Ayer comencé a tener un dolor en el bajo vientre, como si mi cuerpo se estuviese preparando para una menstruación de esas que luego me duraban 16 días y es muy curioso porque, acto seguido, mi hija sufrió una migraña preludio de la suya que sí existe y que es bien dura además.
Como soy mujer serena, pensé que mi dolor era señal de enfermedad chunga y, tras enumerar los síntomas, he descartado el dengue y la fiebre tifoidea. El resto de enfermedades cuadra con los síntomas de ayer. Además, tomé una ducha con agua fresca y, al sentarme en la cama a poner el móvil en modo avión, comencé a chorrear sudor como si acabara de hacer deporte. Bueno no, haciendo gap que yo no soy de sudar durante los ejercicios. Curioso! De ahí a asumir que me hundo cada ves más en este «tomatón» que diría Candela Peña, y que necesito visitar un ginecólogo cuanto antes a ver si me alivia, ha sido todo uno. Debo mirar el último informe ginecológico porque ahí me mandaba la doctora unas pastillas y unas pautas que ya no recuerdo pero que seguro que eran útiles porque la muchacha, además de encantadora, es muy profesional. Tampoco recuerdo dónde está el informe. Voy fetén!
Me he venido al salón en busca de fresco y estoy deseando que mi aún marido se levante para abrir las ventanas de mi habitación y parasitar allí. Tengo al peque justo enfrente. Lo miro de soslayo mientras él está con el mando de la tele en la mano, en calzoncillos, ojalá ser él! quedándose dormido a pesar de que suena Thriller de Michael Jackson, y comparan a éste con su sobrino que hizo una peli. Yo no estoy al cabo de la calle y veo con asombro el parecido y el trabajo de mimetizar su imagen para ser su tío y me parece lo que veo algo asombroso. Miro la figura de Michael, tan delgado siempre, y siento una pena enorme porque odio saber que tuvo una muerte tan prematura por haber sufrido malos tratos y no haber podido superar ese dolor de la infancia. Es triste siempre el dolor infantil.
Miro de nuevo a mi hijo. Ya me está haciendo saber que no quiere que esté allí. No quiere que me asome a lo que ve en la pantalla del televisor. Mi hija me hace igual. Aunque esté viendo videos de gatitos, si me acerco, baja la pantalla para que yo no mire lo que está haciendo. Me levanto. No sé dónde ponerme. El dolor de ayer se une al de espalda de hoy. Definitivamente, si no voy al gimnasio cuatro o cinco veces, el fin de semana lo paso fatal. Salgo de esta aplicación y me agendo dos clases mañana. Tengo pendiente agendar otra el martes y volvería el miércoles pero una amiga se ha ofrecido a darme unas prácticas con el coche para que coja independencia y vuele sola. Es lo mejor que tiene mi trabajo, la gente que he conocido en él y las amistades que he hecho. Ya contaré si no caemos las dos al muelle emulando a Thelma y Louise!
Vuelvo a recostarme en la cama. Mala idea. A los cinco minutos me falta el aire del calor. Me siento en la cocina donde corre fresco porque está abierta la ventana del salón. No son las 9 y ya estamos a 24 grados. Escribir esta entrada me está suponiendo hacer una especie de circuito del hogar que me tiene agotada.
He pasado por la habitación del niño donde el caos reina a mansalva. No se puede pasar sin pisar papeles. Su padre dice que va a despejar hoy todo lo que tiene en ese cuarto que le pertenece. Soy una Santo Tomás femenina. Cuando lo vea lo creeré.
Vuelvo a mirar a mi hijo. Ahora aletea las manos y salta sin mirar nada. No está aquí ahora mismo sino de viaje en Avatar que es lo que hace siempre que algo de este lugar llamado hogar no le cuadra. Ahora mismo he sido yo, al ponerme en el sofá frente al suyo. Estoy por llamarlo, abrazarlo y pedirle que me lleve a su planeta. Se acerca a mi porque ha visto que lo miraba. Nos abrazamos y noto que está fresco. Él me señala, como quien no quiere la cosa que me nota el cuerpo caliente. Como sabe que ahí da en hueso, comienza a bailar para mí un baile que él considera sensualón. No puedo evitar reírme con ganas a pesar de lo agotada que estoy. «Eres un tío listo!» Le digo. Y es verdad lo que digo. Es un chico tan listo que, cuando ha sentido que lo necesitaba ha acudido a mi lado y ha hecho desaparecer, como por arte de magia, todo lo que hace un segundo me tenía acongojada. «Y muy buena gente!» Continúo. Y sigo atrapada en su abrazo sanador un rato más. Ya no siento calor!