necesita entender y procesar y comprobar que se ha comportado como un cerebro agotado de un chico de doce años y que no está viviendo  un error catastrófico. Sí. Su cerebro no comprende que se está dejando llevar por la vida misma y que tras el blanco o el negro existe un gris. Y ya no habrá vuelta atrás porque comprobará que, al hacer lo que se quiere y no lo que se debe, se encuentra ante una satisfacción que no te la da la rutina, la predictibilidad. Muerte a hacer siempre lo mismo! Que viva ser espontáneo!!

    No pensé que mis ojos vieran algo semejante. Yo no quiero que mis hijos se comporten como los demás, pero sí que sean felices y yo creo que, cuando le dicen a sus rutinas que están bien pero que ellos son más felices saltándoselas, yo soy feliz al cubo. Como digo, no buscamos darles una pátina de neurotipismo, no. Queremos que vivan su vida sabiendo que en ellos no hay nada malo. Que si quieren herramientas para poder vivir en una sociedad que, cuando no hacen cosas propias de autistas los consideran unos excéntricos. Cuantas veces mi aún marido ha sido mirado desde la separación de una mesa con extrañeza, con suspicacia, con un poco, incluso, de desdén. Él ha utilizado un arma poderosísima contra todo eso. La ignorancia. No lee un pito en las caras de la gente. No se entera! Jamás en la vida hemos salido de ningún sitio con él preguntando que qué le pasaba a fulano que lo miraba raro. Niet. A más a más, es una persona que, si en la conversación que pones sobre la mesa le importa, cuando abre la boca para responderte lo hace de una manera inteligente y con una profundidad de conocimiento que él sabe que no tiene el de enfrente. Autistas 1, neurotípicos 0. Pero ay si le dices una chorrada!! Antes te miraba hasta con un poco de asco pero ahora, tras hacerle ver que el gesto bonito no era, te contesta frases de ascensor y corta la comunicación y se va con su mente a otro sitio. Al mar, si hay vistas, a la comida, si es buena y abundante…entonces pongo mi mano en su brazo y le hago volver, no porque me importe un pito si se evade, no, aquí todos somos mayorcitos y eso lo hace hasta con sus hijos, sino porque me gusta recordarle que en este planeta, evadirse y no escuchar al otro, es un poquito de mala educación, sobre todo si tu interlocutor es familia y te está contando algo que considera debes saber. Y él por ahí, disfrutando de sus pensamientos! Autistas 2 neurotípicos 0, la verdad!

    Si. Desde que formé una familia en la que todos, menos yo, tienen una manera de procesar el mundo distinta de la mía, me volví más empática, juzgo cero a nadie, he estudiado y me he formado para ser mejor madre para mis hijos, creé la misma cantidad de  paciencia que el pobre Job, y soy, sin duda alguna mejor persona que antes de conocer a mis hijos. Ellos me abrieron los ojos a otras realidades, a otras formas de vidas. Y eso ha estado bien. Muy requetebién!

  • ¿Y ahora qué?

    Ayer fue un día un poco complicado. El martes, al llegar a la casa, mientras cenábamos todos juntos sentí que el empaste de una de mis muelas decía bye bye. Procuré hacer como que aquí no pasaba nada, y seguí con las vacaciones poniéndome de perfil ante el problema. Ayer, tras comer en un restaurante, comencé a sentir un dolor en el lado izquierdo de mi cara y, al llegar a casa, tomé algo para el dolor. Caí dormida aun antes de sentir alivio y, al despertar, hice como que seguía sin pasar nada y, tras preparar las cosas, nos fuimos a la playa. Vuelta de nuevo a la casa, cenar, dolor, ibuprofeno y dormir. Me he levantado con el lunes ya planificado, con, entre otras, una llamada al dentista para que me extraiga la muela partida. Me viene fatal fatal este contratiempo. Menos mal que me pedí el lunes libre! Así podré correr sin preocuparme más que de mis hijos!

    Hoy es mi último día entre estas cuatro paredes. Han sido unas vacaciones llenas de descanso, de risas, de abrazos, de besos…a pesar del dolor de mi muela, que tiene a todos un poco nerviosos. Les he explicado que, mientras no coma, todo va fetén pero ellos no quieren ni oír hablar de que no me una a las rutinas familiares. Así que, ahora, toca ensayar sonrisas hasta que llegue al dentista y alivie mi sufrir.

    Voy a despedirme del jardín, de la pareja de pajaritos, de esta tranquilidad que se respira entre estas cuatro paredes, de la playa, que resulta ser tan terapéutica para el niño, y, en definitiva, tengo que asumir que he de volver a la rutina.

    Mientras descanso aquí, mientras leo, mientras disfruto de un lavavajillas que no tengo en casa, pienso en qué haré ahora que no voy a seguir opositando. Quiero llenar mi tiempo en algo que disfrute, que solo tenga que ver conmigo, o con conocer un poco más a Avatar, no sé. Estudiar sobre el autismo siempre me ha llevado a otro nivel en la relación con mis hijos pero, tal vez, solo tal vez, deba hacer algo que me permita conocerme a mí misma. A lo mejor resulta que hago unos ceniceros de arcilla cojonudos, o unos jerséis de crochet que quiten el sentido, y todo ello haga que esta ansiedad que me cubre sin saberlo, sin sentirlo, desaparezca y yo no solo no pueda, sino que ya no la sienta porque se ha ido. Puf!

    Mientras pienso en todo ello, entra mi aún marido en la habitación, me quita el mando del televisor porque, básicamente, estoy escribiendo, pone el volumen a nivel sordo, y comienza a cambiar canales y a protestar porque la tele, en esta casa, no va. A él le importa. A mi no. Yo aquí vengo a descansar. Las pantallas están casi prohibidas para mi mientras vivo aquí. Voy a levantarme y a abandonar la habitación. Este hombre enturbia mis chacras. Me voy al jardín. A regar. O a disfrutar de la pareja de pajaritos. Ellos sí que son un matrimonio bien avenido!

  • La calma de unas vacaciones rutinarias

    Estamos de vacaciones en la casa del sur. En los primeros días, fui incapaz de mirar los destrozos que había hecho Therese en la fachada pero ya cogí impulso, y, junto con mi aún marido bajé al jardín a mirar la herida de la terraza. Esta seguía ahí pero, los hierros oxidados que bajaban hasta el jardín, habían sido pintados y empastados por una visita que tuve, una que se refugió en la casa porque la tormenta impedía moverse e ir de visita a la isla de enfrente. A mi me sirvió para saber de primera mano si la pobre casa salía volando, porque la tormenta se hizo fuerte aquí y a ella le sirvió de parada y posta hasta el final de las lluvias. Como agradecimiento, me pintaron los hierros y me arreglaron un par de desperfectos. Así y todo, se ven un par de heridas que hay que curar, pero ya llamaré el lunes para pedir presupuesto. Ahora estoy de vacaciones, curándome la herida del fracaso de la jefatura. Ya pensaré en problemas el lunes próximo.

    Los días aún están regulares y hace un poco de frío  aunque vamos a la playa cada tarde, sentamos nuestros panderos, nos damos un baño en el agua helada, llevo al crío hasta unas boyas que, en cuanto las giras, son un arcoiris de vida marina, le explico lo que yo aprendí a menos años que él, saco una bolsa de papas fritas que comemos un rato y nos vamos de vuelta a la casa. Aquí cenamos en la terraza, mientras observamos la vida nocturna y nos reímos de las colas que los ingleses son capaces de hacer para tomarse una copa en un bar de estos en los que necesitas una cartera abultada para pedir alguna cosa. Es pijo a morir y la gente que acude a él son la antítesis de otro local que está enfrente y donde puedes ver a los clientes jugando al bingo. Concentrados. Como si les fuera la vida en ello. Si me pusiera de pie en la barandilla de la terraza y diera un salto de pértiga, caería en medio del local entre aplausos de extranjeros. Así de cerca está el borrachinche, que así lo llamamos, pero, para nuestra sorpresa, y a pesar de la proximidad, no escucho la música que pincha el dj de turno. Solo oigo el viento colándose por entre las ramas del árbol que preside el jardín, para luego mecer las palmas de las palmeras de alrededor, llevándote despacio a un lugar relajante y cálido. La casa es refugio, es hogar, son recuerdos, anécdotas, risas, juegos, llantos…y todo lo que atesora la convierte en un sitio mágico en el que pasas de un dolor mandibular por estrés a un estado de calma que te lleva a no desear que estas vacaciones acaben.

    Esta mañana mis hijos han salido a comer churros a una cafetería que solo los hace los sábados, aquí cerca, a la entrada del pueblo. Mientras me despedía de ellos desde la terraza del último piso, he visto que anoche llovió así que, como ayer estuve podando fuera, el olor a plantas, tierra mojada, flores, alcanzaba el segundo piso. Me quedé allí pensando en el peque, que me preocupa y mucho en esta adolescencia en la que va entrando con fuerza. Es adolescente si, pero me pide dormir abrazado a mi y, si tiene una pesadilla me despierta para que lo consuele.

    La casa consigue llenarme de la calma y la energía suficiente para encarar el último empujón de un curso que acaba, unos cumpleaños que comienzan a finales de abril y terminan en mayo, un replantearme qué quiero hacer ahora que he decidido colgar las oposiciones, a qué voy a dedicar mi tiempo. A ordenar mi hogar. Esa es la respuesta. A hacer de la casa donde vivo un lugar donde vivir y no un trastero. Necesito orden y calma. Y para eso tengo esta casa. Para llenarme de ambos. 

  • La comunicación

    Cuéntanos una habilidad secreta que tengas o que te gustaría tener.

    Mientras vas cumpliendo años, tus objetivos vitales suelen ser no caerte, respirar de manera normal, no estar enfermo y, que al agacharte no te crujan en exceso las rodillas o se te escape una ventosidad. Tú a tope con el hecho cierto de que, en cualquier momento te visita la señora de la guadaña y ya nos ha jodido mayo, frase muy de los compañeros de mi aún marido, y que me viene que ni al pelo. Ya no quieres volar, o correr a la velocidad de La Superabuela. No no. Tú quieres poder seguir teniendo la suficiente energía para vivir el día a día sin usar taca-taca que es algo que hace mi suegra, o mejor, la abuela de mis hijos, que ella en los asuntos del querer me dejó fuera de la ecuación por ser hija de padres divorciados. Digamos que es una mujer muy católica y digamos también que confundió perdón y caridad con inquisición. Va mal de oído y de entendederas, qué le vamos a hacer!

    Voy a hacer un paréntesis narrativo para contar una anécdota. Mi suegra conoció a mi madre el día antes de mi boda.  A ella y a su tercer marido les puso un café y ya. Sé de la generosidad de mi «madre política» con los que quiere, y ya les digo yo que si hubieran sido otros, se hubieran celebrado ese día y los siguientes Las Bodas de Canaan. La conversación fue tensa y, cuando llegó el momento al tercer marido de explicar de qué sitio de España era, saltaron todas las alarmas. El segundo marido de mi madre era de un país pasando los Pirineos, y en esa historia  dejé congelada a mi suegra porque, explicando los devenires de mi madre, me iba a ganar que un día  me arrojaran una Biblia al coco y yo no estaba por la labor. Mi madre y su marido, que tenían mucha calle, consiguieron llevársela al huerto. Yo hace 38 años que la conozco y sigo como una gata bajo la lluvia. Solo que ya no me quedo a ver si me abren la puerta de marras. Ya he encontrado gente que me ha acogido en sus corazones. Mis hijos, mayormente.

    Vuelvo a lo de la habilidad secreta. Si pudiera pedir una, sería la de poder comunicarme como Dios manda con mis hijos. Lo hago bien en un 70% de las ocasiones pero, si hay una urgencia médica o de otro tipo y debo dar órdenes de forma rápida nos vuelve a joder mayo. Entre las prisas, que tu boca y tu mente se tropiezan entre sí y las suyas que sufren un bloqueo, lo único sensato es respirar muy tranquilamente y pedir una cosa cada vez. Si no quieres que todo salte por los aires y la urgencia ya no sea tal porque ya ha pasado, y entonces la prisa dé paso a la resignación.

    Ayer mi aún marido no comió con nosotros. Me castiga por lo que pasó el viernes que, si no sabes lo que es, está escrito en la entrada anterior. Total, que se va a hacer un recado y no le dice a los chicos que vayan con él. Va a comer solo y como señal inequívoca se lleva la tablet. Mi hija se pone de un humor de perro y, tras explicarle que su padre sólo busca molestar-me, y que, con su enfado gana, logré gestionar una comida tranquila y llena de risas. Pero hay algo que soy incapaz de conseguir. Ellos se miran y se dicen una palabra, que asocian a vete tú a saber qué, que a su vez se une a nosécuantos y se ríen cómplices. Soy incapaz de algo así.

    Cuando volvió el padre del recado, y sin mostrarme enfadada le pedí ir a hacer la compra del mes. Salimos a unas horas en las que no había ni un gato y, al poco, ya estábamos de vuelta. Mientras estábamos en ello, observo que mi aún marido ha cogido una bolsa de tomates y, desde que lo hace, hasta llegar al carro, va intentando hacer un nudo sin éxito. Llega a nuestra altura y sigue, cual conejito de duracell, con igual resultado. Miro a mi hija. No me pilla lo que quiero decirle.  Dirijo mi mirada a ella y luego a su padre y me río. Ahora sí que sí que me sigue el rollo. «Guau!» exclama. «Lo he debido heredar». Pienso que ojalá haber heredado unos pocos millones y no esa mente brillante, llena de sensatez y dificultades para entender el mundo neurotípico, que no hace más que preguntarse si alguna vez será capaz de hacer amigos por sí misma y no porque se vaya de vacaciones con las amigas de una, ejem, edad de su madre. Y de poder hacer un nudo a una bolsa de plástico. Eso sobre todo.  Me gustaría tener esa habilidad,  la de hacerle entender, sin poner de por medio el que soy su madre, que en ella no habita ninguna cosa que le impida conseguirlo. Ella, claro, quiere ver resultados, pero es que aún no se ha dado cuenta de que, la gente de su planeta es infinitamente mejor que la del nuestro. Cuando eso ocurra, si ocurre, que espero que sí, no habrá ningún ser humano capaz de parar todo ese potencial y ese don que sé que lleva dentro. Y entonces el mundo pondrá sus ojos en ella. Y no querrán ver otra cosa, porque toda ella es una maravilla del mundo.

  • Un fin de maratón

    Menuda semana hemos tenido en Avatar! Tras un lunes muy lunes en el curro, mientras rezaba además porque a mi hijo le saliera bien su último examen, cuando ya me deslizaba a buscar la ropa del gimnasio, comenzó a llover de una manera fuerte y constante. Como no podían llevarme ni traerme decidí cancelar la clase y me fui a la cama mirando con un ojo la climatología. Se me olvida que tengo ropa tendida fuera y caigo en coma nada más pegar la cabeza a la almohada. Me despierto el martes con un ruido ensordecedor en la cocina. Corro porque creo que ha reventado el termo. El sonido es de agua cayendo a granel. Llego a la cocina, abro la ventana y, para mi sorpresa, a mis 55 tacos, el agua cae como una cortina en el exterior. Jamás he visto llover así en mi tierra. Miro la ropa en el tendedero y me apuro a recogerla porque va a salir volando. Cuando saco la mitad de mi cuerpo, el viento consigue que me mueva como esos muñecos llenos de aire por dentro y que ponen fuera de algunos negocios. Como veo que la cosa está negra, escribo al tutor de mi hijo avisando que, ante tal temporal de agua, que mi aún marido trabajó de noche, que la escuela no tiene un transporte escolar seguro (apostillando que han dejado a los críos a la improvisación de sus mayores) el niño no acudirá a clases. Soy una visionaria. Ese día, a las 11 avisan a los padres de que vayan a por sus hijos. Se suspenden las clases, para ese día y para el siguiente. Yo tuve que hacer los juicios de un social porque mucha gente quedó atascada en carretera. Paños calientes. Que no se note que esta reforma está fatalmente implantada. Dientes! dientes! que diría la Pantoja.

    Los problemas en el trabajo crecen y decido pedir el cese a fecha 31 de marzo. Pero…antes de ponerme a escribir, uno de mis compañeros me pide que me lo piense una semana, y le hago caso. Al día siguiente me dice una compañera que hay Letradas que quieren hablar conmigo de cómo se está gestionando la torre 1. Veo por dónde van las cosas y le contesto que les diga que no se preocupen. Que voy a cesar en el acto, que les vayan dando mucho, y que qué coño se creen ellas opinando haciendo una su trabajo sin remunerar y sin medios. Me despacho a gusto.

    El jueves deciden dónde me van a poner. Ahora eres una pieza de ajedrez y puedes ser dama o puedes ser peón. Me toca peón y casi lloro de la emoción. Me asignan un puesto en el que, si me llaman del cole puedo ir sin ningún problema a buscar al niño. Podría jubilarme ahí y es maravilloso. Está hecho a mi medida. Cuando salgo del curro, me entero de que Noelia, por fin, ha conseguido lo que quería que es dejar de sufrir. He seguido su historia desde que, para poder morir, tuvo que pelear con su padre vía tribunales su derecho a decidir. Con esta batalla ya llevan como unos dos años y él ya había conseguido pararlo todo a golpe de medida cautelar. Su padre que, sin saberlo, hace lo mismo que hicieron en su día sus abusadores. Hacerla pasar por cosas que ella no quiere pasar, hacerla vivir cosas a las que ella no ha dado su consentimiento. Me alineo con su historia solo que yo no me lancé desde ningún lado y que a mis padres no les quitaron la custodia de sus hijas. En otra época más moderna yo hubiera sido ella y, tal vez por eso, al ver su carita en la tele, su lazo en el pelo, esos ojos tan tristes, su edad, una edad en la que yo también daba bandazos por ahí, pero estaba decidida a no dejarme llevar por los cánticos de la depresión, esos que te dicen que, tras la muerte llega el descanso. Tras la muerte llega la nada. Es lo que pienso! Al día siguiente voy a pedir un papel al centro Base para renovar la tarjeta de familia numerosa y me dicen que no pueden dármelo porque no está digitalizado. No discuto. Me voy al coche y me pongo a llorar mientras mi aún marido en vez de abrazar me dice que nos renovarán la tarjeta sin ese papel. Lloro aún más. Me pregunta que porqué lloro y le digo que me deje en paz. Entonces hace lo de siempre. Me castiga con el silencio.

    Cuando llego a casa siento a mi madre conmigo. Dentro de mi. Insuflando buen rollo. Abro el ordenador, me meto en mi carpeta ciudadana y…tachán!! Era cierto. Nos renuevan la tarjeta sin el papel de marras. Me lo aprueban ese mismo día y me descargo la resolución. Me vengo arriba y voy a mirar las notas del enano. Vivo al límite! Me pongo en la segunda evaluación y veo que ha suspendido plástica y música. Ha aprobado francés. Matemáticas. Geografía. Levanto los brazos y grito un «siiiii!!!» lleno de gratitud y de alegría. Me siento como los corredores de la maratón. Exhausta pero feliz de que todo haya acabado bien. Ahora solo queda esperarlo y darle la enhorabuena con aplausos, abrazos y besos. No quiero que sienta jamás que la vida es tan dolorosa que decida partir y dejar un vacío en corazones ajenos en los que ni siquiera sabía que habitaba. Como Noelia.

  • La mala noche

    He dormido fatal. Anoche alguien, en un grupo de WhatsApp en el que estaba, dijo que cogieran las teas y fueran a quejarse de nuestro trabajo a propios y extraños. Tenía preparado seis escritos, uno por barba y he flipado. Se quejan de entrar a los juicios de todas las jurisdicciones. Gente toda que pasan de los 40 con mil años de experiencia. Me salgo del grupo ipso facto. Llevo toda la noche soñando con discusiones, con gente que no aparece, con prisas, y luego, al despertar, he caído en la cuenta de que, esa, es mi vida últimamente. El enano, que ayer se despertó a las ocho y media «me quedé dormido, lo siento!» me dijo, hoy ha decidido hacerlo a su hora habitual, que son las 7. Entre levantarme, tomarme un café, agonizar mientras lo hago o escribir, he decido esto último porque el acto de poner mis pensamientos, darles un orden, me da una paz que no encuentro ni en tilas ni químicos ni pilates.

    Le dije al niño que iba a dormir otro poco en una mentira que no creí ni yo misma y él salió hasta el salón, para encender SU televisión, y, en un momento que sólo su mente conoce, ponerse a saltar y aletear sus manos. Si la tele estuviera en el pasillo, su padre diría que la avería de agua que tenemos, la provocó él.

    No salta despacio, ni lo hace con ligereza, mientras él realiza un sauté, que dejo enlace para los que no les guste el ballet, o no tengan idea o cualquier otra cosa, el suelo vibra y mi corazón se para pensando en el matrimonio de ancianos que habita debajo. No crean que no me he disculpado por eso, sino que ya quedamos una vez en que ‘ellos no escuchaban cosas de niños» me dijeron, y mi corazón fue bastante más liviano desde entonces. https://youtube.com/shorts/eiDHt0Eh264?is=ilBJVchP0dExYrXP

    Me levanto y comienzo mi rutina porque con los nervios me molesta todo, incluso las sábanas. Me asomo a la ventana y dejo que el sol de la mañana me de en la cara, mientras observo a los cuatro gatos madrugadores de un domingo, que me encantaría pensar que vuelven de alguna fiesta pero no porque esto es un barrio lleno de gente muy mayor. Me acerco al niño moviendo las caderas, en un baile entre busco mis ánimos y el ridículo, nos abrazamos, lo beso en la mejilla, esa que solo me pone a mi, a los demás les deja el coco, concretamente, pelo, y me devuelve el abrazo. Lo vuelvo a besar en esa mejilla de la que tengo uso exclusivo.

    Me preparo el café y pienso que no sería mala idea inyectármelo en vena, cual yonkie, esperando que la dosis me lleve a un lugar sin tanto ruido en mi cabeza, sin tanto rún rún. Tomo café mientras escribo estas letras, y, mientras lo hago, ese ruido mental desaparece, se hace humo, puf.

    Vuelvo a la cama. Quiero terminar diciendo algo bonito como, hay que vivir la vida a momentos, disfrutar de ellos, aprovecharlos al máximo, para cuando se nos tuerza la cosa y recordemos lo bien que vivíamos antes de pasar por ese bache. Como yo, por ejemplo. Me aplico la frase en el alma. Le digo que aguante, que ya falta poco. Me mira. «Te quiero» me dice.  Siento que mi cuerpo entra en modo descanso…me llevará al país de los sueños?»

  • La maternidad

    ¿A qué te gustaría dedicar más tiempo todos los días?

    Últimamente, con esto de que ando aún enganchada a la jefatura porque quiero cobrar hasta final de mes, si cobro claro! que aún no he visto un euro, no tengo humor para estar presente en la vida de mis hijos, ni para mi casa, ni para ninguna otra cosa que andar enfadada.

    A resultas del temporal que anda por las islas, a la directora le pareció una buena idea dispensar, durante dos días, a los funcionarios de ir a trabajar. Eso, a cualquiera un poco gandúl o con un mínimo de inteligencia, fue el regalo de quedarse en casa, faltar al trabajo, de gratis. Hubo mal tiempo en puntos específicos de la isla, pero no en la capital. Y si el jueves decidieron no faltar los que tenían vistas señaladas, excepto dos, el viernes no fue nadie. Bueno sí, esta tonta que escribe, el compañero de planta al que eché una mano, y otro par de personas con el mismo grado de tontería que el mío.

    Cuando íbamos acabando, recibo un mensaje. En Decanato no había un gato y se habían «olvidado» de los internamientos urgentes. Que la del mensaje iba a mirar si había algo urgente, y si yo podía llevarlo al juzgado. Contesté de manera educada que ese no era mi café. Que lo era del decano, persona a quien aprecio muchísimo porque es encantador, y del juzgado de guardia. «No cuentes conmigo para hacer de botones Sacarino» le dije. «No me falten el respeto por venir a trabajar, ni el jefe ni tú por escribir este mensaje. Estás en tu casa o en una terraza tomando una cervecita, disfruta! pero déjame en paz».

    Total, llego a casa y mi aún marido dice que eso me ocurre por acudir a mi puesto de trabajo. Le contesto si le parece normal no hacerlo con, por ejemplo, 28 grados en la playa de la ciudad. Me replica que sí, que había una emergencia y que mi obligación habría sido no acudir, no ayudar, no atender a la gente. Asumo que soy la extraterrestre de mi entorno y me tiro en la cama con una nube negra sobre mi cuerpo. Sigo sin pillar cuál fue mi error.

    En esas estaba cuando ataca por el flanco derecho mi hija. Resulta que se ha hecho un examen de Windows porque sale en el test de Justicia de tramitación, y no ha entendido nada. Le digo que es normal puesto que es tipo test y eso complica mucho saber qué comando debe pulsar sin un ordenador delante, y empieza a soltarme una chapa que ha visto en Tik tok y a la que se ha quedado enganchada. En bucle. Por eso no ha dado pie con bola en el test. El tema es sobre la paternidad querida pero no asumida. Yo ya estoy harta de dramas y decido desenchufarme de ese tema. Otro dolor emocional más y me caigo de la cama como lo haría un vestido de satén, despacio, deslizando, solo la gravedad y yo. Ella sigue hablando. Mueve la boca y no la escucho. Veo que, por el flanco izquierdo ataca el enano. Me dice que su profesora de francés le ha dicho que suspendió la parte de los verbos. Me prepara el cuerpo para un suspenso. Le digo que lo intentó y que eso es muy importante. Mi hija sigue con lo suyo. Él me pregunta que qué comeremos hoy. Suspiro. Le digo que qué le apetece y me contesta que no sabe. Vuelvo a suspirar. Qué va a querer! Siempre quiere comer lo mismo cuando estamos los tres. Pizza o macarrones. Yo apuntalo con una ensalada para no salir rodando de esa experiencia culinaria.

    Entra mi aún marido. Que ha ido a casa del vecino porque tenemos una avería de agua y le estamos dejando una linda humedad. Sigue hablando y ya no escucho. A ninguno. Me voy  lejos de allí. Abro la ventana y vuelo por encima de la Catedral y de la Plaza. Sobrevuelo la casa consistorial y me tiro de cabeza a su piscina. Nado hasta agotar mi mente.

    De repente, vuelvo al presente y me encuentro al niño enredado en mis brazos y mi aún marido e hija discutiendo sobre colaborar en casa y el reparto de tareas. Me enredo en los brazos del pequeño, como a una tabla en el mar tras un naufragio. «Vas a salir de esta» me repito, «un día cada vez». Huelo el pelo del niño. Eso me ancla a la maternidad. El lugar en el que siempre me gusta estar. Aunque, a veces, no de la talla. Da igual! No soy perfecta, ni falta que me hace!

  • La decisión

    Llevo una semana laboral complicada por decirlo de una manera suave. He descubierto, a mi pesar, que el dinero que van a pagarme por la jefatura no compensa en absoluto todo el curro que me ha caído encima. Por ciento y pocos euros más, he tenido que aguantar llamadas todo el rato a mi teléfono personal, a pesar de haber dado mi extensión y de que estoy en mi puesto casi sin moverme a no ser que esté apagando una urgencia del tipo «yo no tengo compañero porque bla bla bla, y ahora estoy solo bla bla…» mientras yo le digo que si quiere milagros vaya a la Virgen de Lourdes, que hay bajas que no se habían cubierto en seis meses. La gota que ha colmado el vaso ha sido que, como digo, por ciento y pocos euros, después de poner a mi grupo en cada sala, he tenido que añadir un suplente para que los señores y señoras juezas se sientan en calma y duerman tranquilos pensando que todo en las vistas va a salir bien. Así que me vi hasta las mil añadiendo nombres, pensando que no debía poner a alguien que estuviera de permiso y, cuando acabé, me había equivocado. Creo que dos veces, veremos a ver mañana. Total, que subo con el listado de persona-sala, y empieza alguien a gritarme (una compañera) que qué era eso de la persona sustituta. Le digo que no me grite, que entiendo los nervios de todos, que no me pagan lo suficiente para soportar su mala educación y, justo en ese momento decido irme de la jefatura. No voy a hacerlo efectivo hasta después de Semana Santa, donde espero, a esas alturas, cobrar, porque esa es otra! hasta ahora nadie ha visto un euro!

    De manera honesta pensé que ese curro lo haría alguien a quien pagaran más, que me daría el trabajo hecho, y que yo me limitaría a ejecutar sus órdenes. Estamos hablando de que cobro menos que alguien que tramita un expediente y con el cuádruple de estrés. No compensa. Y además, con el tema de la segunda evaluación de mi hijo encima, que es otro estrés añadido.

    El martes tuve una tutoría telefónica con el tutor del niño, para quejarme de la asignatura de Geografía. Me entero de que el famoso paisaje debía ser un trabajo con otra compañera a la que mi hijo, sin saber, dejó tirada y que debió realizarlo sin ayuda. Le pregunto si le parece normal no poner esto en la aplicación del cole para tener, padres y alumnos, los conceptos claros. Le pregunto que porqué la profesora no se da de alta en la aplicación y me contesta que ella está. Le replico que no y él insiste en que sí. Esa tarde recibo la invitación al classroom de esa asignatura. Por lo visto no sabe contar, y no sabe que, 18 alumnos da un total de 18 invitaciones a los correos de dichos alumnos. No a los padres. A los alumnos a los que ve cada día. Debe ser que ella  se da cuenta de que existe mi hijo, solo cuando el niño no toma la medicación y se comporta de manera disruptiva en clase. Eso sí que sí. Escribo cuatro correos y solo me responde un profesor. Al día siguiente vuelvo a reenviar los correos a quienes no me han respondido. Estamos hablando de que pido saber los contenidos de los exámenes y de las adaptaciones puestas y estamos a miércoles. Los exámenes comienzan este próximo lunes. Me contestan todos menos la de Geografía. Reenvío el correo. Como una gota malaya. Igual. Me responde y tomo nota de todos los contenidos de las asignaturas. El trabajo de sacar a mi hijo adelante sí que me gusta, y sin aguantar gritos. Todo online!

    Anoche tuve un sueño en el que contaba a mi madre todas mis cuitas y, en medio de la conversación, mi madre me decía: «Mira niña! Por esa mierda que vas a cobrar ni te molestes! Y ya sabes lo que te he dicho siempre, que para que el pajarito cante, los dineros por delante!» «Una para saber y otra para aprender» continuó. «Pero si ni te pagan, con esa lección ya aprendida te coges el tolitoli» Yo la miraba sonriendo, cuando no riendo directamente, y mi sueño se relajaba más profundamente cuando ella me soltaba alguna de sus frases. Llegando al amanecer me dijo: «Bueno mi niña, me retiro a mis aposentos!» Me cogió la cara con las dos manos y me plantó un beso. La vi subir las escaleras de su casa del sur mientras yo me quedaba en el salón «más triste que un torero, al otro lado del telón de acero» que diría Sabina, con el olor de su perfume en mi cara. Entonces abrí los ojos, me giré, vi al enano con los ojos ya abiertos, lo besé como hizo mi madre conmigo en el sueño y me levanté para enfrentar un nuevo día. Uno lleno del perfume de mi madre.

  • El aniversario de la partida

    ¿Con qué consigues evadirte?

    Yo, más que evadirme, suelo relajar mi cabeza entre la música y la lectura. He descubierto, además, que, si me pongo un audiolibro, soy capaz de vivir la narrativa como si estuviera en ella y me veo gritando: «No!!» cuando me sorprende lo que oigo es un puritito giro de los acontecimientos. Ahora estoy con «Jotadé» que me está gustando porque el protagonista es de la raza calé y a mí me agrada la gente que va contracorriente, tanto, que los que han seguido el camino que la sociedad esperaba de ellos, le preguntan que si su profesión es resultado de una caída de la cuna. Me agrada la gente que no hace lo que llevan tatuados en la piel en forma de sino. Los que, si hace falta, se lo arrancan, como hizo mi madre.

    La música ha sido otra de mis grandes pasiones. Si es en un idioma distinto del mío, intento que mi cerebro consiga descifrar qué me quiere contar el que escribió esa canción. Me encantaba escuchar a Édith Piaf o a Shirley Bassey, que era la crush del padre de mi mejor amiga en el cole (qué coño! mi única amiga en el cole) y que con algo debí sorprenderlo que, cuando me llevaba en el coche, solía preguntarme y comentarme las jugadas más interesantes en el mundo de la canción. Debieron ser mis gustos viejunos, producto de criarme con mi abuela y con unos tíos a los que, como a mí, nos encantaba ocultar nuestras caras detrás de un libro.

    Mi madre era una gran lectora, aunque a ella le iban más los libros de biografías, que  devoraba porque era de natural curiosa, tanto, que era capaz de, leyendo una entrevista en «Hola» su revista de cabecera, te podía decir quién mentía sobre tal o cual detalle de su vida. Yo, mientras, buscaba en Google lo que ella me contaba que era verdad cien de cada cien veces.

    Su cantante preferido era Roberto Carlos y, cuando sacó una canción con su nombre consiguió el giro argumental definitivo. Mi madre lo ponía siempre que íbamos en el coche, a toda pastilla, yo con un ojo en la carretera y otro en las estrellas, supongo que para hacerme a la idea de qué vería cuando semejante conductora loca nos llevara hasta ellas. «Toda esa vida errada, que he vivido hasta ahora, comenzó en el triste día, en que me dejaste solo oh, Ana, Aaana, Aana, oh oh oh Ana, tengo ganas de tu amor» cantábamos ella y yo desgañitándonos, cada una por un motivo distinto, ella porque, lo mismo que aquel coche, iba dirigiendo su vida en una dirección distinta de lo que se esperaba de ella, yo porque, como buena copiloto, miraba en silencio cómo se alejaba de mí porque sabía que su viaje no era «nuestro» viaje, solo suyo, buscando la felicidad a toda costa. Sin importar sacrificios ni sufrimientos. Luego nos volvimos a encontrar hasta que la vida, esa cabrona, decidió que, definitivamente, debía apearse del tren en el que viajaba. Yo seguí en él, asomada en la ventanilla, viendo como mi madre se iba haciendo cada vez más pequeñita, yo gritando que la iba a echar de menos, que jamás había conocido a nadie tan buena gente ni tan especial. Ella me dijo que la recordara, pero no mucho, para no vivir mi vida penando, como el gato de Roberto, que se quedó triste y azul, aunque, como en la canción siempre sabrá de mi sufrir, porque en mis ojos una lágrima hay.