• La botella de tinto

    ¿Cuál es tu bebida favorita?

    Esta semana he estado sola. Mi compi se fue de vacaciones y, como siempre pasa, cuando eres una unidad ponen, para que no te aburras, muchas demandas acabadas en -ísimas, tres millones de escritos, bien de juicios con explicaciones previas al juez, todo ello mezclado pero no agitado con mis labores de jefa. Esta semana tuve una reunión que el organizador catalogó de confidencial, y yo de monológo con ligeros tocamientos hacia su persona mientras alcanzaba las más altas cotas de placer, que diría uno de esos librillos de la editorial Jazmín que me leía de zagala. Mientras él hablaba, yo miraba el móvil porque mis hijos, solos en casa, me esperaban a comer, y me estaban tupiendo a llamadas por tierra, mar y aire, sorprendidos de mi incomunicación y de mi impuntualidad. Le digo a mi hija que estoy en una reunión y que deje de llamarme. Me dice que es su hermano con el fijo de casa. Suspiro y miro para el monologuista. Pienso: «a ver si cierra ya la boca que para oírle decir que es seguidor del Sevilla FC no estamos aquí!» Ha  debido leer mi pensamiento porque, en el acto, me ha dicho que puedo irme que él sabe de la faena que tengo en casa. Abro la boca para explicarle que nunca me he parapetado detrás de mis hijos para hacer menos curro o salir antes pero luego pienso en las chorradas que está soltando y se me pasa. Me las piro con vientos frescos, indignada porque no ha explicado nada ni ha dejado explicar sobre los problemas que dará la implantación de la nueva oficina.

    Después de esta reunión, tras la que tuve que contestar a mi equipo en voz alta que él puso la condición de que no podíamos soltar prenda, mientras los compañeros me miraban con cara de pez agónico porque no saber qué va a suceder y que no te den algo de luz es algo muy chungo, fui a preguntar al resto de funcionarios que quién venía el lunes a trabajar porque, en algunos juzgados, han decidido pillarse vacaciones o una baja, todo sobre la premisa de a mi no me vas a pedir que haga el trabajo de dos. Eso, más la suma de los años que llevan trabajados, más la envidia soterrada, más su hijoputez hacen un total de al menos cinco personas a restar el próximo lunes. Esas, más el que es todo eso y además, no da la cara. Veremos quién más se quita la mascarita. Con compañeros ya trasladados a nuevos destinos. Llevo sola cinco plantas de una torre y ya el lunes, con los traslados debo restar a cuatro personas. Como me quieran putear me veo con el culo como la bandera de Japón. Todo fetén!!

    Total, que, el jueves, al salir del curro con el buen rollo que vi en mi equipo, que sé que es provisional porque como meta la pata me van a crujir, salí con la necesidad de abrazar aunque fuese a una farola. Un poco de support. Me voy al gimnasio a saltar como un protón y sigue sin ser suficiente. Vuelvo a casa y, mi aún marido abre una botella de vino, tinto para más señas y un jamón ibérico bien y nos sentamos a la mesa. Me dice que me nota angustiada. Bebo. Le explico que tengo problemas en el trabajo. Me contesta que no quiere oír mis aventuras judiciales. Bebo. El vino es bueno y entra bien pero ya voy un poco tinkiwinki. Estamos hablando de que al día siguiente trabajo, tengo que ponerle el disfraz de spiderman al enano que no se pone otro desde hace 4 años. Eso sí, con su correspondiente visita al bazar chino a cambiar el tamaño del mismo, que él es autista pero yo no soy ciega y veo cuando el disfraz le queda tan ceñido que se marcan lo que vienen siendo sus cositas. Ya me he vuelto una experta. Le descoso el disfraz y le pongo velcro para que pueda orinar sin usar la cremallera de la espalda. Le subo las mangas cosiendo todo sin máquina de coser que mi aún marido ve no necesaria, no como sus tropecientas mierdas que ahogan la habitación del niño. Me acuerdo de que por coser a toda prisa, he llegado al gimnasio y me ha tocado un sitio minúsculo donde saltar. Miro a la botella. Bebo. Le oigo decir que mi familia y sus coñas tienen la culpa de los males de mis hijos. Lo miro. Me río. No tiene ni puta idea de por dónde va la cosa o mejor, no quiere recordar la conversación con el neuropediatra. «O es autista su marido o lo es usted!» Miro la botella. Bebo.

    A las 3 de la mañana mi cabeza dice: «holiiiii!!!» Me levanto a la cocina. Bebo agua mientras me cago en todo. Es lo que tiene agarrarse a un tóxico. No sólo no te soluciona nada sino que además te mete en más líos. Bueno! Este ha sido uno pequeño. En peores plazas hemos toreado. Unas en las que me han salido toros enormes, negros, sin ninguna intención de dejarse abatir, solo que yo no he sido capaz de acabar con sus vidas a espada. Yo he preferido que hayan caído agotados en la batalla. Salir victoriosa y seguir mi camino.

  • Me inmolo

    Ayer decidí inmolarme de manera profesional. He decidido, o eso creo, dejar las clases de las oposiciones con Sosomán. No puedo. No llego. Me siento culpable por no coger los libros pero es que el peque requiere de una atención muy importante, y, la verdad, muy agotadora. Se lo dije a mi aún marido ayer, después de comer. «Bueno! Yo podría encargarme de la terapia y de sus estudios para que tú puedas dedicarte a los tuyos!» «Jubilarse en esa categoría no es ninguna cosa baladí! Piénsalo!» Mi hija, que pasaba por la habitación porque ella siempre quiere estar al cabo de la calle porque es de natural cotilla, espetó en voz alta: «Qué gomántico!!» Y con esa incertidumbre y esas dudas me puse a leer un libro que me ha dejado el cuerpo cortado. El libro se llama «Sensación Térmica» de Mayte López. Con él descubres que el lenguaje de los malos tratos, los abusos, el aislamiento de la víctima, como se consigue, con las palabras adecuadas, hacer que creas que eres menos que nada, es universal. Los personajes son todos latinos puestos en distintos puntos geográficos, pero la vulnerabilidad de quien intenta escapar de una situación cada vez más opresiva, es la misma vayas donde vayas. Te matan o te dejan lisiada para los restos con una impunidad pasmosa aquí o en Pekín. Cuando terminé el libro, mi aún marido me preguntó que porqué estaba enfadada. No me había dado cuenta. Yo creí que sentía pena pero luego, tras la pregunta, caí en la cuenta de lo que me pedía el cuerpo era pedirle al cosmos que los cielos se abriesen ante estos seres abyectos, y, con un rayo, acabara con sus vidas miserables.

    Hoy me leeré uno que me ha recomendado mi tía, «Metafísica de los Tubos» se llama. Dice ella que la protagonista se le recuerda a mi cuando era chica, que era muy rara. Cuando leo el mensaje me río y lo hago desde la perspectiva de los años. Imaginen a una niña que absorbe todas las malas vibras de su alrededor y las somatiza en enfermedades, las convierte en un silencio sordo, «porque en boca cerrada no entran moscas» como lema de familia desestructurada bien, y cuyo deseo más profundo era el de desaparecer. A veces me alejaba caminando o me perdía mucho rato, para ver cuándo se comenzaban a preocupar por mi ausencia, pero dejé de hacerlo porque la respuesta fue «nunca». Eso sí, cuando mi madre abandonó el barco, entonces sí que sí que fui un problema, pero para ese entonces ya hacía un rato que había renunciado al lema de la boca cerrada y las moscas, ya hablaba y decía lo que me molestaba y, para silenciarme decidió alguien que me fuera a la calle. Tenía 15 años. Volví a callarme y así he estado muchos años. Callada. Colocándome en sitios donde no molestase, decidiendo renunciar a lo que deseo en pro del bienestar de otros. Y aquí estoy. Pensando en  qué es lo mejor para mí, aunque, por tanta falta de costumbre, me cueste ver el camino de los ladrillos dorados. Yo no voy acompañada de Totó, de León,  el hombre de hojalata y el Espantapájaros, yo lo hago con mis hijos y mi aún marido, cantando «Sigue el camino amarillo,
    sigue el camino,
    sigue el camino,
    sigue el camino,
    sigue el camino amarillo.
    Si quieres ver al mago,
    al mágico mago de Oz,
    sigue el camino amarillo,
    sigue el camino»

    Tal vez así yo consiga ver al Mago de Oz y pueda pedirle que me conceda el deseo de olvidar el pasado, de aliviar el dolor de la niña que fui, de concederle el don del habla. Para así volver a casa, en este caso nada de Arkansas, solo a Avatar, pero siendo una mujer libre, empoderada, que puede hablar sin pedir permiso!

  • Y llegó la tristeza

    Llevo una semana de ir corriendo a todos lados. Este lunes fui a buscar al niño en taxi en un viaje de ida y vuelta de casa al colegio y del colegio a casa. Cuando se sube al taxi le noto un rictus extraño. «Qué tienes?» Le pregunto. Me contesta que nada pero yo no me conformo. Salimos del taxi, llegamos a casa corriendo, y, mientras él merienda, yo encaro el salir pitando a su terapia. Mientras corremos, jadeando como un perro asmático a consecuencia de una rinitis brutal que me lleva acompañando toda la semana,  le pregunto que si tiene deberes y me contesta que un examen el martes. Me paro en seco y me quito de la clase de las ocho en el gimnasio. Lo primero es lo primero! Prioridades maternales lo llamaría yo!

    El martes fui en la guagua más tranquila pero aún con el recuerdo de que el niño vomitó esa mañana, supongo que por el examen, y me pongo a pensar en cómo afrontar lo primero que hable con él. Salí antes del trabajo, comí con mi hija, y, tras eso, a la estación de guagua, que queda como a media hora de mi casa, en paso de enana que soy, enana y asmática, como combo plus. Lo espero en la puerta del cole, sin prisas, mientras unas madres, a lo lejos, no lo suficiente, me miran mientras, supongo, hablan de mí. Y supongo bien porque las miro, las interrogo con la mirada, y ellas no dan crédito a que tenga un oído tan fino. Me explican sus polleces y mierdas de lo que iban hablando de este metro cincuenta y ocho de pura mala leche y yo les contesto secamente. Se alejan unos metros más. Así me gusta! Distancia! Las conozco de siempre, a algunas desde antes de que sus hijos y el mío coincidieran en un aula pero soy incapaz de crear vínculos con mujeres que viven una maternidad tan distinta a la mía, donde alguna ni siquiera trabaja, que no mira si hay puentes, o días sin clase, mientras yo, para quedar a algo o con alguien debo sacar el calendario de trabajo de mi aún marido, el calendario escolar, que ese día no tenga vistas, y ya estaría.

    Al salir lo vuelvo a notar extraño y, al subirme a la guagua caigo en que no está extraño. Está triste. Lo saeteo a preguntas y él pasa del monosílabo al silencio profundo. Esa tarde se pone muy enfermo de rinitis y continúa así al día siguiente, miércoles, que ya se pone a llorar en silencio antes de ir al cole. Me quedo junto a él, lo abrazo, le digo que todo lo que siente es normal, que sus compañeros seguro que están igual y que lo quiero mucho. Cuando su padre llega esa mañana de trabajar se encuentra con ese cuadro en el salón. Él llorando, yo abrazándolo y su hermana con el rostro triste mientras nos contempla. No hace falta explicarle nada. El peque, ese niño de sonrisa eterna, las está pasando negras en el colegio. Los cambios están siendo muy duros. Le decimos que hablaremos con él a la tarde pero no suelta prenda.

    Cuando llega el viernes, antes de que suene mi despertador, siento el timbre de la puerta. Me dirijo a ella con sigilo, miro por la mirilla y veo al que vende el agua por la zona. Le abro la puerta y le pregunto que qué día es. Se ríe. Yo no. Estaba convencida de que era sábado. Estoy tan cansada que no sé cómo voy a afrontar un día laboral sin mi compi que comienza sus vacaciones. «Mátame camión!» Digo en voz alta.

    Por supuesto la mañana en el curro fue horrorosa y, al llegar a casa, mi aún marido ha hecho unos pinchitos que, por el olor que desprenden, están en mal estado. Salgo corriendo con ellos para tirarlos en el contenedor porque el olor es asqueroso. Vuelvo corriendo a limpiar los cacharros que han estado en contacto con esa porquería. Apaña otra cosa de comer y, mientras caigo redonda en la siesta, noto que sale a por el niño. Vuelve con él y éste se cuela en mi habitación para ver si sigo dormida. Abro los ojos, lo abrazo, lo beso, me dice que empiezan sus vacaciones carnavaleras. Se sonríe. Y con esa sonrisa caigo en el sueño un rato más. Cargando pilas para el viaje que me espera. Un viaje hacia su tristeza, para traerlo de vuelta.

  • A nuestra manera

    Hoy me he levantado desinflada. Amanecí con un dolor en la zona lumbar que me ocurre cuando no voy al gimnasio durante días y luego me pego un atracón de dos días seguidos haciendo ejercicios de fuerza. Si no lo hago así, el dolor persiste durante días. Todos los que no acudo a hacer deporte. Total, que, al levantarme me he dado cuenta de que adquiría forma de un 3 y, así, en esa postura he ido a la cocina a comenzar la mañana. Me he sentado y he empezado a leer un blog al que estoy suscrita y, en medio de un relato de vida cotidiana, de sueños, de recuerdos, de juegos, he caído en la cuenta de que, aquí, en Avatar, no existe la imaginación. Mientras ella contaba cómo sus hijas se disfrazaban y vivían las vidas de esos personajes, yo llegué a la conclusión de que, ni siquiera yo, he volado tan alto. No los he visto jamás pensar que no eran otra cosa que ellos disfrazados de payaso, por ejemplo, aunque mal ejemplo es porque lo de pintarse toda la cara tampoco ha sido de sus aficiones top.

    Cuando mi madre vivía y ellos eran más pequeños, la veía trastear entre los juguetes de los niños, alucinaba con lo que se encontraba, y comenzaba a jugar con ellos, metiéndolos en una historia, a la fuerza, mientras la miraban estupefactos, hasta que uno de mis hijos soltaba una frase que la devolvía a la realidad y, entre risas, guardaban el juego. Aún así, les era divertido jugar con ella y, a golpe de inventar otras vidas, ellos crearon  a «la familia Verga» que es uno de sus apellidos añadiéndole una R. Todas las historias comenzaban con un «era un día normal en la familia Verga…» Y acababa con que a alguien se le ponía los ojos rojos y hacía una escabechina. También comenzaron a simular que llamaban a un departamento de clientes de esos sitios web de Oriente, y comenzaban a quejarse porque tal o cual producto era una porquería. Lo dejaron de hacer porque, se metía mi hijo tan bien en el personaje de cliente cabreado, que su hermana entraba en una especie de pánico que les hizo tirar la toalla y no jugar más. Aún me llevo a toda la familia Verga en mi maleta cuando salimos de vacaciones. Son figurillas de la patrulla canina, minions, un búho…con eso hacían los teatrillos.

    Ahora estamos de carnavales y esto supone que, mientras esto ocurra, hay una zona capitalina que no pisaremos. No he visto ni el escenario donde suceden todos los eventos. Nada. Además, como mi hija estudia las oposiciones muy cerca del escenario carnavalero estará un mes o más con las clases online. El año pasado, a resultas de salir de clase tarde mientras las mascaritas tomaban posiciones acodándose en las barras de los chiringuitos, se tuvo que bajar de una guagua porque a un zoquete se le ocurrió empezar a tocarla con el dedo índice, hundiéndole el dedo en las costillas. Otra le parte la cara, ella bajó en medio de ninguna parte y llamó a su padre al fijo de casa que salió a buscarla. Yo creo que el zoquete padecía de alguna enfermedad, pero la verdad, no quisimos saber cuál. Yo, además de la enfermedad le arreglo los dientes, porque soy una persona enferma igualmente que no anda tocando la moral de nadie. A raíz de esa experiencia evita todo lo posible a gente que suma alcohol incluso antes de salir de casa, y que coge el transporte público para no sentir el crujido de una multa de tráfico por ir con el hígado caliente.

    Somos de ese tipo de gente que va a horas extrañas a comprar al súper, que acuden a los centros comerciales cuando las tiendas están cerradas, que no participamos de ninguna algarabía popular, que no acudimos si quiera a manifestaciones que reivindican derechos porque odiamos las multitudes y los ruidos altos…lo único que me permiten, a mi, a la distinta es que, cuando suena en el CD del coche la canción de el grupo «siempre así» cantando «a mi manera» me dejan que la ponga a un volumen alto. Así lloro en silencio, mientras comienza la canción y me viene a la cabeza mi madre y lo rápido que se fue «el fin, muy cerca está, lo afrontaré, serenamente…» Y la recuerdo, efectivamente,  siendo fiel a lo que había sostenido siempre, que ella viviría y moriría a su manera. Como, en definitiva, nos enseñó a los habitantes de Avatar.

    https://music.youtube.com/watch?v=LbUzR8HvuPU&si=xJ_cmqewoJGegpNQ

  • Mi descanso

    ¿Necesitas un descanso? ¿De qué?

    El fin de semana pasado, después del cero en Geografía de mi hijo, tuve un intercambio de correos con la profesora de esa asignatura pidiendo entender el porqué de ese suspenso. Pregunto que si ha sido por mala conducta. Siempre poniendo el foco en que mi hijo se las trae en lata. Error. Me suelta que ha sido porque no entregó un trabajo que debía hacer por escrito y del que no sabíamos nada. Me dice que ella le dijo que apuntara lo del trabajo en su agenda. Le contesto que para qué está la aplicación del colegio, cosa que le duele porque ella ni siquiera aparece en los créditos. Se enfurruña por lo que le escribo, demostrando con ello una gran madurez (ironía modo on) y me contesta que, ELLA ya me escribió un correo preocupada por el niño (a principios del curso pasado) y que si quería ver los exámenes debía acudir al centro. Amos, no me jodas!! Mi respuesta fue la propia de una madre que tiene más paciencia que Job, y, por no llamarla niñata malcriada, le expliqué que existen unos aparatos, muy usados en la docencia, llamados fotocopiadoras y que con ella podía hacerme un par y no hacerme perder un día de trabajo. Me los envió cinco días después (no encontraría la fotocopiadora al igual que yo no encuentro mi paciencia ya con estas chuminadas) y vemos que ha aprobado la recuperación de la asignatura con un cinco. La única alegría en todo este maremágnum de despropósitos.

    Esta semana ha traído un 2 en Biología. Alguien sabe porqué? Ni él ni yo tampoco. Así que toca arremangarse, escribir correo, esperar que este profesor no tenga la madurez de un chupachup, y ya estaría.

    El próximo movimiento planeado será enviar a la dirección del centro una queja formal por escrito, para luego tomar las medidas administrativas y judiciales que me sean oportunas. Estoy ya muy cansada de pedir, de rogar, que no me dejen fuera de lo que pasa a mi hijo entre las paredes del colegio. Y yo he llegado al punto álgido del hartazgo.

    El miércoles fui a un dentista para una limpieza bucal. Sufro de dolores en la mandíbula inferior y, por ello, pensé que, con una limpieza las cosas fluirían mejor, como así ha sido. Lo malo es, que, al verme la boca, ha notado que tengo bruxismo, que chirrío los dientes mientras duermo vaya! Mi placa de descanso, que la tengo hace mil años, ha muerto entre mis dientes y debo hacerme otra. Ahora imaginen a una persona con una ansiedad feroz, con su poquito de estrés postraumático, que no soporta que la toquen, en una cita de dentista sola con el señor (el dentista es un hombre orquesta y no tiene ni secretaria) en un cubículo, él intentando crear un ambiente de cordialidad, frente a mis monosílabos y mis ojos entornados de desconfianza. Lo que debía durar unos diez o quince minutos, se extendió a una hora. Como la limpieza. Me anestesió la boca por completo y aún así fui capaz de vomitar de los nervios. Dice mi psicóloga que el bruxismo se debe a rabia no expresada. Salí de allí con mi rabia ocultándose entre los pliegues de mi ropa, abrazada a mí, llorando desconsolada. Soy capaz de hacer un drama cada vez que voy al dentista? Si. Encima, entre tanto pago, mi sueldo ha hecho una salida de mutis y ya casi tengo la cuenta pelada. Soy pobre cual rata, y, para celebrarlo, nos fuimos a un bar a unas pocas calles de casa a comer los tres. Fuimos con mi hija, a la que debemos obligar que salga a visitar el planeta Tierra haciendo deporte en un gimnasio o acompañándonos a estas salidas. Ella no suele intervenir en la conversación, sonríe cada vez más amplio a medida que se va zampando los platos que llegan, hasta llegar a una sonrisa plena  porque ya tiene la barriguita llena. Sin hablar mucho. Eso lo deja para cuando estoy con la tablet, viendo el capítulo de alguna serie, con su hermano durmiendo abrazado a mi y su padre roncando en la otra punta. Entonces ve imprescindible preguntarme qué outfit debe llevar al gimnasio al día siguiente. Yo miro la hora, las 23:30, la hora normal de cosas que preguntarle a mi madre que está a punto de caer en los brazos de Morfeo. Yo intento contestarle sin el ánimo de arrancarle la cabeza que es lo que apetece cuando estás agotada. Pero ella es así y yo debo respetar su tempo.

    Hoy, al ver la pregunta de Jet sobre si necesito un descanso, he pensado que, tal vez, unas vacaciones de discutir sobre los derechos de mi hijo, sobre ser madre a tiempo completo, de ser mujer llena de recovecos y de cosas no contadas que pone difícil cualquier intento de proximidad, de confianza, que gruñe desde que ve que estás intentando alcanzar su corazón o su alma,  podría ser lo que me pidiera en ese deseo de descanso. Pero creo que lo tengo difícil. Nadie pone de su parte. Ni siquiera yo, mal rayo me parta!

  • Mis planes hoy

    Ayer tuve al enano muy malo de la alergia pero, a pesar de todo, me comporté como una madre normal y no de esas que parecen una central eléctrica cuando sus hijos enferman, exagerando las cosas como si fueran los chiquillos a morir (soy) y nos fuimos a comer fuera como si mi hijo no estuviera a punto de perder la nariz (les recuerdo lo de la central eléctrica). Comimos comida casera y ya de ahí nos fuimos a comprar porque, cuando vives en Avatar, debes ajustar primero de mes, fin de semana plus supermercado popularísimo con tu deseo de tranquilidad, poco ruido y cero esperas. Así que, si vas a comprar, debes hacerlo en esas horas que los supermercados llaman «la hora autista» que es la que no quiere nadie para ir a  comprar. Porque es una hora más mala que el carajo, porque bajen  o no las luces hay ambiente de siesta, y porque no tienes que esperar ni en el aparcamiento del súper ni en la caja a la hora de cobrar porque a esa hora España entera está durmiendo la siesta. La hora autista ya existía desde antes de que nadie la llamara así. Es la hora a la que ni regalada va un gato. A la que no va ni perri. En la que tú debes combinar comida relax con sacar la lista de la compra y luego hacerla ligerita porque, como el niño estaba estornudando, y su padre dijo que no era de recibo hacerlo encima de la comida,  se quedó fuera esperando, con su hermana, mientras yo me movía como la superabuela por el local para acabar cuanto antes. Ni siquiera vi a mi aún marido seguirme. Coincidimos en la caja al pagar. Punto. La hora autista es un camelo total. Es la hora en la que a la cajera se le desencaja la mandíbula de bostezar. Básicamente.

    Luego vinimos a casa y yo, que tengo una edad, caí muerta en la cama después, claro, de colocar la compra del mes. Menos estudiar para las oposiciones a Gestión, cualquier cosa. Leí los blogs a los que estoy suscrita, vi mi serie preferida, caí redonda de sueño, me desperté y puse el deshumidificador y seguí leyendo. Mientras,  mi hijo seguía hecho polvo pero menos.

    Cuando llegó la hora de dormir y me pidió que cuidara sus sueños unió esa frase a un primer ronquido. Siempre ronca cuando se congestiona pero, el deshumidificador hizo su función y al cabo de un rato su respiración se hizo menos agitada. Durmió como un bebé.

    Al despertarnos me ha dicho que ayer se le terminó el antihistamínico y me he puesto como una mona. Ahora debo buscar una farmacia abierta que me quiera surtir sin recetas, aunque ya he sacado el informe de su alergóloga para apuntalar la falta de prescripción con algo de formalidad y algo de pena, aunque esto último no funciona en esa botica.  Hay una cerca que abre los domingos y a la que odio ir. No son ni muy amables, ni muy empáticos, querrán saber qué y qué no y yo pondré la cara que pongo a los que vienen a la Ciudad de la Justicia. Cara de póquer combinada con atención plena, añadiendo a todo ello un toque de educación y de saber y contestar a todas las preguntas que me hagan por muy impertinentes que puedan ser. Jamás he tirado del clásico «Mira, es que es autista y es lo suficientemente autónomo para tomar la medicación pero no le llega la autonomía  para explicarme que se ha tomado la última». Luego pararé en algún sitio a sentarme, mirar a gente terrícola, calmar mi ánimo y coger fuerzas para la semana que viene que estoy hasta arriba de citas médicas para mí, porque llevo, por ejemplo, más de un año sin ir al dentista y a entregar unos análisis al médico de cabecera que dicen que tengo colesterol. Eso y mi terapia psicológica el miércoles. Mi válvula de escape junto con lo de escribir por aqui. Un recado más y luego, vuelta a Avatar, a comer con los chicos, descansar un poco, estudiar con el niño, estudiar mis oposiciones, lavadoras a tope, doblar y guardar ropa, recoger la casa un poco y, con suerte, terminar el día respirando. Y que lo haga el niño conmigo. Sin congestión. Respirando tranquilamente. Descansando para encarar un nuevo día. Y ya estaría!

  • Mi tío

    A mi hijo le han puesto un cero en Geografía. Me enteré ayer que fui a recogerlo y llevaba las notas en la mano. Desde ese momento, hasta ahora, me rumia una pena tremenda, un desconcierto total, un enfado soterrado, producto de una profesora que,  sin avisar y como si el niño se pagase el cole, por lo que sea que haya sucedido, ha decidido suspenderlo como si no hubiera cogido un libro durante las fiestas, como si él no tuviera ninguna curiosidad por la asignatura, como si, en vez de hablar del Ecuador, hubiera tenido que viajar a él, hasta la línea imaginaria que divide los dos hemisferios, y quedarse allí. Con una bandera roja en la mano, en una barca sin motor, a la deriva. Lo ha tratado como un adulto, como a un chaval de 18 años que supiera sacar una lección de una decisión que, a mis 55, soy incapaz de entender. A mí me ha tratado como si estuviera fuera de toda esta historia. Como si él no fuera mi máxima preocupación. Como si no pagase el colegio. Como si yo no tuviera mi móvil abierto, mi correo electrónico, para cualquier problema que se tuviera que afrontar.

    A consecuencia de esto, he dormido mal y me han despertado unos gritos en la casa de al lado. En ella viven una señora mayor y su hijo, que es esquizofrénico y un amor de hombre, mejor que su hermano menor, que tiene un cargazo donde trabajo, unos estudios pagados a base de sacrificios, y con una falta de educación como de escupirle a la cara al cruzarte con él. El hijo era el que gritaba, y me ha parecido que había llamado a los servicios de emergencias. «Está abierto!! Decía. Me desvelé y empecé a escuchar un audiolibro, «Terra Alta» de Javier Cercas, y, en algún momento el audio y yo paramos y nos fuimos al reino de los sueños. A mi hijo le han puesto un cero en Geografía.

    Cuando oí los gritos, mis recuerdos se fueron al momento en que falleció mi abuela. Ella vivía con un tío mío que tiene una edad mental de unos 12 años. Hace muchos años, de un atracón de azúcar, sufrió una crisis, se quedó sin oxígeno, estuvo un montón de tiempo en parada, y, al despertar, notó que su mente se había  quedado anclada en  aquella edad, como un Peter Pan cualquiera, solo que su cuerpo sí crecía y se hacía adulto. Ya tiene 70 años y hace mucho que no sé de él, porque, si lo tienes cerca, como le sucedió a mi madre, te mete en unos embrollos épicos y yo ya no estoy para más líos. De hecho, mi madre ya lo tenía bloqueado de todos sitios antes de fallecer y fue del único del que no quiso despedirse. A mi hijo le han puesto un cero en Geografía.

    Aquella mañana, él se despertó y oyó que su madre hacía unos ruidos extraños en la habitación. Luego, silencio. Se acercó a ella y supo que había partido al otro lado porque él había visto fallecer a otros mayores a los que cuidaba. Todo eso antes de convertirse en lo que es hoy. Un tío que a conseguido poner a toda la familia alineada en no querer contacto con él. Cuando se enteró de que mi madre estaba en el hospital, se hizo el indolente. Hasta que supo que se moría. Entonces entendió que se había quedado solo, en el Ecuador, con una bandera roja en una barca sin motor. A la deriva. A mi hijo le han puesto un cero en Geografía.

    Cuando vio que su madre había fallecido, lo hizo todo bien y llamó a emergencias y a la familia. Haría lo mismo años después cuando encontró a su hermano sin vida, con una cuerda alrededor de su cuello. Al momento nos tuvo a todos junto a él e hicimos todo lo posible por ayudarlo mientras que él hizo todo lo posible por auyentarnos. Para quedarse solo en el Ecuador, con una bandera roja en la mano, en una barca sin motor. A la deriva. A mi hijo le han puesto un cero en Geografía. Pero su padre y yo nos hemos alineado para ayudarle. Y estamos de acuerdo en cómo hacerlo, para no dejarlo solo en ninguna barca a la deriva. Para que no necesite ir hasta El Ecuador para nada más que para divertirse. Sin ninguna maldita bandera roja.

  • El sueño

    Anoche soñé que el enano, mi enano, no era autista ni tenía tdah. Mi hijo era un hombre adulto, lleno de coherencia y una mente clara y yo hablaba con él de cosas muy sesudas. La cosa es que, a mitad del sueño, me desperté porque avanzado éste, mi mandíbula se desencajaba en un largo bostezo del aburrimiento por tener un hijo más perfecto que el Ken de una Barbie. Mi hijo no habitaba en Avatar pero era el chico con el que soñé una vez estando embarazada, y resulta que el resultado, perdonen la redundancia, era un bluf. Como digo, me desperté, y lo vi durmiendo junto a mi y lo abracé muy fuerte para asegurarme que la vida no me daba el cambiazo. Es curioso cómo, aún viviendo una vida rutinaria, sin terapias, sin saltos ni aleteos, sin pastillas…yo preferí volver a ella. Debe ser que este mes he puesto mucho el foco en él. Sus suspensos, las tutorías, que ayer me dí cuenta que la concerta que le recetaron y que empezará a tomar la próxima semana es 9 Mg más fuerte, lo hicieron anoche protagonista absoluto.

    El niño que vive en Avatar tiene un gran sentido del humor, tiene un montón de dinero ahorrado porque dice que quiere comprarse una casa azul y un Mercedes cuando sea mayor ante las risas de su padre que dice que quien suspende cinco tiene pocas posibilidades de alcanzar ese sueño. Yo le digo que no haga caso, que la vida da muchas vueltas y que, en una de ellas se puede tropezar con una estrella que lo lleve hasta alcanzar sus sueños. La casa azul la tiene localizada. Hay una casa terrera no muy lejos de aquí, con una fachada azul y blanca muy bonita. Pero podría ser cualquier otra, porque él solo sabe que debe ser azul, supongo que como Avatar, para no echarlo de menos. Lo del Mercedes puedo jurar que no sé de qué viene porque esta familia no ha tenido sino «el de la abuela» y lo pongo entre comillas porque en realidad era de su tercer marido que se lo cedió en cuanto se compró un Porsche Cayenne que fue el coche que condujo casi hasta decirnos adiós,  a pesar de sus 90 años! El que le dio a mi madre tenía el cuadro de mandos de madera, forros de piel,  era biplaza y automático y en él fuimos mi aún marido y yo a la boda de mi hermana que se hizo en un pueblo como a una hora de casa de mi madre. Tres peajes de ida y vuelta que mi aún marido aprovechaba para parlar catalá. «El conejo me enriscó la perra» que diría alguien de estas islas. Bona tarda» decía cuando sacaba la cabeza para pagar entusiasmado como un niño chico por llevar aquél cochazo que estaba hecho, en realidad, para solteros o divorciados con hijos mayores que fue el caso del marido de madre. En ese coche se subía él con muletas mientras lo trataban de cáncer de próstata. Superhéroe! Mi hija iba en otro coche porque no cabía con nosotros.  Recuerdo que en la peluquería me hicieron un moño horroroso que tropezaba con el techo de un vehículo en el que debías subirte con mucho cuidado para no partirte el cráneo. Supongo que mi madre le dio una vuelta en él al niño alguna vez, por la urbanización, despacio, y, a medio camino, apretaría un botón y el vehículo se volvería descapotable ante el asombro del copiloto que haría que mi madre se riera como una niña chica. Estoy segura de que él vivió esa experiencia porque tiene una memoria prodigiosa para recuerdos antiguos. Es capaz de decirte qué, cómo, que día era, cómo ibas vestida…Un pasote!

    Me he despertado un tanto triste porque, cuando la mente te lleva a una vida que no has pedido y que es claramente peor que la que tienes, te dan muchas ganas de pedir el ticket de devolución y exigir que, la próxima vez ya si eso avise con un trailer de qué va a ofrecerte, para ir agarrándote los machos que decimos por aquí. Yo voy a seguir un rato más en la cama mientras él hace prácticas de lectura, escritura y matemáticas en la cocina con su padre. Yo los escucharé desde aquí, oyendo cómo da respuestas random a preguntas concretas. Pero así es nuestro pequeño. Un niño con la cabeza llena de cosas brillantes, azules, que se mueven muy rápido. Por eso no tiene tiempo para nimiedades de estudios. Porque su mente es libre, muy libre, lo queramos los demás o no. Él es libre y así será para siempre. Todos los días de su vida! 💙💙

  • La semana positiva

    Esta semana he tenido solo cosas positivas, cosa que, dicha así, de remplón puede ocasionar hasta vértigo. El lunes apareció el listado de los nuevos jefes y, et voilà, resulta que estaba en la lista! Soy jefa del equipo de auxilios. Acababa de terminar  de salir de sala para un tema desagradable, y, cuando eso sucede, tu espíritu se alinea con quien demanda a la Administración, porque sea justa o no esa demanda, la vida de esa persona cambió en un instante, en una decisión de urgencias, fuera o dentro de un hospital, y su salud dejó de ser la misma. Para siempre. Y sus mentes necesitan un cierre, un «tienes razón» en forma económica y, como dije antes, me alineo con su mala suerte y con su mala salud. Total, que me puse contenta, pero sin pasarme. El martes empezaron a tocarme la nariz. Que buscara a alguien para mandarlo a no sé dónde a lo que me negué. Soy jefa de equipo de auxilios, no los pillé en un mercado romano por seiscientos sestercios, no sé si me explico… No voy a tratar a mis compañeros como piezas de tablero. Mal empezamos! Me volvió a llamar para decirme que mi súper jefe necesitaba mi teléfono para llamarme. «Ya lo tiene», contesté. «Quieres el suyo?» Me replica. «Negativo. Lo tengo entre mis contactos». Me llama luego él para darme la gran chapa, para explicarme que todo lo que me diga es confidencial y decirme que está encantado de que esté en el equipo. Lo de la confidencialidad es como una coña marinera. Eres jefa de equipo y tienes que explicarles qué tareas van a realizar con la nueva oficina. Así que, ser discreta me vale, pero no ser estúpida. Me sonrío. Hace unos pocos años, cuando trabajábamos juntos, cada vez que le decía cualquier chorrada me gritaba que iba abrirme un expediente disciplinario. Hoy jugamos en otra liga. Él es un súper jefe y yo soy funcionaria de carrera y no dependo de su firma para que me renueven un contrato de 3 meses, cosa que sucedió en una friolera de once años!.  «Muerde el polvo ahí!!!» me digo sonriendo. «El expediente disciplinario me lo paso raigt nau por el arco del triunfo. Habitante de Avatar 1 tolete 0 (tolete=gilipichis)

    El miércoles, día que rogué no ser llamada porque tenía una tutoría del niño a las once y media, cosa que respetaron, y cuyo resultado fue que, el tutor del enano me llamó cuando ya no lo esperaba. Mientras comía. Una llamada a 3 con su profesora de NEAE y en la que me dicen que mi hijo es otra persona desde que se medica. Me preguntan que si me pillan en mal momento y contesto, engullendo un bocado, que no. En Avatar no dan crédito a tanta falsedad. Ni de que haya sido capaz de coger el móvil. Ni que me levantase de la mesa. Todo mal. Pero yo por mis hijos mato y si tengo que medicarlos, lo haré si es por su bien y cogeré llamadas a horas impertinentes con una sonrisa en los labios. La concerta apaga sus impulsos y consigue que esté más centrado en el aula. Cierto es que he olvidado dársela un par de veces, pero sé que vamos por el buen camino y así vamos a seguir. Voy a mi terapia, y, a la vuelta, lo recojo de la suya. Comento sus buenas nuevas en el cole con su terapeuta, que dice que la terapia va también mejor gracias al medicamento y nos vamos para casa. Contentos como cochinitos en un charco.

    Otra cosa positiva es que hemos vuelto a tener noticias de mi tía. No nos podemos quejar en absoluto! Es angustiosísimo no saber de un ser querido y no quiero pensar en esa gente que, en algunos casos, fallecen sin volver a saber de alguien que, por lo que sea, se desvanece de sus vidas. Debe ser terrible y desgarrador, sobre todo, si esa persona es como mi tía, una persona llena de sensibilidad y de buena vibra. Alguien a quien amas. En fin!

    Otra cosa positiva ha sido poder agendar el gimnasio y cumplir con la agenda, a pesar de que, ayer, que llovió toda la tarde, decidí no ir porque el día anterior ya fui caminando y lloviendo la ida y la vuelta. Salud si, pero sin hacer estupideces que ya tenemos una edad. Además, acabé de comer cerca de las 4 de la tarde porque mi aún marido fue a atender a su madre, que necesita ayuda con la comida. Muy alegremente quité la cita del gimnasio, después de hablar con mi hermana, con la que eché unas risas a costa de las manías de la gente de Avatar. Resulta que mi hija puso un tono en el teléfono fijo que no hiciera ring ni fuera estridente, y la cambió por una musiquilla como de peli de extraterrestres (no es una coña). Lo cierto es que suena tan bajo que soy incapaz de oírlo, pero ella tampoco porque lleva cascos de cancelación de ruido todo el rato. Total que, mientras hablaba con su tía tuve que pedirle que cogiera el teléfono porque su padre la llamaba. Mi hermana se descojonaba de mi mindfudnes y mis malabarismos para conseguir que este territorio no salte un día por los aires. Menos mal, pensé, que tengo a mis hermanos y al resto del mundo exterior porque si no fuese así iría con mi cabeza bajo la axila. Además, cuando contacto con el exterior, siento que las cosas de Avatar se me pusieron a mi en el camino de la vida porque podía soportarlo. Porque lo llevo con humor. Porque, además, es mi refugio. Mi hogar!

  • Los malos recuerdos

    Ayer tuve al niño enfermo, y sin ser una cosa mortal o grave (rinitis) estuvo muy fastidiado, con la cara muy congestionada, que le derivó en un dolor de cabeza…en fin, que no fue un día ni siquiera para hacer deberes o jugar en familia.

    Siempre que alguno de mis hijos se pone enfermo, se desata en mí una tormenta interior de algo que enterré hace muchos años, como un perro a un hueso, y que cuando estoy en esta situación, mi mente, la cabrona, va alegremente a desenterrar semejante recuerdo para pedirme que, por favor, no me comporte como lo hizo mi padre en todas las ocasiones que estuve enferma que fueron un montones. Y entonces, pensando, evitando ser así, consigo solo una profunda tristeza y un, «preocúpate, por el amor de Dios, no lo abandones!!»

    Fui una niña tan enfermiza que puedo hacer check a toda la cartilla de vacunación y decir: «de esto no llegué a vacunarme porque lo tuve». Llegué a pasar, incluso, la tosferina, que es algo que, ya en los 70s estaba bastante superado. De hecho, no conozco a nadie a quien le diera como a mi.

    Luego tuve una enfermedad muy misteriosa y por la que tuve que pasar por extracciones de sangre mensuales (no sé cómo lo conseguían porque, con cuatro años pesaba 14 tristes kilos). Mi madre me llevaba, se tapaba la cara o salía fuera porque no quería verlo, y luego me invitaba a un helado. No he vuelto jamás a tomarme uno con su galleta y su sabor a turrón. Recuerdo mi falta de resistencia cuando iban a pincharme porque ya en ese entonces, si alguien me hubiera preguntado, si alguien se hubiera molestado en saber cómo estaba le hubiera contestado: «remátame».

    Iba a mi pediatra un montón de veces, y ya, aproximándome a los 5 años, con mi madre muy embarazada de mi hermana, ella misma enfermó de algo relacionado con el riñón. La recuerdo sacar la cabeza por fuera del coche familiar y vomitar de camino a urgencias. Tan mala estaba  que, para mi disgusto, una tarde le dijo a mi padre que me acompañase al médico. Él se negó y le dijo que, ningún padre llevaba a sus hijos al médico. Oh my god! Premio al caballero como el mejor padre! Creo que fue la primera vez que le oí decir que no a mi madre. Ella le contestó que la niña (yo) era de ambos, que ella no podía llevarme porque estaba a punto de parir, enferma y que apechugara. Lo siguiente que recuerdo es a él tirándome del brazo por todo el camino hasta llegar al médico porque éste quedaba tan cerca que se podía llegar caminando. Imaginen el sacrificio!!  Entonces tuve una epifanía y calculé que, si eso era así estando yo jodida, su hija, su retoño, su, como decía el ex de mi tía que mal rayo lo parta, multiplicación, estaba más claro que el agua que yo no le importaba nada. Y en esa revelación me hice la promesa, con cuatro años!! de no tratar jamás a mis hijos así. Eso fue con 4 años. Con unos pocos más y más actitudes de mierda de ese estilo me dije que no quería ser madre. No quería joder la vida a otro ser humano como a mi.

    Por eso, cuando mis hijos enferman, aunque sea de una pollez que sé que no va a pasar de 24 horas yo siento que algo dentro me sube al coco y empieza a ponerlo todo del revés. Es como si tuviera un mono con dos platillos gritándome que haga algo. Ya tengo herramientas para cerrarle la boca y no dejarme arrastrar por la ansiedad, pero es desagradable.

    Cuando acabó el día, me preguntó que si podía saltarse la ducha y, como llevaba todo el día en casa le dije que si. Total que se acostó junto a mi y, antes de conseguir decirme nada, cayó redondo al mundo de los sueños. Yo lo hice de manera atropellada. Me dormía, me despertaba, me volvía a dormir, me volví a despertar para descubrir que llevaba un auricular en la oreja, con su poquito de cable que llevaba a la tablet y que podía haber caído al suelo para romperse, todo ello porque, al dormir, el mono de los platillos vuelve para hacer de las suyas y llevarme al mundo de las pesadillas pero a mi nadie volverá jamás a sacarme de Avatar! Ni de coña!