• Carta de mi yo de 2030

    Hoy me he levantado tarde. Hacía tiempo que no dedicaba tanto rato a dormir y ahora, a un mes de cumplir los sesenta, lo he conseguido.

    Mi «enano» ya tiene 17 años y ha decidido hacer un grado en educación infantil. Dice que quiere ayudar a los niños que, como él, decidieron que era mejor volar que caminar y ahí está, haciendo prácticas en un colegio donde estoy segura de que lo escogieron por alto, por guapo y por su eterna sonrisa, esa que ilumina esta casa ya de por sí luminosa cuando entra por la puerta y grita: «holaaa!» Tiene una medio novia, aunque cuando le pregunto hace como su tío, me mira, pestañea, y pasa de responderme.

    Mi hija sigue viviendo conmigo. Ya trabaja de tramitadora porque, como auguré hace cuatro años, aprobó y sacó su plaza por segunda vez. Se quedó conmigo cuando su padre, el simio de espalda plateada como le llaman mis hijos, decidió marcharse. Quedamos en no vender la vivienda y él se fue a vivir muy cerquita a donde fue la casa de su madre. Mi hija a veces, al salir del trabajo, para en su casa y comen juntos. A veces no come con ninguno de los dos porque queda con amigas que ha ido haciendo en esa enorme Ciudad de la Justicia. El enano lo lleva peor pero yo le digo siempre que si por algo no nos hemos ido de aquí es por todo el amor que les tenemos su padre y yo. Mi hijo me mira un poco suspicaz y en silencio pero eso es muy propio de su edad. Como decía la canción «volver a los 17, después de vivir un siglo, es como descifrar signos sin ser sabio competente». Eso me pasa cuando hablo con él. No sé descifrar aún sus signos.

    Me compré un coche pequeño para poder seguir visitando la casa del sur y, ahora, lo cargo de maletas, hijos y amigas y nos pasamos el fin de semana no haciendo otra cosa que ir a la playa y comer fuera. Es muy raro, pero así llegó la tan ansiada independencia que anhelaba. A las malas. Pero la lección está bien aprendida!

    Tengo un buen grupo de amigas, de esas que, cuando el simio de espalda plateada abandonó Avatar, estuvieron recogiendo los pedazos de un puzzle que cayó al suelo donde se perdieron algunas piezas. Ya el puzzle no es el mismo, pero hace su función mientras yo, poco a poco, voy creando nuevas piezas que rellenen los huecos que faltan. He de reconocer que, desde que Avatar no tiene a quien se creía líder, yo duermo y vivo mejor. Es curioso! Pensaba que no podría levantar el morro del Boing 747 en el que se convirtió mi vida aquella mañana en que decidió marcharse, pero sí lo hice y ahora, si volviera, no le daría los mandos del avión nunca más. Ahora vive solo, se pidió una señora que viniera a limpiar cada semana, invita a sus amigos, pasan el rato tocando las narices a los vecinos con sus carcajadas, y recibe la visita de sus hijos que le avisan en ese código tan particular que crearon entre ellos. Tiene todo el tiempo del mundo porque se jubiló en cuanto cumplió 60, y, ahí, miró a su alrededor, y descubrió que yo ya no estaba en su vida y, para mi sorpresa, resulta que él tampoco en la mía.

    En un instante se me acabaron las ansiedades, las rumiaciones, empecé a disfrutar del sueño y también de viajar con mis hijos con ojos de niños chicos, explorando todo con curiosidad y respeto. No sabe una la cantidad de maravillas que existen por ahí hasta que no da con ellas!

    Este año planeamos hacer el Camino de Santiago, antes de que yo sea demasiado mayor para cargar con una mochila, aunque el gimnasio está aportando su grano de arena en este esqueleto que me sostiene. Cumplo los 60 en julio, así que llegaremos a Santiago en todo el apogeo de la ciudad. Esa ciudad maravillosa con la que me quiero reencontrar y abrazar al Santo, a ese a quien con trece años abracé como más tarde hice con mis hijos y le pedí por favor regresar. «Te lo concedo» me dijo y yo, he decidido salir a su encuentro.

  • Soy merecedora de todo lo bueno

    Estamos en la recta final de exámenes en el cole del chiquillo y todo se ha convertido en un concurso de estos en los que tienes que saltar mucho y agacharte para no caer al barro. Se juntan días de asuntos del colegio con dos semanas repletas de asignaturas a aprobar, con visita Papal, lo cual reduce hasta el infinito esas dos semanas. No habrá colegio porque no se podrá salir de nuestra casa ya que los actos del Jefe del Estado Vaticano, culminarán a dos pasos de donde vivo. Vamos! Que mi pequeño barrio va a reventar con tanta gente.

    Esta semana empezamos, permítanme que me incluya porque aquí su madre ha echado el hígado, con matemáticas, francés y geografía e historia. En la víspera de este último, el niño y yo nos dejamos la piel, sin yo entender aún que mi hijo está hecho de un entramado complejo y delicado que, ante el menor sobreesfuerzo cae y no lo hace en forma de cansancio sino de migraña. Esa madrugada primero me desperté yo como presagio de mal augurio. Luego me tocó él el hombro quejándose de un fuerte dolor de cabeza. Salí corriendo a buscar la medicina y, tras un rato de ponerle frío, besarlo en la frente, arrepentirme de haberlo exprimido como un limón, se soltó de mi abrazo y abrazó la taza del retrete para vomitar. Luego limpié el desaguisado, me arrastré a la cama, y volví a abrazarlo como un náufrago a su tabla. Para que ese pequeño me salvara a mí, para transmitirle que todo estaba bien y que le dieran mucho al examen. Al día siguiente informé de la noche toledana al colegio y cuando volvió a casa me dijo que le habían dividido el examen. El lunes lo terminará. Y si suspende no pasará absolutamente nada porque aquí lo único importante es su bienestar y donde ponemos el foco aquí en Avatar.

    Luego me fui a un taller creado por el gabinete a donde acudo a terapia que, básicamente, consistía en presentarte unos productos para la piel, veganos, y a los que yo no tenía el placer. Iniciamos el taller con una meditación guiada y nos pedía mi terapeuta que nos reencontráramos con nuestro yo del pasado, un yo «de cualquier edad» nos dijo. Yo salí pitando a abrazar a mi yo de cuatro años, a abrazarla como nadie había hecho hasta entonces, a besarla como tampoco había sido besada, a decirle lo guapa, lo lista, lo tranquila que podía estar porque resultaba que ella era yo y que iba a conseguir un montón de cosas bonitas y buenas. Luego me despedí de ella, me giré, no sin antes decirle que era una persona maravillosa, y abrí los ojos. La chica junto a mí lloraba y no me resultó extraño porque en ese instante caí en la cuenta que jamás se puede volver atrás, y eso, aunque es propio de la vida misma, es un asco.

    Salí de allí en flotabilidad, llamé a mi hermana a la que le dí las felicitaciones porque mi sobrina ha sacado unas notas dignas de lo que se curra sus estudios, y después de ponernos un poco al día de lo divino y de lo humano, entré a comprar tres paquetes de café molido, no de fábrica, no, molido delante de tus barbas, por el que pagas un precio razonable por un producto que te entregan en unos envases maravillosos y me fui a mi casa sintiéndome merecedora de ese capricho. Entonces recordé que mi hermana y yo hablamos de un taller que iba a dar una figura top del panorama de la psiquiatría, y ella, cuando me dijo el precio, me oyó decir que qué caro. Si tenemos en cuenta que pagó más por ver a un grupo coreano que le encanta a su hija, pagar ese dinero porque ella considera que se lo merece y que es bueno para su bienesta el qué caro debí sustituirlo por un «cómpralo que te lo mereces!»Nada es caro si te da gustito, si te da felicidad, si consideras que te lo ganaste y ya te digo yo que aguantar a compañeros (algunos) y jefes por un sueldo te hace merecedora de todo lo bueno. Con moderación, claro está, porque el sueldo es finito, pero creo que se me pilla lo que quiero decir.

    Al llegar a casa abracé a mis hijos, me disculpé porque con la vorágine de la semana me equivoqué en la hora de su terapia, y me preparé mi cena. Al levantar la vista, vi a mi aún marido mirándome con cara de que algo dentro de él se estaba resquebrajando a pesar de su pose de tío duro y borde que lleva enseñando hace meses. Alcé mis cejas, le pregunté que si se le ofrecía algo, ante su negativa hice una broma, y me tomé la cena sin volver a acordarme de su persona. No quería recordar que ante actitudes de mierda de otros, tu autoestima se va a tomar vientos y yo la necesitaba cerquita de mi. Disfrutar del yo me lo merezco todo porque sí, porque soy válida, porque he conseguido un montón de cosas y aunque no fuese así, aunque fuese una ameba, seguiría mereciendo todo lo bueno.

    Le dije al peque que se duchara, que estaba muy cansada y que me iba a la cama. Cuando me deslizaba al mundo de los sueños llegó él y se abrazó a mi. Yo lo acogí como a una de mis personas favoritas y no como una tabla de salvar nada. Y, abrazados los dos nos fuimos juntos a Nunca Jamás.

  • El triunfo del amor

    Hoy es el cumpleaños de mi hija. 21 añazos ya! Qué rápido pasa el tiempo! Aún recuerdo que andaba viendo CSI Miami y empecé a notar una molestia un poco extraña. La molestia se empezó a repetir cada quince minutos y, cuando llegó su padre le dije que avisara en el trabajo que no iría al día siguiente. Sabía que estaba de parto.

    Supe igualmente que algo no iba bien cuando me la pusieron encima al nacer y ella se arqueó para no vivir aquel momento piel con piel o como cuando, ya en casa, comenzamos a convivir ella y yo. Por aquel entonces su padre sólo pudo coger un mes entre permiso y vacaciones y, cuando nos quedamos solas, no pude sino sentir una pena inmensa porque no conseguía vivir la maternidad que había leído en tantos libros.

    Después vino el momento de decírselo a su padre que me pidió que dejara de buscarle tres pies al gato. Luego, ya en la guardería, preguntar a su profesora si no notaba algo extraño a lo que solo le faltó contestar que a mi. Más tarde a la familia, que me indicaron que, efectivamente, yo era el problema. Que algo hacía mal y yo solo quería saber qué debía hacer distinto para corregir mi error. Hubiera cogido un bidón de gasolina y me hubiera prendido fuego si con ello se solucionaba el problema.

    Un día noté que se había apagado su mirada y entonces grité y le pedí que volviera mientras ella se alejaba a no sé dónde y yo rompí a llorar. Así me encontró su padre. Un médico, una baja y muchas pastillas después decidí ir en su busca. Primero con ayuda de sus terapeutas. Luego comencé a volar sola, oteando el cielo y la Tierra, gritando su nombre, esperando que al oírme me contestara «qué» como así ocurrió al final. Entonces le pedí que sujetara mi mano, que no se separara ni me dejara fuera de su vida nunca más.

    Mientras caminábamos juntas, descubrió que era autista y me pidió que le explicara qué significaba eso, descubrió que no sería hija única, comenzó a querer hacer los deberes sola, a caminar delante de mí simbreando su cuerpo a golpe de terapias. Descubrió también que yo me partía los cuernos estudiando para entenderla, para ayudarla, y me pidió que dejara de hacerlo porque yo ya lo hacía todo bien..

    Han pasado 21 años y ahora ella es toda una mujer, alguien hermoso por fuera y por dentro, una mujer trabajadora que en dos años consiguió su plaza, una mujer, en definitiva digna de admirar aunque ella, a sus 21, no se considere admirable.

    Me alegro de haberla encontrado, de haberla traído de vuelta, de conseguir que fije su mirada en la mía, de parecerle la mejor madre del mundo aunque yo solo haya hecho lo que he podido. Me alegro de haberla traído a este mundo inhóspito que no se la merece, pero en el que ella se ha ganado su derecho a estar, su derecho a ser, con todo su esfuerzo, con todo un trabajo…y qué trabajo! Creo que en toda esta historia ha triunfado el amor que nos tenemos y, por eso solo todo ha merecido la pena. Felicidades mi niña linda! Te quiero con todo mi corazón! 💕

  • Los consejos

    ¿Cuál es el consejo más profundo que te han dado? ¿Lo seguiste?

    Me han dado tres consejos importantes dos de las personas a las que yo más quiero y, por supuesto, precisamente por eso, los he seguido los tres. El primer consejo vino de mi tía más querida. Por aquellos años, yo era soltera, pasaba una temporada vital con mi madre, que duró unos meses, trabajaba en un restaurante de comida rápida y tenía una depresión tremenda. En ese restaurante había un día, los martes creo, que venía el camión de mercancía y estábamos descargando aquella máquina hasta las dos de la mañana. Primer día que me quedo hasta esa hora y, al salir e ir a la estación de tren, me informan para mi horror que el primero hasta la playa sale sobre las seis de la mañana. Mi alma abandona mi cuerpo y grita despavorida por toda la estación. Salgo, y me dirijo sin rumbo fijo por la calle en la que trabajaba, mirando las marquesinas de las guaguas mirando alguna que fuera a mi destino. Tengo la suerte de cruz. Veo llegar a una patrulla de la policía nacional y paro el vehículo con un gesto. Me dicen que suba y me llevan hasta la Plaza de Catalunya y allí me dicen que pregunte. La gente acaba de verme bajar de un coche patrulla y a esas horas. Mal rollo lo de preguntar. Todo el mundo pasa de mi cuerpo serrano. Se para una guagua y el chófer me dice que él no, pero que va a llevarme hasta la parada que sí. Me deja en un descampado sin luz de esos en donde muere la primera de las chicas tontas de las pelis de terror de cuarta y con un tío con mala pinta. Veo llegar la guagua y nos subimos el chico y yo. Resulta que no tiene mala pinta, es solo que está reventado del curro porque en ese descampado solo hay almacenes. La última parada era en el pueblo situado a kilómetros de la playa, ergo de mi madre, ergo vete buscando un banco donde dormir en febrero, con un frío pelón, con un abrigo rojo que era la única alegría de aquella situación. Me había quedado sin dinero, no tenía móvil, no existían o eran solo para ricos, y no podía llamar para que vinieran a buscarme porque habían cabinas pero funcionaban con monedas. Una pareja me dio el dinero para hacer la llamada y vino mi madre en su coche cochambroso, regalo de un vecino que le daba autonomía de su segundo marido. Cuando conté mi aventura por la mañana, mi tía me dijo: «siempre debes llevar dinero por si una emergencia, un mapa por si te pierdes y las llaves de casa por si te quedas tirada, y mirando al marido de mi madre siguió, «que siempre hay algún cabrón o cabrona que te puede dejar tirada en medio de ningún sitio». Capté el mensaje.

    Su segundo consejo vino cuando preparé mis primeras oposiciones en una academia que resultó ser un chasco. Presenté mi solicitud para el examen y me olvidé porque creía que la academia iría avisando de si habían salido las listas de admitidos, fechas de exámenes etc. Nop. Cuando fui a mirarme, había sido excluida sin posibilidad de reclamación sino por la vía contenciosa. Mi aún novio y yo tuvimos una bronca monumental porque él decía cosas muy desagradables sobre mí, yo me defendía, pero en realidad pensaba que todo eso que él decía era verdad. Ese fue el eje sobre el que giraba nuestra relación hasta que le expliqué mis límites. Y uy! Qué sorpresa! Ha dejado de hablarme! Qué pena y qué horror!

    Cuando se lo conté a mi tía me dijo: «de las cosas importantes no delegues en nadie. Si algo te interesa, tú y solo tú te debes encargar de todo». Y así hice. No he vuelto a delegar en nadie. Malo también ser muy radical que, con mi madre en el hospital, presenté una documentación de forma errónea y me ayudó una amiga porque me fue imposible hacerlo a mi. Y sí, existe gente buena y válida que te echa una mano y te acompaña. Solo tienes que salir de la desconfianza.

    El tercer consejo llegó después del diagnóstico del pequeño. Que el neuropediatra nos dijera que todo se debía a la genética, señalando a mi aún marido o a mi, mientras yo colocaba las piezas que me faltaban en nuestro puzzle vital y todo me cuadraba, decidí que me divorciaba. Tanta perfección, tanto poner el dedo en que su familia es santa y la mia pues ya ves, todavía vivir el luto por el suicidio de mi tío, me hizo alejarme de él como de una peste.

    Salí a pasear con mi madre y ella me pidió que pensara si lo dejaba todo por las razones correctas o porque yo quería dejar Avatar y dejarlos a todos en su planeta y largarme a vivir mi vida. Que Avatar tenía sus desventajas pero, que si lo miraba de bien cerquita y veía todo lo bueno, no iba a querer marcharme. Lloramos mucho y elegí estar presente en la vida de mis hijos de una manera más resiliente. Y aquí seguimos!

    Es curioso pero, este último consejo decidí aplicarlo al trabajo y mirarlo desde más cerca. Ver todo lo bueno, que lo tiene y ayer, en voz alta dije: «somos un equipo que no tiene a ningún gilipollas entre sus filas!». Entonces una compañera me miró y me dijo: «Bueno, bueno, aún no hemos hablado de tí!» Y todas nos reímos a carcajadas. He estado sumida en la queja y hacer eso no es bueno para ninguna convivencia. Uno debe mirar todo desde bien cerquita y, como dijo mi madre sabia, mirar todo lo bueno incluso, de lo que no lo parece a simple vista!

  • Una cosa cada vez

    Este está siendo mi lema desde que empecé a caer por la pendiente de la tristeza. Me sentía quemada, agobiada, sola, que, si tenemos en cuenta que mi madre era mi mejor amiga en el mundo y que he tenido que distribuir ese amor que sentía por ella entre otras personas que, sin ser lo mismo, también merecen tener un hueco en mi corazón, sin ser ni de lejos lo mismo, pues todo hace un cóctel de esos que te arrastran suave hacia donde te quieren llevar y te escupen en una resaca de las malas a la orilla de una playa.

    Total, que, echando mano de mi fortaleza, esa que me ha sacado de más de un jardín y a la que he dado vacaciones, decidimos, entre las dos, que ella se iba a un spa mientras que yo, este ser vulnerable que escribe, dejaba de sobrevivir sola y pedía ayuda.

    Ahora estoy un poco mejor. Me ha costado digerir que muchas de las cosas que hago son decisiones que tomo para demostrar al mundo que puedo sola. Y, siendo eso verdad, lo es también que, con ayuda, las cosas fluyen de mejor manera. Y si debo hacerlas sola, puedo contarle a alguien que estoy hasta los topes, o que podría hacerlo sin ayuda pero que prefiero compañía. El sábado pasado, por ejemplo, salí a comprar dos aspiradoras para la casa. Una tiene un sistema de limpieza de colchones y la otra es para que, ella solita se ponga en marcha cada día, sin testigos. Quedé con mi tía más pequeña que es en cosas tan de diario como esas bastante más eficaz que yo. No quería que ella decidiera por mí, pero no deseaba hacerlo sin ayuda, sin oír a otra persona, sin anécdotas, sin risas.

    Ella acudió triste por mi salida del grupo familiar y, después de hablarlo, de preguntarme si estaba bien, si necesitaba algo me dijo que el grupo estaba triste. No me acordaba que estuvo años sin hablarse con mi madre y el peso de esos años vividos sin ella, más el hecho de que, mientras mi madre se iba, lo hacía también su suegra que falleció pocos meses después, han hecho que ya no desee ningún conflicto más, ninguna arista. «Sólo quedamos cuatro gatos» me dice. Y es cierto. Somos muy mayores para gritarnos un «No te ajunto» que decíamos en nuestra infancia y que arreglabamos antes de dormir.

    Ya no vale la pena enfadarse. Sobre todo con gente que te vio crecer, que jugó contigo, que no te conoce, pero que ya no te importa porque como dijo ella, «somos cuatro gatos». Y con ese soporte se fue mi madre. Y con el mismo soporte me iré un día yo. Entonces me acordé de Avatar y sentí mucha pena. Quién será su soporte cuando yo no esté? Una cosa cada vez. Vayamos a ello cuando toque. He vuelto al grupo familiar. Para ir poniendo las bases a ese soporte.

  • Los pequeños placeres

    ¿Qué placer sencillo de la vida te da alegría?

    Después de que mi madre se fuera, o un poco antes incluso, descubrí, a golpe de sorpresa desagradable y desgarradora que había que disfrutarse todo como si de tu último día en la Tierra se tratase. Saber que mi madre se iba lo fuese yo a aceptar o no, a soportar, o no, me puso en un punto vital muy distinto hasta el de entonces. De la vida hay que disfrutarlo todo, que ya si eso, y con permiso del destino, te encuentras con la desagradable sorpresa de hallar tu camino lleno de fango. Y entonces tendrás que fajarte, y ponerte botas, y andar con cuidado no sea que te rompas la crisma. Hasta que el fango se convierte en carretera y todo se vuelve mucho más fácil.

    A partir de ese momento, comencé a disfrutar, por ejemplo, de despertar junto a mi hijo, mientras él me acerca su cara para que la bese. No para besarme. No. Eso lo deja para situaciones extraordinarias. El ritual de levantarme y prepararme un café mientras recojo los cacharros fregados la noche anterior. El silencio que llena esa secuencia, a veces roto con la aparición de mi hija, en calcetines, porque no soporta ir descalza, con su pijama, diciéndome que le duele alguna cosa, pidiéndome consejo mientras a mí se me va el alma por la puerta de casa. Qué mal se pasa cuando un hijo enferma!

    Me voy al trabajo, organizo mi día, y me lanzo a saludar a mis antiguas compañeras que están dispersas como una gran diáspora en pro de una mal llamada eficiencia. Es el único momento que disfruto ya de mi trabajo. Lo demás suena a pesadilla. A estar condenada a un trabajo forzado que no respeta nada de lo que se pactó en su momento. Es como pasar de trabajar en un estudio de arte a hacerlo en una cadena de montaje. Si te caes, ponen a otra persona y punto. Y tú pasas al vacío que es una palabra que empleaban los japoneses para hablar de la muerte en el libro «Shogún». Pero tengo buenas compañeras. Y me conozco gente a la que aprecio un montón y a las que veo mientras voy en busca de un montón de expedientes que sacar del archivo. El que no se consuela es porque no quiere!

    Llegar a casa, que mi hija salga a saludarme con un beso y un abrazo, cosa que tampoco pasa siempre, está también entre los top cinco de momentos del día a disfrutar. Comer con ella mientras me mira y me sonríe, cosa que dudé que sucediera nunca cuando sufrí su infancia, es otro momentazo. No veo nada de aquella niña que corría despavorida por la casa mientras se preguntaba dónde estaba Avatar. Contarle las pocas anécdotas que traigo del trabajo, intercalando las vividas por ella durante la mañana, con tranquilidad, sin prisas por acabar de comer, me permite coger fuerzas para una tarde llena de terapias y gimnasio, todo ello mezclado pero no agitado con mil y un recados que te impone el día a día.

    Cuando voy al gimnasio, cuando estoy levantando peso mientras me pregunto a qué ataque zombie me estoy preparando, cuando comienzo a sudar y pido la extrema unción, descubro algo en mí que nunca creí que existiera. Una mujer que, con todo, disfruto de la actividad y que, con ella, voy consiguiendo igualmente un cambio de mentalidad muy chulo. Sufro sí, pero salgo tan agustito. No como el del ex torero, no, sino como una persona que hace eso porque ha decidido tratarse como un templo. Uno pequeño y un poco desvencijado, cierto, pero con cimientos fuertes. Como los heredados de mi madre.

    Luego llego a casa, paso revista a la tropa, mi enano sale del salón saltando y agitando las manos, y viene para que lo bese en sitios que él permite. Una mejilla, el pelo, o, tal vez, solo quiera un abrazo. Da igual! Tú llegas a casa sudando, cansada nivel Dios, hambrienta, y solo quieres comer algo y rodar hasta tu cama. Previa ducha y mi posterior encreme, que, con la postmenopausia tu piel se vuelve seca como jamás en la vida. Te aplicas crema porque hasta las axilas, esas grandes sufridoras, te duelen a causa de la sequedad. Y te hidratas. Y apuntalas. Mientras observas cómo el templo comienza a desmoronarse por otro lado. Recuerdo las palabras de mi madre. «Ponte de perfil como Nefertitis, no mires!» Y sigo su consejo.

    Desde mi dormitorio, doy la orden para ducharse, me arrastro a la cocina por última vez para dar la vacuna de la alergia al enano, vuelvo a girar hasta caer en la cama, y oigo a mi hijo colocarse en el centro. Luego, un último abrazo, hasta que se queda dormido, y yo me vuelvo a girar para vivir el único rato para mí. Me elijo una serie, me veo un capítulo, y me deslizo al mundo de los sueños. Ese en el que tu madre y su marido siguen vivos y tus hijos no viven en Avatar. Vivir esa maternidad, aunque sea en sueños, es tan real, que, cuando al día siguiente me despierto, busco por un instante en mi hijo el muchacho soñado. Pero luego recuerdo a Calderón diciendo eso de que «la vida es sueño» y entonces…se me pasa!

  • A mi fortaleza

    Querida fortaleza! Llevas muchos años sosteniendo este cuerpo de menos de metro sesenta, sujetando con andamios hechos de abandono, tristeza, desesperación, angustia y una pizca de no pertenencia. Has hecho de mí la mujer que veo reflejada en el espejo, esa que no se sonríe porque no se siente válida. Ese ha sido mi problema. Sentirme válida hubiera requerido estar a gusto en mi triste pellejo y no ha sido así. Por eso decidí en varias ocasiones que no importaba si no estaba presente en la vida de nadie, como si mi simple presencia no fuese suficiente, entendiendo estar con cosas que no eran reales.

    Tú siempre has estado ahí. Me aconsejaste que estudiara mucho, que así evitaba el contacto con los demás y me hacía «una mujer de provecho». Me mantenías despierta toda la noche planeando el día siguiente. Me hiciste una superviviente pro máster y me aconsejaste que, ante los jaleos que formaba mi abuelo, tuviera el uniforme y la mochila del colegio en modo huida. Para salir en cuanto las cosas se pusieran feas y fueras a dar con mis huesos en casa de una tía de mi madre, de un vecino, que en cuanto oía los gritos, entornaba la puerta de su casa, o peor, en casa de mis padres, y ahí, el sentimiento de tristeza se volvía opresión.

    Me has sostenido cuando me dijeron que mis dos hijos, esos dos chicos increíbles que yo creía fuera de todo mal. «Qué van a estar fuera de las cosas de la vida, idiota!» me gritó ésta muerta de risa, y yo, una vez más, me ayudé de ti para escapar de la pesadilla. Gracias a tu ayuda he ido a mil congresos, tres millones de cursos y he rebatido a un montón de gente autoproclamada experta por la universidad del ego. Has hecho que los taladrara con la mirada y me has puesto en los labios la respuesta exacta en el momento correcto.

    En estos momentos, con un casi ex dando por el saco y como si fueras un jefe de pista de un circo, has anunciado que voy a salir adelante dando un triple mortal que consistirá en tirar para adelante con niños, terapias, trabajo, casa y todo lo que eso conlleva. Que voy a dejar al mundo ojiplático tirando del carro, como siempre hago, pero ahora en soledad, porque mi aún marido ha decidido estar solo para lo estrictamente necesario, y eso supone hacerme viuda sin serlo. «No importa» me susurras. «Nunca has necesitado a nadie». Pero sí que hubiera necesitado, solo que no he querido verbalizarlo, por no molestar, porque no me he creído merecedora de tal ayuda, porque en realidad, dentro de mí, solo hay una niña pequeña, con sus botas ortopédicas, sus coletas, su sonrisa amplia a pesar de los años y los daños, que siempre ha estado hambrienta de cariño.

    No me despido de tí, faltaría más! Eres parte de mi y me sigues haciendo falta pero, a partir de hoy, voy a echar menos mano de tu ayuda. Voy a mostrar mi vulnerabilidad y voy a demostrar que no estoy echa de otro material que no sea piel y huesos, con un montón de otras cosas por medio. Soy, como me dijo Elena, mi terapeuta, ayer, una mujer válida, aunque como hoy, me encuentre tirada en el sofá convaleciente de una fuerte migraña. Creo que exponer quién soy en una pizarra fue demasiado para ambas y amanecí con un dolor que me tuvo tumbada durmiendo hasta las once de la mañana. Y no pasa nada. Porque mientras eso ocurría, resulta que una compañera me indicó cómo debo hacer para presentar la documentación necesaria para la promoción interna que se publicó ayer, por fin, en el BOE. Y yo voy a acoplarme a su ayuda, y voy a aceptar acompañarla para salir indemne de este próximo paso. Y tampoco pasa nada. Y seguiré siendo válida aunque en vez de quedar entre las diez primera lo hubiera hecho la última. O no lo hubiera superado. Y seguiría siendo yo. Sin tener que demostrarme ni demostrar al mundo lo fuerte que soy.

    Te doy un abrazo bien fuerte. Te quiero muchísimo y te agradezco lo que has hecho por mí. Por eso decido dejar de darte trabajo y elijo ir contigo de la mano. Para divertirnos juntas los que nos quede de vida. Gracias! ❤️❤️❤️

  • Mi día libre

    El viernes me pedí el día con el único propósito de hacer unos recados que tenía pospuestos desde el año del pum. Arreglar el cierre de un bolso, arreglar mi anillo de la perla que se había caído, preguntar por la vacuna de la alergia del rubio en la farmacia, soportar, mientras tanto, una rinitis alérgica que iba en aumento a cada paso que daba, con su poco de drama porque todo el que iba delante de mí lo hacía fumando, cof cof, y, además, ir a buscar un cierre similar para el bolso de marras y que me llevó a tener que utilizar Google y su navegador porque no conocía ni la calle ni la mercería en cuestión. Cuando llegué a su puerta y vi dónde estaba situada, he pasado miles de veces por ahí, me quedé ojiplática. Me compré el cierre completo, volví a la zapatería, me dijo que la solución era una chorrada, le contesté que perfecto pero que iba a un profesional con la idea de no romper el bolso. El artículo lo compré en el mercadillo que frecuentaba mi madre los miércoles. Me costó una pasta pero se convirtió en mi bolso preferido y todo el mundo me decía que era una preciosidad. Salí de allí con el nuevo cierre puesto y con un poquito de moral tocada por lo que me había dicho la empleada. La gente no entiende que si acudes a ellos es porque no tienes ni idea?

    Luego salí a comer con compañeros a los que casi no conozco, por esto de repetir el patrón de «soy mi prioridad». Dos colas zero y tres copas de vino con dos dedos de blanco en ellas después me levanté y dije que me iba. Lo curioso fue descubrir que, ahora que ejerzo de soltera, hay hombres a los que les gusto. Algunos de manera amistosa, otros por querer pedirme salir alguna vez…hasta que les digo que tengo un hijo autista de trece años y se les pasa. Como digo, después de algún ruego y alguna pregunta más, cogí las de Villadiego. He asumido que no soy mujer que pueda rehacer su vida en caso de llegar a divorciarme, pero eso, como lo de mi ignorancia respecto a cambiar cierres de bolso, es algo que mis casi 158 centímetros tienen muy interiorizado.

    Llegué a casa y ahí estaba el rubio. Esperando a que llegara de la comida para ver su tarta. Dije que llegaría a las 6 y media y lo hice pasada esa hora solo en diez minutos. Ni tan mal! Su padre salió de la habitación con pinta de estar perjudicado. Él también salió a comer con compañeros, aunque él lo hace hasta dos veces por semana y yo una cada cuatro meses, y nos sentamos en la mesa de la cocina. Al abrir el envoltorio y al ver la tarta, mi hijo se quedó boquiabierto. Me había pedido una tarta de chocolate kinder pero me dijo que de esas no se fabricaban. Imaginen su sorpresa al ver que la había conseguido para él y me dio un beso y un abrazo.

    Comenzamos a hablar de nuestro día y, cuando su padre se fue de la cocina, le dije no recuerdo qué al niño y vi que no me había entendido. A veces ocurre que tú crees que te oyen y te entienden perfectamente y no es así. Me contaron una anécdota en el que yo le dije un poco seria que lo iba a desheredar. Lo recordé y me acordé de su llanto inconsolable que me costó parar. Me había entendido que lo iba a descerebrar, o lo que es lo mismo, que le iba a quitar su cerebro. Me imaginé cómo debió sentirse y entonces intercambiamos los papeles en cuanto a besos y abrazos.

    Me arrastré al dormitorio para quedarme allí, con el purificador de aire trabajando a tope, y aquí un inciso, si eres alérgico a los ácaros y otras coñas, cómprate uno, funcionan! contesté a las últimas felicitaciones, me puse la tablet, y ojeé por encima un nuevo caso de Carles Porta, casos que ponen en Movistar, de una pobre peregrina estadounidense que estuvo desaparecida un tiempo largo. La jueza de instrucción trabajó conmigo y quería ver si aparecía en el documental. Lo hace en la reconstrucción con su imagen pixelada pero es ella. Reconozco su voz en cualquier sitio. Esa voz que me contestó «por encima de mi cadáver!» cuando le dije que su Secretario Judicial buscaba expedientarme. No volvió él a molestarme jamás y por eso trato de buscarla en un documental.

    Entonces, en la cama, con la luz apagada, con mis auriculares puestos, sonándome a tope, descubrí que con quien se porta bien conmigo, ocupa por siempre un lugar en mi corazón. La pongo en un altar, con flores, velas y todo lo que haga falta, aunque solo me haya ayudado una vez. Da igual! A los altares! Debo hacerme mirar esta pedrada. Pero esa, será en otro momento. Quizás este próximo miércoles que tengo terapia. Quizás! Tengo tanto que digerir este domingo!

  • Feliz no cumpleaños

    Yo estaba en un grupo de WhatsApp con las hermanas de mi madre. Me quedan tres tías y un tío del que no sé de su vida por los encontronazos que tuvo con mi madre hasta poco antes de morir. Como digo, yo estaba en ese grupo, y, en él, daba los buenos días y ya no me acordaba más del dichoso grupo.

    Estaba en él por compromiso y porque así veía alguna cosa de la tía que vive en Alemania. No me llevo muy bien con el resto de las hermanas aunque ellas dicen que, al haberme criado con mi abuela soy más hermana que sobrina. No es cierto. Se lo repiten mucho para autoengañarse pero no. No llegan. Total que, el fin de semana pasado, y tras los buenos días correspondientes, pasar la jornada de domingo en casa descansando, me meto en el Instagram de un primo mío y descubro, para mi horror que casi toda la familia que tengo se había ido a comer para celebrar sus 40 años que cumplía el lunes. Me subió una bilis muy intensa, le di a me gusta a la publicación y apagué el móvil.

    Al día siguiente lo felicité, le dije que sentía mucho el que no me hubiera invitado, que me disculpaba por lo que quiera que sea que hubiera hecho mal. Luego fui al grupo y, tras explicar que yo no soy mi madre, que si estaba allí, con ellas, era porque entendía que no habían secretos entre nosotras, y que si eso no era así, mejor me iba yluego le di a salir del grupo.

    Luego vinieron disculpas, muestras de pena, sobre todo por parte de mi tía más joven, una llamada de la madre del cumpleañero en horario laboral que corté enseguida y luego un mensaje cargado de reproches y mentiras. Hay gente que no tiene la menor vergüenza! No ya por hacerme daño de forma gratuita, sino porque, encima, debía hacer como que no había pasado nada y aguantar sus coñas otro año más. Como les expliqué en el mensaje, yo no soy mi madre. Ella les aguantaba sus cosas por esto de vivir lejos, pero yo no tengo suficientes kilómetros de distancia para poner buena cara. La excusa fue que solo se había podido reservar una mesa de 8 personas porque no están bien económicamente. Cuándo has ido bien en ese sentido? Dónde está el problema? Porqué no me lo explicas antes de yo ver las fotos? Porque eres una tóxica que quieres convertir malas acciones en dramas de mierda como excusa última para hacer daño que es lo que te pone cachonda? No querida, no. No te equivoques. No eres la sal de mi vida. Estaba deseando poner distancia y lo he conseguido con tu ayuda. Luego vino un mensaje ya con más odio de su parte. Eso tenía que ser así. No puede ser que ese daño gratuito lo hicieras por nada. No. Lo hiciste porque me guardas rencor por algo de lo que yo no tuve culpa ninguna. No importa. Ya he dicho hasta aquí. Ayer felicitaron al enano todas las personas que lo quieren o porque me quieren. Esas personas son las escogidas para transitar por nuestra vida viviendo y sintiendo cosas bonitas. Ese es el legado que quiero dejar en mis hijos. Hacerles saber y entender que, para llegar a Avatar uno debe hacer méritos y así evitar que cualquiera se meta en nuestro terreno. En nuestras vidas. Pisoteándolas como si tuvieran algún derecho. Sólo si me quieres estarás conmigo. Es así de simple. Así de complicado.

  • El cumpleaños del rubio

    Hoy es el cumpleaños de mi hijo, y, dicho así, en siete palabras, parece algo sencillo y banal. Un año más, regalos, tarta de cumpleaños y vuelta a la normalidad. Para mí, saber que han pasado trece años tan rápido, me produce vértigo. Me he hecho muy mayor corriendo detrás de él, gritando su nombre, rogándole que parara, mientras él reía delante de mí, así hasta que algún alma caritativa lo paraba antes de que muriera asfixiada. Saben la cantidad de almas caritativas que hay por ahí? En todas las carreras vividas, solo un pobre anciano que arrastraba los pies se apiadó de mi. Eso da un total de un alma caritativa por millón de habitantes!

    Me hice mayor, e incluso diría que me encogí, el día que me dieron su diagnóstico de autismo. Ese jarro de agua fría en la cara, ese recordatorio de muchos diciendo «ya te lo advertí!» Qué daño hace eso a la mente materna! Llenándote de una culpabilidad que cargas como una mochila de militar. Intentando no romperte la crisma ante una pérdida de paso. También me hice mayor el día que decidí medicarlo. No podía creer que no pudiéramos sacarlo adelante sin necesidad de algo químico que le aliviase su inquietud, esa que lo hace parecer un colibrí, aleteando rápido sus manos, hacia atrás, hacia adelante, intentando al mismo tiempo despegar sus piernas del suelo, que hace cosquillas en su cerebro y que lo hace reír durante horas. En casa eso nunca ha sido un problema. En el colegio, ese lugar donde intentan que los niños encajen todos en un molde imaginario impuesto por una mente gris, estas cosas, sus cosas, son inaceptables. Él lo sabe y, por eso mismo, no quiere, ni siquiera, llevar una caja de ambrosías y repartirlas en clase. No quiere tener que ver nada con el colegio, ni con compañeros, ni con profesores.

    El día que él nació amaneció luminoso. Yo rompí aguas de madrugada, y con mi poquito de contracciones, me fui al hospital. Me dijeron que no estaba de parto pero que me quedaba ingresada ante mi estupefacción. No podía entender que tuviera que estar allí cuando tenía que cuidar de su hermana. Como diría Sabina «y nos dieron las diez y las once, las doce y la una y las dos y las tres…» A las siete menos cuarto sentí un dolor fortísimo y, sin casi poder respirar llegué al paritorio. Tras un par de preguntas impertinentes de la matrona sobre la lactancia materna y de porqué yo había decidido que no como si esa decisión afectase a la economía del país y no a la rutina familiar y tras contestarle que haber cómo se apaña una mujer con una hija autista, con rutinas de autista y con un «espera hija, que voy a darle el pecho a tu hermano. Tú, como decía aquella, haz cosas de niña autista, no sé, pinta un búfalo!» Creo que la matrona entendió el sarcasmo. Tomó nota muy seria y comenzó a ayudarme. La oigo gritar: «aquí viene un rubio!» Y entonces apareció ante mí un niño tan enorme que no podía creer que lo hubiera parido sin complicaciones. Nos enredaron en sábanas para que no pudiéramos casi movernos el uno junto a la otra y, como sigue Sabina «desnudos al anochecer nos encontró la luna». A él lo besó en la frente y le alborotó su engranaje neuronal y a mí me susurró que tuviera paciencia con él. Que era un niño mágico lleno de problemas y capacidades maravillosas. Yo lloré porque no me veía capaz de repetir la historia. Entonces llegó la vida y me dijo que sí que sería capaz porque él y yo estábamos forjado en acero. De uno inolvidable!