• Un fin de maratón

    Menuda semana hemos tenido en Avatar! Tras un lunes muy lunes en el curro, mientras rezaba además porque a mi hijo le saliera bien su último examen, cuando ya me deslizaba a buscar la ropa del gimnasio, comenzó a llover de una manera fuerte y constante. Como no podían llevarme ni traerme decidí cancelar la clase y me fui a la cama mirando con un ojo la climatología. Se me olvida que tengo ropa tendida fuera y caigo en coma nada más pegar la cabeza a la almohada. Me despierto el martes con un ruido ensordecedor en la cocina. Corro porque creo que ha reventado el termo. El sonido es de agua cayendo a granel. Llego a la cocina, abro la ventana y, para mi sorpresa, a mis 55 tacos, el agua cae como una cortina en el exterior. Jamás he visto llover así en mi tierra. Miro la ropa en el tendedero y me apuro a recogerla porque va a salir volando. Cuando saco la mitad de mi cuerpo, el viento consigue que me mueva como esos muñecos llenos de aire por dentro y que ponen fuera de algunos negocios. Como veo que la cosa está negra, escribo al tutor de mi hijo avisando que, ante tal temporal de agua, que mi aún marido trabajó de noche, que la escuela no tiene un transporte escolar seguro (apostillando que han dejado a los críos a la improvisación de sus mayores) el niño no acudirá a clases. Soy una visionaria. Ese día, a las 11 avisan a los padres de que vayan a por sus hijos. Se suspenden las clases, para ese día y para el siguiente. Yo tuve que hacer los juicios de un social porque mucha gente quedó atascada en carretera. Paños calientes. Que no se note que esta reforma está fatalmente implantada. Dientes! dientes! que diría la Pantoja.

    Los problemas en el trabajo crecen y decido pedir el cese a fecha 31 de marzo. Pero…antes de ponerme a escribir, uno de mis compañeros me pide que me lo piense una semana, y le hago caso. Al día siguiente me dice una compañera que hay Letradas que quieren hablar conmigo de cómo se está gestionando la torre 1. Veo por dónde van las cosas y le contesto que les diga que no se preocupen. Que voy a cesar en el acto, que les vayan dando mucho, y que qué coño se creen ellas opinando haciendo una su trabajo sin remunerar y sin medios. Me despacho a gusto.

    El jueves deciden dónde me van a poner. Ahora eres una pieza de ajedrez y puedes ser dama o puedes ser peón. Me toca peón y casi lloro de la emoción. Me asignan un puesto en el que, si me llaman del cole puedo ir sin ningún problema a buscar al niño. Podría jubilarme ahí y es maravilloso. Está hecho a mi medida. Cuando salgo del curro, me entero de que Noelia, por fin, ha conseguido lo que quería que es dejar de sufrir. He seguido su historia desde que, para poder morir, tuvo que pelear con su padre vía tribunales su derecho a decidir. Con esta batalla ya llevan como unos dos años y él ya había conseguido pararlo todo a golpe de medida cautelar. Su padre que, sin saberlo, hace lo mismo que hicieron en su día sus abusadores. Hacerla pasar por cosas que ella no quiere pasar, hacerla vivir cosas a las que ella no ha dado su consentimiento. Me alineo con su historia solo que yo no me lancé desde ningún lado y que a mis padres no les quitaron la custodia de sus hijas. En otra época más moderna yo hubiera sido ella y, tal vez por eso, al ver su carita en la tele, su lazo en el pelo, esos ojos tan tristes, su edad, una edad en la que yo también daba bandazos por ahí, pero estaba decidida a no dejarme llevar por los cánticos de la depresión, esos que te dicen que, tras la muerte llega el descanso. Tras la muerte llega la nada. Es lo que pienso! Al día siguiente voy a pedir un papel al centro Base para renovar la tarjeta de familia numerosa y me dicen que no pueden dármelo porque no está digitalizado. No discuto. Me voy al coche y me pongo a llorar mientras mi aún marido en vez de abrazar me dice que nos renovarán la tarjeta sin ese papel. Lloro aún más. Me pregunta que porqué lloro y le digo que me deje en paz. Entonces hace lo de siempre. Me castiga con el silencio.

    Cuando llego a casa siento a mi madre conmigo. Dentro de mi. Insuflando buen rollo. Abro el ordenador, me meto en mi carpeta ciudadana y…tachán!! Era cierto. Nos renuevan la tarjeta sin el papel de marras. Me lo aprueban ese mismo día y me descargo la resolución. Me vengo arriba y voy a mirar las notas del enano. Vivo al límite! Me pongo en la segunda evaluación y veo que ha suspendido plástica y música. Ha aprobado francés. Matemáticas. Geografía. Levanto los brazos y grito un «siiiii!!!» lleno de gratitud y de alegría. Me siento como los corredores de la maratón. Exhausta pero feliz de que todo haya acabado bien. Ahora solo queda esperarlo y darle la enhorabuena con aplausos, abrazos y besos. No quiero que sienta jamás que la vida es tan dolorosa que decida partir y dejar un vacío en corazones ajenos en los que ni siquiera sabía que habitaba. Como Noelia.

  • La mala noche

    He dormido fatal. Anoche alguien, en un grupo de WhatsApp en el que estaba, dijo que cogieran las teas y fueran a quejarse de nuestro trabajo a propios y extraños. Tenía preparado seis escritos, uno por barba y he flipado. Se quejan de entrar a los juicios de todas las jurisdicciones. Gente toda que pasan de los 40 con mil años de experiencia. Me salgo del grupo ipso facto. Llevo toda la noche soñando con discusiones, con gente que no aparece, con prisas, y luego, al despertar, he caído en la cuenta de que, esa, es mi vida últimamente. El enano, que ayer se despertó a las ocho y media «me quedé dormido, lo siento!» me dijo, hoy ha decidido hacerlo a su hora habitual, que son las 7. Entre levantarme, tomarme un café, agonizar mientras lo hago o escribir, he decido esto último porque el acto de poner mis pensamientos, darles un orden, me da una paz que no encuentro ni en tilas ni químicos ni pilates.

    Le dije al niño que iba a dormir otro poco en una mentira que no creí ni yo misma y él salió hasta el salón, para encender SU televisión, y, en un momento que sólo su mente conoce, ponerse a saltar y aletear sus manos. Si la tele estuviera en el pasillo, su padre diría que la avería de agua que tenemos, la provocó él.

    No salta despacio, ni lo hace con ligereza, mientras él realiza un sauté, que dejo enlace para los que no les guste el ballet, o no tengan idea o cualquier otra cosa, el suelo vibra y mi corazón se para pensando en el matrimonio de ancianos que habita debajo. No crean que no me he disculpado por eso, sino que ya quedamos una vez en que ‘ellos no escuchaban cosas de niños» me dijeron, y mi corazón fue bastante más liviano desde entonces. https://youtube.com/shorts/eiDHt0Eh264?is=ilBJVchP0dExYrXP

    Me levanto y comienzo mi rutina porque con los nervios me molesta todo, incluso las sábanas. Me asomo a la ventana y dejo que el sol de la mañana me de en la cara, mientras observo a los cuatro gatos madrugadores de un domingo, que me encantaría pensar que vuelven de alguna fiesta pero no porque esto es un barrio lleno de gente muy mayor. Me acerco al niño moviendo las caderas, en un baile entre busco mis ánimos y el ridículo, nos abrazamos, lo beso en la mejilla, esa que solo me pone a mi, a los demás les deja el coco, concretamente, pelo, y me devuelve el abrazo. Lo vuelvo a besar en esa mejilla de la que tengo uso exclusivo.

    Me preparo el café y pienso que no sería mala idea inyectármelo en vena, cual yonkie, esperando que la dosis me lleve a un lugar sin tanto ruido en mi cabeza, sin tanto rún rún. Tomo café mientras escribo estas letras, y, mientras lo hago, ese ruido mental desaparece, se hace humo, puf.

    Vuelvo a la cama. Quiero terminar diciendo algo bonito como, hay que vivir la vida a momentos, disfrutar de ellos, aprovecharlos al máximo, para cuando se nos tuerza la cosa y recordemos lo bien que vivíamos antes de pasar por ese bache. Como yo, por ejemplo. Me aplico la frase en el alma. Le digo que aguante, que ya falta poco. Me mira. «Te quiero» me dice.  Siento que mi cuerpo entra en modo descanso…me llevará al país de los sueños?»

  • La maternidad

    ¿A qué te gustaría dedicar más tiempo todos los días?

    Últimamente, con esto de que ando aún enganchada a la jefatura porque quiero cobrar hasta final de mes, si cobro claro! que aún no he visto un euro, no tengo humor para estar presente en la vida de mis hijos, ni para mi casa, ni para ninguna otra cosa que andar enfadada.

    A resultas del temporal que anda por las islas, a la directora le pareció una buena idea dispensar, durante dos días, a los funcionarios de ir a trabajar. Eso, a cualquiera un poco gandúl o con un mínimo de inteligencia, fue el regalo de quedarse en casa, faltar al trabajo, de gratis. Hubo mal tiempo en puntos específicos de la isla, pero no en la capital. Y si el jueves decidieron no faltar los que tenían vistas señaladas, excepto dos, el viernes no fue nadie. Bueno sí, esta tonta que escribe, el compañero de planta al que eché una mano, y otro par de personas con el mismo grado de tontería que el mío.

    Cuando íbamos acabando, recibo un mensaje. En Decanato no había un gato y se habían «olvidado» de los internamientos urgentes. Que la del mensaje iba a mirar si había algo urgente, y si yo podía llevarlo al juzgado. Contesté de manera educada que ese no era mi café. Que lo era del decano, persona a quien aprecio muchísimo porque es encantador, y del juzgado de guardia. «No cuentes conmigo para hacer de botones Sacarino» le dije. «No me falten el respeto por venir a trabajar, ni el jefe ni tú por escribir este mensaje. Estás en tu casa o en una terraza tomando una cervecita, disfruta! pero déjame en paz».

    Total, llego a casa y mi aún marido dice que eso me ocurre por acudir a mi puesto de trabajo. Le contesto si le parece normal no hacerlo con, por ejemplo, 28 grados en la playa de la ciudad. Me replica que sí, que había una emergencia y que mi obligación habría sido no acudir, no ayudar, no atender a la gente. Asumo que soy la extraterrestre de mi entorno y me tiro en la cama con una nube negra sobre mi cuerpo. Sigo sin pillar cuál fue mi error.

    En esas estaba cuando ataca por el flanco derecho mi hija. Resulta que se ha hecho un examen de Windows porque sale en el test de Justicia de tramitación, y no ha entendido nada. Le digo que es normal puesto que es tipo test y eso complica mucho saber qué comando debe pulsar sin un ordenador delante, y empieza a soltarme una chapa que ha visto en Tik tok y a la que se ha quedado enganchada. En bucle. Por eso no ha dado pie con bola en el test. El tema es sobre la paternidad querida pero no asumida. Yo ya estoy harta de dramas y decido desenchufarme de ese tema. Otro dolor emocional más y me caigo de la cama como lo haría un vestido de satén, despacio, deslizando, solo la gravedad y yo. Ella sigue hablando. Mueve la boca y no la escucho. Veo que, por el flanco izquierdo ataca el enano. Me dice que su profesora de francés le ha dicho que suspendió la parte de los verbos. Me prepara el cuerpo para un suspenso. Le digo que lo intentó y que eso es muy importante. Mi hija sigue con lo suyo. Él me pregunta que qué comeremos hoy. Suspiro. Le digo que qué le apetece y me contesta que no sabe. Vuelvo a suspirar. Qué va a querer! Siempre quiere comer lo mismo cuando estamos los tres. Pizza o macarrones. Yo apuntalo con una ensalada para no salir rodando de esa experiencia culinaria.

    Entra mi aún marido. Que ha ido a casa del vecino porque tenemos una avería de agua y le estamos dejando una linda humedad. Sigue hablando y ya no escucho. A ninguno. Me voy  lejos de allí. Abro la ventana y vuelo por encima de la Catedral y de la Plaza. Sobrevuelo la casa consistorial y me tiro de cabeza a su piscina. Nado hasta agotar mi mente.

    De repente, vuelvo al presente y me encuentro al niño enredado en mis brazos y mi aún marido e hija discutiendo sobre colaborar en casa y el reparto de tareas. Me enredo en los brazos del pequeño, como a una tabla en el mar tras un naufragio. «Vas a salir de esta» me repito, «un día cada vez». Huelo el pelo del niño. Eso me ancla a la maternidad. El lugar en el que siempre me gusta estar. Aunque, a veces, no de la talla. Da igual! No soy perfecta, ni falta que me hace!

  • La decisión

    Llevo una semana laboral complicada por decirlo de una manera suave. He descubierto, a mi pesar, que el dinero que van a pagarme por la jefatura no compensa en absoluto todo el curro que me ha caído encima. Por ciento y pocos euros más, he tenido que aguantar llamadas todo el rato a mi teléfono personal, a pesar de haber dado mi extensión y de que estoy en mi puesto casi sin moverme a no ser que esté apagando una urgencia del tipo «yo no tengo compañero porque bla bla bla, y ahora estoy solo bla bla…» mientras yo le digo que si quiere milagros vaya a la Virgen de Lourdes, que hay bajas que no se habían cubierto en seis meses. La gota que ha colmado el vaso ha sido que, como digo, por ciento y pocos euros, después de poner a mi grupo en cada sala, he tenido que añadir un suplente para que los señores y señoras juezas se sientan en calma y duerman tranquilos pensando que todo en las vistas va a salir bien. Así que me vi hasta las mil añadiendo nombres, pensando que no debía poner a alguien que estuviera de permiso y, cuando acabé, me había equivocado. Creo que dos veces, veremos a ver mañana. Total, que subo con el listado de persona-sala, y empieza alguien a gritarme (una compañera) que qué era eso de la persona sustituta. Le digo que no me grite, que entiendo los nervios de todos, que no me pagan lo suficiente para soportar su mala educación y, justo en ese momento decido irme de la jefatura. No voy a hacerlo efectivo hasta después de Semana Santa, donde espero, a esas alturas, cobrar, porque esa es otra! hasta ahora nadie ha visto un euro!

    De manera honesta pensé que ese curro lo haría alguien a quien pagaran más, que me daría el trabajo hecho, y que yo me limitaría a ejecutar sus órdenes. Estamos hablando de que cobro menos que alguien que tramita un expediente y con el cuádruple de estrés. No compensa. Y además, con el tema de la segunda evaluación de mi hijo encima, que es otro estrés añadido.

    El martes tuve una tutoría telefónica con el tutor del niño, para quejarme de la asignatura de Geografía. Me entero de que el famoso paisaje debía ser un trabajo con otra compañera a la que mi hijo, sin saber, dejó tirada y que debió realizarlo sin ayuda. Le pregunto si le parece normal no poner esto en la aplicación del cole para tener, padres y alumnos, los conceptos claros. Le pregunto que porqué la profesora no se da de alta en la aplicación y me contesta que ella está. Le replico que no y él insiste en que sí. Esa tarde recibo la invitación al classroom de esa asignatura. Por lo visto no sabe contar, y no sabe que, 18 alumnos da un total de 18 invitaciones a los correos de dichos alumnos. No a los padres. A los alumnos a los que ve cada día. Debe ser que ella  se da cuenta de que existe mi hijo, solo cuando el niño no toma la medicación y se comporta de manera disruptiva en clase. Eso sí que sí. Escribo cuatro correos y solo me responde un profesor. Al día siguiente vuelvo a reenviar los correos a quienes no me han respondido. Estamos hablando de que pido saber los contenidos de los exámenes y de las adaptaciones puestas y estamos a miércoles. Los exámenes comienzan este próximo lunes. Me contestan todos menos la de Geografía. Reenvío el correo. Como una gota malaya. Igual. Me responde y tomo nota de todos los contenidos de las asignaturas. El trabajo de sacar a mi hijo adelante sí que me gusta, y sin aguantar gritos. Todo online!

    Anoche tuve un sueño en el que contaba a mi madre todas mis cuitas y, en medio de la conversación, mi madre me decía: «Mira niña! Por esa mierda que vas a cobrar ni te molestes! Y ya sabes lo que te he dicho siempre, que para que el pajarito cante, los dineros por delante!» «Una para saber y otra para aprender» continuó. «Pero si ni te pagan, con esa lección ya aprendida te coges el tolitoli» Yo la miraba sonriendo, cuando no riendo directamente, y mi sueño se relajaba más profundamente cuando ella me soltaba alguna de sus frases. Llegando al amanecer me dijo: «Bueno mi niña, me retiro a mis aposentos!» Me cogió la cara con las dos manos y me plantó un beso. La vi subir las escaleras de su casa del sur mientras yo me quedaba en el salón «más triste que un torero, al otro lado del telón de acero» que diría Sabina, con el olor de su perfume en mi cara. Entonces abrí los ojos, me giré, vi al enano con los ojos ya abiertos, lo besé como hizo mi madre conmigo en el sueño y me levanté para enfrentar un nuevo día. Uno lleno del perfume de mi madre.

  • El aniversario de la partida

    ¿Con qué consigues evadirte?

    Yo, más que evadirme, suelo relajar mi cabeza entre la música y la lectura. He descubierto, además, que, si me pongo un audiolibro, soy capaz de vivir la narrativa como si estuviera en ella y me veo gritando: «No!!» cuando me sorprende lo que oigo es un puritito giro de los acontecimientos. Ahora estoy con «Jotadé» que me está gustando porque el protagonista es de la raza calé y a mí me agrada la gente que va contracorriente, tanto, que los que han seguido el camino que la sociedad esperaba de ellos, le preguntan que si su profesión es resultado de una caída de la cuna. Me agrada la gente que no hace lo que llevan tatuados en la piel en forma de sino. Los que, si hace falta, se lo arrancan, como hizo mi madre.

    La música ha sido otra de mis grandes pasiones. Si es en un idioma distinto del mío, intento que mi cerebro consiga descifrar qué me quiere contar el que escribió esa canción. Me encantaba escuchar a Édith Piaf o a Shirley Bassey, que era la crush del padre de mi mejor amiga en el cole (qué coño! mi única amiga en el cole) y que con algo debí sorprenderlo que, cuando me llevaba en el coche, solía preguntarme y comentarme las jugadas más interesantes en el mundo de la canción. Debieron ser mis gustos viejunos, producto de criarme con mi abuela y con unos tíos a los que, como a mí, nos encantaba ocultar nuestras caras detrás de un libro.

    Mi madre era una gran lectora, aunque a ella le iban más los libros de biografías, que  devoraba porque era de natural curiosa, tanto, que era capaz de, leyendo una entrevista en «Hola» su revista de cabecera, te podía decir quién mentía sobre tal o cual detalle de su vida. Yo, mientras, buscaba en Google lo que ella me contaba que era verdad cien de cada cien veces.

    Su cantante preferido era Roberto Carlos y, cuando sacó una canción con su nombre consiguió el giro argumental definitivo. Mi madre lo ponía siempre que íbamos en el coche, a toda pastilla, yo con un ojo en la carretera y otro en las estrellas, supongo que para hacerme a la idea de qué vería cuando semejante conductora loca nos llevara hasta ellas. «Toda esa vida errada, que he vivido hasta ahora, comenzó en el triste día, en que me dejaste solo oh, Ana, Aaana, Aana, oh oh oh Ana, tengo ganas de tu amor» cantábamos ella y yo desgañitándonos, cada una por un motivo distinto, ella porque, lo mismo que aquel coche, iba dirigiendo su vida en una dirección distinta de lo que se esperaba de ella, yo porque, como buena copiloto, miraba en silencio cómo se alejaba de mí porque sabía que su viaje no era «nuestro» viaje, solo suyo, buscando la felicidad a toda costa. Sin importar sacrificios ni sufrimientos. Luego nos volvimos a encontrar hasta que la vida, esa cabrona, decidió que, definitivamente, debía apearse del tren en el que viajaba. Yo seguí en él, asomada en la ventanilla, viendo como mi madre se iba haciendo cada vez más pequeñita, yo gritando que la iba a echar de menos, que jamás había conocido a nadie tan buena gente ni tan especial. Ella me dijo que la recordara, pero no mucho, para no vivir mi vida penando, como el gato de Roberto, que se quedó triste y azul, aunque, como en la canción siempre sabrá de mi sufrir, porque en mis ojos una lágrima hay.

  • La colcha

    El viernes, entre lío y lío, me tocó a la puerta la vecina que vive justo en frente. Me preguntó que si tenía dos segundos y, para enfado de mi hija, le dije que sí. A mi hija no le gusta que nos interrumpan cuando vamos a comer pero, la señora es mayor y decidí ayudarla. Creí que necesitaba una mano joven con alguna cosa.  Llego a su casa pensando en qué aprieto tendrá y descubro con sorpresa que no tiene ninguno. O por lo menos ninguno aparente! Me lleva hasta el final de su vivienda que está limpia y ordenada hasta los topes, mientras yo miro de soslayo con vergüenza. Ojalá tener mi casa así! Me dice que, como ya le queda poco para irse al cielito, me mira, hace un inciso, me pregunta si yo creo que existe, y le contesto que ojalá y que ahí estará mi madre para saludarla, quiere desprenderse de cosas que no le son útiles, continúa. Me pide que la ayude a subir el canapé de su habitación y me enseña dos colchas de ganchillo. Sonrío. «A mi madre le hubieran encantado», digo. Ella me cuenta que muchas veces mi madre la invitó a dar un paseo, invitaciones que ella declinó pensando que habría otros días. Se equivocó. Como la paloma de Alberti, un error de cálculo que hizo que ya no la viera más. Yo la miro en silencio, con pena, la misma que siente ella, o más, porque, qué diablos! era mi madre!

    Cuando mi madre venía a la isla se quedaba unos días en mi casa. Me ayudaba muchísimo, al punto de darme hasta vergüenza, y, por eso, la invitaba a que fuera a visitar a su familia antes de irse al sur, para que no perdiera el tiempo con mis mierdas, pero siempre me ponía una lavadora, o me limpiaba cualquier cosa. Cuando se asomaba al patio, para tender la colada, su embrujo de mujer poderosa hacía que mis vecinas se asomaran a saludarla. Reían, bromeaban, contaban sus anécdotas y, al cabo de un buen rato, volvían a sus cosas. Cuando hice la misa por mi madre, aparecieron dos de ellas a presentarles sus respetos. Ella era así. Una hechicera.

    Para abreviar la visita antes de que mi hija entre en crisis, le pregunto que para qué me llamó. Me pide que elija una de las dos colchas que me muestra. Si me gustan, claro! Me sonrío. Puedo sentir a mi madre con su brazo por encima de mi hombro. «Escoge la de los flecos, va a quedar increíble en mi habitación de la casa del sur». La señalo y me la da. Le digo que, efectivamente, en la casa del sur, en el cuarto de matrimonio, ya hay una colcha que compró mi madre y que no tiene repuesto cuando toca lavarla. Se pone contenta. Mi madre brinca de alegría a mi lado. Mi vecina sabe que su regalo tendrá un uso y me sonríe. Le doy las gracias. Mi madre también. La veo sonriente, pensando que mi vecina la puede ver igual que yo. «Dile que puede durar por lo menos 10 años más» me dice mi progenitora, «como mi marido, que me sobrevivió!» Me quedo en silencio. «Sosa!» Me espeta.  Voy a echar de menos a mi vecina cuando se vaya «al cielito» tal y como dijo ella. Hay gente que debería existir aunque sea en forma de olograma. Para no perderla nunca. Para pedir su consejo siempre. Para conversar con ella hasta que tú misma te vayas a su encuentro. Pero no! Solo te queda el sentirlas, en tu corazón. Y con eso haz de conformarte!

  • El trabajo de la rigidez

    Ayer fue un día de estos que si me llega a fallar la salud, no sé cómo me las hubiera apañado. De entrada el trabajo. A lo de la jefatura hemos de añadir ahora el repartir unos cinco mil escritos que están atascados en la jurisdicción civil. Les entra, cada día, cerca de ochocientos escritos y el Decanato lleva un retraso, ahora mismo, de casi una semana. Traslados, jubilaciones, ceses…han hecho que todo esto se les haya hecho bola. Y nos han mandado a remar en esa barca, mayormente para que no se hunda.

    Salí corriendo porque tenía que ir a por el niño al colegio, con parada en casa a comer. La preparación del menú le tocó a mi hija, que lleva unos días regulinchis anímicamente hablando y con la que no he podido tener una conversación serena.  Tras tragarme el último bocado, volví en modo «corre que te pillo» hasta la estación de guaguas. Un viernes. La ciudad atascada de tráfico por todos lados. Miro el reloj y me da miedo no llegar a tiempo. Viene la guagua. Al subirme me dan ganas de abrazar al chófer. Junto a mí se sienta una chica joven, pelirroja, con pinta de extranjera. Me pongo a mis cosas y le pierdo la pista.

    Llegando a mi parada, la pelirroja toca el timbre. «Qué suerte!» pienso, «nos bajamos juntas!»

    Llego jadeando al cole en modo actriz porno. La cuesta para llegar al colegio es grande y en forma de U. Vas subiendo una montaña grande y empinada aunque no lo parezca. Ya se encarga tu cuerpo de recordarlo!

    Para mi sorpresa, veo llegar a la pelirroja. Vaya! Hay alguien que viene a recoger a su hijo de lejos igual que yo. Más sorpresas. Ve llegar a mi hijo desde el patio y lo saluda por su nombre. Caray!! Cuando se abre la puerta le pido a su tutor una tutoría telefónica. La profesora de Geografía se ha pasado tres pueblos con lo del trabajo del paisaje. No le ha dicho ni mu al crío, a diferencia del de Biología que sí que lo ha felicitado por el trabajo de las bacterias que le ha hecho su hermana pero que se ha aprendido de memoria para la exposición. En fin, estamos a un paso de la queja a dirección y quiero evitar remover el avispero con el cole. Aunque pensándolo bien, que a una persona autista se le quite el transporte escolar ya ha removido el avispero familiar. Y no han ni pestañeado!

    Cuando llegamos a la parada de guaguas de nuevo, oímos la alarma del cole que indica que han terminado las clases. Miro al niño y me dice que ya podemos irnos a casa. Me apunto mentalmente trabajar esa rigidez. Le pregunto por la chica pelirroja. Hace memoria. Puedo oír al engranaje de su cerebro moverse con dificultad a través de su memoria. «La señora que estaba a tu lado?» Me pregunta. Esa! Le contesto. «Es la madre de V…» Alucino! Acabamos de mantener una conversación en donde han interactuado varios factores, y la hemos terminado con éxito. Llega la guagua con el mismo chófer y siento las mismas ganas de abrazarlo ya por un motivo distinto. El de que algo en la cabeza del niño ha conectado y está buscando el camino neuronal adecuado. Cómo guiarlo? Ojalá saber cómo. Observaré!

    Al sentarnoss, le digo que no hace falta que suene la alarma del colegio para dar por finalizada la jornada. Él  había terminado porque estaba en el patio regulándose él solo, dando paseos y escuchando una música que no sé de dónde venía. Al verme se puso a bailar en modo perreo. Es un autista cachondo. Ahora es él el sorprendido. Acabo de abrir ante él un mundo distinto al que le deja ver su cerebro. Un mundo sin líneas ni aristas, uno redondo, sinuoso. Me dice que le viene fetén marcharse antes del colegio y hacerlo de manera permitida. Le doy un beso. No le he dado ninguno hasta ahora. Le huelo el pelo. Huele a limpio, a fin de semana, a tiempo juntos. Huele a cambios. Huele a felicidad!

  • Marzo

    Hoy me he despertado muy triste y sin saber el porqué de esa tristeza. Primero lo achaqué al trabajo, luego al cansancio y, en un giro de noria mental, caí en la cuenta de que estamos en marzo. Hace 5 años fue un mes duro, muy duro. Yo iba y venía de la península hasta que me quedé allí definitivamente, con un pasaje de vuelta que fue una excusa más en la decisión de mi madre de partir para siempre. No quería otro testigo. Me eligió a mi y allí estuve hasta que pasó al otro lado.

    Ahora tengo una angustia distinta, de no saber qué va a pasar en el trabajo. Asumiendo los noes a determinadas tareas, las malas caras, los contratiempos.

    A todo esto se une los exámenes del enano, los trabajos, las cosas a imprimir, los dineros para excursiones. Solo quedan 3 semanas para mis mini vacaciones y ya estoy deseando que pasen. Luego pienso que la vida hay que disfrutarla en todo lo bueno y en todo lo malo que te ofrece y se me pasa.

    Hoy mi aún marido planeó unos churros con chocolate con los chicos. Entonces dijo que no, que se iba de excursión con un amigo. Después volvió al si porque su amigo lo avisó a través de mi móvil que no puede salir hasta las 12. Miró a los chicos y les dijo que se vistieran. Giró su cara hacia mí y le dije que no, gracias. No me gusta ser el plan de sustitución. Además, necesitaba quitarme este poso de tristeza, que iguala al día que tenemos, uno gris y frío, como el que te deja el ser consciente de que te has despedido de un ser querido, y ya no volverás a ver su sonrisa ni oler su perfume ni sentir sus abrazos. Ojalá tenerla cerca y poder compartir lo que me angustia! Para darle un toque humorístico pienso que, quizás, la hubiera pillado de viaje, en un avión, en un crucero, en alguna ciudad europea, con sus amigas, con su marido, o con cualquiera que le propusiera un plan divertido, y entonces no hubiera tenido tiempo ni de procesar mis cuitas y solo oiría su risa a través del teléfono contándome alguna anécdota graciosa. Ella solo estaba dispuesta a las carcajadas. A pasarlo bien. A ponerse unas orejas de Minnie súper necesarias en cualquier evento que cumpliera con ese perfil.

    Hoy es el cumpleaños de su mejor amiga. De su hermana le decía ella. Y entonces marzo se convierte en el mes por excelencia. No podía ser de otra manera. Para no arruinar la fecha de cumpleaños aguantó éste y trece días más. Para no dejar ningún recuerdo agridulce. Porque así era ella. Una mujer que tenía por lema el estribillo de una canción: «solo te pido que me hagas la vida agradable». Ahora que lo pienso, es un buen lema para aguantar marzo. Si. Voy a hacerme un marzo agradable. Voy a escuchar mucho la risa de mi madre. Aunque sea en los audios que guardo en el móvil. Para unirme a ella, para reir con ella.

  • El milagro neuronal

    Esta semana ha sido un puritito corre corre. A la locura de lo que me sucede en lo laboral, tuve que añadir el crío y sus exámenes, más trabajos varios, más deberes, más notas que te dicen que el jueves próximo habrá churros con chocolate en el desayuno, que el plazo máximo para dar el dinero es el viernes pasado y que no he conseguido recordar. Le daré el dinero el lunes y rezaré para que no se quede fuera. Además, en el sumatorio de toda esta locura diaria que me ha impedido incluso ir al gimnasio, se ha añadido a que mi hija no ha estado bien. Migrañas, dolores menstruales que son un auténtico horror, cansancio…todo ello ha restado mucho de una ayuda logística que me es fundamental pero con la que no cuento cuando está así. El padre trabajando y cuidando a su madre…en fin! agotador!!

    Hemos conseguido casi terminar una maqueta que nos ha quedado pinturera, sobre un paisaje tropical. Mandar hacer eso a alguien cuya psicomotricidad es pésima es condenar a su familia a buscar al bazar de turno cosas que podrían servir para poner en el dichoso trabajo. Perder dos tardes de gimnasio. Levantarte con un dolor de cuello de la silla de narices. Todo ventajas vaya!! No sé qué nota nos pondrá, pero vamos, yo creo que estamos aprobados! Hasta su padre trajo ramitas para crear los árboles. Es nuestro primer trabajo familiar.

    Luego está mi labor de jefa. Resulta que subí planta por planta preguntando quién cogería permiso la semana que viene, y que me podían localizar en mi extensión telefónica para lo que quisieran. Pues en la última planta me formaron un follón de mucho cuidado. De una me lo esperaba, de la otra persona, que trabajó conmigo y que me conoce, no. Subí en el ascensor llorando, y ella subió detrás para decirme que no creía haberme faltado el respeto. Todo ello gritando. Que digo yo, que qué entiende la gente por faltar el respeto! Qué flaco favor se está haciendo en este país a las formas! Puedo entender la preocupación de lo desconocido, pero no que te conviertas en algo peor que lo que uno ve en algunos barrios donde la pobreza excusa esos comportamientos. Y no en todos los casos! Que hay gente que le da tres vueltas en cuanto a educación se refiere. En fin!

    En medio de todo este maremágnum de hechos y deshechos, me tocó ir a buscar al niño en la guagua, a la que tengo que coger como a media hora de camino de casa, con un frío pelón, y con una lluvia que comenzó nada más poner el chiquillo un pie en el exterior. Salimos corriendo a la parada, y, con nosotros, un grupo de chavales del cole bien ruidosos. Cuando pasaban los conductores de las guaguas escolares, les sacaban el dedo corazón, supongo que consecuencia de habernos dejado sin transporte a todos los que estábamos allí. «Juventud divino tesoro» decía la poesía y yo, la verdad, los observaba como cuando ves algo que no sueles, con lo que coincides poco, algo que te deja maravillada para bien. Cuando bajamos de la guagua, comienza mi hijo a contarme qué le ha narrado una profesora de lengua sobre su época universitaria, qué le ha pasado a él durante la mañana, mientras yo lo observaba en silencio por el shock que da oír a tu hijo hacer algo por vez primera. Esas cosas pasan. A veces sus conexiones neuronales hacen match una vez y no vuelve a ocurrir nunca más. Yo le iba sacando las palabras con preguntas cortas, mientras él contestaba con frases largas. Se me hizo corto el camino desde la parada hasta casa que son unos quince minutos.

    Al llegar, di un suspiro y me resigné en que, probablemente había visto un cometa, pero no uno cualquiera, uno como el Halley. A ese nivel. Me cambié, me puse con el paisaje tropical con su hermana y con él, en un silencio solo quebrado con un: «pon esto aquí» «pega eso ahí» «sujeta…» envuelta en el buen rollo que me había dejado la conversación.

    Cuando me fui a la cama, a punto de cerrar los ojos sin esperar por el chiquillo, entra en la habitación con sus slips, descalzo, y una sonrisa brillante. Es su forma de andar por casa. Nunca tiene frío. Vuelve a conversar y ya no pienso en que he visto un cometa. Estoy viendo un milagro. Uno neuronal. Vuelvo a quedarme sin saber qué decir y creo que todo está mereciendo la pena. Lo abrazo y le beso y, cuando se va de la habitación, me duermo. Con la luz encendida. Agotada. Con una sonrisa como de haber ganado el euromillones!

    Paisaje tropical es un eufemismo. Pero yo creo que para ser un chaval autista no está mal!
  • Intentamos ver Avatar

    El viernes, teníamos programado, toda la familia, un viaje por Avatar en una sala de cine. Habíamos puesto el evento hacía como más de quince días, y, por fin! había llegado el día. Cenamos en un sitio de comida rápida, el preferido del enano, que era el que tenía que aguantar casi 3 horas de película, y nos dirigimos a los paneles de la entrada del cine. Qué cosas! Ahora la gente autista puede predecir, hasta ajustar bastante, su ocio, incluído cómo de llena va a estar la sala. Cuando mi aún marido lo miró, dijo que debíamos posponer el pase porque las butacas que él quería, y las demás, estaban ocupadas y que no íbamos a entrar. Mi hijo empezó a bailar la danza de la victoria, como si, en vez de ver Avatar, fuera a ser ejecutado. Algo así. Antes de eso, mi aún marido me puso a recordar la sinopsis de la película, dejando claro clarinete que él es más lo que sea porque recuerda el nombre de las tribus que conforman Avatar. Yo estuve a punto de decirle que yo recuerdo todas y cada una de las citas médicas del niño y los días de sus exámenes,  la que le pongo la vacuna de la alergia a diario… pero decidí callarme aunque creo que ahí está el error de mi relación con él. Cuando no quiero conflicto, me callo, mientras veo cómo él se adentra en mi territorio. En cosas que debo decidir yo, o en cómo mide él la inteligencia de ambos, dejando claro que él es siempre más.

    En vista del escacharre del plan, nos pusimos a dar un paseo por el centro comercial al que nunca habíamos visto de noche. Mis hijos estaban incomodísimos hasta que dije la hora que era y se relajaron. Pensaban que no iban a conseguir estar en la cama a SU hora, y eso los estaba poniendo nerviosos.

    Nos metimos en una tienda a comprar material para hacer una maqueta de un paisaje tropical, creo que se llama. El niño tiene que hacerlo y todos sabemos que eso es algo que mandan los profesores a la familia. No sé porqué, si tiene adaptación curricular, tiene que realizar una actividad que requiere, de entrada, imaginación, de creatividad, dos cosas que tiene mi hijo extirpadas de su cerebro. Pensar que él conseguirá hacer ni una porra sin ayuda es creer en unicornios.

    Tras la compra, se metieron en una tienda de chuches y miraron curiosos las cestas que tenían para vender para el día del padre. Yo las miraba aburrida y me salí de allí porque odio el olor del azúcar. Si, yo también soy rara! y ya me estaba dando hasta un poquito de asco el fuerte olor que venía de los expositores. Mis hijos fueron los únicos de la tienda en salir con las manos vacías. Creo que pensaron que su padre los invitaría pero no hubo suerte. Mejor!

    Volvimos luego a casa porque yo comienzo a escribir temprano, luego recojo un poco y me voy al gimnasio. A levantar hierros. Mientras escribía noto la presencia de mi aún marido. Me propone salida romántica el martes próximo y le digo que no. Me pregunta que porqué y le respondo que es una semana de exámenes del pequeño, que luego debo ir a recogerlo en la guagua miércoles y jueves, llevarlo a la terapia, y que el único día que voy a tener divertido es el martes, que voy a zumba, y que no me apetece sacrificarla por él. Me pregunta que qué pasa con lo que él necesita y yo, bajando la voz hasta el punto de congelación, le respondo que esa misma pregunta debí responderme yo cuando me presenté al examen de oposiciones con mi hija, dejando al enano en manos de alguien de confianza, o cuando se iba una semana de navegación, o cuando se ha ido de acampada, o cuando… «Me importa un rábano qué necesites» le dije. «A esto se le llama reciprocidad». No me contesta. Se va y deja de hablarme. Por enésima vez en nuestra convivencia. Agradezco el silencio. Ya vivo cómoda en él. Recuerdo cuando eso era un castigo y yo me angustiaba porque necesitaba que me hablara. Que cuando le preguntase si quería café me contestase. Ya no. Por mí puede estar sin hablarme hasta que uno de los dos estire la pata, si eso hace que entienda que hace muchos años sobrepasó los límites y ahora lo estoy poniendo en su sitio. No de manera rencorosa. Sin odios. Haciéndole entender que aquí no sólo hablamos de su persona. Que aquí ha dejado de ser todo el monte de orégano. Que soy un ser humano que no va a perder el tiempo en hacer a otro feliz cuando ya lo consigue sin mi ayuda. Me toca hacerme feliz a mi y es algo que pienso seguir haciendo hasta que la vida me diga: «neni, calienta que sales».