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Aprender como forma de vida
¿Eres de los que nunca dejan de aprender?
Me he desvelado esta madrugada. Nunca me había pasado, ni siquiera cuando he cuidado en hospitales, que ha sido pocas veces pero con unos problemas de salud que deberían haberme quitado la capacidad de dormir Jamás. Anoche me estrené. Cogí la tablet y me puse a ver vídeos de medicina forense porque me gusta saber cómo avanza la tecnología para pillar al que comete un delito o cómo, a través de los estudios genéticos ya se sabe qué tipo de enfermedad se tiene, qué rasgos tiene el delincuente o de quién es pariente. Mientras aprendía todas estas cosas caí otra vez al sueño y me desperté a las 7. Abrazo al enano y noto que comienza a despertar y ahí lo espero yo, paciente, a que abra los ojos. No hay prisas, es domingo y, aunque no lo fuera, él no tiene más obligaciones hasta casi mediados de septiembre.
Me pongo a leer los blogs a los que estoy suscrita. Me nutro también de lo que escriben otros, de sus frases, de sus giros. Me gusta mucho leer y, para ver otros puntos de vistas de otros lectores, me he apuntado a un club de lecturas. Todavía no he pillado el libro pero hay tiempo. Yesteryear se llama. Tiene nombre de bodrio pero seguro que solo por eso me sorprende.
Otra actividad en la que mi cerebro aprende es escribiendo. Voy a hacer unos retos de escritura que he visto por ahí, a Manuel Warlock concretamente, porque creo que con ellos uno aprende a escribir mejor. No sé si será así pero…qué más da! Escribir e imaginar es de lo mejor de la vida y solo con sentarme y estrujarme el coco frente a una pantalla en blanco ya estoy encantada.
Durante el desvelo recuerdo el día de ayer. Salí a dar un paseo con mi tía más pequeña. Me mete en una tienda de productos de belleza, me enseña lo que busca que lo tiene en capturas de pantalla y me da una charla sesudísima sobre ácidos y vitaminas para la piel que me dejan ojiplática. Me dice que todo lo sabe por alguien a quien sigue en YouTube, por eso, pienso yo, y por el curso de auxiliar de farmacia que sacó con unas notas buenísimas y que no le sirvieron para encontrar trabajo, que no lo dice, pero se nota. Mientras seguimos paseando aprendo del mundo en el que ella vive que es el planeta del que salí en el año 2005. Ese mundo ha cambiado y ahora, cuando voy en la guagua, por ejemplo, me tengo que tragar la videollamada a gritos de un adolescente que repite mucho «bro». Se sube un montón de juventud extranjera mientras yo recuerdo que en mis tiempos los que se subían eran algunos broncas que hacían que me tuviera que bajar del bus y esperar al siguiente. No termino de decidir si el mundo ha cambiado para peor o no.
Me enseña marcas del hogar que yo no tenía ni pajarraca idea. «Encantada» me digo mientras ella me las enumera. Luego me indica una marca de pantalones carísima que tampoco tenía el placer. «Yo me quedé en Levi’s» pienso. Eso será muy cerca o muy lejos de la ancianidad? Prefiero no dejarme llevar por ese pensamiento nefasto.
Me pregunta por Avatar, más por cariño a los chicos que porque su mente sea capaz de abarcar qué significa para mí entrar a otro mundo cada vez que giro la llave de casa. A la gente no le gusta escuchar los problemas a los que te enfrentas en cosas cotidianas. Eso sí, puedes dejar patidifuso a alguien cuando cuentas que es difícil poner a tu hijo en el colegio que tú deseas ni siquiera pagando porque hay unos ratios en los que, claro está, no se hacen excepciones, por ejemplo. O que no vas a un determinado centro comercial porque, desde su estructura misma, con unos techos que hasta yo llego saltando, no está hecho para los habitantes de Avatar. «Pero hacen un tributo a Michael Jackson!» Me dicen. «Con un montón de gente en un lugar no compatible con la necesidad de libertad que tienen mis hijos» pienso. Tampoco salgo de vacaciones en agosto por si me llaman del Centro Base para valorar al niño. Cositas!
Contesto a su pregunta y le pregunto por su hijo. Me cuenta sus desvelos y le replico que está de adolescente total. Ella deja de dormir porque a él se le caduca el aprobado de la teórica de coche. Amazing! No me río porque entiendo que eso, en este planeta, debe ser una putada gastarte una pasta y tirarla a la basura por dejadez del chaval y por falta de examinadores pero es que yo llevo más de un año esperando la llamada de la valoración, con el grado de discapacidad caducado y sin ayudas de ningún tipo. «Cada loco con su tema» que diría Serrat. Entonces entramos en un mundo lleno de magia y de lugares desconocidos. Estamos en la sección de libros. Paro de hablar y empiezo a acariciar los lomos de los escritos por mis autores preferidos. Le explico tal o cual libro, tal o cual autor. Ahora soy yo la cicerone.
Cuando salimos de allí, yo ya sé un poco más del planeta Tierra y ella otro poco más de Avatar. La acompaño a la parada y hablamos otro poco hasta que vemos llegar la gigante amarilla. Me despido con un gracias y ella me pide que repitamos. Me dirijo a mi parada y, cuando llego a casa, el olor a lo que está guisando mi hija me llena las pituitarias. Un beso de bienvenida de cada uno y un prepararme una ducha para cenar en calma después y ya siento que estoy en casa. Estoy, para bien y para mal, de vuelta en Avatar.
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Los hábitos del quererse bien
¿Qué hábito es el que más ha mejorado tu vida?
Aquí, en Avatar, comenzamos la etapa de ir a todo sin prisas, algo que se prolongará hasta después del día 8 de septiembre. A partir de ese momento, comenzarán otra vez las carreras, los disgustos, algunos gustos como el viaje a Asturias de mi hija y mío y el estrés volverá a desatarse dentro de mí. Voy a preparar un memorándum para el claustro de profesores, para dejar claro lo que queremos para el enano, que no es otra cosa que lo que puso su profesora de PT en su informe, me meto de cabeza en el proyecto literario que prometo contar si va para adelante, preparo una lectura que tengo para un club de una librería donde se reunirán el 17 de septiembre, y preparo mi ánimo para todo el maremágnum post vacacional. Voy a preguntar a mi terapeuta por unas clases de yoga que se dan en el gabinete al que voy. Mola mucho el yoga. Mucho. Y no quiero desaprovechar el que haya aparecido en mi vida.
Ahora que dejamos atrás la última terapia, que celebramos con un helado y una charla con la terapeuta, se ha abierto la posibilidad de añadir rutinas a ese espacio temporal inviolable donde, menos enfermarse o morir, nada puede alterarlo. Me he agendado, por ejemplo, una peluquería el lunes, que mi rubio comienza a ser un pelo gris lleno de lugares revueltos y tengo pinta de terrier. También salí ayer con las amigas en lo que debió ser la comida de Navidad. Imaginen lo que me supone quedar con alguien con el que no encuentro espacio para ir a pasar un rato cerca de mi casa, tanto, que volví caminando mientras la cerveza que me había tomado me pedía salir. Menos mal que pude entrar a mi trabajo e ir al lavabo, que si no, ay la edad! me lo hago encima como un bebé!
Al grano con lo del hábito. En realidad tengo dos. Ir al gimnasio y mis citas con la psicóloga. Desde que hago ambas cosas, la gente ha empezado a mirarme y a verme. Creo, y no lo digo en modo altivo, que he sido muy camaleón en la vida, tanto, que esa frase viene de quien le da terapia al enano que me lo dijo el jueves pasado. Siempre consideré que mostrarme vulnerable, decir, oye! esto que me has hecho me ha dolido, la propia muerte de mi madre, que, para empezar, nunca digo que murió sino que se fue (como la pobre madre de Marco, el del mono Amedio) era una forma de dar al que me hacía daño a posta, una satisfacción.
Desde que voy a terapia soy más yo, aunque sigo poniéndome vendas antes de las heridas, tengo por lema que al enemigo ni agua y, por eso mismo, y a que me toca elegir plaza en tramitación, penal, por más señas, solo he dicho qué voy a elegir pero sin señalar juzgado, por no dar ideas a los que están delante. Alguna de esas personas que presumía ser amiga mía hasta que, tras jurarme que no iba a presentarse al examen, me pasó por encima en el escalafón por segunda vez porque había estudiado aprovechando una baja. Se presentó al examen estando en esa situación, pero eso sí, recobrará su salud cuando le toque tomar posesión. No les quepa ninguna duda. Que me mientan me revienta pero, que lo haga una persona que dice ser amiga, me da grima. Como premio, cada vez que me pregunta si puede llamarme le digo que no, por si acaso en un descuido le digo algo que le interesa. Encima está enferma, enfermedad que le impide todo menos estudiar, por lo visto, y cuando te llama todo lo que te cuenta te parece falso como el cartón piedra. Es lo que tiene decir que eres la best friend de una persona como yo, que cuando utilizas artimañas para tu beneficio pasándome por encima, te cierro la puerta en las narices. Y ahí te quedas. Para siempre.
Otro hábito que me ha venido bien ha sido el gimnasio. De hecho, y para mi sorpresa, en una de las clases se me acercó una mujer de más o menos mi edad, se me presentó, me presentó a otra amiga suya que tal vez también conoció en el gimnasio y, colorín colorado, he acabado en un grupo de WhatsApp llamado «las divas del gym». Hace años, cuando bebía y fumaba como Hemingway sin escribir como él, por supuesto, si alguien me hubiese dicho que iba a acabar así, en un grupo cuyo nombre no me representa pero que me hace gracia, cosa que también clama a la vengaza divina, le hubiera echado el humo en la cara y me hubiera caído de la silla, mitad por la risa, mitad por el alcohol bebido. Y ahora estoy ahí, diciendo que me he agendado Power a las 8. Muero. Cómo me ha cambiado la vida!
Qué guay es vivir sin pensar en otra cosa que evitar lo tóxico, quererse un puñado más que antes, cero, y buscar todo lo que pueda ser divertido o bueno para tí. Me encanta esta sensación de bienestar que está calando en mis hijos. Sin ir más lejos, ayer no incluyeron a su padre en sus planes. Se fueron a comer los dos solos, invitados por mi dinero y luego se fueron a comprar ingredientes para la cena. Llegaron después que nosotros, sus progenitores, con caras de haber pasado una tarde feliz, aunque incluyera peluquería de mi hija que se ha estrenado con mi peluquero, eso sí, después de advertirle que él es un cachondo que todo lo que habla es chiste. No hay nada peor para un habitante de Avatar que un peluquero que todo lo dice con doble sentido.
Cuando estaba en la comida, me avisaron de que mi móvil estaba recibiendo una llamada. No llego a tiempo. Miro el teléfono. No me suena el número. No devuelvo la llamada. Recibo el mensaje de una aseguradora. Empiezo a enfadarme porque me huelo por dónde van los tiros. Los tiros resultan ser ciertos porque incluye la matrícula de nuestro coche. Entonces recibo un código y un mensaje de mi aún marido. Que le envíe el código. Se lo escribo con un «no vuelvas jamás a tocarme los huevos con tus mierdas mientras estoy con mis amigas. Eso no me lo hubieras permitido a mi». Leo el mensaje dos veces, tres. Quiero estar segura de que se entiende. Creo que sí. Le doy a enviar. Sigo con la conversación mientras mis amigas ayudan a sostenerme. Y volvieron las risas. Y los planes. Y todo siguió su curso. Como si nunca hubiera recibido mensaje alguno!
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El último día…por ahora
Hoy nos volvemos a casa. Mi aún marido vendrá a buscarnos y comeremos en algún sitio antes de tirar para casa. Ahora no volveremos en quince días, así que toca, por ejemplo, regar el jardín, recoger la ropa de baño, limpiar el lavavajillas, hacer camas, apagar termo…así hasta la hora misma de partir.
Cuando esté regando en el jardín me despediré de la pareja de canarios, que viven en la congoja de saber que necesito podar las ramas de su árbol que ya alcanza hasta el ventanal del salón. Demasiado peligroso teniendo en cuenta que aquí, cuando hay tormentas, la lluvia y el viento hacen mil destrozos a lo largo y ancho de este cachito de tierra. Así que toca comprar podadora y acabar con un problema que se está volviendo secuoya.
Ayer fui con el niño hasta la playa, por esto de sacarlo de la rutina diaria y porque, por sólo verlo disfrutar en el agua vale todo la pena. Llegamos tarde, miramos a ver si había un espacio minúsculo donde ponernos, observamos que la marea estaba bajando para no mover luego las cosas de sitio, y, antes incluso de poder decirle que si se esperaba a que me remojara un poco el cuerpo para no morir asada, salió como un galgo hacia el mar.
Mientras el sol me iba haciendo vuelta y vuelta, un grupo de amigos formado por tres familias se apoltronaron entre unos señores con los que podía cogerme de la mano de tan cerca que estaban. Habían salido huyendo del agua que aún alcanzaba con fuerza las pertenencias de quienes, ante lo minúsculo de la playa, se sientan demasiado próximos al mar. Pidieron disculpas, a los señores, que no a mi, «qué te crees tú, guiri» debieron pensar, porque mi gorro, mis gafas, mi pelo claro, engaña a algunos. Total, que, sentarse y hablar junto a mi de lo divino y lo humano fue todo uno. Hubiera metido baza si no pensaran que era extranjera, y yo debía mantener el tipo hasta que salió mi hijo del agua. Entonces me pidió papas y el camuflaje se fue al agua conmigo. Mientras me remojaba, veo al enano con el paquete de papas, de rodillas, comiendo sí, pero esperando, alerta, como un suricato. Dí un suspiro y salí a la estrechez del cubículo donde estaba. Le digo al peque que si nos vamos, que estoy hasta la chirla de aguantar balones, hijos de otros, conversaciones de patio de vecinos…hasta que miro su cara y veo que no me entiende. Hemos dejado de hablar el mismo idioma. Suspiro y me callo. Suspiro y lo beso. Suspiro y le digo que lo quiero. Se pone de pie de un salto y vuelve al agua. En ella él crea una burbuja, como una bola navideña, en la que nadie entra, donde no le alcanza ningún balón ni pelota de los artistas de las palas, ni ninguna salpicadura de quien se sube a los hombros de alguien para luego saltar al mar. Él gira, nada, se aleja, se acerca, se deja mecer por el mar que lo deja varado como una foquita a la orilla. De vez en cuando me mira sin verme, con esos ojos grandes y su sonrisa perenne. Él está allí, en algún sitio mental a donde lo lleva el mecer de las olas. Hay una canción de Luz Casal que dice: «pero yo te esperaré, en la orilla, aunque tú no volverás jamás…» Y eso es justo lo que siento cuando estoy con él en la playa, que no puede evitar marcharse a algún lugar donde nadie puede alcanzarlo. Ni siquiera yo misma. Mientras lo miro rezo para que la sal del mar le dure los quince días que estaremos sin venir ahora. Me gustaría preguntarle si eso será así, pero sé que no está conmigo. Se ha ido lejos, a un mundo que lo mece y le hace cosquillas.
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El viernes libre
Estamos desde ayer, que me pillé libre en el trabajo, instalados de nuevo en la casa del sur. Tras dejarnos mi aún marido en la zona de aparcamientos, descargamos las cosas y nos fuimos a comprar. Unas pizzas, una siesta y una caminata después, nos fuimos a la playa. Por el camino íbamos mi hija y yo hablando sobre lo difícil que se me está haciendo el curro, todo ello mezclado, que no agitado, con la menopausia. Siento a veces una tristeza profunda, con muchas ganas de llorar a gritos, de romperme la ropa, hasta que pienso que eso en Avatar no estaría muy bonito ni pedagógico y se me pasa. Total, que llegamos a la playa cuando la gente corría en dirección contraria para llegar a sus apartamentos, ducharse y ponerse sus mejores galas y colocar luego sus carnes en un bar donde pongan música de su país, comida de su país, les atienda gente de su país, al que luego vuelven y dicen que han estado haciendo turismo en un lugar donde no quieren ni rozarse con lo autóctono, no sea que se vuelvan como ellos! Los he visto incluso, al entrar en algún lugar de SU país, sorprenderse y sentir pavor a partes iguales, calculando dónde me sentaría, y respirando aliviados al ver que había pedido para llevar.
Una vez que colocamos nuestros cuerpos en la arena, nos fuimos al agua. A mi me importa cero si alguien me roba el bolso porque no llevo más que un móvil de pantalla rota, unas papas fritas (el snack preferido por mis chicos para picar algo) agua sin gas y las llaves de la casa, lo único que me perjudicaría, la verdad. Por si las moscas, nado cerca de la orilla y no tardo en salir. Me pongo mis gafas de sol y mi gorro y observo a mis retoños en el agua. Se me han olvidado los auriculares para oírme un audiolibro. Por el rabillo del ojo observo que un matrimonio y sus hijos se han colocado casi encima de mis toallas. Miro a ver si no había más espacio y confirmo que si, pero a estos la distancia social se las trae al pairo. Un chaval que los acompaña, empieza a hacer piruetas de baile mientras comprueba si lo miro. No lo hago. Me molesta que se me ponga delante y me impida ver el paisaje. Se une la hija del matrimonio que le explica que ella ballet no, pero saltos mortales hacia atrás los que quieras y lo demuestra. A cada salto, mi cuerpo vibra sobre la arena despegándose unos centímetros cada vez. En el último que hace, harta de que no la mire y de que nadie le diga lo Nadia Comãneci que es, siento el crujir de sus rodillas. Otro salto más y la veo saliendo de la playa en camilla. Miro a mis hijos por los huecos de las piernas de esta coña marinera que tengo encima. Mis hijos salen del agua, se toman el tentempié, y el uno vuelve al agua mientras la otra se tira en la toalla. Me dice que tiene frío y yo me pregunto si quiere que me vuelva peluche para abrigarla. Lo dicho. Vivir esta menopausia no está siendo fácil. Le cuento a mi hija, como quien no quiere la cosa, que me ha salido participar en un proyecto literario. Me pregunta si será de autoayuda. Me meo! «De autoayuda yo?» Le respondo. «Pero si voy a terapia hija!» Después de intentar que me diga qué le parece y tras cero respuesta, vuelvo a buscar al enano con la vista. Lo encuentro rápido. Es el único que imita a Michael Jackson, concretamente, practicando el Moonwalker. Ahí va! Me mira, me señala, «jiiii-jiii» dice. Me río con ganas.
A las 7 y media, mientras el sol se oculta tras la montaña, en una playa casi desierta, tengo ya a la familia de al lado justo encima de mi. A un milímetro de pisarme la toalla. No puedo con la vida y me levanto cogiendo las cosas de mala manera. Ellos ni se enteran. Tal vez porque, sin yo saberlo, Avatar también acude con nosotros a la playa y se mimetiza con el paisaje. Me voy a las zonas de las hamacas para colocar todo con comodidad. El enano, que creyó que me iba sin él, sube lloroso del agua. Lo abrazo y lo beso y le pido disculpas y luego le digo que yo, jamás, en la vida, lo dejaré atrás. Le ayudo a secarse y, mientras lo hago recuerdo a otras madres que, incluso, deben cambiar pañales a cuerpos adultos. Me solidarizo y me digo que lo mío no es para tanto y que arriba ese ánimo.
A la vuelta, con el pueblo mitad sol mitad sombra, subimos hasta la casa en una cuesta arriba que hacemos ligeros. Como los extranjeros de la ida. Nos ducharemos, cenaremos en casa, y nos iremos a dormir para cargar pilas y encontrarnos los unos en los sueños de los otros. Hasta el día siguiente.
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Las mini vacaciones
Hemos tenido una semana muy tranquila aquí en la casa del sur. Excluyendo el que salieron las plazas que iban a ofrecerme para tramitación, que echó mi sindicato para atrás porque no estaban todas las que eran, no ha habido ningún sobresalto más. Sobresalto porque ver las plazas y deprimirme fue todo una porque todas eran de penal y mi alma, al leerlo, hizo la maleta y abandonó mi cuerpo. No me importa currar, pero ese orden jurisdiccional, no siendo la ejecución de las sentencias que es muy parecido a civil excepto en las penas de prisión. Vamos, que tienes que hilar fino por si dejas a alguien de más entre rejas y yo no sé si no me equivocaré dos millones de veces! En prisión me van a amar!
Establecí una rutina férrea de compra por las mañanas, cocinar a buena hora, siesta, esto último solo para mi porque mis hijos casi nunca, y sobre las cinco y pico, playa. Veinte minutos ida y otros tantos de vuelta que hago cuando el sol comienza a desaparecer detrás de la montaña, para que todos entendamos que el día va diciendo adiós. Eso ocurre sobre las 7 y media de la tarde porque la playa a la que vamos es la desembocadura de un barranco bien profundo y las montañas de su alrededor bien grandes. Llegamos a casa, duchas, cenas, dejo el lavavajillas funcionando y nos vamos a dormir.
Si quiero romper con la rutina lo digo un par de días antes, como por ejemplo, anoche cenamos en un sitio que está frente a mi casa. Pues eso lo advierto desde el jueves, eso, y que luego daremos un paseo, que se convirtió en una carrera porque mi hija tenía fichado un bolso mientras bajaba a la playa, y allí que fuimos a dar. El bolso, por supuesto, lo pagué yo a pesar de saber que su abuela le regaló mucha pasta en sus 21 cumpleaños. Yo hago como si no lo supiera.
A todo lo que he contado, le tenemos que añadir que mi hijo a la playa llega bailando como Michael Jackson y, cuando lo vigilo en el agua puedo oír sus jíjis imitando al rey del pop. Aún así, a pesar de que es un friki de trece años, de que lleva su bañador con un pequeño agujero porque no encuentro el modo en que lo suelte, a pesar de que, aún bailando procura evitar a la gente, ayer un grupo de chicos de más edad todos, lo invitaron a jugar a la pelota en el agua con ellos a lo que él dijo que no. Luego me lo contó como si no pudiera entender que esos chicos, viendo que es extraterrestre, lo invitaran a nada. «Eso lo llamo yo inclusión» pensé porque esos chicos llevan acudiendo a la playa toda la semana y ya han visto lo que hay, así que no se llevan a engaño.
He descubierto también cual es el foco de atención de mi hija ahora y es el de maquillarse los ojos aunque luego vaya a la playa. Ha ido incluso con unos brillos circulares pegados al párpado que yo miraba perpleja y que luego le puso a su hermano. Le dije que yo a tope con sus cosas, pero a la playa, con decoraciones que pueden contaminar el agua en la piel de su hermano va a ser que no. Estuvo de acuerdo y se lo quitó. Mientras ella iba tan ricamente con sus adornos, yo observaba la reacción de su cuerpo moldeado a golpe de gimnasio. Primero una señora extranjera con pinta de tener mucho dinero con un bolso que le hubiese yo robado con gusto, luego, a pesar de que iba yo escuchando un audiolibro, un silbido de admiración al entrar en la playa. Ella no escucha. Yo, me hago la muerta. Las chavalas la observan al entrar o salir del agua, algunas, las que son de corta edad pero bien de haber vivido, con envidia un tanto sibilina, porque no pueden con ese cuerpo tan bonito y esa cara llena de inocencia, la mayoría pensando que qué puede ocurrirle para que, a su edad, vaya con su madre y su hermano en vez de con un grupo de amigos que es lo normal a su edad. Yo me hago la muerta. Cuando volvemos a casa los camareros y los comerciales te atacan para que entres a cenar a sus locales, a pesar de que mi hijo va de tierra hasta las cejas, porque el ayuntamiento, a causa de algunos que duchan a sus hijos con el agua para lavarse los pies, corta el suministro y lo pone en periodos cortísimos, y bailando como Jackson. Algunos me invitan en inglés, que me creen guiri, mientras yo les respondo en un acento canario tan rápido y profundo que casi no pillan lo que les respondo. La mayoría de ellos son extranjeros.
Al final del camino de vuelta nos encontramos con una inglesa que sabe que yo no soy de su país ni de coña porque ya me ofreció en inglés y yo negué en canario profundo. Cuando le contestaba, siempre me deseaba buena tarde y yo a ella. Me gusta la gente así. Por eso decidí que anoche cenaríamos en su local, a pesar de no contar con un ambiente tan glamouroso como en otros locales. Salimos rodando por la abundancia de sus platos a dar un paseo y, tras adquirir dos bolsos, uno que me recordaba al de la inglesa de pasta y otro para mi hija, mi hijo señaló al cielo porque creía que un chico africano estaba lanzando petardos que no hacían ruido. En realidad son como una especie de yoyó que se iluminan al elevarse. Nos quedamos quietos, contemplando lo que para mi hijo era una maravilla, en silencio. Cuando hablé le dije que le iba a cambiar de bañador y que había que comprarle ropa, siempre aprovecho estos momentos de relax para dejar caer algo que provocará un cambio. Él me miró en silencio. Se estaba haciendo el muerto muy bien. Imitando a su madre!
Hoy vendrá su padre a buscarnos y ya le hemos colgado el cenar fuera antes de irnos. Han sido unas maravillosas mini vacaciones que repetiremos algo más alargadas en el tiempo ahora en julio. Yo ahora voy a regar el jardín. Para que me recuerde hasta la vuelta!
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Mis creencias infantiles
¿Qué es algo que creías de niño y que ahora te parece ridículo?
Cuando era niña creí, como todos los de mi edad, que existían tres señores, Reyes para más señas, que trabajaban a destajo un día y pico para traernos regalos que podían coincidir o no con lo que les habías puesto en la carta de marras que escribías con todos los nervios a flor de piel. Luego caí en que, en otros países, era un señor vestido de rojo con mucha pinta de buena gente, que se deslizaba por las chimeneas, siempre apagadas, de los hogares agraciados y eso ya fue un mosqueo sideral porque yo no entendía esa diferencia entre países, que yo era pequeña, si, pero siempre he atado cabos de una manera maravillosa.
También creí en el Ratoncito Pérez que luego resultó ser un hada en otros lugares y ya, la balanza de 3 Reyes versus Noel, quedó equilibrada con Ratón frente a Hada. Es decir, un hada preciosa para unos y un ratón con sus orejotas, sus ojos chiquitos y su gran cola? No es justo. Ni estético.
Llegué a creer que los matrimonios eran todos felices y se amaban porque ninguno de los dos cogía el portante. Más adelante, claro está, entendí que no existía el divorcio en nuestro país, y que lejos de ser felices, aguantaban porque no había forma humana de disolver aquello y, cuando eras abandonada por tu marido, te veías en un problemón porque necesitabas su autorización para abrir una cuenta corriente, como si tu materia gris fuera distinta, más infantil, con alguna discapacidad desconocida por todos menos por quien puso esa norma. Recuerdo una anécdota maravillosa (vaya por delante que llamarla «maravillosa» es un sarcasmo) donde mi madre se quitaba de otras cosas para poner dinero en la cuenta familiar y comprarme una habitación. Tenía cuatro años y dormía en una cuna de ese hierro que sabes que en cualquier momento se hundirá por tu peso y, para paliar semejante atropello mi madre me colgó a los pies un payaso horroroso hecho por ella y que, cuando despertaba a media noche, parecía un señor colgado en un suicidio que, si llego yo a saber, me apunto. Mis pies, además de rozar con el pobre muñeco, se salían fuera de la cuna y me levantaba hecha un ocho porque me golpeaba contra los barrotes de hierro. Total, que ella, mi madre, hacía sus cuentas y, cuando creyó que podía retirar la suma por la que podría comprarme una cama y un armario, qué dispendio por Dios! le dijeron en la entidad bancaria que eso lo había hecho su marido antes. Durante la comida, algo que a mi padre le reventaba porque le encantaba comer en paz, sacó la cartilla y le preguntó que dónde había puesto el dinero. «En los forros del coche» le contestó colorado. Entonces descubrí que lo que yo entendía por un héroe no era más que un egoísta al que le importaba nada que a mi me doliera el esqueleto. Mi madre, como respuesta, se fue a comprar mi cuarto a plazos. Cuando llegó mi cuarto y vi que tenía una cama litera, además de un precioso escritorio donde estudiar, supe que llegaba un hermanito o una hermanita a mi vida y así fue.
Yo creía que mi padre me quería que está en ilusiones justo detrás de creer que un ratón te traía una moneda por un diente. Pero entonces vi claro que no, y como respuesta a entender que había preferido a su coche que a mí, me dediqué a tirar de los flecos de colorines de sus forros y dejarlos desparejados. No porque nadie me hubiera dicho que mi padre no era más que un hombre al que le importaba cero, no. Sino porque sentí, en aquel momento en la mesa, que yo era menos que nada para él.
Yo creía que, tal vez, si me esforzaba mucho, y hacia muchas cosas bien, aunque no daba yo pie con bola, lograría su cariño. Luego, cuando descubrí que no sería una dibujante maravillosa como mi primo el mayor, o una bailarina de pro, o una estudiante de manganilla, como todos mis primos paternos, que mi padre circunscribía a los de un hermano suyo, teniendo tres más, cuando, en definitiva, supe que jamás, ni en mis sueños más húmedos estaría yo a la altura ante un hombre que terminó la EGB y que trabajaba desde bien pequeño, al que jamás vi leer un libro pero era capaz de declamar a Lope de Vega porque fue tipógrafo en una imprenta, de quien luego descubrí unos orígenes turbios que dejaban la vida de mi madre a la altura de un cuento de hadas bien naif, cuando me rogó que dejara de molestarlo, como si ejercer de padre le arrancara la piel a tiras, entonces recogí la creencia de que ser padre, ejercer, no era para todo el mundo y la tiré bien lejos de mi vida.
Mi padre fue el que hizo que, mi idea de niña de que las familias eran todas de cuento, era una auténtica mamarrachada, y ahora, en unas vacaciones en soledad con mis hijos, donde mi marido no llama a mi hija para preguntar si respira o si lo hace su hermano, mientras tengo que escuchar preguntas del tipo qué es lo que han hecho mal, yo les digo que, a veces, los padres no somos un cuadro perfecto. Tenemos nuestras luces y nuestras grandes sombras. Por ello pagan los que menos culpa tienen, los hijos. Queda del otro progenitor, si es un poco sensato, aliviar el pesar que queda en el espíritu de nuestros retoños. Y en esas estoy! Pero sin dramas, que aquí, en mi casa del sur, solo hay hueco para la tranquilidad, el descanso y la diversión. Todo lo demás queda fuera, como dicen en Justicia, esperando su momento procesal oportuno.
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El canario
Soy un pájaro canario que vive en el interior de un árbol al fondo del todo de un jardín. Mi casa está justo al lado de una vivienda que, durante un tiempo fue una vivienda familiar y que luego adquirió un matrimonio para pasar largas temporadas vacacionales en ella. Antes los veía, de hecho, llegar juntos cargados con su equipaje. Más tarde, empezaron a llegar por separado. Ella siempre primero que él. Regaba el jardín, limpiaba las terrazas, y, al poco, se unía su familia.
La he visto dar la bienvenida a su hija y sus nietos, sus hermanos y hermanas, amigas que pasaron sus vacaciones junto a ella…hasta que partían de nuevo a la rutina de la vida diaria y mi pareja y yo dejábamos de oír ruidos ajenos.
Solía venir también un señor alto, moreno, con ropa cómoda. Se acercaba a una barbacoa de piedra del jardín, encedía un fuego…y mi pareja y yo volábamos a otro sitio mientras el humo inundaba todo el árbol. Comían luego en una mesa y unos bancos de piedra que hicieron poner bajo mi casa, y que subieron hasta ahí a golpe de grúa, y allí festejaban el cumpleaños de la hija mayor, o la propia vida misma. Así, un año tras otro hasta que, uno de ellos, el penúltimo, se produjo algo que dejó a todo el mundo sin salir de casa. Los humanos llevaban mascarillas cubriendo las bocas y entonces todo se volvió menos ruidoso, con menos humos no sólo de la barbacoa sino de los coches que veíamos por cientos cada día y cada noche mi pareja y yo.
Ese año vino la dueña de la casa sola con su hija mayor. Durante un mes las vi reír muchísimo, aplaudir a una cantante que trabajaba muy cerca de la vivienda y cuyos aplausos agradecía puesto que los clientes del restaurante no se estiraban nada en los alagos, hablar largo y tendido… Cuando se despidieron la una de la otra, se llevaron cada una en el corazón el mes más feliz de sus vidas. A mi solo me faltó gritarles que lo habían conseguido sin barbacoas de ningún tipo pero, como soy de natural tímido, preferí reservarme la opinión.
Al año siguiente todo fue muy raro. La señora vino en épocas navideñas pero salió de la vivienda muy enferma. Luego, un silencio pesado cubrió la casa y, a pesar de que llegaron días vacacionales, no volví a ver a nadie. Luego vino el marido con gente que no habíamos visto nunca. Más adelante apareció la hija, con el rostro cubierto por una tristeza que no había visto nunca y entonces entendí. La dueña de la casa ya no estaba entre nosotros pero sí su espíritu que comenzó a visitar el jardín y la vivienda mientras estaba su familia en ella.
Un día me miró y me preguntó si podía tomar mi cuerpo unos instantes. Quería decirle a su hija que ella compraría aquella tristeza profunda, para llevársela muy lejos y que la felicidad volviera a su rostro. Se lo permití porque soy un canario de muchos años que, a mi edad, que el espíritu de alguien me pida algo tan increíble no me parece extraño. Me he curado de espanto. Eso, y que soy muy generoso! No quiero ver a mi pareja si a la señora le da por no marcharse!
Volé hasta la figura de la hija que estaba asomada en la terraza y entonces noté a su madre que le dijo que compraría felicidad a raudales y que se la daría a manos llenas si con eso conseguía devolver la alegría a su rostro. Entonces la hija me miró muy seria, como si el hecho de que un pájaro canario hable con la voz de su madre no fuese algo como para dejar a cualquiera patidifuso y contestó: «No hace ninguna falta que te lleves mi tristeza y que me compres o me vendas felicidad. Yo te llevo en mi corazón, muy dentro, y con ello mitigo la pena de no volver a verte. No te preocupes por mí». Entonces sonrió. No como antes no, pero sí con la certeza de tener a su madre cerca, contemplando su vida. Me besó en la cabeza, soltó una lágrima y terminó con un: «y ahora deja al pobre canario! A ver si tras esto no lo cuenta!» Y entonces volví a ser enteramente yo y la hija…volvió a ser enteramente ella. Y cada uno volvió a su vida, como si nunca hubiera ocurrido un milagro entre nosotros.
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El Grado 2 toca en Avatar
Ayer, en un alarde de no se qué, mientras mis huesos cansados acompañaban al peque a la playa, mientras lo miraba bailar como Michael Jackson dentro del agua (Michael Jackson y su música es ahora su interés top) mientras intentaba explicarle que iba a trasladar las cosas a otro sitio mientras él comía papas fritas sin escucharme, mientras lo veía huir de la gente en el agua, caí en la cuenta de que el diagnóstico de mi hijo, TEA grado 1 no es correcto. Convivo con un grado 2 y yo, que he ido a un millón de sitios a oír a un millón de expertos, he descubierto que no he sido nada objetiva con él. Pero claro! Qué esperas de una madre que vive todos los días de su vida por la fuerza que le dan sus hijos? Cómo te conviertes experta en alguien a quien amas? Cómo eres objetiva y precisa como un cirujano? Tan bien digo que él no partió de abajo como su hermana que fue un grado 3 y fue escalando peldaños hasta convertirse en la mujer que es hoy. Él hablaba, señalaba, reía, compartía…pero las involuciones suceden en cualquier momento y a él la adolescencia, sus cambios y entrar en la ESO, le han supuesto un coste grande. Se afianza en sus rigideces, ya casi no habla con extraños, cuando antes en la orilla siempre encontraba alguien con quien pegaba la hebra, y en definitiva, se sujeta con fuerza a lo que aún es inamovible.
Mientras bajábamos a la playa, bordeamos un parque infantil que se reparó por el Ayuntamiento porque allí, subirte a un tobogán era una actividad de alto riesgo. Se quedó quieto, observando. Le dije que qué bonito el parque reparado y él me contesta que no solo eso, que el suelo ya no es el mismo, y sigue enumerando los cambios. Entonces doy un suspiro fuerte y le digo que, algunos cambios son muy buenos y que las cosas no duran para siempre. Me mira y me contesta que es verdad y que él sabe que él y yo un día cualquiera dejaremos de estar mientras yo alucino con esa conversación a metros de la playa, quietos, haciendo un duelo por un parque cochambroso. Entonces le digo que eso será otro día, a otra hora pero que ese momento es para ir a ver el mar, disfrutar, nadar. Está de acuerdo y sigue su marcha.
Cuando llegamos a la playa me froté los ojos por si me había equivocado y estaba en Benidorm. No había sitio para extender una toalla a las cinco y media de la tarde de un sábado. Doblé mi toalla hasta el tamaño de un ladrillo, me arrimé el bolso y nuestras chanclas, y guardé la ropa casi en vertical. Lo vi entrar en el agua, hacer sus pasos de baile mientras yo escuchaba al verlo a Billie Jean, hasta que estiró su cuerpo y entró a nadar. Yo lo observaba desde la orilla pensando en cómo he estado tan gilipollamente ciega. Acudo a Google y leo las características del grado 2 y ahí está mi hijo calcado. Miro al agua y él sigue nadando, ajeno a los balones que caen cerca de él y que no hace por devolver a nadie. Se interna mar adentro. La gente definitivamente le molesta. Voy al agua a remojarme y él se acerca para estar conmigo. Le digo que solo voy a estar un momento porque tengo miedo de que me roben las pertenencias que yo he tardado en detectar su grado, pero detecto a chusma de un barrio concreto de la isla a 200 metros, que no es porque yo sea una miss lady, no, sino porque el barrio ese lo visité muchas veces con mi madre para ver a su mejor amiga. Y cuando has conocido y te has adentrado en sus calles y callejones, al verlos los sientes como ese familiar directo al que debes invitar a tu boda por compromiso, ese que se presenta con sus peores pintas, el que, tras las palabras de la juez de turno invitando a decir unas palabras a los novios, abre la boca y dice que la boda está de puta madre. Ese rollo.
Salgo del agua y me quedo allí sentada pensando en esas madres que, ante la mayor de las evidencias dicen que sus hijos no son así, aunque sí lo son, en una proporción de cabrón el triple de la ceguera de su madre. He estado ciega pero ya se acabó. No es cuestión de hacer nada especial ahora. No voy a sacar una barita mágica y cambiar su mapa neuronal, pero sí enfrentar el próximo curso escolar desde otra perspectiva.
Los hijos, a veces porque son los benjamines, a veces por únicos, por cariñosos o por cachondos, hacen que los veamos desde la única mirada que existe en este viaje maravilloso y terrorífico a partes iguales de la maternidad, que es la mirada del amor, pero, debemos ser cautos y no oír sólo los cantos de sirenas porque detrás de ellos pueden estar pidiendo ayuda a gritos mientras nosotros creemos oír música celestial. Yo ya lo he oído alto y claro. Ahora toca ponerme a ello!
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Final de un año escolar
Ayer acabó de manera oficial el colegio del niño pero, nosotros, o mejor, yo, decidí no mandarlo desde el miércoles. La falta de transporte escolar, el trabajo de su padre, mi trabajo y que salía a la una del mediodía, dio como resultado la decisión tomada. «Tú dale alas!» me dijo su padre, y yo pensé que ojalá le salieran un par y me diera una vuelta por el mundo mundial.
Llegó el viernes, día de las notas y yo me descargué la aplicación en el móvil para verlas online. «Eres una ansias!» pensé, pero luego cabilé que si no lo hacía así iba luego a tener que verlas ya por la tarde, y se me pasó el momento crítica. Entro a mirar a ver si ya están, y, para mi sorpresa, sí que sí. Empiezo y termino de leer en cuestión de segundos. Le han quedado plástica, a quién le importa, tecnología, para la vida sí, pero como peso específico en si pasa o no de curso no, y francés. Recuerdo el día del examen. No se toma la pastilla para el Déficit de Atención e Hiperactividad porque se le han terminado y no ha recordado avisar. Resultado…este. Comienzo a flagelarme por no haber controlado el tema medicación, luego recuerdo que ha suspendido solo asignaturas que no mira ni con su padre ni conmigo, y se me pasa. Su hermana, que es la que le explica francés dice algo así como » je suis désolè» que yo traduzco como que está desolada y que en realidad significa «lo siento». No importa. Nada importa sino que lo hemos aupado hasta segundo de la ESO con todo lo que eso nos ha supuesto, a él el primero, que tuvo que hacer un duelo gigante a todo lo que desapareció de su vida. Su aula, un solo profesor, su patio, asignaturas nuevas, su autismo que yo percibo en un grado dos, aunque los expertos digan que no…en fin, muchas cosas que digerir en unos pocos meses.
En casa leo el informe de su profesora de NEAE y siento ganas de llorar. Manifiesta en él lo que, desde el profesorado se debe realizar para que todo funcione, que es un calco de lo que vengo pidiendo, clamando en el desierto de la indiferencia parcial del claustro. No dejar nada a la improvisación mostrando todo en la aplicación del colegio, la agenda escolar supervisada no sólo por sus padres, coordinación con la orientadora que este curso se ha hecho humo, respeto por las disrupciones del chaval en el aula cuando está sobrepasado…en fin, como digo, cosas que solo han hecho dos profesoras. Los demás ni han estado ni se les ha esperado.
Cuando acabó el informe, le escribió una nota felicitándolo por todo lo conseguido, lo primero, adaptarse a un curso que nos ha sido hostil desde el principio. Yo sentí la tranquilidad de haberlo hecho sobrevivir a pesar de todo. Achuchando a maestros, a su padre, a su hermana, a mí misma para llegar a la orilla sin muchos daños. Miro las notas de nuevo y todo lo que dicen «X, si te esforzaras un poco más aprobarías» claro que sí Guapi!! «X, tienes que esforzarte por trabajar en grupo» vete un poquito a la mierda!! «X, has hecho un gran esfuerzo pero no has conseguido llegar al aprobado» esta última es de la de francés que se tiró un año sin darme de alta en la aplicación, cuya asignatura entiende el chiquillo porque se la explica su hermana, la misma persona que le da Geografía y que no ha conseguido enganchar a la mente científica de mi hijo el gusto por la asignatura. «Tú tampoco has estado a la altura reina» piensoPara olvidar todo este mal rollo me voy unos días a la casa del sur. Aún tenía vacaciones pendientes del año pasado y me voy a convalecer de todo este atropello. Voy a ver qué tal está la casa, pobrecita mía, y a limpiar un poco sus rincones mientras ella me ofrece su paz. Voy a escribir en la terraza, voy a desayunar viendo como amanece en el pueblo, voy, también, a buscar a alguien que repare sus paredes. Un toma y daca. Ese que no tuve en todo el año escolar. Je suis désolè!
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En busca de la hija perdida
Últimamente, y por razones logísticas, he descuidado un poco mi relación con mi hija, a pesar de que, entre ella y yo, nos hemos turnado para recoger a su hermano al colegio en a tomar por saco cuando su padre decide no querer o no puede. Bueno, la realidad es que ella lo va a buscar cuando ve que me salen los higadillos por la boca pero, también es cierto que noto que necesita la ayuda de un profesional de la psicología para que perfile un poco su psique, no con la intención de cambiarla, sino con la de que eche raíces fuertes que la sujeten bien al terreno y no la haga volar la opinión o la acción de cualquier anormal. Me ayuda con eso, con acompañarlo a alguna terapia, con la preparación de alguna comida…es un sol en toda la extensión de la palabra. Muy buena gente vaya!
Noto su inseguridad abriéndose paso y yo, que no soy un buen ejemplo en lo de creer en tí misma, no consigo tener éxito en parar a ese monstruo que se va haciendo cada vez más grande y fuerte. Ahora, en un giro que no sé cómo catalogar, para ir al gimnasio, por ejemplo, se maquilla los ojos con unas sombras nada discretas y elige lo que va a ponerse el día antes. Trasteando en mis cosas, descubrió una camiseta de estas que son, en realidad, ropa interior. Le dije que ni se le ocurriera ponerse eso, que se le trasparentaba el pecho, y que no era una camiseta. Media hora y muchas advertencias después, leyó la palabra underwear en el reborde y cayó en la cuenta. Lo de la sombra de ojos tiene un pase como un piano, me da igual que se maquille, que no, que sude y pueda parecer a posteriori un mapache porque es adulta y ya debe hacer y errar como Dios manda y no lo que le opine yo, pero lo de llevar ropa interior mía además me pareció un poco too much. Gracias al cosmos, la palabra ropa interior apagó el fuego de ir cómoda y fashion.
En su cumpleaños decidió no ver los mensajes de WhatsApp porque, según ella, las dos amigas que tiene como supervivientes del cole no iban a felicitarla. Es lo que hace tener ansiedad, hace que te pierdas parte de la fiesta porque la muy canalla sólo elabora situaciones con mucho de catástrofe. Esa es otra. No tiene mucha relación con nadie, aunque todo el que la conoce habla de lo buena y educada que es y a pesar de que le pago el gimnasio y le digo que vaya a las clases presenciales y así se roce con gente de su edad. No le gusta. Quiere amistades que le caigan del cielo o por ciencia infusa. Yo me cayo y la dejo. «Tiene que vivir cometiendo errores» me digo. Pero eso es una mierda.
Como es una crack para todo lo informático, como ejemplo pondré que, a la edad de 3 años abrió YouTube, aplicación que no teníamos instalada en ningún sitio, buscó su canción preferida (I want to break free, de Queen) con un título que yo, para escribirlo bien, lo tengo que mirar en Google. Y ella lo encontró con 3 años. Y se lo puso en bucle mientras su padre y yo la mirábamos admirados desde la puerta del estudio, bueno, pues como es una crack, se ha hecho un grupo de estudio donde ella es la mandamasa. Sus normas, sus expulsiones, sus lemas, este mes tiene algo relativo al orgullo gay de la que es muy afín porque sabe lo que es vivir en discriminación en sus propias carnes, y, siempre antes de expulsar, me pregunta a mi si debe hacerlo. Como si yo fuese un emperador romano y ella un gladiador que no sabe si debe dar la puntilla a su adversario. Yo, como adulta funcional que ella cree que soy, levanto o bajo pulgar según mi criterio de cero experta conocedora de la raza humana.
Sé que debo hablar con ella sobre qué quiere, qué siente, a qué quiere dedicar su tiempo libre…pero yo, entre las gilipuerteces de su padre y el curso pesadilloso de su hermano, le he perdido la pista, como si yo fuera un planeta y hubiera perdido un satélite o algo así. Me siento como perro sin pulgas que decimos por aquí. Hoy debo empezar a mirarla, no a su físico imponente, sino a su interior, debo ayudarla y acompañarla en el tránsito de presentarse como la mujer maravillosa que es, y hoy, hoy, salgo en su busca. Ya lo hice una vez. Espero conseguirlo de nuevo!