El Grado 2 toca en Avatar

Ayer, en un alarde de no se qué, mientras mis huesos cansados acompañaban al peque a la playa, mientras lo miraba bailar como Michael Jackson dentro del agua (Michael Jackson y su música es ahora su interés top) mientras intentaba explicarle que iba a trasladar las cosas a otro sitio mientras él comía papas fritas sin escucharme, mientras lo veía huir de la gente en el agua, caí en la cuenta de que el diagnóstico de mi hijo, TEA grado 1 no es correcto. Convivo con un grado 2 y yo, que he ido a un millón de sitios a oír a un millón de expertos, he descubierto que no he sido nada objetiva con él. Pero claro! Qué esperas de una madre que vive todos los días de su vida por la fuerza que le dan sus hijos? Cómo te conviertes experta en alguien a quien amas? Cómo eres objetiva y precisa como un cirujano? Tan bien digo que él no partió de abajo como su hermana que fue un grado 3 y fue escalando peldaños hasta convertirse en la mujer que es hoy. Él hablaba, señalaba, reía, compartía…pero las involuciones suceden en cualquier momento y a él la adolescencia, sus cambios y entrar en la ESO, le han supuesto un coste grande. Se afianza en sus rigideces, ya casi no habla con extraños, cuando antes en la orilla siempre encontraba alguien con quien pegaba la hebra, y en definitiva, se sujeta con fuerza a lo que aún es inamovible.

Mientras bajábamos a la playa, bordeamos un parque infantil que se reparó por el Ayuntamiento porque allí, subirte a un tobogán era una actividad de alto riesgo. Se quedó quieto, observando. Le dije que qué bonito el parque reparado y él me contesta que no solo eso, que el suelo ya no es el mismo, y sigue enumerando los cambios. Entonces doy un suspiro fuerte y le digo que, algunos cambios son muy buenos y que las cosas no duran para siempre. Me mira y me contesta que es verdad y que él sabe que él y yo un día cualquiera dejaremos de estar mientras yo alucino con esa conversación a metros de la playa, quietos, haciendo un duelo por un parque cochambroso. Entonces le digo que eso será otro día, a otra hora pero que ese momento es para ir a ver el mar, disfrutar, nadar. Está de acuerdo y sigue su marcha.

Cuando llegamos a la playa me froté los ojos por si me había equivocado y estaba en Benidorm. No había sitio para extender una toalla a las cinco y media de la tarde de un sábado. Doblé mi toalla hasta el tamaño de un ladrillo, me arrimé el bolso y nuestras chanclas, y guardé la ropa casi en vertical. Lo vi entrar en el agua, hacer sus pasos de baile mientras yo escuchaba al verlo a Billie Jean, hasta que estiró su cuerpo y entró a nadar. Yo lo observaba desde la orilla pensando en cómo he estado tan gilipollamente ciega. Acudo a Google y leo las características del grado 2 y ahí está mi hijo calcado. Miro al agua y él sigue nadando, ajeno a los balones que caen cerca de él y que no hace por devolver a nadie. Se interna mar adentro. La gente definitivamente le molesta. Voy al agua a remojarme y él se acerca para estar conmigo. Le digo que solo voy a estar un momento porque tengo miedo de que me roben las pertenencias que yo he tardado en detectar su grado, pero detecto a chusma de un barrio concreto de la isla a 200 metros, que no es porque yo sea una miss lady, no, sino porque el barrio ese lo visité muchas veces con mi madre para ver a su mejor amiga. Y cuando has conocido y te has adentrado en sus calles y callejones, al verlos los sientes como ese familiar directo al que debes invitar a tu boda por compromiso, ese que se presenta con sus peores pintas, el que, tras las palabras de la juez de turno invitando a decir unas palabras a los novios, abre la boca y dice que la boda está de puta madre. Ese rollo.

Salgo del agua y me quedo allí sentada pensando en esas madres que, ante la mayor de las evidencias dicen que sus hijos no son así, aunque sí lo son, en una proporción de cabrón el triple de la ceguera de su madre. He estado ciega pero ya se acabó. No es cuestión de hacer nada especial ahora. No voy a sacar una barita mágica y cambiar su mapa neuronal, pero sí enfrentar el próximo curso escolar desde otra perspectiva.

Los hijos, a veces porque son los benjamines, a veces por únicos, por cariñosos o por cachondos, hacen que los veamos desde la única mirada que existe en este viaje maravilloso y terrorífico a partes iguales de la maternidad, que es la mirada del amor, pero, debemos ser cautos y no oír sólo los cantos de sirenas porque detrás de ellos pueden estar pidiendo ayuda a gritos mientras nosotros creemos oír música celestial. Yo ya lo he oído alto y claro. Ahora toca ponerme a ello!

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