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La mañana de domingo
Ayer comencé a tener un dolor en el bajo vientre, como si mi cuerpo se estuviese preparando para una menstruación de esas que luego me duraban 16 días y es muy curioso porque, acto seguido, mi hija sufrió una migraña preludio de la suya que sí existe y que es bien dura además.
Como soy mujer serena, pensé que mi dolor era señal de enfermedad chunga y, tras enumerar los síntomas, he descartado el dengue y la fiebre tifoidea. El resto de enfermedades cuadra con los síntomas de ayer. Además, tomé una ducha con agua fresca y, al sentarme en la cama a poner el móvil en modo avión, comencé a chorrear sudor como si acabara de hacer deporte. Bueno no, haciendo gap que yo no soy de sudar durante los ejercicios. Curioso! De ahí a asumir que me hundo cada ves más en este «tomatón» que diría Candela Peña, y que necesito visitar un ginecólogo cuanto antes a ver si me alivia, ha sido todo uno. Debo mirar el último informe ginecológico porque ahí me mandaba la doctora unas pastillas y unas pautas que ya no recuerdo pero que seguro que eran útiles porque la muchacha, además de encantadora, es muy profesional. Tampoco recuerdo dónde está el informe. Voy fetén!
Me he venido al salón en busca de fresco y estoy deseando que mi aún marido se levante para abrir las ventanas de mi habitación y parasitar allí. Tengo al peque justo enfrente. Lo miro de soslayo mientras él está con el mando de la tele en la mano, en calzoncillos, ojalá ser él! quedándose dormido a pesar de que suena Thriller de Michael Jackson, y comparan a éste con su sobrino que hizo una peli. Yo no estoy al cabo de la calle y veo con asombro el parecido y el trabajo de mimetizar su imagen para ser su tío y me parece lo que veo algo asombroso. Miro la figura de Michael, tan delgado siempre, y siento una pena enorme porque odio saber que tuvo una muerte tan prematura por haber sufrido malos tratos y no haber podido superar ese dolor de la infancia. Es triste siempre el dolor infantil.
Miro de nuevo a mi hijo. Ya me está haciendo saber que no quiere que esté allí. No quiere que me asome a lo que ve en la pantalla del televisor. Mi hija me hace igual. Aunque esté viendo videos de gatitos, si me acerco, baja la pantalla para que yo no mire lo que está haciendo. Me levanto. No sé dónde ponerme. El dolor de ayer se une al de espalda de hoy. Definitivamente, si no voy al gimnasio cuatro o cinco veces, el fin de semana lo paso fatal. Salgo de esta aplicación y me agendo dos clases mañana. Tengo pendiente agendar otra el martes y volvería el miércoles pero una amiga se ha ofrecido a darme unas prácticas con el coche para que coja independencia y vuele sola. Es lo mejor que tiene mi trabajo, la gente que he conocido en él y las amistades que he hecho. Ya contaré si no caemos las dos al muelle emulando a Thelma y Louise!
Vuelvo a recostarme en la cama. Mala idea. A los cinco minutos me falta el aire del calor. Me siento en la cocina donde corre fresco porque está abierta la ventana del salón. No son las 9 y ya estamos a 24 grados. Escribir esta entrada me está suponiendo hacer una especie de circuito del hogar que me tiene agotada.
He pasado por la habitación del niño donde el caos reina a mansalva. No se puede pasar sin pisar papeles. Su padre dice que va a despejar hoy todo lo que tiene en ese cuarto que le pertenece. Soy una Santo Tomás femenina. Cuando lo vea lo creeré.
Vuelvo a mirar a mi hijo. Ahora aletea las manos y salta sin mirar nada. No está aquí ahora mismo sino de viaje en Avatar que es lo que hace siempre que algo de este lugar llamado hogar no le cuadra. Ahora mismo he sido yo, al ponerme en el sofá frente al suyo. Estoy por llamarlo, abrazarlo y pedirle que me lleve a su planeta. Se acerca a mi porque ha visto que lo miraba. Nos abrazamos y noto que está fresco. Él me señala, como quien no quiere la cosa que me nota el cuerpo caliente. Como sabe que ahí da en hueso, comienza a bailar para mí un baile que él considera sensualón. No puedo evitar reírme con ganas a pesar de lo agotada que estoy. «Eres un tío listo!» Le digo. Y es verdad lo que digo. Es un chico tan listo que, cuando ha sentido que lo necesitaba ha acudido a mi lado y ha hecho desaparecer, como por arte de magia, todo lo que hace un segundo me tenía acongojada. «Y muy buena gente!» Continúo. Y sigo atrapada en su abrazo sanador un rato más. Ya no siento calor!
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Anoche
He tenido una noche horrible de calor y, a mí, que cuando duermo soy indestructible, esto es, no me levanto al baño, no me despierto y vuelvo a dormirme etc, lo de anoche ha sido de traca. Puede ser que al calor este que no termina de abandonar las islas se haya sumado que ya hay fumata blanca respecto de los destinos de penal. Me han dado lo que pedí en tercer lugar. Ejecución, no sé si con penas privativas de libertad. Y no tengo ni idea porque ahora pides un código y no un sitio tipo Penal 1, por poner un ejemplo. Ahora pides el número 9876543, por decir algo, y reza para que, cuando llegues allí, no estén azotando a la que se va. Para una persona como yo, que la ansiedad es su superpoder, ir tan a ciegas me revienta.
También puede ser producto todo ello de la comida de ayer, que fue todo sano excepto el vino que trajo mi aún marido. Era una botella pequeña, con un vino fresco, seco, sin sabor afrutado que entonces no pruebo porque me da migraña. Total, que el vino, de entrada perfecto, pero luego tenía un abandono de tu cuerpo algo peleón. Hice una mini siesta, me fui a la peluquería con el enano y allí comencé a notar como si los Siete enanitos de Blancanieve pasaran por mi ser con lanzallamas y comencé a sentir un calor horrible que culminó en noche de mierda.
Al salir, el enano comienza a dar bandazos y pienso que está aún con lo de Michael Jackson, pero me fijo en él y tiene un color amarillo pesado y las manos heladas. Le abro corriendo un dulce que le han dado en la peluquería porque es autista y portarse como lo ha hecho después de aguantar el secador no muy fuerte cerca de su oreja es un plus, y se lo pongo en la boca para que el azúcar haga la función de animar ese niño con forma adulta que, como caiga, me veo llamando una ambulancia. Me dice que está mareado y yo le contesto que no hace falta que lo jure. Encima, por la zona donde vivo se va a rodar una escena de una serie o película y me urge salir de un sitio a donde no puede acceder un vehículo de emergencia. Me da por pensar que, como suceda, entre los técnicos que están montando todo aquél follón, cojerán al enano y lo pondrán en otro lugar donde no les pare el trabajo. Si tuvieran que hacerlo me linchan por ser la madre del chiquillo. Me regodeo pensando que volveré a mi casa del sur el próximo fin de semana, pero iremos y volveremos en guagua porque mi aún marido trabaja este mes todos los fines de semana.
El día que fue a recogernos en el final de las vacaciones, además de llegar cuando aún comíamos, de invitarnos a ir a un local próximo que encontramos lleno hasta las cachas y que, al verlo de lejos así cogió las de Villadiego, de decirnos de otro sitio que, a la velocidad que llegamos con el coche el crío pensó que se lo pasaba, de pedir la comida, no revisar el pedido, protestar porque el pedido es incorrecto, soltar un exabrupto y decirnos que nos esperaba en el coche, de tener que convencer luego a mi hija de que el enfado no era por su culpa, de calmar al chiquillo que ya iba nervioso por el viaje, yo ya toqué techo en cuanto a aguante se refiere. Cuando llegué al coche y tras afearle lo que había hecho con una calma pasmosa, decidí que ya no más Santo Tomás. Que estoy más tranquila si él no está. Encima, cuando ayer le digo que no dé mi móvil para SUS cosas personales, me suelta que yo utilizo su coche. Suena igual que decir huevo y castaña. Lo mismo. En fin! Es lo que tiene saber que ya no me acogota pero andar luchando esa batalla perdida aunque sea con un alfiler en las manos.
Ayer me dijo por enésima vez que era una mujer empoderada. «Eso es!» le contesté «y ahí te duele» seguí. Así que he decidido vivir mi vida sin importarme o sin pensar qué va a pensar o va a decir al respecto. Ya hacía un rato que había cambiado pero él fue el último en darse cuenta.
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Los consejos
Si tuvieras que dar un consejo que te cambie la vida, ¿cuál sería?
No soy yo muy de dar consejos porque total, la gente luego hace lo que le parece y tú te acabas preguntando que porqué aguantaste una chapa de dos horas, dando pañuelos y consejos a diestro y siniestro si no ha hecho lo que le dijiste. Luego vienen los aviesos «te lo advertí» como un triunfo de tu sabiduría sobre la ignorancia de quien está frente a tí. Puede incluso que te levantes, pongas tu mano sobre la cabeza del errado y le digas un «te perdono» de mierda que hace que el otro se sienta bien pequeño ante tu magna sabiduría que te dan los años, los daños o peor, una altivez supina que desconoces que tienes colgando de la chepa.
Si tuviera que dar un consejo, uno que no te cambia la vida pero que creo importante, es ten hijos solo si luego eres capaz de tratarlos como a un jarrón Ming o no los tengas porque consideras que no te motiva nada tomar decisiones personales que afecten a la vida de estos.
Cuando tienes hijos sacrificas lecturas, días de playa tranquilos, viajes, actividades que te gustan y que notas que le vienen fetén a tus chacras…pero no es algo que dure toda la vida, eso es verdad, los hijos se hacen mayores y adquieren su propio criterio y desean hacer cosas que tú no imaginabas de tu retoño.
Luego está el delicado tema de la salud. Hay gilipuertas que le cuentan, aún hoy día, los dedos al bebé para ver que todo va bien. Hay quienes no saben que la vida tiene sus giros y sorpresas desagradables y, aunque ves a un bebé perfecto, dentro de él se libra una batalla que tal vez tú desconoces y que a lo mejor, tras auscultarlo el médico te dice que debe pasar por un millón de pruebas y sientes que el suelo se abre sobre tus pies, mientras enumeras qué errores cometiste durante el embarazo. Chorradas. La vida tiene esas cosas. Solamente.
Luego hay gente como yo. Embarazos bien, partos bien, Test de Apgar de la criatura 10, adiós al hospital y hola hogar, para descubrir, con sorpresa y horror, que tu bebé no soporta tus abrazos, que la cargues en un canguro, que le pongas juguetes en la cuna. Que llore tanto tanto que creas que algún dolor desconocido lo atenaza en su interior mientras vas y vienes de urgencias tantas veces que ya están por poner tu foto como paciente del mes en la sala de espera. Que empieces a observar que no imita, no habla, no señala. Que ante un peldaño pequeñito debas ayudarla todas las veces a subirlo y se caiga todas las veces al bajarlo. Que un día, de tan triste que está, se siente en uno de esos peldaños y te mire como diciendo: «Mira chica, hasta aquí! No puedo más y encima, no sé qué me pasa!» Y tú, con más arrojo que conocimiento le prometas, le jures que vas a ir a su rescate y la vas a salvar de lo que quiera que sea el peligro.
Años más tarde me confirmaron lo que yo adiviné en la sala de partos. Mi hija provenía de un planeta con habitantes con un plano neuronal distinto al nuestro. Ni mejor ni peor, solo distinto. Y a partir de ahí, cogí mi maleta y partí hacia Avatar. Y aquí sigo, disfrutando de la tranquilidad que da la rutina y agarrándome fuerte cuando algo la rompe.
Hoy me he despertado más temprano que mi hijo y, al verlo dormir, me congratulé de haber tenido a su hermana que fue la que me enseñó a dar los primeros pasos en Avatar. Él, siempre antes de despertarse me busca a ciegas y me abraza, intentando sujetarse a ese estado de quietud que desconoce cuando está despierto. Lo abracé a pesar de los mil grados que hacen ya de buena mañana, y lo besé en el pelo, como a él le gusta. Luego se debió acordar que hoy es su último día en la casita, ha abierto los ojos y me ha preguntado: «nos levantamos?» Y tras esto el día ha comenzado a fluir hasta este momento que escribo, más tarde de lo habitual, es cierto, pero es que tener hijos es lo que tiene!
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Una semana raruna
Aquí, en la casa del sur, toca ir despidiéndose. Mañana vendrá «mono sabio» que es el apelativo que le han puesto mis hijos a su padre, a buscarnos. De ahí a casa y, si no hay más remedio, me tocará vivir un agosto lleno de ausencias y reproches.
Hemos vivido una semana intensa aunque ayer, ante el calor, el enano subió a por un medicamento para su dolor de cabeza y yo, ante la toma de este, decidí no exponerlo, encima, al fuerte sol que hacía que te dolieran los ojos. Permanecimos los tres junto al ventilador, bebiendo agua fresca de la nevera y moviéndonos lo justito.
Mi hija lleva una semana regulera. El lunes se empeñó en comprarse unos sudokus de camino a la playa. Si me lo hubiera dicho antes de salir, hubiera pillado dinero, pero no, desde que puso un pie fuera me dice que ella y su hermano van al centro comercial a ver si consiguen algo. No me dice si me espera o no en ningún sitio porque cuando quiere algo entra en modo misil tierra-aire y no te escucha. Los esperé justo a la entrada de un parque que desemboca en la playa y, oh my god! conseguí dar con ellos. Me explica que ha calculado por tres euros y que le falta uno. Mi lema es no llevar nada de valor a la playa porque tengo el síndrome de las que ya le han robado el bolso dos veces. Si hay una tercera, que se lleven toallas mojadas. Antes de poner un pie en la arena, necesita entrar en un supermercado para ver si allí ve lo que no ha visto en todo el centro comercial. Su último cartucho. Le digo que la espero a la sombra y le señalo qué sombra, pero ella ahora es ese misil tierra-aire y ni me ve ni atiende lo que digo. Como tarda en salir y ya preocupados, su hermano y yo nos dirigimos al negocio caminando hacia la avenida y, cuando comenzamos a acercarnos a la bajada de la playa la vemos en la arena. Una mujer menopáusica acalorada y unas levantadas de voces después, preguntando que en qué sombra le dije que la esperaba, cogió las llaves de casa y se fue.
Al día siguiente, disculpas y abrazos mediante, le pido que entre en la web de la universidad a distancia en la que quiere entrar a modo de buscar información. Entra y, tras muchos gritos de frustración después que yo trataba de apagar desde la cocina, me dice que no va a la playa. Que está harta. Por el camino el enano, que ya es un hecho que me ha dejado ese mote a mi, me recrimina que pusiera a flor de loto nerviosa y decidiera esa tragedia griega. Mi menopausia y yo lo miramos con ganas de asesinarlo pero él tiene esa mirada que ponen todos los estafadores antes de dejarte limpia la cuenta. ESA mirada.
El miércoles cojo otro libro de la biblioteca de casa, uno de Carmen Mola, porque en dos días me he terminado uno de cuatrocientas páginas de Carme Chaparro, y me lo llevo a la playa con la esperanza de leer en paz. Ni hablar! Saco el libro y, mi hija, miss «no tengo sudokus» y miss «no me gusta leer» comienza a importunarme para que no lea. Tanto, que el libro acaba en sus manos mientras yo vigilo a su hermano. Compruebo que Michael Jackson está en su punto álgido de obsesión y, cada tres chapuzones oigo un «jiii jii» que viene de sus labios. Bailando el otro día con unas zapatillas que ha dejado ya por pequeñas, a causa del riego de los jardines y de sus movimientos imitando al rey del pop, cayó de culo y tuvimos que ir la hermana y yo al rescate. Él se levantó despacio solo para añadir drama a lo cómico de caer así y, tras comprobar que no había daños sino en el ego, proseguimos la marcha.
El jueves fuimos los tres sin incidencias a nuestra cita playeril pero, a consecuencia de la calima y de la caída de la tarde, se puso el ambiente fresco. Cuando ya había decidido que me quedaba un rato más, oigo las quejas de mi hija por la izquierda explicando que tiene frío. Le paso la toalla de su hermano y decido marcharme solo quince minutos después de nuestra hora habitual.
Al llegar a casa, se me acerca el enano y me dice, él que no tiene ni reloj ni dispositivos que le den la hora, que hemos salido muy tarde de la playa y que se le va a hacer tarde para la cena. Abro la boca para explicar y me sale una carcajada de admiración ante ese reloj biológico más preciso que cualquiera de los que se fabrican en Suiza. Lo beso y le digo finalmente que ya verá que no. Se nos une la hermana que me pide perdón por ser, por estar. Le digo que deje de decir tonterías y que disfrutemos del abrazo.
Es una pena que esto termine. He disfrutado como una niña chica de la compañía de ambos. Espero que ellos también lo hayan hecho conmigo…y con mi menopausia!
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Mi sueño cumplido
¿Cuál es tu sueño más grande?
Hoy es mi santo, lo fue de mi madre y lo es de mi hija. Tengo en mi perfil de WhatsApp mi primer nombre porque poner ambos siempre me pareció un poquito demasiado y, total, la gente en general me conoce por éste y no por Sandra así que, sin problemas. Pues bien, llevo, desde que me levanté, recibiendo felicitaciones para mi hija, a pesar, como digo, de mi nombre de perfil, que digo yo que si me hubiera puesto, como alguna, Paloma que Vuela Sobre el Mar, entendería la confusión, pero, de esta manera, comprendo las pocas ganas de leer que tienen algunas personas y me entra algo de depresión.
Al grano. Mi sueño más grande se ha cumplido ya en parte. Recuerdo cuando invitamos a nuestra hija por sus notas de la Ebau a un sitio muy elegante, de esos que, además, tiene unos ventanales que asoman a un paisaje precioso, todo ello con la idea de amortiguar el golpe de explicarle que no podíamos pagarle la carrera. Mi hija creyó que bromeábamos, y, cuando cayó en que no, salió a llorar al baño. Yo le explicaba los pagos que debíamos hacer y que eran del todo inviables. Si su hermano no se convertía en una espora no había manera de hacer frente a pagos con su certificado de discapacidad caducado. Ni con él! Su padre rápidamente pasó a explicar el plan B, opositar y que, al conseguir la plaza, estudiara lo que quisiera. Le dijo que no había prisas y yo, por apuntalar el que se viera años y años con lo mismo, le dije que se diera dos para aprobarlas, le recomendé preparador, le dí todo mi amor y mi apoyo, y con esos dos bastones hechos de palillos de dientes, salió a buscarse sus lentejas. Yo iba junto a ella, explicándole que se preparaba para el año siguiente, que no se atragantara con lo que había que estudiar, que confiara en sus capacidades y en su profesor. Yo estudiaba para el cuerpo de Gestión y así, además, daba ejemplo. Acababa de aprobar promoción interna. Ella me miraba de soslayo, como cuando de peque quería algo y yo ponía todo el contenido del armario de la cocina en fila para que cogiera lo que demonios quisiera. Nunca tuve éxito con eso y ella me miraba entre un «te odio por no entenderme» y un «gracias por intentarlo».
Cuando salimos del examen ella ya venía con la energía baja de mis compañeras. Me dijo que le había salido fatal y yo me sentí morir. «No puede ser» me dije. «Toda esta mierda de dejar a su hermano con alguien para estar las dos aquí tiene que ser para algo bueno!».
Preparé la comida y caí en estado comatoso, pero, al levantarme de la siesta atisbé un panorama distinto. Sabía que su autoestima no le permitía ver el valor de lo que ella es, que es muchísimo, y le dije que esperara a corregirse el examen. Cuando eso ocurrió, supe que podía haber pasado el corte. Todavía quedaba el supuesto. Me pasan las respuestas y me voy a corregirlo justo antes de la terapia de su hermano. Luego, pedirle a la terapeuta que me calcule el resultado y los gritos de alegría de ambas y los abrazos.
Sale la lista de aprobados y su profesor, que debe tener algún amigo en el Ministerio, le envía un correo. Como sabe que es autista porque se lo he dicho yo con el ánimo de que entienda que ella se va a SU hora porque toca guagua y cena, además de quitarse todas las interacciones sociales de su aura para no caer en meltdown, me manda el mismo correo a mi. No debe cambiar ni el «Buenos días doña Ana». Comienzo su lectura y cuando llego a la parte que dice que está en la lista de aprobados corro a su encuentro, resbalón mediante al coger una curva, la encuentro, la abrazo, lloro como el día aquel en que al pronunciar su nombre me contestó «qué?». Ella está igual de estupefacta. No entiende mi alegría, es incapaz de asumir su logro, no sabe la medida de lo conseguido. Y allí me quedé, abrazada a ella como un abrazafarolas cualquiera, borracha de orgullo y de amor aunque no a partes iguales. Recordaba todo lo luchado, el enseñarla a hablar, señalar, subir y bajar peldaños, el pañal, quitarle el biberón, los millones de pictogramas, las enfermedades y las incógnitas de no saber qué le pasa…hasta llegar ahí, a ese momento mágico en el que sabes que todo valió la pena.
Luego ví acercarse a su hermano por la derecha que, tímidamente me preguntó si estaba orgullosa de su hermana. «Estoy orgullosa de los dos» le dije. Y es verdad! Lo miré a los ojos y quise ver cuál sería su camino pero aún no había nada claro. No importa! Lo realmente importante es que estamos en ello. Con toda la energía y todo el amor del mundo!
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Elegirme
¿Qué promesa te hiciste a ti mismo/a y de verdad la has cumplido?
Cuando salí de la iglesia, con un vestido como el de Valeria Mazza en su boda, diseñado por Giorgio Armani y que para mí fue una alegoría a la comodidad, me encontré con un montón de gente rodeando la iglesia y que eran todos, o en su mayoría, familia del novio. Al fondo estaba la mía, que ya venía sufriendo bien de disgustos, bien de suicidios, bien de abusos, bien de salir los primeros en un noticiario para mal…en fin, una familia que, a pesar de todo lo enumerado, nos aferrábamos los unos a los otros para no caer al abismo. Éramos todos gente inteligente, culta, sardónica, que se reían de sus desgracias y aquello había hecho callo. Mi familia me miraba estupefacta porque sabían lo que me había costado llegar a ese momento. Y todos se alegraron por mi. Yo me prometí que los seguiría queriendo mucho pero que pondría distancia al drama italiano que era el convivir con ellos. Me prometí elegirme.
Me recuerdo muy feliz porque esa noche la pasaría en mi casa. Al ponerme el anillo y decir «sí quiero» decía sí a un nuevo comienzo, a la independencia, a poder vivir las cosas desde unas paredes distintas a las que me habían rodeado hasta ese momento. Ojo cuidado! Siempre estaré agradecida al haber pasado mi infacia, mi adolescencia y parte de mi adultez viviendo con ellos. A pesar de que al elegir susto o muerte abracé a ésta última como un náufrago que ve que la tabla donde se sujeta en realidad es una pastilla efervescente que empieza a desaparecer ante sus ojos. No podía ver cómo el matrimonio de mis padres se iba por el desagüe, así que, me quedé a ver un drama familiar que no doliera tanto. Qué carajo! Tampoco tuve muchas opciones porque, poniendo de excusa mis problemas de salud, mis padres decidieron matricularme en un colegio cerca de la abuela para mayormente dejarme en casa de una mujer a quienes los problemas le pasaban de su coronilla. Yo tenía 6 años. Cuando me casé tenía 29. Y ahí seguía mi pobre abuela aguantando nieta! Encima fui la última en marcharme de su casa!
Total, que, mientras los besaba, mientras les daba las gracias por estar conmigo ese día, mientras recordaba todo lo vivido junto a ellos, me prometí a mí misma salir de ese chucrut familiar, tomar las riendas de mi vida, apartarme de aquella especie de mal fario familiar que tuvo su culmen años después por el homicidio de una de las nuestras. El año 2005 fue un desastre nacional en cuanto a violencia de género pero, a partir de ahí, se llevó una contabilidad de cuántas perdían la vida en ese «camino a la perdición» en el que te metes cuando decides pasar tu vida con alguien a quien consideras fiable. Menos mal que mi abuela había muerto dos años antes porque el dolor de perder a alguien, se multiplica cuando muere porque otro mal bicho decide que hasta aquí llegó tu vida. Para sus compañeros fue un drama. Para nosotros la devastación.
Luego llegaron enfermedades mentales, el suicidio de mi tío, pero yo ya, por ese entonces, tenía mis narices metidas en el mapa camino a Avatar en busca de mi pequeña. Allí andaba yo, gritando su nombre mientras seguía sin dar con su paradero.
Cuando encontré Avatar, cuando por fín me dijeron que mis hijos vivían allí, miré hacia el planeta Tierra y ví todo lo que había perdido en el camino, pero yo ya no podía abandonar a los míos. Debía seguir cumpliendo con mi promesa. Porque al elegirme elegí también a mis hijos que son parte de mí. No había vuelta atrás. No podía marcharme del mundo que había escogido al dar el sí quiero. No podía permitir que mis hijos se criaran sin mí. No podía permitírmelo! Y aquí sigo! Hasta que ellos quieran!
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Los libros
¿Qué app se lleva la mayor parte de tu tiempo de pantalla… y te sientes culpable o te da igual?
Hoy es mi cumpleaños (56) y, para variar, me he despertado con un abrazo del enano ya no tan enano cantándome el cumpleaños feliz. No suele el hombre prodigarse en cosas como esas, pero ha hecho una justificada excepción, llevado quizás por el saber que lo parí pesando 4 kilos 50 gramos, y eso, aquí y en Pekín, da un caché y se te mira con unos ojos diferentes.
Luego, al quitar el modo avión de mi móvil, entraron las felicitaciones de quienes cumplen un día antes que yo, compañeros de curro mayormente, mis hermanos y mis amigas. Se acaba así el tiempo de pantalla porque odio infinito perderme nada que no tenga que ver con el mundo real. No quiero irme de este planeta diciendo que, por culpa de estar en tal o cual aplicación me perdí ver amanecer aquí, con los trabajadores surtiendo a los bares de barriles de cerveza, que digo yo que si hubiera algún problema con el suministro de esa bebida habría una revolución en este pueblo, algo así como en las historias de Asterix y Obelix que tanto me hacían reír en mi infancia. Mirar hacia afuera, levantar la cabeza del dispositivo de marras, es de lo mejor que puede hacer el ser humano.
Ayer, en la playa, mi hija señaló lo rápido que leo y de porqué me elijo libros de misterio como lecturas vacacionales. De lo primero, ninguno de los dos ha heredado el gusto por la lectura, de lo segundo, porque aunque la historia de misterio sea un poquito en exceso casquería me gusta saber por dónde me lleva quien lo escribe y si consigue hacerlo. Ahora estoy con uno de Carme Chaparro, una trilogía cuya historia está tan alejada de mí que no me cuesta nada meterme en lo que cuenta. La primera de la trilogía me pareció fantasía directamente y fue lo que me gustó. Dramas reales he tenido suficientes en la vida real, así que, leer sobre algo increíble es hasta estimulante. Compro los libros en un supermercado aquí cerca y, cuando los leo, los dono para que otros disfruten con ellos. Odio comprar revistas porque a diferencia de lo que cuentan los libros, las vidas ajenas me dejan igual, excepto la de la gente que quiero y a ellos los tengo a todos localizados. Y si, también compro mucho libro en electrónico porque me parece más ecológico aunque sigo siendo de las que entra a las librerías solo por el olor a papel que llega hasta la puerta y que me atrapa como no lo hará jamás una tablet.
Los libros han sido siempre mis apps preferidas. Me recuerdo de bien pequeña leyendo con gusto a Machado, Lorca, Mark Twain…Cuando leí «El nombre de la Rosa» de Umberto Eco, sentí tanto miedo, me resultó tan inquietante, que me ponía las sábanas por encima de la cabeza para que, aquel que fuera el criminal en la historia, no diera conmigo. Me he reído muchísimo con Eduardo Mendoza, me he entretenido con Agatha Christie, me he enamorado de Isabel Allende y de Gabriel García Márquez que me han dado muchas buenas lecturas.
Dejé de salir a jugar de bien pequeña porque me enamoré de los libros. Ellos me daban la oportunidad de viajar a otras vidas muy distintas, muchas con finales felices. Yo he creado mi propia historia, mi propia felicidad a golpe de estrategia como hizo Toranaga en «Shogún» un libro de James Clavel bien maravilloso, o eso me pareció porque en él, ningún personaje se movía sin propósito. Todos eran marionetas, o la mano que los llevaba de un lugar a otro. Y todos sabían cuál era su papel vital y lo aceptaban con una especie de resignación a los que ellos llamaban karma. Eso no lo he hecho jamás. Utilizar a alguien para un objetivo personal pero sí he empleado mi cabeza para salir de atolladeros vitales que no me permitían ni respirar tranquila. Y así llegué a ser la mujer que soy hoy. Esta que se da tiempo para pensar serena si le vale la pena seguir viviendo con alguien que es motivo solo de desasosiego.
Mientras escribo esto levanto la vista y veo volar a un grupo de insectos mientras una tórtola permanece en la copa del árbol frente a mi terraza. Ella ahora es un poco yo, observando el mundo desde lo alto. Pero ella, a diferencia de mí, no parece tener obligación alguna. Yo tengo dos y ahora los oigo reclamarme dentro de casa. Y allá que voy, a disfrutar de la presencia de ambos con todo el gusto. No todos los días cumplimos años!!
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Nuestra primera jornada playera
Ayer fui sola con el enano a la playa porque su hermana decidió que un fin de semana, es poco propicio para tumbarse al sol, más si eres autista y la gente o las multitudes mejor, no le van a tu sistema nervioso. Al llegar se confirmaron los pronósticos de mi hija. No había sitio en la orilla. La arena quemaba pero, llegado un punto le dije al peque que se descalzara. No me gusta que toque lo que el agua arrastra con zapatos de la calle. Que hay gente que pasea con playeras por la orilla? Si! Que quiero asesinarlos por incívicos y poco solidarios con la naturaleza? También! Cuando me di cuenta, tocaba con sus zapatillas la arena mojada y zanjé la discusión con un «te das un baño y nos vamos!» Busqué un sitio que quedaba casi donde las duchas del balneario mientras mi hijo, calzado en mano, se disculpaba hasta en latín.
Estuve mucho rato como una madre divorciada o viuda, cuando de repente sentí un llanto enérgico a mi derecha. Era una niña pequeña, que no creo que hubiera cumplido un año, a la que su padre había dado un baño antes de recoger el chiringuito. La sentaron con su madre y el papá le ofreció una tortita con pinta de saludable a quinientos metros. Para apuntalar algo tan superlativamente sano, ella decía y repetía helado a cada mordisco. La cría tenía un carácter igual de enérgico que su llanto, pero sus padres tenían la paciencia de Job y una educación de esas que no pillas en los libros. Dejé de observarlos y me puse a recordar mis días de playa con una niña del mismo tamaño, con un carácter idéntico pero que no podía verbalizar ni señalar qué quería. Una niña con la mirada a ratos perdida, que, en cuanto quedaba suelta en la arena echaba a correr como alma que lleva el diablo, mientras yo la perseguía gritando su nombre. Yo no tuve ayuda del padre, que me soltaba con el equipaje a las puertas de esta casa, sin pasar siquiera a saludar a sus suegros y luego agitaba la mano contento porque yo me quedaba con mi madre y él tenía una lista de actividades enorme a la que hacer check. Debía él quemar la semana o diez días que yo cogía para estar en esta casa que ahora pertenece a mis hermanos y a mí. Yo no podía permitir que aguantara, una pareja de personas mayores que venían a descansar, a una peque que era la reencarnación del monstruo de Tasmania, más tiempo que ese.
Después de esas vacaciones, cogía siempre otras en noviembre, época en que todos los críos se enferman coincidiendo con el cambio de estación y el comienzo del curso. Y allí quedaba yo, sola, agendando médicos y mil historias mientras el padre cogía la puerta excusando actividades del tipo «tengo que traer el barco de un amigo desde tal o cual isla». Cuando le decía que me parecía una desvergüenza me contestaba que comprara una vida, unas amigas, distracciones varias como el poner la lavadora.
«Es curioso» pensé mientras volvía al presente. He hecho todo lo que me dijo que debía hacer para que estuviéramos bien y seguimos igual, o peor, porque uno ve por el rabillo del ojo a la señora de la guadaña y quiere vivir lo que le quede en paz. No sé qué es lo que me impide decir hasta aquí, pero, ahora mismo, estamos a miles de kilómetros sentimentales el uno del otro. Observé a mi hijo que me saludó desde la orilla. Algo he debido hacer bien en tanto en cuanto el peque me busca mientras juega en el mar ajeno al resto del mundo. Me levanté y fui al agua y allí, mecidos por el mar, tuvimos una charla sesuda sobre la calima, lo que era, su alcance y consecuencias. Entonces le hablé que, cuando la abuela estaba ingresada hubo calima en Barcelona. «Me acompañó hasta allí!» Le dije. Me preguntó de qué murió la abuela. Le contesté. Y entonces flotamos un rato en silencio, yo siguiendo los pasos de mis recuerdos y él…él había escapado hacia Avatar.
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El despertar
He despertado hace un rato. Oigo la respiración pausada de mi hijo, que aún, a esta hora de la mañana, las 8:20, no se ha despertado. Increíble. Duerme boca abajo, solo con sus boxes de dinosaurios, reminiscencia de un interés restringido que luego dejó por otra cosa y que ahora es la figura de Michael Jackson. Me dice, a veces, que tuve muchísima suerte por vivir la época en que su héroe musical estaba vivo. Miro Google y descubro con horror que han pasado más años de los que imaginaba y que, es cierto, el enano solo era, por aquél entonces un proyecto medio abandonado porque ya no esperábamos un resultado positivo.
Van entrando los buenos días de la familia en el teléfono y yo ya empiezo a pensar en una visita al baño. No tengo mucho margen si no voy ya. Soy de las sortudas que no se despiertan de noche para nada, así que, hago caso a mi cuerpo y me levanto. No quiera Dios que me dé lecciones de incontinencia!
Me dirijo al salón por donde entra la luz de la mañana y apago la luz de la terraza. Esa que dice a la gata negra (el gato es gata, me dijo la vecina alemana) que estamos aquí. Que esta noche tendrá que esperar para dormir a salvo y refugiada del fresco de la noche, no mucho, es cierto, pero no a las 9 de la noche que es lo que hace en cuanto me voy.
Me voy al jardín y veo que ha florecido el cactus. Le hago una foto porque es preciosa pero dura muy poco. Antes florecía el día del Carmen y yo pensaba que era en homenaje a mi vecino. Ahora que ya él no vive aquí, florece la mañana que amanezco en esta casa, cosas de la magia y de las almas que viven entre estas cuatro paredes.
Me vuelvo a la casa a desayunar y, mientras estoy en ello, siento unos pasos. Mi hijo. Ha decidido otorgarme el silencio en «castigo» a no estar junto a él al despertar. En realidad, seamos sinceros, es a causa del estrés que le provoca no estar junto a mi al abrir los ojos. Le doy un beso y le pregunto, como siempre, si ha dormido bien. Asiente con la cabeza. Me vale. Le pido que se prepare el desayuno. Abre la nevera y la alacena y no ve nada que le guste. Se vuelve para irse. Le enseño el embutido que está en una zona que él no ve. Se calma. He pensado en lo que necesita. Todo va bien.
Salimos a la terraza y comemos en silencio. Yo viendo como algo alado agoniza junto al sillón de la terraza. Él ensimismado, viviendo en Avatar, sintiendo todas y cada una de las moléculas de su cuerpo dirigirse con rumbo a su planeta. Yo lo observo y pienso que antes sentía pena por esta convivencia carente de conversaciones, pero he aprendido a vivir así. En silencio. Que nadie piense o sienta lo que sufro. No vale la pena. No importa. Un día me iré y me gustaría que mis cenizas fueran a parar ahí. A ese lugar silencioso y calmado donde habita mi familia.
Vuelvo al presente. Noto una pequeña grieta en el suelo. Seguro que estaba ahí ya hace un rato pero urge arreglar la base de la terraza. Vuelvo al jardín y miro cómo van las fracturas. Van. «Esta casa es para gente con dinero con mantenimiento de gente con dinero» me digo mientras subo las escaleras del jardín. «Bueno!» Oigo. «Dentro de poco tu hija será funcionaria!» Es la voz de mi madre. Me quedo mirando al jardín, estupefacta. «Bueno!» Le replico, «tal vez necesite ese dinero para volar con mis hijos a otro nido». El jardín me devuelve el silencio. Me dirijo a la casa. Me siento a escribir y oigo a mi derecha «no será porque él también vive en Avatar verdad?» Me sonrío. «Siempre te gustó un buen salseo sentimental» le replico. Y nos quedamos así, ella con su cabeza y su moño eternamente perfectos apoyados en su mano, sentada, en silencio, y yo, yo solo espero que esta sensación dure un rato más. Toda la eternidad podría ser perfecto!
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Aprender como forma de vida
¿Eres de los que nunca dejan de aprender?
Me he desvelado esta madrugada. Nunca me había pasado, ni siquiera cuando he cuidado en hospitales, que ha sido pocas veces pero con unos problemas de salud que deberían haberme quitado la capacidad de dormir Jamás. Anoche me estrené. Cogí la tablet y me puse a ver vídeos de medicina forense porque me gusta saber cómo avanza la tecnología para pillar al que comete un delito o cómo, a través de los estudios genéticos ya se sabe qué tipo de enfermedad se tiene, qué rasgos tiene el delincuente o de quién es pariente. Mientras aprendía todas estas cosas caí otra vez al sueño y me desperté a las 7. Abrazo al enano y noto que comienza a despertar y ahí lo espero yo, paciente, a que abra los ojos. No hay prisas, es domingo y, aunque no lo fuera, él no tiene más obligaciones hasta casi mediados de septiembre.
Me pongo a leer los blogs a los que estoy suscrita. Me nutro también de lo que escriben otros, de sus frases, de sus giros. Me gusta mucho leer y, para ver otros puntos de vistas de otros lectores, me he apuntado a un club de lecturas. Todavía no he pillado el libro pero hay tiempo. Yesteryear se llama. Tiene nombre de bodrio pero seguro que solo por eso me sorprende.
Otra actividad en la que mi cerebro aprende es escribiendo. Voy a hacer unos retos de escritura que he visto por ahí, a Manuel Warlock concretamente, porque creo que con ellos uno aprende a escribir mejor. No sé si será así pero…qué más da! Escribir e imaginar es de lo mejor de la vida y solo con sentarme y estrujarme el coco frente a una pantalla en blanco ya estoy encantada.
Durante el desvelo recuerdo el día de ayer. Salí a dar un paseo con mi tía más pequeña. Me mete en una tienda de productos de belleza, me enseña lo que busca que lo tiene en capturas de pantalla y me da una charla sesudísima sobre ácidos y vitaminas para la piel que me dejan ojiplática. Me dice que todo lo sabe por alguien a quien sigue en YouTube, por eso, pienso yo, y por el curso de auxiliar de farmacia que sacó con unas notas buenísimas y que no le sirvieron para encontrar trabajo, que no lo dice, pero se nota. Mientras seguimos paseando aprendo del mundo en el que ella vive que es el planeta del que salí en el año 2005. Ese mundo ha cambiado y ahora, cuando voy en la guagua, por ejemplo, me tengo que tragar la videollamada a gritos de un adolescente que repite mucho «bro». Se sube un montón de juventud extranjera mientras yo recuerdo que en mis tiempos los que se subían eran algunos broncas que hacían que me tuviera que bajar del bus y esperar al siguiente. No termino de decidir si el mundo ha cambiado para peor o no.
Me enseña marcas del hogar que yo no tenía ni pajarraca idea. «Encantada» me digo mientras ella me las enumera. Luego me indica una marca de pantalones carísima que tampoco tenía el placer. «Yo me quedé en Levi’s» pienso. Eso será muy cerca o muy lejos de la ancianidad? Prefiero no dejarme llevar por ese pensamiento nefasto.
Me pregunta por Avatar, más por cariño a los chicos que porque su mente sea capaz de abarcar qué significa para mí entrar a otro mundo cada vez que giro la llave de casa. A la gente no le gusta escuchar los problemas a los que te enfrentas en cosas cotidianas. Eso sí, puedes dejar patidifuso a alguien cuando cuentas que es difícil poner a tu hijo en el colegio que tú deseas ni siquiera pagando porque hay unos ratios en los que, claro está, no se hacen excepciones, por ejemplo. O que no vas a un determinado centro comercial porque, desde su estructura misma, con unos techos que hasta yo llego saltando, no está hecho para los habitantes de Avatar. «Pero hacen un tributo a Michael Jackson!» Me dicen. «Con un montón de gente en un lugar no compatible con la necesidad de libertad que tienen mis hijos» pienso. Tampoco salgo de vacaciones en agosto por si me llaman del Centro Base para valorar al niño. Cositas!
Contesto a su pregunta y le pregunto por su hijo. Me cuenta sus desvelos y le replico que está de adolescente total. Ella deja de dormir porque a él se le caduca el aprobado de la teórica de coche. Amazing! No me río porque entiendo que eso, en este planeta, debe ser una putada gastarte una pasta y tirarla a la basura por dejadez del chaval y por falta de examinadores pero es que yo llevo más de un año esperando la llamada de la valoración, con el grado de discapacidad caducado y sin ayudas de ningún tipo. «Cada loco con su tema» que diría Serrat. Entonces entramos en un mundo lleno de magia y de lugares desconocidos. Estamos en la sección de libros. Paro de hablar y empiezo a acariciar los lomos de los escritos por mis autores preferidos. Le explico tal o cual libro, tal o cual autor. Ahora soy yo la cicerone.
Cuando salimos de allí, yo ya sé un poco más del planeta Tierra y ella otro poco más de Avatar. La acompaño a la parada y hablamos otro poco hasta que vemos llegar la gigante amarilla. Me despido con un gracias y ella me pide que repitamos. Me dirijo a mi parada y, cuando llego a casa, el olor a lo que está guisando mi hija me llena las pituitarias. Un beso de bienvenida de cada uno y un prepararme una ducha para cenar en calma después y ya siento que estoy en casa. Estoy, para bien y para mal, de vuelta en Avatar.