Mi día libre

El viernes me pedí el día con el único propósito de hacer unos recados que tenía pospuestos desde el año del pum. Arreglar el cierre de un bolso, arreglar mi anillo de la perla que se había caído, preguntar por la vacuna de la alergia del rubio en la farmacia, soportar, mientras tanto, una rinitis alérgica que iba en aumento a cada paso que daba, con su poco de drama porque todo el que iba delante de mí lo hacía fumando, cof cof, y, además, ir a buscar un cierre similar para el bolso de marras y que me llevó a tener que utilizar Google y su navegador porque no conocía ni la calle ni la mercería en cuestión. Cuando llegué a su puerta y vi dónde estaba situada, he pasado miles de veces por ahí, me quedé ojiplática. Me compré el cierre completo, volví a la zapatería, me dijo que la solución era una chorrada, le contesté que perfecto pero que iba a un profesional con la idea de no romper el bolso. El artículo lo compré en el mercadillo que frecuentaba mi madre los miércoles. Me costó una pasta pero se convirtió en mi bolso preferido y todo el mundo me decía que era una preciosidad. Salí de allí con el nuevo cierre puesto y con un poquito de moral tocada por lo que me había dicho la empleada. La gente no entiende que si acudes a ellos es porque no tienes ni idea?

Luego salí a comer con compañeros a los que casi no conozco, por esto de repetir el patrón de «soy mi prioridad». Dos colas zero y tres copas de vino con dos dedos de blanco en ellas después me levanté y dije que me iba. Lo curioso fue descubrir que, ahora que ejerzo de soltera, hay hombres a los que les gusto. Algunos de manera amistosa, otros por querer pedirme salir alguna vez…hasta que les digo que tengo un hijo autista de trece años y se les pasa. Como digo, después de algún ruego y alguna pregunta más, cogí las de Villadiego. He asumido que no soy mujer que pueda rehacer su vida en caso de llegar a divorciarme, pero eso, como lo de mi ignorancia respecto a cambiar cierres de bolso, es algo que mis casi 158 centímetros tienen muy interiorizado.

Llegué a casa y ahí estaba el rubio. Esperando a que llegara de la comida para ver su tarta. Dije que llegaría a las 6 y media y lo hice pasada esa hora solo en diez minutos. Ni tan mal! Su padre salió de la habitación con pinta de estar perjudicado. Él también salió a comer con compañeros, aunque él lo hace hasta dos veces por semana y yo una cada cuatro meses, y nos sentamos en la mesa de la cocina. Al abrir el envoltorio y al ver la tarta, mi hijo se quedó boquiabierto. Me había pedido una tarta de chocolate kinder pero me dijo que de esas no se fabricaban. Imaginen su sorpresa al ver que la había conseguido para él y me dio un beso y un abrazo.

Comenzamos a hablar de nuestro día y, cuando su padre se fue de la cocina, le dije no recuerdo qué al niño y vi que no me había entendido. A veces ocurre que tú crees que te oyen y te entienden perfectamente y no es así. Me contaron una anécdota en el que yo le dije un poco seria que lo iba a desheredar. Lo recordé y me acordé de su llanto inconsolable que me costó parar. Me había entendido que lo iba a descerebrar, o lo que es lo mismo, que le iba a quitar su cerebro. Me imaginé cómo debió sentirse y entonces intercambiamos los papeles en cuanto a besos y abrazos.

Me arrastré al dormitorio para quedarme allí, con el purificador de aire trabajando a tope, y aquí un inciso, si eres alérgico a los ácaros y otras coñas, cómprate uno, funcionan! contesté a las últimas felicitaciones, me puse la tablet, y ojeé por encima un nuevo caso de Carles Porta, casos que ponen en Movistar, de una pobre peregrina estadounidense que estuvo desaparecida un tiempo largo. La jueza de instrucción trabajó conmigo y quería ver si aparecía en el documental. Lo hace en la reconstrucción con su imagen pixelada pero es ella. Reconozco su voz en cualquier sitio. Esa voz que me contestó «por encima de mi cadáver!» cuando le dije que su Secretario Judicial buscaba expedientarme. No volvió él a molestarme jamás y por eso trato de buscarla en un documental.

Entonces, en la cama, con la luz apagada, con mis auriculares puestos, sonándome a tope, descubrí que con quien se porta bien conmigo, ocupa por siempre un lugar en mi corazón. La pongo en un altar, con flores, velas y todo lo que haga falta, aunque solo me haya ayudado una vez. Da igual! A los altares! Debo hacerme mirar esta pedrada. Pero esa, será en otro momento. Quizás este próximo miércoles que tengo terapia. Quizás! Tengo tanto que digerir este domingo!

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