Esta semana he empezado en el nuevo destino y me ha gustado. De hecho, podría jubilarme haciendo lo que hago ahora y eso se ha notado en las vibraciones que emito al llegar a Avatar. Cero cansancio físico, cero mal humor, 100% de disponibilidad en los «Mira mamá lo que me pasó antes» con los que me asalta mi hija sin haber soltado el bolso. Luego habla mientras me cambio, mientras entro en el baño, al salir de él, en la mesa…y yo puedo prestar toda la atención porque, como digo, estoy sin ganas de tirarme por algún sitio. Además, y por si fuera poco, se ha estado encargando ella sola de la logística alimenticia de la casa porque su padre se limita a comprar la misma comida preparada cada lunes, entre los dos hicieron algo juntos el martes y luego ya comimos sin él en casa. Su ayuda bien merece que yo la escuche con mis cinco sentidos puestos en ella. La última vez que hablamos me dijo que me iba a enviar una documentación para rellenar y pagar en el banco para su matrícula en la universidad. Al final será Derecho lo que haga. Su preparador ha puesto en ella el amor a la ley y yo…yo ahora mismo me rompo por las costuras de orgullo.
Luego está el enano (voy a tener que cambiarle el mote porque ya está a la altura de su hermana). Tuvimos una primera toma de contacto en la que le expliqué cómo había sido nuestro verano. He aprobado con nota. También le expliqué que ya empezaba su desregulación producto de que ve asomar inexorable la vuelta a la rutina que es otro follón. Cuando lo has hecho tan bien que no echa de menos nada de lo anterior, volver a ello es como comer coles de Bruselas. Puede ser muy sano, pero también indigestas.
Los 45 minutos se fueron muy rápido porque había mucho que contar, todo buenas noticias, y nos echamos unas risas a costa de las mentiras de mi hijo para no acudir ese día. Poco antes de entrar me dijo que tenía 35 de fiebre y a mí la risa me duró hasta que tuve a su terapeuta delante. Al salir, me dio un abrazo apretado, de esos que te rellenan el alma de una energía que sabe que vas a necesitar íntegra para lo que se viene a partir de ahora. Nuevos profesores, nuevas asignaturas (como lo es Física y Química) quiero buscarle, además, una actividad donde se relacione con sus iguales, porque cada vez habla menos y más bajito, todo ello agitado que no mezclado con su padre y yo desconectados el uno del otro, lo que significa que tendré que afrontar todo esto yo sola porque ninguno quiere dar el paso de soltar los 38 años que llevamos juntos.
Cuando llegó la noche el chiquillo se acurrucó conmigo, como hace siempre, me miró con esa mirada brillante y feliz que tiene y, con una sonrisa me dijo que, cuando fueron a informarse su hermana, su padre y él sobre la Universidad a Distancia, se encontraron a cuatro profesores entre los que se encontraba su profesora de Inglés y el de Biología. Lo miré asombrada. «Buah! Qué mala suerte no?» Dije riendo. Su padre apostilló que ambos dos se habían puesto muy contentos al verlo, «no como él a ellos» siguió. «Hombre! Lo inesperado no es algo bueno para un autista!» dije. Miré a mi hijo y ya estaba dormido con la sonrisa aún en su cara. Entonces cerré los ojos y me lancé detrás suyo en el tobogán de los sueños felices.