• Un instante

    Esta semana tuvimos un juicio que se preveía largo y duro hasta los topes. Yo, cuando la compañera de trámite le puso fecha pensé que, igual, ya no estaría trabajando allí de auxilio judicial sino que ya estaría en mi plaza de tramitación que, les recuerdo, aprobé hace ya año y medio. Me equivoqué. No voy a explicar de qué iba pero sí puedo decir que teníamos citados a 12 peritos médicos. 6 por videoconferencia con otra isla, que nos advirtió que más de dos horas conectados iba a suponer un problema, y donde solo nos excedimos en 15 minutos, un perito presencial, y 5 más por webex que viene a ser el zoom de los juzgados. Total, más de cuatro horas peleando con una tecnología que no estuvo por la labor de estar de nuestra parte pero que, con lo que ofreció nos fue suficiente. Con peritos avariciosos que te cobran un dineral por hacerte un informe que los pone, incluso, en contra de otros profesionales y que, claro está, luego no quieren defender en un interrogatorio. En concreto, mientras mi compañera hacía la conexión, yo, vía telefónica les pedía que se conectaran, y todos lo hicieron menos una que me cortaba el teléfono. Eso ya desde el viernes, que la telefoneé para preguntarle si le habían llegado los datos de conexión. Missing. La llama la parte que la propuso y, claro está, a ella sí. No imaginaba la perito esa llamada desde la misma sala autorizada por el juez. La oigo decir que no ha recibido ninguna del juzgado. Le digo a la abogada que la señora, evidentemente, miente. Me mira con ojos de, «no puedo creer tanta poca vergüenza». Le dice que se conecte y ella lo hace de muy mala gana. Luego hacemos un receso. Más de tres horas sin ir al baño un señor que ha superado dos tumores linfáticos, que toma una medicación que lo hace susceptible de ir al baño a cada ratito y una señora en menopausia que, sin medicación adolece del mismo problema, salieron pitando cuestión de 10 minutos. Mi compi trae cafés y donuts, yujuuuu! Mientras comemos como dos animales hambrientos, intentamos arreglar el problema de la webex. Soy una malhablada y un: «tú quieres hundirme en la miseria» y un «me suda la p….» después descubro que, a pesar de haber parado la grabación, el programa ha continuado y nos ha grabado en el fragor de la batalla con el ordenador. Se lo explico al juez y trata de no morir de la risa porque el caso no lo permite. Me dice que continuamos. Claro que continuamos! Lo hacemos incluso sin conseguir grabar la imagen de los médicos. Solo sus voces. Nos da igual porque es que se les ve en el portátil pero no conseguimos proyectar su imagen a la pantalla de la sala. Webex 1 auxilios 0. Cuando llega el turno de las médicos forenses, y mientras explican porqué una madre joven con dos hijos acabó en una mesa de autopsias, cuando te dicen que todo fue una cadena de mala suerte,  sentí que la muchacha se hacía presente en ese instante. Noté un abrazo agradecido, pude captar que la sala quedaba congelada, como el cuadro de «Las Meninas» de Velázquez. Yo de pie, controlando el maldito ordenador, mi compañera sentada, empatizando con el dolor de aquella joven madre, mi juez tomando notas, serio, concentrado en las declaraciones, las partes hablándose de manera educada, sin querer polemizar, sin querer hacer más daño que el sufrido por aquella pobre familia, que suficiente tenían con un periplo judicial al que ya va faltando menos. Y, entre todos nosotros, ella. La protagonista. Agradeciendo el esfuerzo realizado, el tesón de sacar una vista que, en puridad debería haberse dividido en tres días, el respeto demostrado por todos los que pasaron por allí.

    Cuando mi juez declaró la prueba conclusa, la sala se iluminó aún más si cabe y, los problemas técnicos desaparecieron en el siguiente juicio. Si. Tuvimos otro más después de ese tan terrible. Pero no salimos a las tantas, no. Porque aquella muchacha, que había perdido la vida, había decidido recompensarnos haciendo que todo fuera como la seda después. Entonces yo le agradecí a ella y, tras cerrar los ojos un instante para sentirla mejor, al abrirlos la vi salir de la sala. Nos sonreía y agitaba la mano despidiéndose. Yo le sonreí también. «Buen viaje mi cielo!» Le dije. Y entonces se fue a descansar. Porque todo ya estaba dicho. Porque todo estaba hecho.

  • La alerta meteorológica

    Mi comienzo de semana estuvo lleno de juicios, carreras para llevar al niño al cole e irlo luego a buscar, comidas, terapias, y, en medio de la misma una alerta meteorológica que, por lo menos por donde yo vivo, quedó en una lluvia que limpió las calles.

    Con esto de que voy y vuelvo en taxi porque él y yo debemos llegar a tiempo a nuestros respectivos deberes, y porque como su cole está en un sitio que no es conocido, estoy fijo haciendo de GPS para los profesionales del transporte público. Total, que en una de estas me toca una mujer, y comenzamos una conversación que se volvió más explícita en cuanto el niño salió del coche para entrar en el colegio. Ella me preguntaba curiosa cómo era que yo había claudicado en lo de que su colegio nos hubiese quitado el transporte escolar. Le expliqué que mi rubio es autista y que, mientras a su padre y a mi nos quedara salud, íbamos a pelear porque el crío fuera a un colegio con unos compañeros que ya saben cómo es y que lo respetan tal cual es. Luego, cogí la directa y le expliqué también que su hermana lo era, la gincana que había supuesto su diagnóstico, y como, después de tener al hermano, primero se me juzgó por tener otro hijo, a pesar de que yo recibí el diagnóstico definitivo de la niña, diagnóstico que no aparecía en ninguno de los dos informes anteriores,  embarazada de cuatro o cinco meses de su hermano, y luego, aguantar a  todo el mundo diciéndome que cómo elegía como padre de mis hijos  a alguien que venía de Avatar. Lo que eso le había supuesto a mi cabeza y lo mucho que había tenido que volver a subir después de tener una caída  tan grande. La pobre taxista me descontó cinco euros de la carrera. Le dije, porque no quería que pensara que contaba aquello por el tema pena, que, ahora, a pesar de todo, vivo bien en mi pellejo. Disfruto de la vida. A pesar del curro que supone mi hijo que es algo inimaginable para una mujer que está en menopausia y que tiene 55 años. No quiero imaginar si, además, hubiera tenido un retraso madurativo u otra cosa.

    Para colmo, con la alerta meteorológica, se quedó el jueves en casa. Yo estaba dispensada de ir a trabajar pero vivo a menos de 200 metros del curro, el jueves amanecimos con un sol radiante y se habían suspendido los juicios. Así que fui, informé de la suspensión, me peleé en plan bien con algún letrado, citamos a peritos y testigos para otro día y volví a Avatar.

    En Avatar me esperaba un padre enfermo, un niño desregulado por una semana convulsa, y una hermana que, si la toco da corriente por los nervios de la incertidumbre de no saber si tiene o no plaza este año. Y que, además, a conocido en las clases de la academia a un chico que cree ella que es de su planeta. Por lo que cuenta es un SI mayúsculo.

    Y así, con esta semana llena de estrés, encaré el finde. Hoy toca poner más lavadoras, limpiar, estudiar con el chiquillo y prepararnos para transitar una semana más  en este planeta que está pleno de aventuras, de saltos al vacío, de conexiones neurológicas, de abrazos cuando te los encuentras por el pasillo…de amor auténtico. Pero qué complicado eres hijo mío!! En mi otra vida me pido ser una ameba!

  • Leer

    ¿Qué libro estás leyendo ahora?

    Este mes estoy leyendo tres libros, dos de Camilla Läckberg, y otro de un club de lecturas al que pertenezco y que, por la reacción de quien preside el club el otro día, tiene mala pinta. Estoy terminando el primero que se llama «El nido del cuco» y tengo empezado otro que se llama «Alas de plata» de la misma autora, y «Mi nombre era Eileen» de Otessa Moshfegh que es el del club de lectura y que, leyendo los comentarios, va a llevar a sitios por donde no quiero transitar ahora. Me gusta, en estos tiempos convulsos de mi vida, leer algo superficial, rozando las lecturas de Agatha Christie, pero envueltas en el calor o frío del norte de Europa, que tú vas leyendo que tal o cual personaje se derrite y piensas, qué bueno vivir donde sopla el alisio, y luego pones una sonrisa en tu cara y recuerdas que, precisamente por ese clima, suelen pasar los peores meses del invierno en tu tierra.

    No creo que recomendara ninguno de los tres libros, a no ser que te guste los asesinatos creados por una mente tan fría como el invierno que la rodea. De Camilla he leído varias novelas, sobre todo cuando he necesitado no pensar en nada, cuando estoy hasta arriba de lo que sea, y solo quiero evadirme. Recomiendo uno de ella que hizo al alimón con otro autor, «El mentalista». Ese sí que me sorprendió y me llevó a lugares de mi pasado igual de oscuros que los de los personajes. Porque,  en medio de alguna experiencia, nuestra mente salta como un resorte y todo se va al garete mientras intentas, por todos los medios que no se note que estás intentando salvar los muebles mientras las alarmas en tu cabeza hacen un ruido ensordecedor. Y entonces, cuando estás en ese modo, vuelves a ese día, a esa situación, recuerdas, tú, que a tu cerebro le habías pedido que, por favor, resetease todo aquello,  y va el muy cabrón y  te lo expone como en una película, no de esas con las que haces la siesta los fines de semana, no, sino con una en la que, al salir del cine, te abrazas de forma disimulada procurando que tu cuerpo vuelva a su zona de confort y no acabes vomitando las palomitas y el refresco. Donde tu mantra se convierte en un «que no se note que te ha jodido» «que nadie sospeche que, una vez, estuviste ahí, pero a tí nadie te gritó un «corten!» Tú viviste eso de una sola toma. Sin ensayos. Sin ficción.

  • La mañana

    Me gustan las mañanas de los sábados porque, ahora que mi hijo se levanta sin hacer ruido ni despertarme, abro los ojos tranquilamente, mientras me pregunto dónde estará el enano. Me giro en la cama haciendo la croqueta y pongo mi pierna derecha en el suelo. Me levanto y arrastro mi esqueleto hasta el baño. Me lavo la cara, y puedo oír el televisor emitiendo una música machacona de forma muy bajita. «Ahí está» pienso, «dónde más sino viendo YouTube». Me asomo al salón y lo veo recostado en el salón con una sonrisa producto de la felicidad que da el hacer lo que te da la gana. No me devuelve la mirada, no se levanta, no me da los buenos días. Entro en la cocina y comienzo a recoger mientras enumero las tareas para hoy hasta el lunes porque yo, que soy una persona con ansiedad, caí en la cuenta de que tenemos un juicio enorme ese día y solo vamos a poder celebrar la mitad porque la tecnología no permitirá otra cosa. No había caído en la cuenta hasta anoche. Cuando dije eso de «a dormir» mi cerebro, como el del meme me dijo: «la parte codemandante estará en Fuerteventura y por lo tanto, si estás con una video conferencia, no podrás cortar para hacer la Webex con el resto de peritos» y entonces se me abrieron los ojos como platos. Igual que a la chica del dibujo y me costó coger el sueño. Tengo que hablar con mi compañera y con el juez desde que lleguen el lunes.

    Vuelvo al hoy. Siento unos pies arrastrando un cuerpo grande por el pasillo. Mi aún marido asoma por el dintel de la cocina, que carece de puertas, y yo me quedo pensando en que, a más edad, menos necesidad de dormir como antes. Nos damos los buenos días y le ofrezco café porque sé que me dirá que no. Es hipertenso pero también un niño de casi 60 y, si no le hago el ofrecimiento, pondrá un gesto de esos que te indican que no le gusta que haga cosas sin contar con él, lo cual es tronchante porque es su modus vivendi. Me sonrío y sigo a lo mío. Ahora viene la crítica por usar margarina. Es trendin topic. Le explico porqué la uso y me pregunto porqué le explico. Debe ser la costumbre. Me siento frente a él a desayunar y me dice que no va a comer nada. Está enfermo desde hace diez días o más, producto de no cuidarse y marchar de acampada cuando se estaba recuperando. Lo dicho. Un niño de casi 60. Pero yo no soy su madre y, aunque lo fuera, a su edad ya debería saber un par de cosas de hacerse mayor.

    Entonces viene el niño y me abraza y me besa como si no hiciera más de media hora que estoy de pie. Su padre, como se pone celoso, se va a nuestro cuarto. Allí se encuentra con la niña que lo rodea en un abrazo como cuando era peque. Me acuesto a su lado y, para rematar, el peque se coloca entre el padre y ella. Ya estamos los cuatro juntos. Ahora me llevan hasta Avatar y yo no puedo más que maravillarme por la belleza que contiene este planeta. Por lo bonita que es su gente. Lo relajante que puede ser a veces.

  • Ayer

    Ayer, a pesar de la enfermedad, del dolor de cabeza que atenaza mi pobre cráneo, de que me dolía el cuerpo a raudales, salí a comprar algunas cosas que me hacían falta en casa, junto con mis Avatares. He cedido gustosamente el lado del copiloto a mi hija, y ella, a diferencia de mí, cuando su padre coge velocidad dice «prum, prum» y cuando se equivoca de salida en un parking donde ha entrado miles de veces, le dice: «fíjate!! La salida estaba justo delante de donde aparcaste!!» Y no lo dice de modo sardónico ni crítico. Lo dice con el entusiasmo de quien ha encontrado una perla negra en el fondo del mar.

    Hicimos la compra y, al pagar, 80 eurazos medio carro. Le comento a mi aún marido que debemos mirar otros sitios donde comprar  y él, con el entusiasmo de quien ya ha pasado la enfermedad que ahora me atenaza, me lleva cerca del cole de mi hijo donde han abierto un supermercado nuevo. «Bonito y sin mucha gente» me dice, algo fundamental para los habitantes de su planeta. Al salir del coche, noto el frío y la humedad propios de la zona, y me recuerdo que estoy enferma y que, cuando me dijo de ir, debí decir no. Da igual!! Será un momentito! Tampoco noto frío. Bendita menopausia!

    Entramos, y descubro que, en esa cadena de supermercados donde yo trabajé, se sigue utilizando el que un solo empleado se encargue de la caja mientras los otros, o el otro, coloca mercancía. Aunque la cola de clientes llegue a Tegucigalpa, y me entusiasmó el recordar lo mucho que me curré salir del bip bip bip de la caja registradora. Me vienen los recuerdos de cuando el uniforme era una falda y una camisa y yo, que había dejado de fumar y que solía cenar un ñu, me cogí tanto peso que se me rompió la cremallera de la falda. Ahí aprendí a coser una cremallera nueva, sudando tinta china para llegar a tiempo al curro. Soy una autodidacta a golpe de situaciones de mierda.

    En aquellos tiempos yo era una persona que iba muy a lo mío, que no me importaban los problemas ajenos porque ya tenía con los míos propios  y solo pensaba en cómo salir del atolladero. Ahora, a mis 55, veo un video de un señor enfermo de Alzheimer que reconoce a su mujer y lloro cual Magdalena. Lo que son las cosas!!

    Durante el trayecto de vuelta le hice un par de preguntas a mi hijo y decidió no contestar. Luego,  cuando se le pasó lo que tenía, me pidió un beso, y cual bruja malvada, susurrando en su oído, le dije que no daba besos a quien decide no contestarme. Luego vinieron los «perdona» y los «vale» y nos dimos un abrazo. Y así llegamos a casa. A mi hogar. A Avatar.

  • La falta de tiempo

    ¿Te falta tiempo?

    Carezco de un tiempo precioso que me haga combinar maternidad con ocio. Esta semana sólo he conseguido ir al gimnasio dos veces porque, el miércoles, se levantó el niño enfermo y, desde entonces, he tenido que tachar cosas de mi agenda para poder estar con él. Eso sí, ayer viernes me fui a una comida de trabajo con gente del mismo grupo que el mio. Fui porque ya estaba pagada y porque quería estar con gente que habla mi mismo idioma. Cuando terminó la comida, nos reunimos unos pocos a quejarnos del atropello del Ministerio cambiando la Oficina Judicial. Se acabó trabajar para dos jefes, porque me iré a que me asignen tareas durante la mañana y a sacar trabajo de un juzgado que no conozco de nada, con la premisa de que, cuando elegí trabajar en un sitio y que quedara publicado en el BOE ya no sirve absolutamente de nada. Al jefe supremo le sudan mis derechos a tope. Es más, vuelvo otra vez a los tiempos de la incertidumbre. Qué pasará, que misterio habrá puede ser mi gran noche que diría el gran Raphael. En fin, tontadas de primer mundo!

    Me he levantado enferma, no sé si de alergia, de, ya no tienes edad para salir y hablar con otros seres humanos, o de covid, aunque a este último lo descarto porque la otra vez me dio un fiebrón importante.  Escribo, además, con la ventana de mi habitación abierta de par en par disfrutando del fresquito mañanero, y,  quien ha pasado por una alergia importante, sabe que los síntomas se parten la cara unos con otros. Me refiero al covid y a la rinitis.

    A lo que iba, a la falta de tiempo. Mi hija anoche me dijo que cuándo iba a escuchar las clases de las oposiciones. Me quedé un rato mirando para ella y pensando que, en Avatar, una enfermedad de este calibre, es una chorrada patatera que no impide a sus habitantes hacer otras cosas. Me dijo, a las diez y cuarto de la noche que yo estaba viendo la tablet,  con una congestión importante, y roncando cada dos por tres porque el antihistamínico estaba haciendo efecto, cosas que ella no vio porque claro, en este planeta estar enfermo y jodido solo les pasa a ellos. Yo soy una madre inmortal, creada de sangre de Odín y crines de unicornio. No te fastidies! Tampoco saben respetar que quiero estar a solas, escribiendo, oyendo música o haciendo puenting. Nada! Debes estar atenta a nuestras necesidades y, la mía ahora mismo es la de contarte que me voy a ir de acampada dos días, o que no tiene dinero para comprar lo que hace falta para la comida de hoy. Le recuerdo que tiene padre, pero ella lo llama, en sus morros, papá ausente. Hay que joderse! Mi hijo por otro lado reclamando mi presencia a pesar de decirle que me encuentro fatal. Y así, todo el foco y el peso del día a día recae en mí. Aunque quiera descansar. Aunque me duela la cara y no precisamente de ser tan guapa sino por la congestión. No importa. Debes hacer como Atlas y llevar el peso de nuestro mundo a tus espaldas, lo quieras o no. Sin poder renunciar. Todos los días de tu vida!

  • Medicar sí o no?

    Anoche tuve que esforzarme mucho para relajarme y dormir. Llevo desde que llegué pensando en qué hacemos con mi hijo. Debo hablar con su padre de algo que no quiero ni debo decidir yo sola. Medicación si o no?

    En la primera tutoría del curso, los profesores nos dejaron claro que, trabajar con mi hijo es un infierno con piernas de chaval de 12 años. Demanda continuamente la supervisión de un adulto para escribir o apuntar cualquier cosa. Necesita siempre un punto de apoyo para volar, en un vuelo no muy alto, con terror a golpearse contra algún cristal y caer al suelo. Nos pidieron, no, nos rogaron que lo medicáramos, cosa que habíamos dejado de hacer con buenos resultados. El año pasado suspendió francés (todo muy lógico cuando tus padres no conocen el idioma y no pueden ayudarte) además de tener una adaptación curricular de lengua y de matemáticas con un retraso de dos años. Es decir, está en 1° de la ESO con esas asignaturas ancladas en 5° de primaria.

    La cosa se ha puesto del color de las hormigas porque, el cole, no es una olla en la que pones los ingredientes y dejas que se haga el potaje a fuego lento, no,  el cole es una tostadora en la que aprietas al alumno y le das el calor que necesita para que, al saltar, lo haga igual que el anterior y el siguiente. El cole quiere resultados. Es otro tik tok de la vida, un short de YouTube en el que tienes el tiempo que tienes para ver si los demás te compran. Es así de triste pero es lo que hay. Si no que se lo pregunten a la madre de Edison y verán las risas.

    Dejamos de medicarlo porque era muy delgado y, la medicación, que sirve para relajar el galope desbocado de un caballo, le sentaba como un tiro. Se fatigaba, tenía náuseas, migrañas esporádicas, y, encima, cuando dije en el cole que había empezado a medicarlo, estoy hablando de dos o tres cursos atrás, me dijeron que no se notaba. Claro! se le estaba suministrando una dosis inferior a su tdah, pero no se le podía aumentar sin joderlo, pero era como apagar un incendio a golpe de escupitajos. Luego se le aumentó la dosis y ahí paramos de medicarlo. Estaba obteniendo resultados y conseguía estar en clase sin ser disruptivo, y además, su amor propio estaba intacto. No se subestimaba.

    Este año está en otro edificio, en otro patio, en otra aula, sin transporte escolar (lo lleva el padre que, quien ha tenido uno nacido en Avatar que desconoce sus orígenes sabe lo exigente y chungos que se ponen los progenitores en según qué temas, sobre todo en los curriculares) y ahora va con su padre, al que imagino hablando solo mientras conduce, para luego acordarse que él está detrás, y comenzar a hacerle preguntas del temario. Encima tiene varios profesores, no sólo uno, y, algunos de sus compañeros han ido a parar a institutos públicos porque a estas alturas la cuota es una pasta, es decir, ahora mismo está de luto por tanto cambio y tanta pérdida. Pero no puede volver para atrás y lo que ve delante no le gusta.

    Suelto todo esto y, de verdad que no tengo idea de qué hacer. Hablaré con su padre esta tarde antes de volver a casa, que para todas las cosas tiene una lógica muy propia de quien ve el mundo en formas geométricas y no en ensoñaciones, como yo, que para él soy una junta letras. Necesito esa lógica, no quiero soñar despierta que mi hijo no tiene tal tdah que lo hace saltar hasta acabar bañado en sudor. No quiero imaginar cómo sería su vida si no tuviera semejante problemón, aunque estoy segura que hay por ahí in montón de madres que se morirían de la risa ante esto que me atenaza, que se cambiarían por mi incluso.

    A veces me recuerdo de pequeña, cuando me decía a mi misma: «aguanta, solo aguanta, no te dejes ir, mantente en pie y aguanta». Ahora debo repetirme el mantra con unos años que pesan para que, el tdah no arrastre a mi hijo a un futuro incierto. Qué jodido es tomar una decisión y bendecirla con un «es lo mejor para ti!» como le dijimos a nuestra hija porque no podíamos pagarle la universidad. Es tan difícil decidir algo tan complejo!  Ojalá tomemos la decisión adecuada. Ojalá!

  • Mi casa tiene un gato

    Hace ya unos años, estamos hablando de que mi madre vivía incluso, descubrimos, para su horror, que en la terraza donde uno lee, o en su caso, hacía ganchillo, te puedes tomar algo etc y cuyos cojines son de color blanco, aparecían pelos de gato negro. Lavó los cojines y, tras esto, adquirimos la costumbre de ponerlos  dentro de la casa cuando nos íbamos a dormir. Nosotros al conjunto lo llamamos de manera  pretenciosa el chil out, así que, caer en la cuenta de que era un dormitorio gatuno le quitó brillo al nombrecito.  Mi madre era una maniática de la limpieza y yo, desgraciadamente, muy alérgica al pelo de gato.

    En estos años, cuando vuelvo a la casa, descubro pelo de gato en la mesa de plástico de la terraza, que, encima, es blanca, en la alfombra de la entrada, en un arcón enorme de plástico donde mi madre metía un montón de cosas y que tengo prácticamente vacío, y cuando no es pelo, es algo que ha cazado y cuyo cadáver deja en ofrenda a quien entre por la puerta.

    La casa tiene una alarma porque descubrí con terror supino, que en casas de alrededor, han entrado gente extraña a vivirlas como si fueran suyas. Que es cierto que hay un problema de vivienda tremendo, pero no quiero resolverlo yo con mi propiedad. Pues bien, cada noche, sobre las ocho, la cámara detecta movimiento en la terraza. Se enciende una luz que lo hace cuando alguien, o un gato, pasa por su lado, y la historia se repite por las mañanas. Eso cuando no estoy, pero cuando él sabe que estoy dentro, cambia la hora de venir a cobijarse entre las cosas que ponemos fuera. Me tiene calculada de una manera precisa y matemática.

    Ayer lo vimos por primera vez. Andaba por la cornisa de un edificio que hay en la entrada de la urbanización y mi hijo me dijo:»Mira mamá, el gato!!» Entonces levanté la vista y nos quedamos mirando él y yo un buen rato. Fui a practicar algo que me dijo un compañero y que significaba que podía confiar en mi, pero me quedé viajando en sus ojos amarillos, y me llevó al mundo de los gatos, donde estos se quieren pero son independientes los unos de los otros, donde no existe el no puedo vivir sin ti, donde si partes al otro lado, se te echa de menos pero solo a ratos y espaciados en el tiempo, donde conviven con unos humanos igual de especiales que ellos, a los que no les gusta que les rompas la rutina ni le invadan su territorio. Me explicó que la señora alemana que pasa meses en mi casa, se lo quiso llevar a su país pero que él no quiso y así se lo hizo saber a aquella mujer loca. «Yo pertenezco a Avatar, yo ya he elegido que ustedes son mi familia». Suspiré, en parte por cansancio, venía de la playa con el peque y llegamos oscureciendo el día, y en parte por resignación. «Supongo que donde caben tres cabe también una mascota», le dije, «pero atento! que a mis avatares las mascotas no les gustan, así que tendrás que seguir viniendo a casa como un amante bandido, que diría Bosé». «Hecho!» me contestó.  «Vale, a partir de ahora te dejaré agüita dentro de la casa, comida no que se la zampan las hormigas! Y con ese pacto entre caballeros que diría Sabina, él siguió buscando qué comer y yo me dirigí a mi casa a ducharme, preparar la cena y hacer la croqueta hasta mi habitación. Luego llegaron mi marido y mi hija y, tras decir que el cumpleaños había ido bien, que no se puede ser más escueto, se fue cada uno a un sitio distinto, como el gato, que no ha podido elegir ni una casa ni una familia mejor. Una que respeta por completo cómo es y cómo quiere vivir. Lo mismo que ellos!

  • Esta noche de difuntos

    Estamos en la casa del sur y, después de estos tres días y medio, no volveremos a verla hasta marzo. Hemos venido para que el niño, que no tiene colegio hoy, disfrute un rato de la playa, para limpiar la casa, y para descansar un poco. Aunque la palabra descansar, con tres personas que son de Avatar, es algo que suena a chufla. Cuando salimos de lugares comunes y venimos aquí, se produce un desajuste que me deja los nervios de punta. Por ejemplo, hoy celebrarán el cumpleaños de mi suegra, que fue en realidad el martes, y pretende, mi aún marido, en una zona turística, buscar una pastelería de calidad. Entramos en una que es lo más de glamour en un sitio donde el guiri es el rey, y salió sin ninguna. Cuando mi hija me preguntó, le dije que había rechazado las tartas por no tener forma redonda. Su cerebro no computeriza que, para una señora de 89 años a la que hasta el oro le parece basura, comprar una tarta de cumpleaños rectangular, es solo un peldaño más hacia la decepción definitiva. Da igual cómo lo hagas, siempre lo harás mal a sus ojos. Así que yo le hubiera comprado la tarta con forma rectangular. Para que, cuando la critique lo haga con saña. Y con razón también!

    Como se han acostado todos temprano, se han levantado casi, a la misma hora intempestiva que el niño. Han desayunado, alborotando en la terraza, han hablado, han reído, ha hecho  mirar a su hija reseñas en Google, y luego se han abrazado y besado para volver cada uno a un lugar distinto de la casa. Mientras yo los observo, miro a mi alrededor todo lo que hay que limpiar, escucho a la parejita de canarios en el árbol y recuerdo otros tiempos en los que, a veces, carecías de intimidad porque compartían vivienda hasta tres familias distintas. Mi madre hacía magia con las habitaciones, aunque nunca nadie hizo por ella lo que ella sí hizo por muchos. El nivel de gastos pagos que tuvieron con ella, solía ser de una desvergüenza inaudita. Pero a ella la hacía feliz y, hasta su marido, que tenía dinero pero no ejercía, movía su cartera cual mayoret, invitando a diestro y siniestro. Es lo que tiene vivir con una persona del nivel de encanto que mi madre, que ha conseguido incluso, que aún hoy yo hable de ella en presente.

    Ahora el árbol que hay en el jardín no permite ver el mar en la lontananza, y pienso que debo buscar a alguien que lo pode. Y entonces vuelvo a mis recuerdos. Cuando me levantaba temprano con mis peques, y oía al marido de mi madre ponerse un calzado cómodo, sigilosamente, sin intuir que ya era observado por tres pares de ojos. Se sonreía al verme, le daba besos a los críos, y luego me decía que se iba a dar un paseo largo o corto dependiendo de su nivel de energía. Luego salía sin hacer ruido y lo veía marchar con un andar ágil que no demostraba los años del caminante. Jamás creí que un día no lo vería más, que no oiría la risa de mi madre, ni olería más su perfume que, junto a su cuerpo, daba un aroma singular y agradable, acogedor, como lo era su corazón, como lo era su hogar, y familiar, muy muy familiar.

    Me da una pereza extrema pasar de este estado contemplativo, a levantarme para limpiar esta casa enorme, pero luego pienso en la energía de sus dueños anteriores y se me pasa.

    Esta noche honraremos a nuestros difuntos y no habrá mejor forma de hacerlo que encender velas y recordarlos con cariño. Los guiris van disfrazados y con las calabazas del truco o trato que a nosotros nos la sopla. Yo prefiero el recogimiento, unas flores, encender velas, el silencio de mis labios y la charla de mis recuerdos. En definitiva, quiero homenajearlos como se merecen, teniéndolos en mi corazón hasta que yo vaya a encontrarme con ellos.

  • La llegada

    Ayer, por esto de que en la Península las distancias son todas largas, y a pesar de que salíamos a la hora de mediodía, nos levantamos temprano. Luego, como si no se hubieran comprado la mitad de los recuerdos de Córdoba, todavía entraron a dos tiendas más, a comprar los últimos regalos. Esperamos en la puerta de la tienda y, en el Barrio de la Judería, parar con maletas no es una buena idea, aunque lo hicimos con gusto.

    Buscamos la parada de taxis, que está junto a La Mezquita, esa pedazo de obra arquitectónica que es una maravilla, Patrimonio de La Humanidad, para más señas, y nos subimos a uno de ellos. El señor era de este estilo de personas sensatas, honradas, con una cara de buena persona que tiraba para atrás…y llegamos al aeropuerto con los chacras recolocados.

    Mis amigas, en el apartamento, como llevaban hasta chorizos en la maleta, se preguntaron y se contestaron por la seguridad de un aeropuerto tan pequeñito. Es más chiquitito que el de Granada, que ya, y ellas pensaron que la seguridad sería ligera. Les dije que estaban equivocadas. Mucho guardia civil, mucha policía nacional, en un espacio tan pequeño. Y no erré el tiro. La seguridad es férrea a tope. Tuve que sacar hasta mi alma de la mochila y ponerla en las bandejas. Uno de los guardias, con un gesto, le dijo a su compañera que no apretara tanto. Pero sí, y le hizo un control exhaustivo a una de las amigas, cosa que le perdonamos porque el trato fue exquisito.

    Embarcamos, y como están cerca de las islas, el viaje se te pasa en un pis pas. Cuando me quise dar cuenta, comencé a ver buques cargueros saliendo y llegando a mi isla, pero, antes de verla, me saludó el Teide majestuoso. Entonces supe con seguridad que ya estábamos por aterrizar. Nos metimos en una nube, y, al salir, vimos las cumbres de mi tierra, peladas a causa de ese sol que brilla casi todo el año. Luego ves los barrios costeros, llenos de casas coloridas y, al final, enfilamos la pista de aterrizaje. Ya estábamos en casa. Ya volvíamos a la rutina. No de la misma manera, claro! Ya en nuestro corazón llevamos a una provincia llena de sitios donde se come de lujo y de lugares llenos de historia. Así nos bajamos del avión. Llenas de una Córdoba que ha sabido enamorarnos.