• La colcha

    El viernes, entre lío y lío, me tocó a la puerta la vecina que vive justo en frente. Me preguntó que si tenía dos segundos y, para enfado de mi hija, le dije que sí. A mi hija no le gusta que nos interrumpan cuando vamos a comer pero, la señora es mayor y decidí ayudarla. Creí que necesitaba una mano joven con alguna cosa.  Llego a su casa pensando en qué aprieto tendrá y descubro con sorpresa que no tiene ninguno. O por lo menos ninguno aparente! Me lleva hasta el final de su vivienda que está limpia y ordenada hasta los topes, mientras yo miro de soslayo con vergüenza. Ojalá tener mi casa así! Me dice que, como ya le queda poco para irse al cielito, me mira, hace un inciso, me pregunta si yo creo que existe, y le contesto que ojalá y que ahí estará mi madre para saludarla, quiere desprenderse de cosas que no le son útiles, continúa. Me pide que la ayude a subir el canapé de su habitación y me enseña dos colchas de ganchillo. Sonrío. «A mi madre le hubieran encantado», digo. Ella me cuenta que muchas veces mi madre la invitó a dar un paseo, invitaciones que ella declinó pensando que habría otros días. Se equivocó. Como la paloma de Alberti, un error de cálculo que hizo que ya no la viera más. Yo la miro en silencio, con pena, la misma que siente ella, o más, porque, qué diablos! era mi madre!

    Cuando mi madre venía a la isla se quedaba unos días en mi casa. Me ayudaba muchísimo, al punto de darme hasta vergüenza, y, por eso, la invitaba a que fuera a visitar a su familia antes de irse al sur, para que no perdiera el tiempo con mis mierdas, pero siempre me ponía una lavadora, o me limpiaba cualquier cosa. Cuando se asomaba al patio, para tender la colada, su embrujo de mujer poderosa hacía que mis vecinas se asomaran a saludarla. Reían, bromeaban, contaban sus anécdotas y, al cabo de un buen rato, volvían a sus cosas. Cuando hice la misa por mi madre, aparecieron dos de ellas a presentarles sus respetos. Ella era así. Una hechicera.

    Para abreviar la visita antes de que mi hija entre en crisis, le pregunto que para qué me llamó. Me pide que elija una de las dos colchas que me muestra. Si me gustan, claro! Me sonrío. Puedo sentir a mi madre con su brazo por encima de mi hombro. «Escoge la de los flecos, va a quedar increíble en mi habitación de la casa del sur». La señalo y me la da. Le digo que, efectivamente, en la casa del sur, en el cuarto de matrimonio, ya hay una colcha que compró mi madre y que no tiene repuesto cuando toca lavarla. Se pone contenta. Mi madre brinca de alegría a mi lado. Mi vecina sabe que su regalo tendrá un uso y me sonríe. Le doy las gracias. Mi madre también. La veo sonriente, pensando que mi vecina la puede ver igual que yo. «Dile que puede durar por lo menos 10 años más» me dice mi progenitora, «como mi marido, que me sobrevivió!» Me quedo en silencio. «Sosa!» Me espeta.  Voy a echar de menos a mi vecina cuando se vaya «al cielito» tal y como dijo ella. Hay gente que debería existir aunque sea en forma de olograma. Para no perderla nunca. Para pedir su consejo siempre. Para conversar con ella hasta que tú misma te vayas a su encuentro. Pero no! Solo te queda el sentirlas, en tu corazón. Y con eso haz de conformarte!

  • El trabajo de la rigidez

    Ayer fue un día de estos que si me llega a fallar la salud, no sé cómo me las hubiera apañado. De entrada el trabajo. A lo de la jefatura hemos de añadir ahora el repartir unos cinco mil escritos que están atascados en la jurisdicción civil. Les entra, cada día, cerca de ochocientos escritos y el Decanato lleva un retraso, ahora mismo, de casi una semana. Traslados, jubilaciones, ceses…han hecho que todo esto se les haya hecho bola. Y nos han mandado a remar en esa barca, mayormente para que no se hunda.

    Salí corriendo porque tenía que ir a por el niño al colegio, con parada en casa a comer. La preparación del menú le tocó a mi hija, que lleva unos días regulinchis anímicamente hablando y con la que no he podido tener una conversación serena.  Tras tragarme el último bocado, volví en modo «corre que te pillo» hasta la estación de guaguas. Un viernes. La ciudad atascada de tráfico por todos lados. Miro el reloj y me da miedo no llegar a tiempo. Viene la guagua. Al subirme me dan ganas de abrazar al chófer. Junto a mí se sienta una chica joven, pelirroja, con pinta de extranjera. Me pongo a mis cosas y le pierdo la pista.

    Llegando a mi parada, la pelirroja toca el timbre. «Qué suerte!» pienso, «nos bajamos juntas!»

    Llego jadeando al cole en modo actriz porno. La cuesta para llegar al colegio es grande y en forma de U. Vas subiendo una montaña grande y empinada aunque no lo parezca. Ya se encarga tu cuerpo de recordarlo!

    Para mi sorpresa, veo llegar a la pelirroja. Vaya! Hay alguien que viene a recoger a su hijo de lejos igual que yo. Más sorpresas. Ve llegar a mi hijo desde el patio y lo saluda por su nombre. Caray!! Cuando se abre la puerta le pido a su tutor una tutoría telefónica. La profesora de Geografía se ha pasado tres pueblos con lo del trabajo del paisaje. No le ha dicho ni mu al crío, a diferencia del de Biología que sí que lo ha felicitado por el trabajo de las bacterias que le ha hecho su hermana pero que se ha aprendido de memoria para la exposición. En fin, estamos a un paso de la queja a dirección y quiero evitar remover el avispero con el cole. Aunque pensándolo bien, que a una persona autista se le quite el transporte escolar ya ha removido el avispero familiar. Y no han ni pestañeado!

    Cuando llegamos a la parada de guaguas de nuevo, oímos la alarma del cole que indica que han terminado las clases. Miro al niño y me dice que ya podemos irnos a casa. Me apunto mentalmente trabajar esa rigidez. Le pregunto por la chica pelirroja. Hace memoria. Puedo oír al engranaje de su cerebro moverse con dificultad a través de su memoria. «La señora que estaba a tu lado?» Me pregunta. Esa! Le contesto. «Es la madre de V…» Alucino! Acabamos de mantener una conversación en donde han interactuado varios factores, y la hemos terminado con éxito. Llega la guagua con el mismo chófer y siento las mismas ganas de abrazarlo ya por un motivo distinto. El de que algo en la cabeza del niño ha conectado y está buscando el camino neuronal adecuado. Cómo guiarlo? Ojalá saber cómo. Observaré!

    Al sentarnoss, le digo que no hace falta que suene la alarma del colegio para dar por finalizada la jornada. Él  había terminado porque estaba en el patio regulándose él solo, dando paseos y escuchando una música que no sé de dónde venía. Al verme se puso a bailar en modo perreo. Es un autista cachondo. Ahora es él el sorprendido. Acabo de abrir ante él un mundo distinto al que le deja ver su cerebro. Un mundo sin líneas ni aristas, uno redondo, sinuoso. Me dice que le viene fetén marcharse antes del colegio y hacerlo de manera permitida. Le doy un beso. No le he dado ninguno hasta ahora. Le huelo el pelo. Huele a limpio, a fin de semana, a tiempo juntos. Huele a cambios. Huele a felicidad!

  • Marzo

    Hoy me he despertado muy triste y sin saber el porqué de esa tristeza. Primero lo achaqué al trabajo, luego al cansancio y, en un giro de noria mental, caí en la cuenta de que estamos en marzo. Hace 5 años fue un mes duro, muy duro. Yo iba y venía de la península hasta que me quedé allí definitivamente, con un pasaje de vuelta que fue una excusa más en la decisión de mi madre de partir para siempre. No quería otro testigo. Me eligió a mi y allí estuve hasta que pasó al otro lado.

    Ahora tengo una angustia distinta, de no saber qué va a pasar en el trabajo. Asumiendo los noes a determinadas tareas, las malas caras, los contratiempos.

    A todo esto se une los exámenes del enano, los trabajos, las cosas a imprimir, los dineros para excursiones. Solo quedan 3 semanas para mis mini vacaciones y ya estoy deseando que pasen. Luego pienso que la vida hay que disfrutarla en todo lo bueno y en todo lo malo que te ofrece y se me pasa.

    Hoy mi aún marido planeó unos churros con chocolate con los chicos. Entonces dijo que no, que se iba de excursión con un amigo. Después volvió al si porque su amigo lo avisó a través de mi móvil que no puede salir hasta las 12. Miró a los chicos y les dijo que se vistieran. Giró su cara hacia mí y le dije que no, gracias. No me gusta ser el plan de sustitución. Además, necesitaba quitarme este poso de tristeza, que iguala al día que tenemos, uno gris y frío, como el que te deja el ser consciente de que te has despedido de un ser querido, y ya no volverás a ver su sonrisa ni oler su perfume ni sentir sus abrazos. Ojalá tenerla cerca y poder compartir lo que me angustia! Para darle un toque humorístico pienso que, quizás, la hubiera pillado de viaje, en un avión, en un crucero, en alguna ciudad europea, con sus amigas, con su marido, o con cualquiera que le propusiera un plan divertido, y entonces no hubiera tenido tiempo ni de procesar mis cuitas y solo oiría su risa a través del teléfono contándome alguna anécdota graciosa. Ella solo estaba dispuesta a las carcajadas. A pasarlo bien. A ponerse unas orejas de Minnie súper necesarias en cualquier evento que cumpliera con ese perfil.

    Hoy es el cumpleaños de su mejor amiga. De su hermana le decía ella. Y entonces marzo se convierte en el mes por excelencia. No podía ser de otra manera. Para no arruinar la fecha de cumpleaños aguantó éste y trece días más. Para no dejar ningún recuerdo agridulce. Porque así era ella. Una mujer que tenía por lema el estribillo de una canción: «solo te pido que me hagas la vida agradable». Ahora que lo pienso, es un buen lema para aguantar marzo. Si. Voy a hacerme un marzo agradable. Voy a escuchar mucho la risa de mi madre. Aunque sea en los audios que guardo en el móvil. Para unirme a ella, para reir con ella.

  • El milagro neuronal

    Esta semana ha sido un puritito corre corre. A la locura de lo que me sucede en lo laboral, tuve que añadir el crío y sus exámenes, más trabajos varios, más deberes, más notas que te dicen que el jueves próximo habrá churros con chocolate en el desayuno, que el plazo máximo para dar el dinero es el viernes pasado y que no he conseguido recordar. Le daré el dinero el lunes y rezaré para que no se quede fuera. Además, en el sumatorio de toda esta locura diaria que me ha impedido incluso ir al gimnasio, se ha añadido a que mi hija no ha estado bien. Migrañas, dolores menstruales que son un auténtico horror, cansancio…todo ello ha restado mucho de una ayuda logística que me es fundamental pero con la que no cuento cuando está así. El padre trabajando y cuidando a su madre…en fin! agotador!!

    Hemos conseguido casi terminar una maqueta que nos ha quedado pinturera, sobre un paisaje tropical. Mandar hacer eso a alguien cuya psicomotricidad es pésima es condenar a su familia a buscar al bazar de turno cosas que podrían servir para poner en el dichoso trabajo. Perder dos tardes de gimnasio. Levantarte con un dolor de cuello de la silla de narices. Todo ventajas vaya!! No sé qué nota nos pondrá, pero vamos, yo creo que estamos aprobados! Hasta su padre trajo ramitas para crear los árboles. Es nuestro primer trabajo familiar.

    Luego está mi labor de jefa. Resulta que subí planta por planta preguntando quién cogería permiso la semana que viene, y que me podían localizar en mi extensión telefónica para lo que quisieran. Pues en la última planta me formaron un follón de mucho cuidado. De una me lo esperaba, de la otra persona, que trabajó conmigo y que me conoce, no. Subí en el ascensor llorando, y ella subió detrás para decirme que no creía haberme faltado el respeto. Todo ello gritando. Que digo yo, que qué entiende la gente por faltar el respeto! Qué flaco favor se está haciendo en este país a las formas! Puedo entender la preocupación de lo desconocido, pero no que te conviertas en algo peor que lo que uno ve en algunos barrios donde la pobreza excusa esos comportamientos. Y no en todos los casos! Que hay gente que le da tres vueltas en cuanto a educación se refiere. En fin!

    En medio de todo este maremágnum de hechos y deshechos, me tocó ir a buscar al niño en la guagua, a la que tengo que coger como a media hora de camino de casa, con un frío pelón, y con una lluvia que comenzó nada más poner el chiquillo un pie en el exterior. Salimos corriendo a la parada, y, con nosotros, un grupo de chavales del cole bien ruidosos. Cuando pasaban los conductores de las guaguas escolares, les sacaban el dedo corazón, supongo que consecuencia de habernos dejado sin transporte a todos los que estábamos allí. «Juventud divino tesoro» decía la poesía y yo, la verdad, los observaba como cuando ves algo que no sueles, con lo que coincides poco, algo que te deja maravillada para bien. Cuando bajamos de la guagua, comienza mi hijo a contarme qué le ha narrado una profesora de lengua sobre su época universitaria, qué le ha pasado a él durante la mañana, mientras yo lo observaba en silencio por el shock que da oír a tu hijo hacer algo por vez primera. Esas cosas pasan. A veces sus conexiones neuronales hacen match una vez y no vuelve a ocurrir nunca más. Yo le iba sacando las palabras con preguntas cortas, mientras él contestaba con frases largas. Se me hizo corto el camino desde la parada hasta casa que son unos quince minutos.

    Al llegar, di un suspiro y me resigné en que, probablemente había visto un cometa, pero no uno cualquiera, uno como el Halley. A ese nivel. Me cambié, me puse con el paisaje tropical con su hermana y con él, en un silencio solo quebrado con un: «pon esto aquí» «pega eso ahí» «sujeta…» envuelta en el buen rollo que me había dejado la conversación.

    Cuando me fui a la cama, a punto de cerrar los ojos sin esperar por el chiquillo, entra en la habitación con sus slips, descalzo, y una sonrisa brillante. Es su forma de andar por casa. Nunca tiene frío. Vuelve a conversar y ya no pienso en que he visto un cometa. Estoy viendo un milagro. Uno neuronal. Vuelvo a quedarme sin saber qué decir y creo que todo está mereciendo la pena. Lo abrazo y le beso y, cuando se va de la habitación, me duermo. Con la luz encendida. Agotada. Con una sonrisa como de haber ganado el euromillones!

    Paisaje tropical es un eufemismo. Pero yo creo que para ser un chaval autista no está mal!
  • Intentamos ver Avatar

    El viernes, teníamos programado, toda la familia, un viaje por Avatar en una sala de cine. Habíamos puesto el evento hacía como más de quince días, y, por fin! había llegado el día. Cenamos en un sitio de comida rápida, el preferido del enano, que era el que tenía que aguantar casi 3 horas de película, y nos dirigimos a los paneles de la entrada del cine. Qué cosas! Ahora la gente autista puede predecir, hasta ajustar bastante, su ocio, incluído cómo de llena va a estar la sala. Cuando mi aún marido lo miró, dijo que debíamos posponer el pase porque las butacas que él quería, y las demás, estaban ocupadas y que no íbamos a entrar. Mi hijo empezó a bailar la danza de la victoria, como si, en vez de ver Avatar, fuera a ser ejecutado. Algo así. Antes de eso, mi aún marido me puso a recordar la sinopsis de la película, dejando claro clarinete que él es más lo que sea porque recuerda el nombre de las tribus que conforman Avatar. Yo estuve a punto de decirle que yo recuerdo todas y cada una de las citas médicas del niño y los días de sus exámenes,  la que le pongo la vacuna de la alergia a diario… pero decidí callarme aunque creo que ahí está el error de mi relación con él. Cuando no quiero conflicto, me callo, mientras veo cómo él se adentra en mi territorio. En cosas que debo decidir yo, o en cómo mide él la inteligencia de ambos, dejando claro que él es siempre más.

    En vista del escacharre del plan, nos pusimos a dar un paseo por el centro comercial al que nunca habíamos visto de noche. Mis hijos estaban incomodísimos hasta que dije la hora que era y se relajaron. Pensaban que no iban a conseguir estar en la cama a SU hora, y eso los estaba poniendo nerviosos.

    Nos metimos en una tienda a comprar material para hacer una maqueta de un paisaje tropical, creo que se llama. El niño tiene que hacerlo y todos sabemos que eso es algo que mandan los profesores a la familia. No sé porqué, si tiene adaptación curricular, tiene que realizar una actividad que requiere, de entrada, imaginación, de creatividad, dos cosas que tiene mi hijo extirpadas de su cerebro. Pensar que él conseguirá hacer ni una porra sin ayuda es creer en unicornios.

    Tras la compra, se metieron en una tienda de chuches y miraron curiosos las cestas que tenían para vender para el día del padre. Yo las miraba aburrida y me salí de allí porque odio el olor del azúcar. Si, yo también soy rara! y ya me estaba dando hasta un poquito de asco el fuerte olor que venía de los expositores. Mis hijos fueron los únicos de la tienda en salir con las manos vacías. Creo que pensaron que su padre los invitaría pero no hubo suerte. Mejor!

    Volvimos luego a casa porque yo comienzo a escribir temprano, luego recojo un poco y me voy al gimnasio. A levantar hierros. Mientras escribía noto la presencia de mi aún marido. Me propone salida romántica el martes próximo y le digo que no. Me pregunta que porqué y le respondo que es una semana de exámenes del pequeño, que luego debo ir a recogerlo en la guagua miércoles y jueves, llevarlo a la terapia, y que el único día que voy a tener divertido es el martes, que voy a zumba, y que no me apetece sacrificarla por él. Me pregunta que qué pasa con lo que él necesita y yo, bajando la voz hasta el punto de congelación, le respondo que esa misma pregunta debí responderme yo cuando me presenté al examen de oposiciones con mi hija, dejando al enano en manos de alguien de confianza, o cuando se iba una semana de navegación, o cuando se ha ido de acampada, o cuando… «Me importa un rábano qué necesites» le dije. «A esto se le llama reciprocidad». No me contesta. Se va y deja de hablarme. Por enésima vez en nuestra convivencia. Agradezco el silencio. Ya vivo cómoda en él. Recuerdo cuando eso era un castigo y yo me angustiaba porque necesitaba que me hablara. Que cuando le preguntase si quería café me contestase. Ya no. Por mí puede estar sin hablarme hasta que uno de los dos estire la pata, si eso hace que entienda que hace muchos años sobrepasó los límites y ahora lo estoy poniendo en su sitio. No de manera rencorosa. Sin odios. Haciéndole entender que aquí no sólo hablamos de su persona. Que aquí ha dejado de ser todo el monte de orégano. Que soy un ser humano que no va a perder el tiempo en hacer a otro feliz cuando ya lo consigue sin mi ayuda. Me toca hacerme feliz a mi y es algo que pienso seguir haciendo hasta que la vida me diga: «neni, calienta que sales».

  • La botella de tinto

    ¿Cuál es tu bebida favorita?

    Esta semana he estado sola. Mi compi se fue de vacaciones y, como siempre pasa, cuando eres una unidad ponen, para que no te aburras, muchas demandas acabadas en -ísimas, tres millones de escritos, bien de juicios con explicaciones previas al juez, todo ello mezclado pero no agitado con mis labores de jefa. Esta semana tuve una reunión que el organizador catalogó de confidencial, y yo de monológo con ligeros tocamientos hacia su persona mientras alcanzaba las más altas cotas de placer, que diría uno de esos librillos de la editorial Jazmín que me leía de zagala. Mientras él hablaba, yo miraba el móvil porque mis hijos, solos en casa, me esperaban a comer, y me estaban tupiendo a llamadas por tierra, mar y aire, sorprendidos de mi incomunicación y de mi impuntualidad. Le digo a mi hija que estoy en una reunión y que deje de llamarme. Me dice que es su hermano con el fijo de casa. Suspiro y miro para el monologuista. Pienso: «a ver si cierra ya la boca que para oírle decir que es seguidor del Sevilla FC no estamos aquí!» Ha  debido leer mi pensamiento porque, en el acto, me ha dicho que puedo irme que él sabe de la faena que tengo en casa. Abro la boca para explicarle que nunca me he parapetado detrás de mis hijos para hacer menos curro o salir antes pero luego pienso en las chorradas que está soltando y se me pasa. Me las piro con vientos frescos, indignada porque no ha explicado nada ni ha dejado explicar sobre los problemas que dará la implantación de la nueva oficina.

    Después de esta reunión, tras la que tuve que contestar a mi equipo en voz alta que él puso la condición de que no podíamos soltar prenda, mientras los compañeros me miraban con cara de pez agónico porque no saber qué va a suceder y que no te den algo de luz es algo muy chungo, fui a preguntar al resto de funcionarios que quién venía el lunes a trabajar porque, en algunos juzgados, han decidido pillarse vacaciones o una baja, todo sobre la premisa de a mi no me vas a pedir que haga el trabajo de dos. Eso, más la suma de los años que llevan trabajados, más la envidia soterrada, más su hijoputez hacen un total de al menos cinco personas a restar el próximo lunes. Esas, más el que es todo eso y además, no da la cara. Veremos quién más se quita la mascarita. Con compañeros ya trasladados a nuevos destinos. Llevo sola cinco plantas de una torre y ya el lunes, con los traslados debo restar a cuatro personas. Como me quieran putear me veo con el culo como la bandera de Japón. Todo fetén!!

    Total, que, el jueves, al salir del curro con el buen rollo que vi en mi equipo, que sé que es provisional porque como meta la pata me van a crujir, salí con la necesidad de abrazar aunque fuese a una farola. Un poco de support. Me voy al gimnasio a saltar como un protón y sigue sin ser suficiente. Vuelvo a casa y, mi aún marido abre una botella de vino, tinto para más señas y un jamón ibérico bien y nos sentamos a la mesa. Me dice que me nota angustiada. Bebo. Le explico que tengo problemas en el trabajo. Me contesta que no quiere oír mis aventuras judiciales. Bebo. El vino es bueno y entra bien pero ya voy un poco tinkiwinki. Estamos hablando de que al día siguiente trabajo, tengo que ponerle el disfraz de spiderman al enano que no se pone otro desde hace 4 años. Eso sí, con su correspondiente visita al bazar chino a cambiar el tamaño del mismo, que él es autista pero yo no soy ciega y veo cuando el disfraz le queda tan ceñido que se marcan lo que vienen siendo sus cositas. Ya me he vuelto una experta. Le descoso el disfraz y le pongo velcro para que pueda orinar sin usar la cremallera de la espalda. Le subo las mangas cosiendo todo sin máquina de coser que mi aún marido ve no necesaria, no como sus tropecientas mierdas que ahogan la habitación del niño. Me acuerdo de que por coser a toda prisa, he llegado al gimnasio y me ha tocado un sitio minúsculo donde saltar. Miro a la botella. Bebo. Le oigo decir que mi familia y sus coñas tienen la culpa de los males de mis hijos. Lo miro. Me río. No tiene ni puta idea de por dónde va la cosa o mejor, no quiere recordar la conversación con el neuropediatra. «O es autista su marido o lo es usted!» Miro la botella. Bebo.

    A las 3 de la mañana mi cabeza dice: «holiiiii!!!» Me levanto a la cocina. Bebo agua mientras me cago en todo. Es lo que tiene agarrarse a un tóxico. No sólo no te soluciona nada sino que además te mete en más líos. Bueno! Este ha sido uno pequeño. En peores plazas hemos toreado. Unas en las que me han salido toros enormes, negros, sin ninguna intención de dejarse abatir, solo que yo no he sido capaz de acabar con sus vidas a espada. Yo he preferido que hayan caído agotados en la batalla. Salir victoriosa y seguir mi camino.

  • Me inmolo

    Ayer decidí inmolarme de manera profesional. He decidido, o eso creo, dejar las clases de las oposiciones con Sosomán. No puedo. No llego. Me siento culpable por no coger los libros pero es que el peque requiere de una atención muy importante, y, la verdad, muy agotadora. Se lo dije a mi aún marido ayer, después de comer. «Bueno! Yo podría encargarme de la terapia y de sus estudios para que tú puedas dedicarte a los tuyos!» «Jubilarse en esa categoría no es ninguna cosa baladí! Piénsalo!» Mi hija, que pasaba por la habitación porque ella siempre quiere estar al cabo de la calle porque es de natural cotilla, espetó en voz alta: «Qué gomántico!!» Y con esa incertidumbre y esas dudas me puse a leer un libro que me ha dejado el cuerpo cortado. El libro se llama «Sensación Térmica» de Mayte López. Con él descubres que el lenguaje de los malos tratos, los abusos, el aislamiento de la víctima, como se consigue, con las palabras adecuadas, hacer que creas que eres menos que nada, es universal. Los personajes son todos latinos puestos en distintos puntos geográficos, pero la vulnerabilidad de quien intenta escapar de una situación cada vez más opresiva, es la misma vayas donde vayas. Te matan o te dejan lisiada para los restos con una impunidad pasmosa aquí o en Pekín. Cuando terminé el libro, mi aún marido me preguntó que porqué estaba enfadada. No me había dado cuenta. Yo creí que sentía pena pero luego, tras la pregunta, caí en la cuenta de lo que me pedía el cuerpo era pedirle al cosmos que los cielos se abriesen ante estos seres abyectos, y, con un rayo, acabara con sus vidas miserables.

    Hoy me leeré uno que me ha recomendado mi tía, «Metafísica de los Tubos» se llama. Dice ella que la protagonista se le recuerda a mi cuando era chica, que era muy rara. Cuando leo el mensaje me río y lo hago desde la perspectiva de los años. Imaginen a una niña que absorbe todas las malas vibras de su alrededor y las somatiza en enfermedades, las convierte en un silencio sordo, «porque en boca cerrada no entran moscas» como lema de familia desestructurada bien, y cuyo deseo más profundo era el de desaparecer. A veces me alejaba caminando o me perdía mucho rato, para ver cuándo se comenzaban a preocupar por mi ausencia, pero dejé de hacerlo porque la respuesta fue «nunca». Eso sí, cuando mi madre abandonó el barco, entonces sí que sí que fui un problema, pero para ese entonces ya hacía un rato que había renunciado al lema de la boca cerrada y las moscas, ya hablaba y decía lo que me molestaba y, para silenciarme decidió alguien que me fuera a la calle. Tenía 15 años. Volví a callarme y así he estado muchos años. Callada. Colocándome en sitios donde no molestase, decidiendo renunciar a lo que deseo en pro del bienestar de otros. Y aquí estoy. Pensando en  qué es lo mejor para mí, aunque, por tanta falta de costumbre, me cueste ver el camino de los ladrillos dorados. Yo no voy acompañada de Totó, de León,  el hombre de hojalata y el Espantapájaros, yo lo hago con mis hijos y mi aún marido, cantando «Sigue el camino amarillo,
    sigue el camino,
    sigue el camino,
    sigue el camino,
    sigue el camino amarillo.
    Si quieres ver al mago,
    al mágico mago de Oz,
    sigue el camino amarillo,
    sigue el camino»

    Tal vez así yo consiga ver al Mago de Oz y pueda pedirle que me conceda el deseo de olvidar el pasado, de aliviar el dolor de la niña que fui, de concederle el don del habla. Para así volver a casa, en este caso nada de Arkansas, solo a Avatar, pero siendo una mujer libre, empoderada, que puede hablar sin pedir permiso!

  • Y llegó la tristeza

    Llevo una semana de ir corriendo a todos lados. Este lunes fui a buscar al niño en taxi en un viaje de ida y vuelta de casa al colegio y del colegio a casa. Cuando se sube al taxi le noto un rictus extraño. «Qué tienes?» Le pregunto. Me contesta que nada pero yo no me conformo. Salimos del taxi, llegamos a casa corriendo, y, mientras él merienda, yo encaro el salir pitando a su terapia. Mientras corremos, jadeando como un perro asmático a consecuencia de una rinitis brutal que me lleva acompañando toda la semana,  le pregunto que si tiene deberes y me contesta que un examen el martes. Me paro en seco y me quito de la clase de las ocho en el gimnasio. Lo primero es lo primero! Prioridades maternales lo llamaría yo!

    El martes fui en la guagua más tranquila pero aún con el recuerdo de que el niño vomitó esa mañana, supongo que por el examen, y me pongo a pensar en cómo afrontar lo primero que hable con él. Salí antes del trabajo, comí con mi hija, y, tras eso, a la estación de guagua, que queda como a media hora de mi casa, en paso de enana que soy, enana y asmática, como combo plus. Lo espero en la puerta del cole, sin prisas, mientras unas madres, a lo lejos, no lo suficiente, me miran mientras, supongo, hablan de mí. Y supongo bien porque las miro, las interrogo con la mirada, y ellas no dan crédito a que tenga un oído tan fino. Me explican sus polleces y mierdas de lo que iban hablando de este metro cincuenta y ocho de pura mala leche y yo les contesto secamente. Se alejan unos metros más. Así me gusta! Distancia! Las conozco de siempre, a algunas desde antes de que sus hijos y el mío coincidieran en un aula pero soy incapaz de crear vínculos con mujeres que viven una maternidad tan distinta a la mía, donde alguna ni siquiera trabaja, que no mira si hay puentes, o días sin clase, mientras yo, para quedar a algo o con alguien debo sacar el calendario de trabajo de mi aún marido, el calendario escolar, que ese día no tenga vistas, y ya estaría.

    Al salir lo vuelvo a notar extraño y, al subirme a la guagua caigo en que no está extraño. Está triste. Lo saeteo a preguntas y él pasa del monosílabo al silencio profundo. Esa tarde se pone muy enfermo de rinitis y continúa así al día siguiente, miércoles, que ya se pone a llorar en silencio antes de ir al cole. Me quedo junto a él, lo abrazo, le digo que todo lo que siente es normal, que sus compañeros seguro que están igual y que lo quiero mucho. Cuando su padre llega esa mañana de trabajar se encuentra con ese cuadro en el salón. Él llorando, yo abrazándolo y su hermana con el rostro triste mientras nos contempla. No hace falta explicarle nada. El peque, ese niño de sonrisa eterna, las está pasando negras en el colegio. Los cambios están siendo muy duros. Le decimos que hablaremos con él a la tarde pero no suelta prenda.

    Cuando llega el viernes, antes de que suene mi despertador, siento el timbre de la puerta. Me dirijo a ella con sigilo, miro por la mirilla y veo al que vende el agua por la zona. Le abro la puerta y le pregunto que qué día es. Se ríe. Yo no. Estaba convencida de que era sábado. Estoy tan cansada que no sé cómo voy a afrontar un día laboral sin mi compi que comienza sus vacaciones. «Mátame camión!» Digo en voz alta.

    Por supuesto la mañana en el curro fue horrorosa y, al llegar a casa, mi aún marido ha hecho unos pinchitos que, por el olor que desprenden, están en mal estado. Salgo corriendo con ellos para tirarlos en el contenedor porque el olor es asqueroso. Vuelvo corriendo a limpiar los cacharros que han estado en contacto con esa porquería. Apaña otra cosa de comer y, mientras caigo redonda en la siesta, noto que sale a por el niño. Vuelve con él y éste se cuela en mi habitación para ver si sigo dormida. Abro los ojos, lo abrazo, lo beso, me dice que empiezan sus vacaciones carnavaleras. Se sonríe. Y con esa sonrisa caigo en el sueño un rato más. Cargando pilas para el viaje que me espera. Un viaje hacia su tristeza, para traerlo de vuelta.

  • A nuestra manera

    Hoy me he levantado desinflada. Amanecí con un dolor en la zona lumbar que me ocurre cuando no voy al gimnasio durante días y luego me pego un atracón de dos días seguidos haciendo ejercicios de fuerza. Si no lo hago así, el dolor persiste durante días. Todos los que no acudo a hacer deporte. Total, que, al levantarme me he dado cuenta de que adquiría forma de un 3 y, así, en esa postura he ido a la cocina a comenzar la mañana. Me he sentado y he empezado a leer un blog al que estoy suscrita y, en medio de un relato de vida cotidiana, de sueños, de recuerdos, de juegos, he caído en la cuenta de que, aquí, en Avatar, no existe la imaginación. Mientras ella contaba cómo sus hijas se disfrazaban y vivían las vidas de esos personajes, yo llegué a la conclusión de que, ni siquiera yo, he volado tan alto. No los he visto jamás pensar que no eran otra cosa que ellos disfrazados de payaso, por ejemplo, aunque mal ejemplo es porque lo de pintarse toda la cara tampoco ha sido de sus aficiones top.

    Cuando mi madre vivía y ellos eran más pequeños, la veía trastear entre los juguetes de los niños, alucinaba con lo que se encontraba, y comenzaba a jugar con ellos, metiéndolos en una historia, a la fuerza, mientras la miraban estupefactos, hasta que uno de mis hijos soltaba una frase que la devolvía a la realidad y, entre risas, guardaban el juego. Aún así, les era divertido jugar con ella y, a golpe de inventar otras vidas, ellos crearon  a «la familia Verga» que es uno de sus apellidos añadiéndole una R. Todas las historias comenzaban con un «era un día normal en la familia Verga…» Y acababa con que a alguien se le ponía los ojos rojos y hacía una escabechina. También comenzaron a simular que llamaban a un departamento de clientes de esos sitios web de Oriente, y comenzaban a quejarse porque tal o cual producto era una porquería. Lo dejaron de hacer porque, se metía mi hijo tan bien en el personaje de cliente cabreado, que su hermana entraba en una especie de pánico que les hizo tirar la toalla y no jugar más. Aún me llevo a toda la familia Verga en mi maleta cuando salimos de vacaciones. Son figurillas de la patrulla canina, minions, un búho…con eso hacían los teatrillos.

    Ahora estamos de carnavales y esto supone que, mientras esto ocurra, hay una zona capitalina que no pisaremos. No he visto ni el escenario donde suceden todos los eventos. Nada. Además, como mi hija estudia las oposiciones muy cerca del escenario carnavalero estará un mes o más con las clases online. El año pasado, a resultas de salir de clase tarde mientras las mascaritas tomaban posiciones acodándose en las barras de los chiringuitos, se tuvo que bajar de una guagua porque a un zoquete se le ocurrió empezar a tocarla con el dedo índice, hundiéndole el dedo en las costillas. Otra le parte la cara, ella bajó en medio de ninguna parte y llamó a su padre al fijo de casa que salió a buscarla. Yo creo que el zoquete padecía de alguna enfermedad, pero la verdad, no quisimos saber cuál. Yo, además de la enfermedad le arreglo los dientes, porque soy una persona enferma igualmente que no anda tocando la moral de nadie. A raíz de esa experiencia evita todo lo posible a gente que suma alcohol incluso antes de salir de casa, y que coge el transporte público para no sentir el crujido de una multa de tráfico por ir con el hígado caliente.

    Somos de ese tipo de gente que va a horas extrañas a comprar al súper, que acuden a los centros comerciales cuando las tiendas están cerradas, que no participamos de ninguna algarabía popular, que no acudimos si quiera a manifestaciones que reivindican derechos porque odiamos las multitudes y los ruidos altos…lo único que me permiten, a mi, a la distinta es que, cuando suena en el CD del coche la canción de el grupo «siempre así» cantando «a mi manera» me dejan que la ponga a un volumen alto. Así lloro en silencio, mientras comienza la canción y me viene a la cabeza mi madre y lo rápido que se fue «el fin, muy cerca está, lo afrontaré, serenamente…» Y la recuerdo, efectivamente,  siendo fiel a lo que había sostenido siempre, que ella viviría y moriría a su manera. Como, en definitiva, nos enseñó a los habitantes de Avatar.

    https://music.youtube.com/watch?v=LbUzR8HvuPU&si=xJ_cmqewoJGegpNQ

  • Mi descanso

    ¿Necesitas un descanso? ¿De qué?

    El fin de semana pasado, después del cero en Geografía de mi hijo, tuve un intercambio de correos con la profesora de esa asignatura pidiendo entender el porqué de ese suspenso. Pregunto que si ha sido por mala conducta. Siempre poniendo el foco en que mi hijo se las trae en lata. Error. Me suelta que ha sido porque no entregó un trabajo que debía hacer por escrito y del que no sabíamos nada. Me dice que ella le dijo que apuntara lo del trabajo en su agenda. Le contesto que para qué está la aplicación del colegio, cosa que le duele porque ella ni siquiera aparece en los créditos. Se enfurruña por lo que le escribo, demostrando con ello una gran madurez (ironía modo on) y me contesta que, ELLA ya me escribió un correo preocupada por el niño (a principios del curso pasado) y que si quería ver los exámenes debía acudir al centro. Amos, no me jodas!! Mi respuesta fue la propia de una madre que tiene más paciencia que Job, y, por no llamarla niñata malcriada, le expliqué que existen unos aparatos, muy usados en la docencia, llamados fotocopiadoras y que con ella podía hacerme un par y no hacerme perder un día de trabajo. Me los envió cinco días después (no encontraría la fotocopiadora al igual que yo no encuentro mi paciencia ya con estas chuminadas) y vemos que ha aprobado la recuperación de la asignatura con un cinco. La única alegría en todo este maremágnum de despropósitos.

    Esta semana ha traído un 2 en Biología. Alguien sabe porqué? Ni él ni yo tampoco. Así que toca arremangarse, escribir correo, esperar que este profesor no tenga la madurez de un chupachup, y ya estaría.

    El próximo movimiento planeado será enviar a la dirección del centro una queja formal por escrito, para luego tomar las medidas administrativas y judiciales que me sean oportunas. Estoy ya muy cansada de pedir, de rogar, que no me dejen fuera de lo que pasa a mi hijo entre las paredes del colegio. Y yo he llegado al punto álgido del hartazgo.

    El miércoles fui a un dentista para una limpieza bucal. Sufro de dolores en la mandíbula inferior y, por ello, pensé que, con una limpieza las cosas fluirían mejor, como así ha sido. Lo malo es, que, al verme la boca, ha notado que tengo bruxismo, que chirrío los dientes mientras duermo vaya! Mi placa de descanso, que la tengo hace mil años, ha muerto entre mis dientes y debo hacerme otra. Ahora imaginen a una persona con una ansiedad feroz, con su poquito de estrés postraumático, que no soporta que la toquen, en una cita de dentista sola con el señor (el dentista es un hombre orquesta y no tiene ni secretaria) en un cubículo, él intentando crear un ambiente de cordialidad, frente a mis monosílabos y mis ojos entornados de desconfianza. Lo que debía durar unos diez o quince minutos, se extendió a una hora. Como la limpieza. Me anestesió la boca por completo y aún así fui capaz de vomitar de los nervios. Dice mi psicóloga que el bruxismo se debe a rabia no expresada. Salí de allí con mi rabia ocultándose entre los pliegues de mi ropa, abrazada a mí, llorando desconsolada. Soy capaz de hacer un drama cada vez que voy al dentista? Si. Encima, entre tanto pago, mi sueldo ha hecho una salida de mutis y ya casi tengo la cuenta pelada. Soy pobre cual rata, y, para celebrarlo, nos fuimos a un bar a unas pocas calles de casa a comer los tres. Fuimos con mi hija, a la que debemos obligar que salga a visitar el planeta Tierra haciendo deporte en un gimnasio o acompañándonos a estas salidas. Ella no suele intervenir en la conversación, sonríe cada vez más amplio a medida que se va zampando los platos que llegan, hasta llegar a una sonrisa plena  porque ya tiene la barriguita llena. Sin hablar mucho. Eso lo deja para cuando estoy con la tablet, viendo el capítulo de alguna serie, con su hermano durmiendo abrazado a mi y su padre roncando en la otra punta. Entonces ve imprescindible preguntarme qué outfit debe llevar al gimnasio al día siguiente. Yo miro la hora, las 23:30, la hora normal de cosas que preguntarle a mi madre que está a punto de caer en los brazos de Morfeo. Yo intento contestarle sin el ánimo de arrancarle la cabeza que es lo que apetece cuando estás agotada. Pero ella es así y yo debo respetar su tempo.

    Hoy, al ver la pregunta de Jet sobre si necesito un descanso, he pensado que, tal vez, unas vacaciones de discutir sobre los derechos de mi hijo, sobre ser madre a tiempo completo, de ser mujer llena de recovecos y de cosas no contadas que pone difícil cualquier intento de proximidad, de confianza, que gruñe desde que ve que estás intentando alcanzar su corazón o su alma,  podría ser lo que me pidiera en ese deseo de descanso. Pero creo que lo tengo difícil. Nadie pone de su parte. Ni siquiera yo, mal rayo me parta!