Los finales y los principios

Hemos terminado toda la familia con los exámenes de primero de la ESO del niño y estamos esperando resultados cada uno en su categoría, que aquí, todos, hemos arrimado el hombro. No pudimos descansar tras esto, o mejor, no pude descansar porque ante la visita Papal debí atarme los machos bien fuerte. No importa si debíamos permanecer en casa, eso se entendía rápido porque hubo múltiples cierres de vía y, menos para mí, que vivo a dos pasos de mi trabajo y que por ello me pedí el día, ir al trabajo puntuaba doble en esta yincana vital de un día.

Me pedí el jueves por agotamiento y porque sabía que iba a ser duro para mis hijos como así fue. Hubieron tres helicópteros policiales en el aire mientras la figura Papal se adentraba en un barrio chiquito como una uña, lleno de recuerdos de la colonización que se volcó en que estuviera cómodo a pesar de las estrecheces. Después de comer, mirando a los tres les dije que me iba a acercar a la Catedral porque quería ver el ambiente. Me miraron entre incrédulos y sarcásticos y, con sus miradas clavadas en mi nuca, salí a dar una vuelta. Me metí por una calle que da a la Catedral y, cuando ya iba a mudarme a otro sitio y contemplaba el ir aún hasta más arriba, me giro y veo la imagen de Su Santidad en pantalla grande. Tan grande era que parecía una escena de «Los viajes de Guliver» donde él era el gigante que me miraba desde arriba. Ví el acto entre el asombro de vivir un momento histórico y volví a casa. Mi hija a esas alturas andaba mortificada por el ruido de las aeronaves y yo solo podía cerrar las ventanas, darle cariño y aguantar junto a ella. El ruido acabó en cuanto se trasladó a dar la misa a la parte alta de la ciudad que fue en torno a las 7 de la tarde. A esas alturas, mi hija ya casi no podía más.

Al día siguiente, para celebrar la vuelta a la normalidad y el fin de los exámenes, me apunté a un curso de yoga terapéutico. Qué descubrimiento! Era a las 5 de la tarde de un viernes y yo, solo por la curiosidad, no me dejé caer ante la pereza de estar un rato en posturas a las que mi cuerpo, que tiene forma de Playmóvil, no está en absoluto acostumbrado.

Hablamos de los «cuando tenga tiempo» de los «voy a renunciar a esto que resulta ser más importante que yo misma» y caímos en la cuenta que, a cualquier edad, la prisa y el estrés son los dueños de nuestra vida. Luego pasamos a hacer las distintas asanas (único término que conozco del yoga) y cuando acabé sentí una calma que no había sentido en mi vida. Me tomé un té que se llamaba «calma interior» por apuntalar, dije, y tomamos un snack saludable que nos puso el gabinete. Unas cuantas galletas saludables, fresas y agua después pegué la hebra con la monitora porque me sonaba su cara muchísimo y resultó que nos conocíamos ambas de atender a habitantes de Avatar, ella profesionalmente y yo por maternidad. Le conté que solía ir donde ella trabajaba con mis dos hijos a que ellos realizaran actividades con personas que los entendían a la perfección hasta que mi hija se plantó y me dijo que no volvía más porque en Avatar habían personas con mayor grado de necesidades que ella y que de allí sólo conseguía penas. Que le jodía mucho que algunas monitoras, gente voluntaria y sin experiencia, la trataran como a una niña pequeña y no oyente, como colofón a un capacitismo que mucha gente lleva en su haber ante las dificultades del que tiene delante. Y así acabó nuestra singladura por los mares de la asociación. Alucinó muchísimo cuando le conté que, desde el no hablar y no señalar, había llegado a aprobar unas oposiciones y que ahora estábamos centrados en llevar al enano hacia adelante.

Antes de que la monitora y la psicóloga me echaran por pesada, les di las gracias a ambas por el rato tan bonito y agradable, las abracé con gusto, y salí de allí con ganas de quedarme en aquel estado de paz un rato más. Paseé por el barrio, localicé un herbolario que buscaba hacía años porque, sí, el barrio es pequeño pero mi prisa cuando lo transito enorme, entré un instante, ví con sorpresa que se acercaba la hora de la cena en Avatar y hasta allí dirigí mis pasos.

Cuando me acosté no fui capaz de esperar a mi enano con los ojos abiertos y él se acurrucó junto a mí gimiendo porque me iba al mundo de los sueños sin él. Le dí la mano para no dejarlo atrás y no recuerdo más. He dormido con una paz que no había sentido jamás, ni siquiera de pequeña. Me he despertado sin dolores y con la serenidad aún aferrada a mis huesos. Espero que me dure todo el fin de semana. O si no, lo suficiente como para decidir desde aquí cuál es mi próximo paso a dar. Quiero hacer todos los pendientes de «cuando tenga tiempo» quiero priorizarme, delegar, quiero ser madre, si, pero una madre saludable, acompañada de esta paz interior que me invade.

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2 respuestas a “Los finales y los principios”

  1. Querida Ana, qué alegría me ha dado leerte hoy, saberte en paz y con el descanso mental que tanto mereces y necesitas.
    Mi hijo me aconseja mucho sobre el yoga y aunque lo he practicado y me encanta, se marchó el profe que impartía las clases y que me gustaba como lo hacía, era un señor de unos 80 años, pero no puedes imaginar qué agilidad tenía y qué bien trataba a la clase, cuando le cambiaron perdí el interés.
    Me encantaría esa tisana que te tomaste, tiene que ser mágica, eso que a mí no me gustan los bebedizos de hierbas, pero por cómo lo cuentas, ese debe de ser la caña.
    Sigue cuidándote así, Ana, me gusta mucho.
    Muchos besitos y disfruta de este finde ya sin Papa ni jaleos por allí.
    🥰💗🌷

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    • Muchísimas gracias Yvonne! ❤️ yo no sé dónde pillan ese té, pero desde que me entere, te lo paso por un privado. Qué maravilla! Yo también te recomiendo el yoga, no necesitas ser un elástico para practicarlo con permiso de tu antiguo profesor al que, desde aquí, admiramos fuerte sin conocerlo. La visita alemana de cada invierno lo practica y, a simple vista le echas 20 años menos. Otro plus! Un beso y un abrazo enormes! 🤗❤️🥰😘

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