• Ayer

    Ayer, a pesar de la enfermedad, del dolor de cabeza que atenaza mi pobre cráneo, de que me dolía el cuerpo a raudales, salí a comprar algunas cosas que me hacían falta en casa, junto con mis Avatares. He cedido gustosamente el lado del copiloto a mi hija, y ella, a diferencia de mí, cuando su padre coge velocidad dice «prum, prum» y cuando se equivoca de salida en un parking donde ha entrado miles de veces, le dice: «fíjate!! La salida estaba justo delante de donde aparcaste!!» Y no lo dice de modo sardónico ni crítico. Lo dice con el entusiasmo de quien ha encontrado una perla negra en el fondo del mar.

    Hicimos la compra y, al pagar, 80 eurazos medio carro. Le comento a mi aún marido que debemos mirar otros sitios donde comprar  y él, con el entusiasmo de quien ya ha pasado la enfermedad que ahora me atenaza, me lleva cerca del cole de mi hijo donde han abierto un supermercado nuevo. «Bonito y sin mucha gente» me dice, algo fundamental para los habitantes de su planeta. Al salir del coche, noto el frío y la humedad propios de la zona, y me recuerdo que estoy enferma y que, cuando me dijo de ir, debí decir no. Da igual!! Será un momentito! Tampoco noto frío. Bendita menopausia!

    Entramos, y descubro que, en esa cadena de supermercados donde yo trabajé, se sigue utilizando el que un solo empleado se encargue de la caja mientras los otros, o el otro, coloca mercancía. Aunque la cola de clientes llegue a Tegucigalpa, y me entusiasmó el recordar lo mucho que me curré salir del bip bip bip de la caja registradora. Me vienen los recuerdos de cuando el uniforme era una falda y una camisa y yo, que había dejado de fumar y que solía cenar un ñu, me cogí tanto peso que se me rompió la cremallera de la falda. Ahí aprendí a coser una cremallera nueva, sudando tinta china para llegar a tiempo al curro. Soy una autodidacta a golpe de situaciones de mierda.

    En aquellos tiempos yo era una persona que iba muy a lo mío, que no me importaban los problemas ajenos porque ya tenía con los míos propios  y solo pensaba en cómo salir del atolladero. Ahora, a mis 55, veo un video de un señor enfermo de Alzheimer que reconoce a su mujer y lloro cual Magdalena. Lo que son las cosas!!

    Durante el trayecto de vuelta le hice un par de preguntas a mi hijo y decidió no contestar. Luego,  cuando se le pasó lo que tenía, me pidió un beso, y cual bruja malvada, susurrando en su oído, le dije que no daba besos a quien decide no contestarme. Luego vinieron los «perdona» y los «vale» y nos dimos un abrazo. Y así llegamos a casa. A mi hogar. A Avatar.

  • La falta de tiempo

    ¿Te falta tiempo?

    Carezco de un tiempo precioso que me haga combinar maternidad con ocio. Esta semana sólo he conseguido ir al gimnasio dos veces porque, el miércoles, se levantó el niño enfermo y, desde entonces, he tenido que tachar cosas de mi agenda para poder estar con él. Eso sí, ayer viernes me fui a una comida de trabajo con gente del mismo grupo que el mio. Fui porque ya estaba pagada y porque quería estar con gente que habla mi mismo idioma. Cuando terminó la comida, nos reunimos unos pocos a quejarnos del atropello del Ministerio cambiando la Oficina Judicial. Se acabó trabajar para dos jefes, porque me iré a que me asignen tareas durante la mañana y a sacar trabajo de un juzgado que no conozco de nada, con la premisa de que, cuando elegí trabajar en un sitio y que quedara publicado en el BOE ya no sirve absolutamente de nada. Al jefe supremo le sudan mis derechos a tope. Es más, vuelvo otra vez a los tiempos de la incertidumbre. Qué pasará, que misterio habrá puede ser mi gran noche que diría el gran Raphael. En fin, tontadas de primer mundo!

    Me he levantado enferma, no sé si de alergia, de, ya no tienes edad para salir y hablar con otros seres humanos, o de covid, aunque a este último lo descarto porque la otra vez me dio un fiebrón importante.  Escribo, además, con la ventana de mi habitación abierta de par en par disfrutando del fresquito mañanero, y,  quien ha pasado por una alergia importante, sabe que los síntomas se parten la cara unos con otros. Me refiero al covid y a la rinitis.

    A lo que iba, a la falta de tiempo. Mi hija anoche me dijo que cuándo iba a escuchar las clases de las oposiciones. Me quedé un rato mirando para ella y pensando que, en Avatar, una enfermedad de este calibre, es una chorrada patatera que no impide a sus habitantes hacer otras cosas. Me dijo, a las diez y cuarto de la noche que yo estaba viendo la tablet,  con una congestión importante, y roncando cada dos por tres porque el antihistamínico estaba haciendo efecto, cosas que ella no vio porque claro, en este planeta estar enfermo y jodido solo les pasa a ellos. Yo soy una madre inmortal, creada de sangre de Odín y crines de unicornio. No te fastidies! Tampoco saben respetar que quiero estar a solas, escribiendo, oyendo música o haciendo puenting. Nada! Debes estar atenta a nuestras necesidades y, la mía ahora mismo es la de contarte que me voy a ir de acampada dos días, o que no tiene dinero para comprar lo que hace falta para la comida de hoy. Le recuerdo que tiene padre, pero ella lo llama, en sus morros, papá ausente. Hay que joderse! Mi hijo por otro lado reclamando mi presencia a pesar de decirle que me encuentro fatal. Y así, todo el foco y el peso del día a día recae en mí. Aunque quiera descansar. Aunque me duela la cara y no precisamente de ser tan guapa sino por la congestión. No importa. Debes hacer como Atlas y llevar el peso de nuestro mundo a tus espaldas, lo quieras o no. Sin poder renunciar. Todos los días de tu vida!

  • Medicar sí o no?

    Anoche tuve que esforzarme mucho para relajarme y dormir. Llevo desde que llegué pensando en qué hacemos con mi hijo. Debo hablar con su padre de algo que no quiero ni debo decidir yo sola. Medicación si o no?

    En la primera tutoría del curso, los profesores nos dejaron claro que, trabajar con mi hijo es un infierno con piernas de chaval de 12 años. Demanda continuamente la supervisión de un adulto para escribir o apuntar cualquier cosa. Necesita siempre un punto de apoyo para volar, en un vuelo no muy alto, con terror a golpearse contra algún cristal y caer al suelo. Nos pidieron, no, nos rogaron que lo medicáramos, cosa que habíamos dejado de hacer con buenos resultados. El año pasado suspendió francés (todo muy lógico cuando tus padres no conocen el idioma y no pueden ayudarte) además de tener una adaptación curricular de lengua y de matemáticas con un retraso de dos años. Es decir, está en 1° de la ESO con esas asignaturas ancladas en 5° de primaria.

    La cosa se ha puesto del color de las hormigas porque, el cole, no es una olla en la que pones los ingredientes y dejas que se haga el potaje a fuego lento, no,  el cole es una tostadora en la que aprietas al alumno y le das el calor que necesita para que, al saltar, lo haga igual que el anterior y el siguiente. El cole quiere resultados. Es otro tik tok de la vida, un short de YouTube en el que tienes el tiempo que tienes para ver si los demás te compran. Es así de triste pero es lo que hay. Si no que se lo pregunten a la madre de Edison y verán las risas.

    Dejamos de medicarlo porque era muy delgado y, la medicación, que sirve para relajar el galope desbocado de un caballo, le sentaba como un tiro. Se fatigaba, tenía náuseas, migrañas esporádicas, y, encima, cuando dije en el cole que había empezado a medicarlo, estoy hablando de dos o tres cursos atrás, me dijeron que no se notaba. Claro! se le estaba suministrando una dosis inferior a su tdah, pero no se le podía aumentar sin joderlo, pero era como apagar un incendio a golpe de escupitajos. Luego se le aumentó la dosis y ahí paramos de medicarlo. Estaba obteniendo resultados y conseguía estar en clase sin ser disruptivo, y además, su amor propio estaba intacto. No se subestimaba.

    Este año está en otro edificio, en otro patio, en otra aula, sin transporte escolar (lo lleva el padre que, quien ha tenido uno nacido en Avatar que desconoce sus orígenes sabe lo exigente y chungos que se ponen los progenitores en según qué temas, sobre todo en los curriculares) y ahora va con su padre, al que imagino hablando solo mientras conduce, para luego acordarse que él está detrás, y comenzar a hacerle preguntas del temario. Encima tiene varios profesores, no sólo uno, y, algunos de sus compañeros han ido a parar a institutos públicos porque a estas alturas la cuota es una pasta, es decir, ahora mismo está de luto por tanto cambio y tanta pérdida. Pero no puede volver para atrás y lo que ve delante no le gusta.

    Suelto todo esto y, de verdad que no tengo idea de qué hacer. Hablaré con su padre esta tarde antes de volver a casa, que para todas las cosas tiene una lógica muy propia de quien ve el mundo en formas geométricas y no en ensoñaciones, como yo, que para él soy una junta letras. Necesito esa lógica, no quiero soñar despierta que mi hijo no tiene tal tdah que lo hace saltar hasta acabar bañado en sudor. No quiero imaginar cómo sería su vida si no tuviera semejante problemón, aunque estoy segura que hay por ahí in montón de madres que se morirían de la risa ante esto que me atenaza, que se cambiarían por mi incluso.

    A veces me recuerdo de pequeña, cuando me decía a mi misma: «aguanta, solo aguanta, no te dejes ir, mantente en pie y aguanta». Ahora debo repetirme el mantra con unos años que pesan para que, el tdah no arrastre a mi hijo a un futuro incierto. Qué jodido es tomar una decisión y bendecirla con un «es lo mejor para ti!» como le dijimos a nuestra hija porque no podíamos pagarle la universidad. Es tan difícil decidir algo tan complejo!  Ojalá tomemos la decisión adecuada. Ojalá!

  • Mi casa tiene un gato

    Hace ya unos años, estamos hablando de que mi madre vivía incluso, descubrimos, para su horror, que en la terraza donde uno lee, o en su caso, hacía ganchillo, te puedes tomar algo etc y cuyos cojines son de color blanco, aparecían pelos de gato negro. Lavó los cojines y, tras esto, adquirimos la costumbre de ponerlos  dentro de la casa cuando nos íbamos a dormir. Nosotros al conjunto lo llamamos de manera  pretenciosa el chil out, así que, caer en la cuenta de que era un dormitorio gatuno le quitó brillo al nombrecito.  Mi madre era una maniática de la limpieza y yo, desgraciadamente, muy alérgica al pelo de gato.

    En estos años, cuando vuelvo a la casa, descubro pelo de gato en la mesa de plástico de la terraza, que, encima, es blanca, en la alfombra de la entrada, en un arcón enorme de plástico donde mi madre metía un montón de cosas y que tengo prácticamente vacío, y cuando no es pelo, es algo que ha cazado y cuyo cadáver deja en ofrenda a quien entre por la puerta.

    La casa tiene una alarma porque descubrí con terror supino, que en casas de alrededor, han entrado gente extraña a vivirlas como si fueran suyas. Que es cierto que hay un problema de vivienda tremendo, pero no quiero resolverlo yo con mi propiedad. Pues bien, cada noche, sobre las ocho, la cámara detecta movimiento en la terraza. Se enciende una luz que lo hace cuando alguien, o un gato, pasa por su lado, y la historia se repite por las mañanas. Eso cuando no estoy, pero cuando él sabe que estoy dentro, cambia la hora de venir a cobijarse entre las cosas que ponemos fuera. Me tiene calculada de una manera precisa y matemática.

    Ayer lo vimos por primera vez. Andaba por la cornisa de un edificio que hay en la entrada de la urbanización y mi hijo me dijo:»Mira mamá, el gato!!» Entonces levanté la vista y nos quedamos mirando él y yo un buen rato. Fui a practicar algo que me dijo un compañero y que significaba que podía confiar en mi, pero me quedé viajando en sus ojos amarillos, y me llevó al mundo de los gatos, donde estos se quieren pero son independientes los unos de los otros, donde no existe el no puedo vivir sin ti, donde si partes al otro lado, se te echa de menos pero solo a ratos y espaciados en el tiempo, donde conviven con unos humanos igual de especiales que ellos, a los que no les gusta que les rompas la rutina ni le invadan su territorio. Me explicó que la señora alemana que pasa meses en mi casa, se lo quiso llevar a su país pero que él no quiso y así se lo hizo saber a aquella mujer loca. «Yo pertenezco a Avatar, yo ya he elegido que ustedes son mi familia». Suspiré, en parte por cansancio, venía de la playa con el peque y llegamos oscureciendo el día, y en parte por resignación. «Supongo que donde caben tres cabe también una mascota», le dije, «pero atento! que a mis avatares las mascotas no les gustan, así que tendrás que seguir viniendo a casa como un amante bandido, que diría Bosé». «Hecho!» me contestó.  «Vale, a partir de ahora te dejaré agüita dentro de la casa, comida no que se la zampan las hormigas! Y con ese pacto entre caballeros que diría Sabina, él siguió buscando qué comer y yo me dirigí a mi casa a ducharme, preparar la cena y hacer la croqueta hasta mi habitación. Luego llegaron mi marido y mi hija y, tras decir que el cumpleaños había ido bien, que no se puede ser más escueto, se fue cada uno a un sitio distinto, como el gato, que no ha podido elegir ni una casa ni una familia mejor. Una que respeta por completo cómo es y cómo quiere vivir. Lo mismo que ellos!

  • Esta noche de difuntos

    Estamos en la casa del sur y, después de estos tres días y medio, no volveremos a verla hasta marzo. Hemos venido para que el niño, que no tiene colegio hoy, disfrute un rato de la playa, para limpiar la casa, y para descansar un poco. Aunque la palabra descansar, con tres personas que son de Avatar, es algo que suena a chufla. Cuando salimos de lugares comunes y venimos aquí, se produce un desajuste que me deja los nervios de punta. Por ejemplo, hoy celebrarán el cumpleaños de mi suegra, que fue en realidad el martes, y pretende, mi aún marido, en una zona turística, buscar una pastelería de calidad. Entramos en una que es lo más de glamour en un sitio donde el guiri es el rey, y salió sin ninguna. Cuando mi hija me preguntó, le dije que había rechazado las tartas por no tener forma redonda. Su cerebro no computeriza que, para una señora de 89 años a la que hasta el oro le parece basura, comprar una tarta de cumpleaños rectangular, es solo un peldaño más hacia la decepción definitiva. Da igual cómo lo hagas, siempre lo harás mal a sus ojos. Así que yo le hubiera comprado la tarta con forma rectangular. Para que, cuando la critique lo haga con saña. Y con razón también!

    Como se han acostado todos temprano, se han levantado casi, a la misma hora intempestiva que el niño. Han desayunado, alborotando en la terraza, han hablado, han reído, ha hecho  mirar a su hija reseñas en Google, y luego se han abrazado y besado para volver cada uno a un lugar distinto de la casa. Mientras yo los observo, miro a mi alrededor todo lo que hay que limpiar, escucho a la parejita de canarios en el árbol y recuerdo otros tiempos en los que, a veces, carecías de intimidad porque compartían vivienda hasta tres familias distintas. Mi madre hacía magia con las habitaciones, aunque nunca nadie hizo por ella lo que ella sí hizo por muchos. El nivel de gastos pagos que tuvieron con ella, solía ser de una desvergüenza inaudita. Pero a ella la hacía feliz y, hasta su marido, que tenía dinero pero no ejercía, movía su cartera cual mayoret, invitando a diestro y siniestro. Es lo que tiene vivir con una persona del nivel de encanto que mi madre, que ha conseguido incluso, que aún hoy yo hable de ella en presente.

    Ahora el árbol que hay en el jardín no permite ver el mar en la lontananza, y pienso que debo buscar a alguien que lo pode. Y entonces vuelvo a mis recuerdos. Cuando me levantaba temprano con mis peques, y oía al marido de mi madre ponerse un calzado cómodo, sigilosamente, sin intuir que ya era observado por tres pares de ojos. Se sonreía al verme, le daba besos a los críos, y luego me decía que se iba a dar un paseo largo o corto dependiendo de su nivel de energía. Luego salía sin hacer ruido y lo veía marchar con un andar ágil que no demostraba los años del caminante. Jamás creí que un día no lo vería más, que no oiría la risa de mi madre, ni olería más su perfume que, junto a su cuerpo, daba un aroma singular y agradable, acogedor, como lo era su corazón, como lo era su hogar, y familiar, muy muy familiar.

    Me da una pereza extrema pasar de este estado contemplativo, a levantarme para limpiar esta casa enorme, pero luego pienso en la energía de sus dueños anteriores y se me pasa.

    Esta noche honraremos a nuestros difuntos y no habrá mejor forma de hacerlo que encender velas y recordarlos con cariño. Los guiris van disfrazados y con las calabazas del truco o trato que a nosotros nos la sopla. Yo prefiero el recogimiento, unas flores, encender velas, el silencio de mis labios y la charla de mis recuerdos. En definitiva, quiero homenajearlos como se merecen, teniéndolos en mi corazón hasta que yo vaya a encontrarme con ellos.

  • La llegada

    Ayer, por esto de que en la Península las distancias son todas largas, y a pesar de que salíamos a la hora de mediodía, nos levantamos temprano. Luego, como si no se hubieran comprado la mitad de los recuerdos de Córdoba, todavía entraron a dos tiendas más, a comprar los últimos regalos. Esperamos en la puerta de la tienda y, en el Barrio de la Judería, parar con maletas no es una buena idea, aunque lo hicimos con gusto.

    Buscamos la parada de taxis, que está junto a La Mezquita, esa pedazo de obra arquitectónica que es una maravilla, Patrimonio de La Humanidad, para más señas, y nos subimos a uno de ellos. El señor era de este estilo de personas sensatas, honradas, con una cara de buena persona que tiraba para atrás…y llegamos al aeropuerto con los chacras recolocados.

    Mis amigas, en el apartamento, como llevaban hasta chorizos en la maleta, se preguntaron y se contestaron por la seguridad de un aeropuerto tan pequeñito. Es más chiquitito que el de Granada, que ya, y ellas pensaron que la seguridad sería ligera. Les dije que estaban equivocadas. Mucho guardia civil, mucha policía nacional, en un espacio tan pequeño. Y no erré el tiro. La seguridad es férrea a tope. Tuve que sacar hasta mi alma de la mochila y ponerla en las bandejas. Uno de los guardias, con un gesto, le dijo a su compañera que no apretara tanto. Pero sí, y le hizo un control exhaustivo a una de las amigas, cosa que le perdonamos porque el trato fue exquisito.

    Embarcamos, y como están cerca de las islas, el viaje se te pasa en un pis pas. Cuando me quise dar cuenta, comencé a ver buques cargueros saliendo y llegando a mi isla, pero, antes de verla, me saludó el Teide majestuoso. Entonces supe con seguridad que ya estábamos por aterrizar. Nos metimos en una nube, y, al salir, vimos las cumbres de mi tierra, peladas a causa de ese sol que brilla casi todo el año. Luego ves los barrios costeros, llenos de casas coloridas y, al final, enfilamos la pista de aterrizaje. Ya estábamos en casa. Ya volvíamos a la rutina. No de la misma manera, claro! Ya en nuestro corazón llevamos a una provincia llena de sitios donde se come de lujo y de lugares llenos de historia. Así nos bajamos del avión. Llenas de una Córdoba que ha sabido enamorarnos.

  • Córdoba

    Quitando un par de cosas, Córdoba me ha gustado. Y me ha gustado porque he ido con mis amigas, y porque la he disfrutado con mi hija.

    Al llegar, nos instalamos en el Barrio de la Judería en un apartamento donde cabían 5 personas, muy coqueto. Es cierto que escuchas a turistas, caballos, parejas que aprovechan la oscuridad de la noche…en fin, que si eres menopáusica, entre sofocos y ruidos duermes intermitentemente. No importa. Cuando vas de visita a algún sitio, dormir está sobrevalorado. En cinco días hemos visto sus cuatro Patrimonios de la Humanidad, y todos nos han encantado, aunque algunos tuviéramos que intuirlas a través de la destreza de los arqueólogos.

    También hemos comido muy rico y nos hemos hecho muchas fotos, sobre todo en los patios llenos de flores que ponen algunas familias al servicio de los turistas. Y aquí hemos descubierto, para nuestra desagradable sorpresa, que el turista actual es un ave de rapiña maleducado que, para una maldita foto, es capaz de estropear el trabajo de una familia entera y salir, a gritos de la dueña de la casa, como si la culpa fuera de ella por tener tantas macetas.

    En fin, hoy ya vamos de vuelta y yo debo cortar el rollo porque debo terminar mi maleta. Mi hija se ha levantado y me ha dicho que no quiere volver. Misión cumplida. Eso es lo que quería oír de su boca. Que ha disfrutado. Que se lleva recuerdos que la harán mejor persona. O eso espero!!

  • Sobre mí

    Cuéntanos algo que la mayoría de la gente probablemente desconoce de ti.

    Hay muchas cosas que la gente no sabe de mi, ni siquiera mis más cercanos. Por ejemplo, tengo mucho sentido del humor pero no ejerzo. No me gusta llamar la atención y no me gusta ser el alma de la fiesta, sobre todo si he tomado alcohol. No quiero ejercer de graciosa, y no solo no serlo, sino notarse que llevas varias copas, y lo que estás haciendo, en realidad, es el ridículo.

    Tengo un problema con lo de beber alcohol. Siempre he creído que lo hacía en exceso, tal vez porque he llegado a tomar una copa de vino tinto a diario, o dos, y ya a mi eso me parece absolutamente excesivo. Me gusta tomar un vino mientras leo un blog o un libro, en el silencio de mi cocina. En uno de esos pocos momentos que son para mí, siendo observada muy de cerca por mis hijos. Y no me gusta.

    Mi opinión es que debería beber cero cantidades de tinto. No porque vaya a botella diaria, que no, pero que puedo animarme y hacerlo! sino porque he visto en mi familia los estragos que ha hecho el alcohol.  Mi abuelo bebía y, cuando no venía a casa borracho, formaba un espectáculo que solía consistir en tirar y romper algo, o abofetear a alguien, y luego echarnos a todos a la calle. Cuando me dijo mi terapeuta que era por el síndrome de abstinencia, caí en la cuenta de hasta qué punto vivía ese tóxico clavado en su cerebro. Uno ve cosas y las normaliza y no pone nombres. Aquí una abuela, que tenía mi edad, aquí un alcohólico. Yo vivía con ellos, con toda mi familia materna, así que se daba la circunstancia de que, a veces, acabábamos en casa de mis padres, como si, en vez de quedarme porque aquella era la habitación de mi hermana y mía, me hicieran una caridad. Lo que tiene no pertenecer a ningún sitio!  Recuerdo un fin de semana en el que yo estaba con mis padres, y sonó el timbre de la puerta. Fue a abrir mi madre, y, al hacerlo, nos encontramos a toda su familia con cara de circunstancias. Recuerdo también a mi tío, sujetando la jaula de un canario, tomándose aquella situación a la risa, hasta que su mente se quebró en algún punto de todas aquellas situaciones y, con 57 años, sólo dos años más que yo ahora, dijo que estaba cansado de luchar contra aquél monstruo de su cabeza y, sin despedirse, marchó en busca de su madre, que ya había partido diez años atrás.

    No me gusta vivir con muletas. No me gusta apoyarme en algo que no es más que un tóxico. No me conviene porque tengo el colesterol alto, pero luego descorcho la botella y se me pasa. A pesar de que puso a mi familia del revés, a  pesar de que mi madre se reconocía como una alcohólica social y que procuraba socializar mucho para poder ejercer de tal.

    De tal palo tal astilla, me dirían. Pero yo no quiero ser la figurante en la vida de otros. Quiero ser la protagonista de la mía. No deseo ver cómo otros me miran mientras yo hago el tonto sin ser consciente de que lo estoy haciendo. Qué pesados nos ponemos al beber! O qué agresivos…! No me gusta perder el control. Pero claro, estuve tantos años buscando la forma de tomar los mandos de mi vida para no estrellarme, que ahora control es mi mantra, y resulta igual de estresante sostenerlo en el tiempo que flagelarme cada vez que tomo una copa. Me han pasado muchas cosas. Cosas que no puedo contar porque me resultan dolorosas. Por eso el afán por controlar y ser prácticamente perfecta como Mary Popins. El martes me voy de viaje y me he prometido no beber sino refrescos o agua. A ver qué tal me va! Me voy a Andalucía, a Córdoba, y, si me da tiempo, escribiré algo del viaje. Por dejarlo escrito. Para que no se me olvide que he viajado dos tristes veces con amigas y me lo he pasado genial.  Voy con tres amigas y mi hija, y me vuelvo el sábado a mediodía. Así que, si Dios quiere, no acabaremos hasta el parrús las unas de las otras. Que cuando nos hacemos mayores vamos teniendo la patología de nuestras coñas y rutinas. Tenemos tres visitas programadas y luego daremos paseos hasta que el cuerpo de mis amigas aguante. O el mío! Que ya no somos unas niñas…excepto mi hija!

  • Mi hija

    Cuando piensas en la palabra «éxito», cuál es la primera persona que se te viene a la mente y por qué.

    Nacer con un mapa neuronal distinto puede ser una suerte o una desgracia según cómo lo mires. Hay padres que darían todo lo que tienen si su hijo o hija no fuera de la manera que es, muchas veces sin saber que, esa persona, escucha, entiende que se habla de ella, se enfada, se alegra o se entristece por lo que oye a su alrededor, pero sufre metida en una maraña mental que le impide decir lo que le pasa.

    Al nacer mi hija supe que algo iba rematadamente mal, sin saber qué exactamente. Como a esa gente a la que vendan los ojos y luego les lanzan unos contrapesos que deben evitar sin saber por dónde viene el golpe. Tan es así, que, cuando aún no tenía un año, y porque la opinión general era que yo, como madre, no estaba al nivel que se esperaba, busqué un jardín de infancia donde ponerla. Yo no trabajaba pero no daba la talla. Entonces pensé que, con una guardería, podría apuntalar mis terribles carencias.

    Mi hija no hablaba, no señalaba, no mostraba ninguna emoción en su cara y, cuando cambiabas el camino a la guardería, o cuando se sentía frustrada, formaba unos líos tremendos, pero como sus progenitores eran principiantes, y sin saber qué teníamos entre manos, decidimos delegar en «gente experta».

    La guardería resultó no estar a la altura. Estaba dirigida por personas cuyo único currículum consistía en tener muchos hijos. Eran un matrimonio Hasta ahí la experiencia.  Les quedaba enorme mi niña. Tampoco tenían a gente profesional. Recuerdo que una vez, al llegar a recoger a mi hija, pasé hasta su clase, enfadada como un miura porque tocabas a la puerta y tardaban hasta veinte minutazos en abrir. Que digo yo, que dónde diablos estaba el personal. En fin! Lo dicho! Llego a la clase y veo a mi hija rodando encima de un espejo que se encontraba de pie una y otra vez. Le pregunto a su profesora que si considera que mi hija es una niña normal y me pregunta que en qué sentido. «En el sentido de que todos juegan menos ella, que rueda sobre ese espejo». Se ríe. Me dice que eso es normal. La miro y me pregunto cuántos niños habrá tenido en su vida, pero yo, he ayudado con unos cuantos y ninguno llevaba ese perfil. Salgo con la palabra autismo girando en mi cabeza.

    Luego vino el diagnóstico, el enseñarla a hablar, a señalar, a quitarle los pañales, a apuntarla en natación, a quitarle el biberón porque ya tenía 3 años, y porque necesitábamos apuntalar su retraso madurativo, cambiarla de guardería, que fue dificilísimo porque, un niño o niña diagnosticado, requiere de una atención extenuante y no todas están dispuestas a asumir esa responsabilidad y ese gasto.

    En contra de lo que decía su terapeuta, cuyo diagnóstico decía que no era autista, la puse en inglés. Se suponía que el problema que mi hija llevaba tenía que ver con el lenguaje y, ponerla en idiomas era pegarse un tiro en el pie. Me arriesgué. Porque yo sabía que el problema era muy profundo y, hacía años, cuando vi que se apagaban sus ojos y dejaba de mirarme, primero grité y luego juré que, donde quiera que hubiera ido yo iría a buscarla, la encontraría y la ayudaría. Solo quería que fuera feliz. Lo de los idiomas fue un éxito, lo que demostró, de nuevo, que el  diagnóstico no era el correcto.

    Luego vino el colegio, que la acogió a ella y a la loca de su madre que enviaba correos a diestro y siniestro, que daba consejos, que mandaba a la terapeuta a ver cómo se podía encajar a mi hija en un grupo ya formado, con niños que se conocían desde los 3 años. Pedí una profesora en el patio porque captamos abusos por parte de algún chico de clase. Ya ella, sin poder relatar, era capaz de reproducir conversaciones que se daban a su alrededor y que tenían que ver con su persona. Con «te vamos a dar para el pelo» mayormente, y así cortocircuitamos a todos los que lo intentaron, incluido algún profesor peor incluso que ese alumnado.

    Hoy día mi hija habla, señala, aunque cuando tú le haces lo mismo a ella, debes situarte por detrás, girar su cabeza en la dirección que debe mirar y hacer como si tu brazo fuera el suyo para que ella vea lo que quieres enseñarle, hace de comer, tiene un móvil con el que se comunica con el mundo, y ha sido capaz de presentarse a unas oposiciones a justicia sin explotarle el cerebro. Y no lo digo por el estrés, que también, sino porque como se me parece, aunque ella es más guapa, se le acercaron un montón de desconocidos a saludarla y desearle suerte, sin devolver ella ni un exabrupto, producto de la sorpresa de que alguien se te acerque y te achuche.

    Cuando pienso en éxito pienso en mi hija. Porque fui a buscarla, a rescatarla, y resultó que me mostró Avatar y entonces supe que no necesitaba ser rescatada.  Que Avatar era un sitio difícil pero no terrible. Me ha hecho de cicerone y yo hice lo propio con el mundo terrícola. La próxima semana nos vamos de viaje. A celebrar que nos encontramos. A celebrar todos sus éxitos.

  • Anoche

    He tenido una noche de sábado movidita. Mientras esperaba pillar el sueño viendo algún podcast en la tablet, y a pesar de que pongo el volumen medio-alto por esto de que pierdo oído, comencé a oír a mi hijo resoplando detrás de mi. Se movía nervioso y me dio muy mala espina. Me giré y le pregunté qué le pasaba pero, cuando enferma, su mutismo le cierra la boca con una cremallera fuerte y no hay manera de que diga nada. Lo veo que se toca la cabeza. Corro a la cocina por ibuprofeno. Cuando estoy en la habitación, le pregunto si quiere vomitar. Me dice que no con la cabeza. Salgo corriendo de nuevo a por frío, para ponérselo en el coco. Me acuesto a su lado mientras presiono la máscara de frío en su frente. Me levanto y enciendo la luz del baño. Por si resulta que sí vomita. Vuelvo junto a él. Me levanto de nuevo y cierro la puerta porque, su hermana, cuando no está el padre, deja la puerta de su habitación abierta y le puede molestar la luz encendida. Me vuelvo a acostar a su lado. Lo miro como un vigilante a una joya valiosa de un museo. Insistente. Con los ojos como los de un búho. Le pregunto que si se le pasa y me dice que si, pero se sigue retorciendo de dolor y no me convence. Pasados cinco minutos, lo noto quieto. Se habrá dormido? Abre los ojos y me mira. Vuelvo a preguntarle si está mejor y me contesta un «que si!!» en un tono de «qué pesada!!». Me quito el cojín que me mantiene el cuerpo alzado y caigo sobre la almohada. Cuando esto ocurre, el forro que la envuelve comienza a cantarme canciones para dormir. Como un hilo musical. Noto que mi cuerpo se relaja. Abro los ojos a mirar al niño. Ahora está quieto, con la boca un poco abierta, a la espera de un primer ronquido. Me levanto y apago la luz del baño y abro la puerta. No quiero pasar calor. Me vuelvo a poner a su lado. Y entonces sí, entonces caigo por el tobogán de los sueños. Suavemente. Al final del mismo, me espera mi hijo aleteando los brazos y saltando. Con su sonrisa perpetua en los labios. Me dice que me perdona mi salida de tono de hoy cuando, al ir a estudiar biología, descubro que se ha dejado el libro en el cole. Oportunidad perdida para hacer un buen papel en el examen del lunes. Nos abrazamos. «Vamos a jugar?» Le pregunto. Ahora tengo su misma edad y llevo el pelo suelto pero con una pequeña coleta que me sujeta el flequillo. Me mira sorprendido. Tienes el mismo color de pelo que yo!! Me dice. No sabía de la magia de los tintes. Nos echamos a reír mientras salimos corriendo a Avatar, donde los sueños están llenos de buenas personas y lugares maravillosos. Qué bonito es tu planeta cariño!! Le digo. Y el me mira sonriente. «Volamos?» Me pregunta. «Si, volemos…» Pero él enseguida vuelve a despertar. Es lo que tienen las rutinas, y se ha despertado a la misma hora de siempre a pesar de cerrar los ojos a la una de la madrugada. A mi me puede el sueño y deseo volver a él. Dormir está sobrevalorado, me digo. Giro mi cuerpo y salgo de la cama. No hay dolor, no hay sueño, me repito. Lo abrazo y le doy los buenos días. Y nos vamos juntos a la cocina. A comenzar su preciosa rutina.