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La gata del collar rojo
Si tu mascota pudiera hablar, ¿qué sería lo primero que diría?
Tengo una gata negra que en su cuello llevaba un pequeño collar rojo bien sujeto por una hebilla. Ella lo llevaba con orgullo puesto que relucía en su pelaje negro como si fuese hecho del mismo fuego. Era la envidia de la urbanización y lo demostraba en cada uno de sus regios andares felinos.
Venía a casa solo a pernoctar y el resto del tiempo vivía de adular a vecinos para que le dieran de comer, de dormitar entre el jazmín de mi jardín que la dejaba cubierta de perfume, de andar con otros gatos cazando tórtolas en los parques….en fin, que era una gata aventurera!
Un día se me olvidó encender la luz en la terraza. Andaba yo dando vueltas a los problemas que hacen fila en mi cabeza cuando se acerca la hora de dormir, aprovechando la luz de la cocina que, a esa hora, era lo único que seguía encendido. Oí un ruido en el jardín. Luego, sentí más que ví algo oscuro entrar en mi terraza. Dos puntos oscuros flotaban en el aire y se clavaron en mí con sorpresa. «Gata, eres tú?» «Dónde está tu collar?» No era reconocible sin él. Entonces se acercó despacio y le permití subirse al sillón de mimbre en el que estaba sentada. «Vas a dejarme el forro de ese cojín hecho una pena, pero te noto triste, supongo que por haber perdido el collar». «No lo perdí!» Me contestó. Yo me quedé estupefacta. Mi gata hablabla y allí estaba aquella minina mirándome con pena y a la espera de que yo le diera pie para contarme su historia. «Qué pasó? Lo perdiste en alguna pelea?» Le dije. «Eres una humana bien tonta!» Me replicó. Pero como lo del collar tiene que ver contigo, voy a contártelo.
Entonces se recostó en el cojín y, mirando a las estrellas comenzó a contarme la de años que ella llevaba visitando aquella casa más suya que mía, me dijo así como quien no quiere la cosa. El collar era un regalo de los antiguos dueños, gente más educada y con más posibles que yo. Me dio por pensar que, tal vez, yo no era, ni de lejos, la mejor de las dueñas de aquella vivienda y, por si me quedaba alguna duda, me dijo que, de las cuatro mujeres que habían pasado por allí, yo era la que menos caso le hacía y a la que ella menos quería. «Pero resulta, prosiguió, que hace unos días, me encontré con el espíritu de una de las antiguas dueñas de esta casa y me explicó que, si le daba el collar, yo podría hablarte como lo estoy haciendo ahora, y acepté. Sabes porqué? «Me preguntó. «Ni idea» le repliqué. «Pues porque me estoy haciendo mayor y necesito que me cuides un poco más de lo que has hecho hasta ahora, y, la verdad, chica, eres de lo peor conmigo.» «No te pases!» Contesté. «Duermes en mi terraza como una reina». «En invierno no soy ninguna reina. En invierno solo estoy sola y tengo frío».
Reflexioné un buen rato sobre lo que acababa de ocurrir mientras ella dejaba caer su cuerpo derrotado en el sofá. Acerqué mi mano a su lomo y comencé a acariciarlo por primera vez desde que nos conocíamos. «Gata, si tengo que tratarte bien vas a tener que venirte conmigo a la ciudad. Vivir en un piso, dejar de callejear, tendrás que tener un nombre, veterinarios, chips…» Ella me miró sardónica y, poniendo su pata en mi mano me contestó: «acepto!».
Desde entonces tengo a Katia andando por entre mis piernas con otro collar rojo más fulgurante que el anterior, para que no vuelva a decir por ahí que no soy una buena ama, sobre todo cuando la llevo al pueblo para que visite a sus amigos!
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Una semana de preparativos
Esta semana he empezado en el nuevo destino y me ha gustado. De hecho, podría jubilarme haciendo lo que hago ahora y eso se ha notado en las vibraciones que emito al llegar a Avatar. Cero cansancio físico, cero mal humor, 100% de disponibilidad en los «Mira mamá lo que me pasó antes» con los que me asalta mi hija sin haber soltado el bolso. Luego habla mientras me cambio, mientras entro en el baño, al salir de él, en la mesa…y yo puedo prestar toda la atención porque, como digo, estoy sin ganas de tirarme por algún sitio. Además, y por si fuera poco, se ha estado encargando ella sola de la logística alimenticia de la casa porque su padre se limita a comprar la misma comida preparada cada lunes, entre los dos hicieron algo juntos el martes y luego ya comimos sin él en casa. Su ayuda bien merece que yo la escuche con mis cinco sentidos puestos en ella. La última vez que hablamos me dijo que me iba a enviar una documentación para rellenar y pagar en el banco para su matrícula en la universidad. Al final será Derecho lo que haga. Su preparador ha puesto en ella el amor a la ley y yo…yo ahora mismo me rompo por las costuras de orgullo.
Luego está el enano (voy a tener que cambiarle el mote porque ya está a la altura de su hermana). Tuvimos una primera toma de contacto en la que le expliqué cómo había sido nuestro verano. He aprobado con nota. También le expliqué que ya empezaba su desregulación producto de que ve asomar inexorable la vuelta a la rutina que es otro follón. Cuando lo has hecho tan bien que no echa de menos nada de lo anterior, volver a ello es como comer coles de Bruselas. Puede ser muy sano, pero también indigestas.
Los 45 minutos se fueron muy rápido porque había mucho que contar, todo buenas noticias, y nos echamos unas risas a costa de las mentiras de mi hijo para no acudir ese día. Poco antes de entrar me dijo que tenía 35 de fiebre y a mí la risa me duró hasta que tuve a su terapeuta delante. Al salir, me dio un abrazo apretado, de esos que te rellenan el alma de una energía que sabe que vas a necesitar íntegra para lo que se viene a partir de ahora. Nuevos profesores, nuevas asignaturas (como lo es Física y Química) quiero buscarle, además, una actividad donde se relacione con sus iguales, porque cada vez habla menos y más bajito, todo ello agitado que no mezclado con su padre y yo desconectados el uno del otro, lo que significa que tendré que afrontar todo esto yo sola porque ninguno quiere dar el paso de soltar los 38 años que llevamos juntos.
Cuando llegó la noche el chiquillo se acurrucó conmigo, como hace siempre, me miró con esa mirada brillante y feliz que tiene y, con una sonrisa me dijo que, cuando fueron a informarse su hermana, su padre y él sobre la Universidad a Distancia, se encontraron a cuatro profesores entre los que se encontraba su profesora de Inglés y el de Biología. Lo miré asombrada. «Buah! Qué mala suerte no?» Dije riendo. Su padre apostilló que ambos dos se habían puesto muy contentos al verlo, «no como él a ellos» siguió. «Hombre! Lo inesperado no es algo bueno para un autista!» dije. Miré a mi hijo y ya estaba dormido con la sonrisa aún en su cara. Entonces cerré los ojos y me lancé detrás suyo en el tobogán de los sueños felices.
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Aquel verano del 88
Si pudieras revivir un año de tu vida, ¿cuál elegirías?
Hubo un año de mi vida en que tuve a toda la familia veraneando toda junta en unos apartamentos al sur de la isla. Yo debía tener unos 18 años ya, mi hermano era un bebé, y, justo después de pasar esas vacaciones, caí en una profunda depresión. Si volviera a pasar por aquellas vacaciones lo haría con mi actitud de hoy, esto es, soy buena pero no tonta, no pienso quedarme con tu hijo porque si tú has venido a divertirte yo también, y creo que, con eso y con un mucho de decirle a mi abuela que la quería muchísimo ya estaría.
Sería más abrazadora, emplearía las palabras «te quiero» en todas sus acepciones, disfrutaría viendo a mis tíos con salud y, en definitiva, aprovecharía cada minuto de aquellas vacaciones.
También modificaría mi actitud con mis hermanos. Estaría con ellos todo el rato, aprovechando que ambos eran menores, y no me pegaría a adolescentes brujas que, para conseguir que yo me despegara de ella (no tenía ni idea de que no le caía bien) se inventó un insulto que yo no lo le di, y su madre, que ya ha fallecido, me fue buscando por todo el complejo a gritos para darme de golpes. Si viajara en el tiempo eso no sucedería porque no saldría con su hija ni a la piscina. Y, a lo mejor, no le diría ESE insulto pero sí otro que le fuese mejor a su pelaje dañino. Comadreja podría ser uno!
Mi hermano era un crío que se despertaba mucho mucho de noche. Si pudiera viajar en el tiempo, haría lo que luego hice con mis hijos, ponerlo en mi cama, vigilar su sueño, acariciarlo y decirle en voz bajita que las cosas van a torcerse en cuanto a salud se refiere pero que, de adulto, se sacará esa espina yéndose de viaje a sitios remotos, que, a pesar de sus achaques infantiles, luego hará en el cole buenos amigos, que tendrá buenas parejas, que, en definitiva, valdrá la pena esas penurias. Le relataría sus viajes en forma de cuentos y así, seguramente, dormiría la mar de tranquilo.
Me iría con mi hermana a todos sitios, y visitaríamos todos los locales aledaños a los apartamentos juntas a pesar de mis 18 y de sus trece y le iría contando todas las cosas bonitas que le pasarían después, como su boda, que fue la monda, y su niña, nacida el mismo año que mi enano para que no perdamos de vista que hay un hilo invisible que nos une. Uno que es fuerte, como el de una tela de araña. Ella también ha viajado mucho y lo ha hecho a países que no visitaré en mi vida (como los de mi hermano) pero es que lo mío es más de vivir en planetas distintos y eso, lo diga quien lo diga, supera a todos los viajes del mundo.
Luego me acercaría a mi abuela y le pediría de rodillas todas sus recetas maravillosas. Yo, desgraciadamente, no tomé notas porque estaba centrada en huir, escapar, tirar para adelante. Ojalá ser la yo de ahora en un cuerpo de 18 que yo escondía con vergüenza. Tener esta actitud vital a esa edad hubiera hecho de mí una mujer dinamita pero, por desgracia, la ley no me daba la razón. Yo era una exagerada, una dramática, una «porqué siempre llevas esa cara…» Hoy día lo explicaría pero, por aquel entonces hacerlo hacía que cayeras al pozo de la desgracia masoquista, y si algo no fui nunca es eso. Yo solo quería vivir y crear una vida que fuera buena para mí y lo conseguí, vaya que sí! Conociendo a mis hijos terminé de ver las cosas en una perspectiva que te da el ver cómo tratan a tus hijos como a ciudadanos de segunda mientras tú peleas y peleas por cada uno de sus logros. Pero, ahora, después de mil batallas pasadas, presentes y futuras, son ellos los que me susurran en sueños diciendo que todo va a ir bien. Y yo siempre que puedo me escapo con ellos a Avatar, ese planeta maravilloso que abarca todas las paredes de mi casa. En este tiempo, con estos años, escribiendo estas letras…
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Una tarde de sábado
Hoy nos volvemos a casa llenos de energía. Hemos llegado aquí, hemos cargado nuestras baterías vitales y toca regresar a una rutina que volverá en todo su esplendor la segunda semana de septiembre. O vendremos porque hacerlo es un suicidio. Aquí todo se mueve a lo bestia a partir del día 8, que es festivo en algunas zonas de la isla cosa que aprovecha la peña para coger el último puente antes del inicio del cole. Todo el mundo se hace humo, tanto que, no siendo en penal, no se señalan ni juicios, excepto algún juez venido de otros lugares que se ve celebrando juicios él solo en toda la planta. Será la última vez que le pase porque incluso escaseará en el juzgado de personal por más que pongan leyes para que esto no pase. La economía procesal en uno de los sitios con más litigios de este país suena a chufla pero esa es otra historia.
Total que ayer pasamos nuestra jornada playera a donde íbamos buscando un poco de paz, con una lancha llena de gente, con música electrónica hasta los topes de alta, tanto que te alejabas de la playa y seguías escuchando, y yo me volví a mi juventud, cuando entraba a los locales cubata en ristre y bailaba como si no hubiera un mañana. Iba siempre, como ayer, con la expectativa de divertirme, bailar y marchar para mi casa. Muchas veces fui sola y, al salir, me sentía como algún perrito abandonado en la calle, cosa que ya no veo gracias a Dios, y los miraba diciendo que quién fue quien le estaba haciendo pasar por aquella vida, como si yo no tuviera suficiente con lo mío, como si pudiera ayudarlo de alguna manera. Llegaba a casa, me desmaquillaba y me acostaba sin dormir pensando qué iba a hacer con mi existir, cómo salir de aquel Matrix vital que me tenía atrapada como una tela de araña bien tupida. Cuando volví de mis pensamientos, ya me dolía la cabeza. Qué curioso es el cuerpo! Cómo te manda mensajes diciendo que no vuelvas nunca más a esos años! Que no recuerdes! Como en la Casa de Bernarda Alba de mi amado Lorca. «Silencio! Silencio he dicho!» Y callé. Y el dolor calmó.
Mientras cenábamos los chicos y yo, descubrí, porque comemos en silencio y sin conversar, que una luz que puso mi aún marido en la entrada y que se enciende por el movimiento, hacía su función pero sin movimiento mediante. Venía detectando yo, por la alarma, que la luz se encendía de madrugada y que el programa me alertaba de que alguien andaba en la terraza. Primero culpé a la gata que duerme entre las cosas de la entrada pero luego descubrí que ella no pasa ni de coña por donde está el aparatito de marras. Como tengo una imaginación de estas que te dejan agotada, me puse a imaginar a mi madre y a su marido juntos los dos jugando en la terraza, volando libres, disfrutando junto a nosotros de la jornada de sábado. Enciende. Apaga. Me sonrío. Qué pena no poder compartir esto que pienso con nadie. «Bueno! Te queda el blog» me digo. Enciende. Apaga. Creo que alguien lanza su aprobación de mi idea. Enciende. Apaga. Me sonrío. «Te quiero mamá!» Me digo. Enciende. Apaga.
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Repaso a agosto
Este mes me ha gustado mucho a pesar de que ya solo me queda un día de estar en lo que el martes se llamará «mi antiguo trabajo». Y digo a pesar porque, siendo yo una ansiosa, lo normal sería que estuviera pensando mil escenarios catastróficos pero no es así. También es cierto que llevo toda la semana yendo a donde voy a estar trabajando para ver qué hay que hacer por si al compañero que está solo en estos momentos, le diera por ponerse enfermo cuando yo tome posesión, que es algo que no digo a las malas, pero la gente enferma y su realidad es que está solo con todo el curro. No me gusta entrar de nuevas, ver el cuadro, y esperar que me explique en un mes como septiembre donde ya los letrados afilan sus escritos, sus demandas, sus dudas…para aparecer por allí cargados de papeles de clientes en algunos casos ingratos. En general, nunca me he encontrado ninguno que no sude la camiseta. Supongo que el ser autónomo lleva ese plus de esfuerzo. Demuestro con mis visitas ser una ansiosa? Si. Pero una ansiosa disciplinada.
Para variar, este año he decidido venir a la casa del sur aunque sea en guagua, que nos lleva, agárrense que vienen curvas, dos horas y media de viaje. Podríamos coger la directa que llega en una hora, es cierto, pero al chófer le ha dado por dejarnos tirados en la parada dos viernes consecutivos. No importa. Aquí llegamos y nos bajan las pulsaciones, el estrés, el cortisol. Subimos a la casa, a la que hoy me voy a dedicar a limpiar, colocamos, abrimos ventanas y salimos a comprar a un súper que tenemos al bajar un tramo de escaleras. Subimos, cena, duchas y a dormir más a gusto que en casa, tal vez porque la nuestra necesita un poco de limpieza de mala vibra.
Ya nos contactó la terapeuta, que, a demás, nos ha puesto días y horas chulas para no andar corriendo toda la maldita tarde, tengo los libros y el uniforme comprados, porque el enano ha pegado un estirón que ha conseguido que solo entre en una 16, así que solo me faltan sus playeras que pillaré el lunes si tengo suerte. Si no, aún me queda un fin de semana de ventaja. Él afronta sin mucha alegría el estar en 2° de la ESO pero este año, al traerlo aquí, he conseguido que en estas fechas él y yo no nos estemos subiendo por las paredes. Él porque está bastante regulado y yo, porque al conseguir eso duermo muy a pata suelta. Solo me queda conseguir que acabe unos ejercicios que le mandaron de francés para recuperar la asignatura y ya estaría el círculo completo.
La única sombra es que volvemos a no tener noticias de nuestra tía. Ha dejado de coger el móvil y ahora estamos viviendo un poco el asumir que alguien tan enfermo como ella no puede dar siempre el do de pecho y hacer como que nada le pasa. Es cierto que los que la queremos vivimos en un ay, pero es lo que toca ante enfermedades tan graves como la suya. Yo tuve una conexión muy especial con ella, pero hace tiempo, sobre todo a raíz de su último resbalón al abismo, que no consigo «sentirla». No sé si me explico pero, cuando uno quiere mucho a otra persona, a veces, sin verla sabe si está bien o mal y ahora eso no me pasa. Sé que no debo poner ninguna expectativa en ella, porque hace tiempo que ella voló a un mundo imaginario que la hace feliz y yo, aunque me duela mucho, no puedo ir tras ella porque yo debo estar donde se me necesita. Yo debo estar en Avatar!
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Los diez mil!!
Ayer esta aplicación me dio esta buena noticia y me pareció buena idea compartirla, en primer lugar, con mi hermana, que me animó a abrir Avatar, a mi hermano, que me lee, a mis terapeutas, que además de leerme me animan a que no deje de escribir, a mis amigas y, sin duda alguna, a quien se pasa por aquí a leer las aventuras y desventuras de una madre en un mundo que debió aprender a transitar. Ha sido el producto de dos años y medio, que no llega a otros blogs ni a la punta del zapato, pero eso no es lo importante. Lo que destaca aquí es la lectura de tanta gente y, para ser algo a lo que doy cero bombo y publicidad, pues no está mal. Mil gracias a todos!! Feliz semana!! ❤️

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Los orígenes de Avatar
¿Cómo conociste a tu pareja?
Esta historia ya la he contado pero hoy, que he llevado a su hijo en una caminata de unos tres kilómetros, comencé a recordar por el camino cómo había empezado todo. Yo tenía una depresión fortísima por aquella época, resultado de un viaje que hice el año anterior al extranjero para ver a mi madre. Antes de salir, tuve que hacerme el pasaporte y, como era menor, debía tener el permiso paterno. No coló eso de me llevo el papel y que mi padre lo firme. Mi padre fue a regañadientes y por no hacer daño a mi madre, que a esas alturas, ya estaba casada con otro y embarazada además, me hizo el gusto. Yo le importaba cero. Llegó con su eterno uniforme que daba a entender en qué trabajaba y con las manos como si saliera de una mina. La camisa, tres botones desabrochados y yo, a mis 17, pensando si no habría podido ponerse, por ejemplo, un poco de mugre por la cara y rematar el cuadro.
La visita a mi madre duró un mes y, a los tres días, ya sabía que se había equivocado otra vez de marido. Además de aguantar sus cretineces, tuve que ver cómo mi madre, embarazada de ocho meses cargaba para él cual esclava el equipaje. El mundo matrimonial, pensé, no es lo mío.
Al año de ese viaje mi padre deja de pasarme la pensión. Le digo a mi madre que porqué no denuncia que no le pasa a mi hermana la suya y me la da a mí que quiero seguir estudiando pero mi madre no escucha porque anda entre pañales con un niño pequeño que se despierta unas doscientas veces en la noche. Me quedo sin su apoyo. Voy al abogado y poco más o menos que me dice que espabile. Ya lo hago. Quiero seguir estudiando para no depender de nadie en un futuro. La justicia tampoco está de mi parte. Me enfermo y, tras una visita médica a casa porque yo veía insectos subir por las paredes, mi abuela localiza el teléfono del trabajo de mi mal llamado padre. Pregunta por él y, cuando éste se pone el teléfono en la oreja, oye la voz de mi abuela explicándole que estoy tan enferma que no puedo salir de la cama pero, que desde que mejore me iré con él para que, si no me da dinero, por lo menos viva y coma en su casa de lo que haya. No es el mejor de los apoyos pero funciona. No funcionará mucho tiempo pero sí el justo para que encuentre trabajo y me olvide de él.
Con esos mimbres, un amigo de mi tía me organiza una cita a ciegas que no he pedido y que no quiero. Me indica que estoy deprimida y que debo conocer hombres que no anden mal de la azotea. Le digo que ni loca e insiste. Le termino diciendo que sí por plasta. Luego me entero que quiere ver al amigo de este chico porque le gusta y de ahí tanta insistencia. Pienso que el sexo masculino es la monda lironda pero ya he dicho que sí a la cita y me planto con mi tía y con él en la sala 1 de unos multicines que ya no existen. Saludo a su mejor amigo, a otro conocido que me tira los tejos nada más verme y al que mato de un golpe de mirada, y él, el prota, se retrasa. Luego descubriré que su pasión es llegar tarde. No me gusta la impuntualidad. Empezamos de fábula. Lo veo subir las escaleras. No se parece nada a como lo ha descrito el amigo de mi tía y, sin dar crédito, le digo que me jure por Snoopy que no es ese que sube. Mala suerte. Sí lo es. Se sorprende al vernos porque nadie le ha dicho lo de la cita. Voy a saludarlo con un beso y me da la mano. Miro a mi tía que se muere de la risa mientras yo noto un interrogante gigante sobre mi cabeza.
Entramos a la sala y se han sentado todos para que nos toque juntos. Cuando voy a sentarme me pide que no lo haga porque le gusta poner su brazo estirado encima de la butaca de al lado. Lo miro alucinada y le contesto que voy a hacer algo mejor que es que voy a ponerme en el otro extremo para no verlo. Me pregunta que si estoy molesta. A esas alturas estoy flipando.
Vemos la película y, al salir, con la excusa de llevar a un amigo a su casa, él se queda solo con dos mujeres y un chico gay a los que no conoce de nada. Nos vamos a tomar algo y, cubata en mano, comienzo a escrutar a semejante tío raro y capto que lo es, pero que parece buena gente, y eso me atrae tanto como la luz a Caroline en Polstergate.
Así que, esa cita llevó a otra y otra más durante once años. Después de cinco años casados comenzamos a buscar a la niña y, cuando ella abrió los ojos descubrió que no estaba donde se suponía que debía estar. Yo noté su desasosiego desde el principio y él, ante aquellos comportamientos, solo pensaba que su hija era muy lista y muy juguetona. No le hizo gracia que le dijera que estaba huyendo de él en realidad, en vez de jugar pero esa es otra historia. El comienzo de Avatar…
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Momentos
Si pudieras revivir un solo día de tu pasado, ¿qué día sería y por qué?
No tengo un solo día para revivir porque, a medida que pasan los años, uno va acumulando momentos que hubiera hecho distinto, por ejemplo, el último día que vi a mi abuela. Si hubiera sabido que aquella sería nuestro momento final, la hubiera cogido de las manos y le hubiera agradecido todos aquellos años que me tuvo bajo su cobijo, a pesar de todos los problemas que tenía ya fuera por sus hijos o por su marido, que era la monda para mal.
También volvería atrás, a mi infancia, cuando aún podía dormir con mi hermana porque ella no quería que durmiera en otro sitio sino a su lado, para decirle lo mucho que la quiero, a pesar de todo y todas las circunstancias que se nos daría después. Le diría que las cosas se van a poner del color de las hormigas pero que podrá contar conmigo siempre que lo necesite. Además, añadiría que no perdamos el contacto, que nos escribamos y nos llamemos más de lo que hicimos después de que nuestras vidas saltaran por los aires.
Volvería sin duda a la infancia de mi hermano y lo envolvería en una tela mágica que evitara las enfermedades. Sé que uno aprecia la vida con mayor anhelo cuando a uno lo ponen al filo mismo del abismo, pero creo que estuvo tantas veces ahí que, cuando enfermó la última vez me suplicó que no lo llevara al hospital. No sé si él se dio cuenta de la bronca que tuve con su médico cuando me dijo que llamara a mi madre porque era muy probable que se quedara en la mesa de operaciones. Le afeé el hecho de que me lo dijera en un sitio en que el niño podía oírlo y me contestó que si volvía a hablarle con aquella chulería nos echaba a los dos del hospital. Yo llevaba mi uniforme de cajera y a él le confundió mis pintas. Le repliqué que mi uniforme no reflejaba el que yo no supiera de leyes y, que si se le ocurría hacer lo que dijo volvería acompañada de la guardia civil que estaba, y está, a pocos metros. Luego me insultó y le contesté que no me gritara y no me faltase el respeto. Luego sentí el brazo de mi abuela mientras una enfermera salía detrás de un mostrador gritando que me fuera. Con esta actitud, pensé, han puesto a todos estos críos nerviosos. Salí de allí, me subí al coche de mi novio, que luego, vaya por Dios! formó conmigo Avatar, y me puse a llorar como una loca. Si volviera a ese día, me callaría, me quedaría con el niño y le diría que no creyera esas chorradas. Que yo lo conozco bien y sé lo fuerte que es y que saldrá de esa. Vaya que si!
Otro momento al que volvería sería al nacimiento de mi hija. Ahí me quedaría poco porque, después de ahí se desató el infierno pero le diría muy bajito al oído que era cierta su intuición. No había nacido en el planeta que merecía pero que su padre y yo le íbamos a construir un hogar donde estar a salvo, donde poder ser ella, donde estar a gusto. Tal vez eso le hubiera servido de consuelo y no lloraría tanto anhelando estar con los suyos.
Luego, después de todos estos paseos temporales acudiría a cualquier día en la vida de mi madre y me abrazaría a ella con fuerza para que pueda sentir todo el amor que se llevó con ella y para yo poder oler, una última vez, su perfume y oír su risa. Le diría lo mucho que la quiero y, esta vez, a ella no le quedaría ninguna duda de cuánto. No creo que supiera cómo la iba a echar de menos, pero me consuela saber que estuve con ella al principio, cuando abrí los ojos al nacer, y al final, cuando ella cerró los suyos para siempre.
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La adultez
¿En qué momento te diste cuenta de que ya eras oficialmente adulto/a?
Cuando la vida te pone unos padres como los míos, esto es, una chica muy joven, mi madre me llevaba diecisiete años, y un señor que descubre al primer golpe de vista que si pudiera daría marcha atrás en eso de tener hijos, te toca espabilar muy rápido. Tanto, que, cuando tenía unos doce años, me levantaba y preparaba dos zumos de naranja para mi hermana y para mí, dos bocatas para el desayuno en el patio, ponía en una cantimplora agua para bajar el pan, la peinaba y me peinaba, y procuraba que no nos vieran hechas un cuadro dando un repaso al uniforme de ambas. Sin embargo, yo todo lo realizaba con gusto porque durante un montón de años había tenido que tirar para adelante en soledad y eso fue peor que hacer algunas tareas en nombre y representación de mi madre que permanecía durmiendo en su cuarto mientras yo me encargaba.
Luego llegó su marcha a un país extranjero con mi hermana del alma y con su partida llegaron las críticas feroces, algunas con razón, porque se llevó a la hija pequeña, a mí me tocó quedarme en casa de mi abuela y mi padre, que fue a despedirla al aeropuerto comenzó a decir que él no tenía ni idea de lo que iba a suceder para bien de victimismo y de dar pena a ojos ajenos. La mentira solo le duró un rato, el justo para darse la gente cuenta de que a su hija de trece años no le hacía ni caso. Había dejado de existir para él pero yo aún no lo veía. Los demás si y no me prepararon para la torta.
Eran los años ochenta, acababa de hacerse una realidad la ley del divorcio y separarte de esa manera podía dejarte sin la patria potestad de tus hijos cuando saliera la sentencia tres años después de solicitar la separación. Como para que te pensaras rebién si estabas segura de mandar a tu pareja a freír bogas! La suerte que tuvo mi madre fue que su ya ex no nos quería ni medio cerca de su ser y no reclamó nada para él. Se quedó con casa, coche, sin hijas, y volvió al mercado sentimental diciendo que era soltero y sin retoños. A mi hermana no le pasó jamás la pensión y a mí me tuvo años con la lengua fuera haciendo malabares para pagarme los estudios de bachillerato. Cuando quise estudiar en la universidad, me dijo que no y yo, después de hablar con el abogado de mi madre, que me dijo que ya me tocaba buscarme las habichuelas y que mi padre no tenía porqué pagarme nada más, todo ello en un tono muy desagradable colgándome el teléfono después de despacharse a gusto y tras una fuerte depresión que casi no me lleva al otro barrio, decidí estudiar Turismo y pagar yo las cuotas mensuales, los libros, mis gastos personales, con un sueldo ajustado a trabajar 15 días en total. Me había buscado un trabajo a tiempo parcial porque me encontré un día frente a mi progenitor suplicándome que dejara de molestarlo. No podía creer que alguien que trabajaba, que no tenía deudas, que vivía como un soltero, no pudiera hacerse cargo si quiera de mis estudios siendo yo su hija. Hoy día, cuando pienso en ello, doy gracias a la vida por no haberme hecho nacer en Avatar. No hubiera durado medio minuto terrestre.
En épocas de fiestas navideñas, trabajaba todo el mes, de lunes a domingo, para ganar un extra y poder comprar algún regalo a mi abuela y tíos. Estudiaba al llegar del trabajo, a las once de la noche, me levantaba a las 7 de la mañana y bajaba caminando a la escuela. Tenía un presupuesto tan ajustado que, el dinero para la guagua era el que era. Fuera de ahí, cuando ya no quedaba más, salía de la escuela de turismo y subía caminando hasta la casa de mi abuela. Para que se hagan una idea, el trayecto en la guagua duraba veinte minutos. Quiten las ruedas del bus, póngale dos piernas sobre un cuerpo con sobrepeso a causa de la ansiedad y calculen. Daba igual que lloviera, que tuviera que trabajar esa tarde, que estuviera enferma o que no me apeteciera. Si quería estudiar, era lo que había y punto. Eso sí, esos años me metieron en el mundo adulto de cabeza y no puedo estar más orgullosa de lo que hice con los mimbres que me dieron.
Todo lo vivido en esa época me hizo entrar en el mundo de la sensatez, de la responsabilidad y aunque ese dicho que dice que «no hay mal que por bien no venga» me repatea el hígado, he de decir que, a mis 56, me siento orgullosa de todo lo que hice por salir adelante. Tengo dos hijos bien guapos, bien listos y bien autistas y con ellos he aprendido la última de las lecciones. A ser coherente, a decir qué voy a hacer y a cumplir con lo que digo. Y así, creo, cerré el círculo de la adultez. Viviendo y amando en Avatar.
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Pérdidas y ganancias
Hay semanas que pasan sin sentir y, cuando ves la cifra que marca el calendario sientes hasta vértigo, y hay semanas que te pasan como una apisonadora, lenta, arrolladora por completo, sistemática incluso. Esta que voy dejando atrás es una de ellas.
Los problemas aquí en casa no paran de crecer. Entre los que tengo con mi aún marido, los que surgen en casa y los laborales, le sumas sin querer la pérdida de un familiar cercano, en este caso, una prima hermana de mi madre que, dicho así, parece un nadie trascendente, pero que te vio crecer, lo mismo que tú la viste casarse, tener hijos, salir del agujero familiar y disfrutar de sus triunfos para luego caer en una enfermedad, demencia frontotemporal, que la hizo querer abandonar este mundo en varias ocasiones. Al final, ha sido el corazón quien se rindió ante tanto sufrir y, una autopsia y un velatorio posterior te dejan parada en medio de la nada, recordando que no llegó siquiera a tocar la edad de la jubilación y piensas que tu familia, en general, no es muy longeva y cómo deseas vivir los años que te quedan.
Cuando llegué al tanatorio, me encontré con una de sus hermanas y nos pusimos a recordar lo mucho que hemos compartido, el montón de gente a la que hemos despedido juntas, la de fines de semana que pasamos corriendo por la playa, a veces con las toallas anudadas en forma de capa simulando ser unas superheroínas de esas que vuelan tan alto que pueden viajar a otros mundos sin morir por no llevar traje especial alguno.
Las madres de todos nosotros, allí el único marido era mi padre, se ponían en círculo y hacían una especie de terapia de grupo donde se contaban grandes problemas solo a medias no fuera a ocurrir que, alguno de sus vástagos, pillara que su padre, por ejemplo, le era infiel a su madre hacía como un millón de años. Yo me ponía lejos, pero no tanto como para no oír lo que decían y, a veces, pensaba que todas ellas habían elegido malos compañeros de viaje y que a mí no me iba a suceder igual. Espoiler de la vida…si.
Con todas las emociones a flor de piel tuve que ir al trabajo porque, haber compartido con alguien millones de anécdotas no te da para pedir un permiso. Que digo yo que podrían poner un emociómetro y medir cuánto cariño teníamos hacia esa persona y, a razón de los resultados, dejarnos ir a despedirlo como corresponde. Me pasé por la última torre y quise que me fueran adelantando qué iba a trabajar cómo y con quién. A eso se le llama ansiedad. Me presenté a mi jefa, una chica más joven que yo, casada con un magistrado mayor que yo, y que, para que no saliera huyendo despavorida me tranquilizó incluso, diciendo que no hay nadie ocupando mi plaza desde marzo pero que el trabajo se ha ido repartiendo entre todos. Eso se traduce en que ya no llaman a interinos para cubrir esos huecos y la consecuente sobrecarga de trabajo para el resto de la oficina pero eso no lo dice porque ella está a tope con la reforma, a diferencia de mi, que entiende que, cuando llegue y me pongan a remar donde me ha tocado, esto es, en una zona donde no soy imprescindible y con un trabajo que evite que me deje a alguien en prisión más tiempo del debido, no voy a ser la preferida de mis compañeros. Para mí bien, soy capaz de asumir la situación, para los demás, no sé yo. Cuando salí de la reunión a la que acudió otra chica que aprobó conmigo, tuve la necesidad imperiosa de salir de allí y llamar a mi madre para contarle la suerte que había tenido después de 17 años de trabajo. Me paré en seco en el pasillo que conecta las cuatro torres, y, como si viviera mi propio eclipse solar, pasé de la luz a la oscuridad un rato largo. Luego recordé que, seguramente, ella se enterara al mismo tiempo que yo, sin teléfono ni otras tontadas. Y entonces pasó el eclipse y volví a ser luz. Y seguí mi camino…