Tener hijos versus no

Hoy he recibido un correo en el que me explicaban que, en un club de lecturas de una librería a la que no he ido nunca, iban a debatir un libro del que no recuerdo el nombre, con su autor al que no conozco, pero al que me gustaría conocer y debatir su libro cual adulta funcional. Rogaban también a los que no fueran a asistir, para que se dieran de baja y así dejar paso a quien esté interesado. El correo me llegó porque me apunté una vez y no asistí por causas siempre ajenas a mi voluntad. En este caso concreto, sí recuerdo el motivo de mi ausencia. El niño.  Quería venir a la casa del sur y yo, como buena hada madrina, le otorgué su deseo, y me quedé sin ver a adultos a los que, como yo, la lectura es algo más que leer la etiqueta de un producto. Pensé que, si no hubiera tenido hijos, ahora mismo ya hubiera dejado al padre y que podría hacer lo que me diera la gana, como lo del club de lectura,  y no salir, por ejemplo, del trabajo, como si me persiguiera un depredador para ir a buscar al crío al colegio. Ese pensamiento estuvo acompañándome como medio segundo porque, si algo sé después de tantos años, es que, tener hijos, es ampliar tu mirada como no lo harías sin ellos. Por ejemplo. Ayer salimos a comer, por fin, al sitio habitual de mi madre en sus vacaciones, y, cuando fueron a retirarnos los platos, lo hizo un chaval que tenía un retraso cognitivo evidente lo que no le impedía ser eficiente en lo suyo. En otra vida, no me hubiera percatado. Ni siquiera iría allí sino a algún sitio que no requiriera coger coche, o sí, porque tendría uno resultado de no dejarme hasta el hígado en pagar terapias, médicos, vacunas…con la salvedad de que mi vida, sin duda alguna, tendría menos colores.

Por la mañana, recibimos la visita de mi hija que vino a traerme unas sábanas que se me habían olvidado  y que quería dejar aquí. Lo hizo porque quiso y porque deseaba ir al restaurante favorito de la abuela y eso bien vale un viaje en guagua. Después de comer nos dijo adiós y volvió a casa porque está enfadada con su padre por algo en lo que ha tenido que ver nuestra no relación actual. Eso, y que su padre está medio sordo y, cuando ella le habla solo escucha la mitad. Así que ella se enfada pensando que la ignora. No tiene razón, pero no voy a meterme en ese jardín.

Por la tarde, con una rinitis espantosa, decidí que, a lo mejor, en la playa, se me pasaba. No. Y allá que fuimos los tres. Me di un baño, me mojé la cabeza a ver si el agua de mar actuaba en mi favor, y me senté a vigilar al chiquillo. Después de la jornada playera, cada vez más enferma, nos fuimos a comprar comida preparada para la cena del enano porque, sin su hermana, en la cuestión cenas queda huérfano de padre y de madre. Me niego a preparar nada cuando he pasado todo el día cuidando que no le falte un deseo.  Su padre se puso de perfil y preparó SU cena. Yo tiré con una ensalada de esas que se venden ya hechas. Mi nivel de mala salud no me permitía otra cosa.

Acabamos los tres cenando en la terraza, donde no corría nada de aire, los tres en silencio, roto a veces por los ingleses del centro comercial que estaban viendo boxeo. Gritaban a los púgiles como si pudieran oírlos detrás de las pantallas gigantes. Mi hijo intentaba ver las estrellas. Su padre estaba a esas horas de vuelta en Avatar y había dejado allí su holograma para hacernos compañía.

De pronto nos miramos el niño y yo. A él venir aquí lo pone muy guapo. Me sonreía y yo, para no decirle que estaba ya al borde de la extrema unción, le sonreí de vuelta. «Eres la mejor madre del mundo» me dijo. «Pelota!» Dijo el holograma. Me reí feliz y le di las gracias. Luego le dije que, conocerlo había sido, junto con conocer a su hermana, lo mejor de mi vida. El holograma se removió inquieto pero no replicó.

Cuando subí a acostarme miré a mi hijo que volvía a su tablet,  una que le he regalado para que pueda hacer los trabajos en el colegio y que a su vez fue un regalo que me hicieron desde la compañía de teléfono. Yo me he quedado con una que tiene poca vida pero soy optimista y estoy convencida de  que durará un añito más. Subí pensando que, seguramente, si no hubiera tenido hijos, esta casa tampoco habría tenido ningún sentido y, mientras subía, la luz de la terraza se puso a parpadear como una loca. Alguien por ahí me estaba dando la razón.

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2 respuestas a “Tener hijos versus no”

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