Hoy debería estar tecleando estas palabras en la terraza de mi casa del sur pero, ayer, cuando vine a casa a darle una vuelta y tomar café, me encontré a mi hija tirada en la cama, encogida de dolor y el sudor perlando su frente. Sabiendo de siempre que tiene unas reglas muy malas y por las que ya se trata, taché de la lista el viaje a la casa y me preparé para dar al enano una noticia tan mala. No soy capaz de dejarla sola en casa con un padre cogiendo la puerta y marchando a sus «quedadas» sin preocuparse ni un gramo por lo que deja al cerrar la puerta. El chiquillo se disgustó pero se lo tomó con deportividad. Es lo que tiene querer tanto a su hermana, que sacrificar un fin de semana playero por quedarse en casa, le es menos duro si se trata de su «bro». Un día tengo que explicarle de dónde viene esa expresión y porqué llamar «bro» a tu hermana no es correcto.
Al cambiarme hasta el humor, cuando volví al trabajo todo fue a peor. Una consulta a la Letrada que trabaja un piso por debajo del mío con un tema un poco raro y una llamada de emergencia porque tenía entre manos un expediente que era un desastre después, me fui a mi casa sin ganas de comer preguntándome como puede nadie trabajar así de mal y dejar semejante muerto a otros.
Durante la comida, el silencio de una biblioteca hace más ruido que nuestros tres cuerpos ayer, decidí que, encima, no me iba a flagelar por lo sucedido y pensé que todos mis comienzos se han puesto del color de las hormigas y que me han dado un aprendizaje enorme. Cierto es que yo querría aprender a pasos cortos pero también lo es que conmigo la vida ha empleado el lema de «siéntate y abróchate el cinturón que el viaje será una carrera rupestre». Bien de aprender a las malas malísimas.
El jueves tuve mi primera tutoría y toda ella se mezcló en un bucle de medicación del niño, que ya está grande para tan pocos miligramos, autorizaciones para medicarlo en el cole recreo mediante, para que dure el efecto hasta la hora de marchar, hablar de lo duro que iba a ser este año, con un profesor que sospecho muy fuertemente que proviene de Avatar, con la misma mentalidad cuadriculada que la de mi marido, con asignaturas distintas y de gran dificultad como puede ser la Física y Química y en definitiva, buscando un apoyo con un palillo de dientes y una toalla bien tupida tapando mis ojos. El panorama pinta desolador pero a lo mejor me equivoco y el enano, una vez más, hace un triple carpado hacia atrás y nos deja a todos boquiabiertos. Todo ello, claro está, con la ayuda de unos progenitores que se hablan lo justito para llegar a acuerdos que tienen todo que ver con que él consiga ir dando pasos seguros hacia un futuro incierto. El primero de todos, pedir cita al neuropediatra para poner en ese cuerpo la dosis necesaria.
Luego está el silencio de mi tía. Su hijo anda pidiendo citas a médicos y ella anda escurriéndose por entre los dedos de la cordura. Lo impresionante es la serenidad del muchacho que ha explicado que la ha visto peor. No sé si con o sin medicación, pero está claro que ahora, lo que toma, se va al espacio sideral y no recorre su organismo. No saber de ella es triste, pensar que, tal vez su hijo pueda creer que estaría mejor sin ella bajo estas circunstancias, lo es aún más. Y mientras todo eso ocurre, yo la llamo cada noche entre mis sueños, a ver si así doy con ella, pero esta vez, como dice mi admirada Luz Casal «yo te esperaré, en la orilla, aunque tú no volverás jamás».