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Córdoba
Quitando un par de cosas, Córdoba me ha gustado. Y me ha gustado porque he ido con mis amigas, y porque la he disfrutado con mi hija.
Al llegar, nos instalamos en el Barrio de la Judería en un apartamento donde cabían 5 personas, muy coqueto. Es cierto que escuchas a turistas, caballos, parejas que aprovechan la oscuridad de la noche…en fin, que si eres menopáusica, entre sofocos y ruidos duermes intermitentemente. No importa. Cuando vas de visita a algún sitio, dormir está sobrevalorado. En cinco días hemos visto sus cuatro Patrimonios de la Humanidad, y todos nos han encantado, aunque algunos tuviéramos que intuirlas a través de la destreza de los arqueólogos.
También hemos comido muy rico y nos hemos hecho muchas fotos, sobre todo en los patios llenos de flores que ponen algunas familias al servicio de los turistas. Y aquí hemos descubierto, para nuestra desagradable sorpresa, que el turista actual es un ave de rapiña maleducado que, para una maldita foto, es capaz de estropear el trabajo de una familia entera y salir, a gritos de la dueña de la casa, como si la culpa fuera de ella por tener tantas macetas.
En fin, hoy ya vamos de vuelta y yo debo cortar el rollo porque debo terminar mi maleta. Mi hija se ha levantado y me ha dicho que no quiere volver. Misión cumplida. Eso es lo que quería oír de su boca. Que ha disfrutado. Que se lleva recuerdos que la harán mejor persona. O eso espero!!
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Sobre mí
Cuéntanos algo que la mayoría de la gente probablemente desconoce de ti.
Hay muchas cosas que la gente no sabe de mi, ni siquiera mis más cercanos. Por ejemplo, tengo mucho sentido del humor pero no ejerzo. No me gusta llamar la atención y no me gusta ser el alma de la fiesta, sobre todo si he tomado alcohol. No quiero ejercer de graciosa, y no solo no serlo, sino notarse que llevas varias copas, y lo que estás haciendo, en realidad, es el ridículo.
Tengo un problema con lo de beber alcohol. Siempre he creído que lo hacía en exceso, tal vez porque he llegado a tomar una copa de vino tinto a diario, o dos, y ya a mi eso me parece absolutamente excesivo. Me gusta tomar un vino mientras leo un blog o un libro, en el silencio de mi cocina. En uno de esos pocos momentos que son para mí, siendo observada muy de cerca por mis hijos. Y no me gusta.
Mi opinión es que debería beber cero cantidades de tinto. No porque vaya a botella diaria, que no, pero que puedo animarme y hacerlo! sino porque he visto en mi familia los estragos que ha hecho el alcohol. Mi abuelo bebía y, cuando no venía a casa borracho, formaba un espectáculo que solía consistir en tirar y romper algo, o abofetear a alguien, y luego echarnos a todos a la calle. Cuando me dijo mi terapeuta que era por el síndrome de abstinencia, caí en la cuenta de hasta qué punto vivía ese tóxico clavado en su cerebro. Uno ve cosas y las normaliza y no pone nombres. Aquí una abuela, que tenía mi edad, aquí un alcohólico. Yo vivía con ellos, con toda mi familia materna, así que se daba la circunstancia de que, a veces, acabábamos en casa de mis padres, como si, en vez de quedarme porque aquella era la habitación de mi hermana y mía, me hicieran una caridad. Lo que tiene no pertenecer a ningún sitio! Recuerdo un fin de semana en el que yo estaba con mis padres, y sonó el timbre de la puerta. Fue a abrir mi madre, y, al hacerlo, nos encontramos a toda su familia con cara de circunstancias. Recuerdo también a mi tío, sujetando la jaula de un canario, tomándose aquella situación a la risa, hasta que su mente se quebró en algún punto de todas aquellas situaciones y, con 57 años, sólo dos años más que yo ahora, dijo que estaba cansado de luchar contra aquél monstruo de su cabeza y, sin despedirse, marchó en busca de su madre, que ya había partido diez años atrás.
No me gusta vivir con muletas. No me gusta apoyarme en algo que no es más que un tóxico. No me conviene porque tengo el colesterol alto, pero luego descorcho la botella y se me pasa. A pesar de que puso a mi familia del revés, a pesar de que mi madre se reconocía como una alcohólica social y que procuraba socializar mucho para poder ejercer de tal.
De tal palo tal astilla, me dirían. Pero yo no quiero ser la figurante en la vida de otros. Quiero ser la protagonista de la mía. No deseo ver cómo otros me miran mientras yo hago el tonto sin ser consciente de que lo estoy haciendo. Qué pesados nos ponemos al beber! O qué agresivos…! No me gusta perder el control. Pero claro, estuve tantos años buscando la forma de tomar los mandos de mi vida para no estrellarme, que ahora control es mi mantra, y resulta igual de estresante sostenerlo en el tiempo que flagelarme cada vez que tomo una copa. Me han pasado muchas cosas. Cosas que no puedo contar porque me resultan dolorosas. Por eso el afán por controlar y ser prácticamente perfecta como Mary Popins. El martes me voy de viaje y me he prometido no beber sino refrescos o agua. A ver qué tal me va! Me voy a Andalucía, a Córdoba, y, si me da tiempo, escribiré algo del viaje. Por dejarlo escrito. Para que no se me olvide que he viajado dos tristes veces con amigas y me lo he pasado genial. Voy con tres amigas y mi hija, y me vuelvo el sábado a mediodía. Así que, si Dios quiere, no acabaremos hasta el parrús las unas de las otras. Que cuando nos hacemos mayores vamos teniendo la patología de nuestras coñas y rutinas. Tenemos tres visitas programadas y luego daremos paseos hasta que el cuerpo de mis amigas aguante. O el mío! Que ya no somos unas niñas…excepto mi hija!
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Mi hija
Cuando piensas en la palabra «éxito», cuál es la primera persona que se te viene a la mente y por qué.
Nacer con un mapa neuronal distinto puede ser una suerte o una desgracia según cómo lo mires. Hay padres que darían todo lo que tienen si su hijo o hija no fuera de la manera que es, muchas veces sin saber que, esa persona, escucha, entiende que se habla de ella, se enfada, se alegra o se entristece por lo que oye a su alrededor, pero sufre metida en una maraña mental que le impide decir lo que le pasa.
Al nacer mi hija supe que algo iba rematadamente mal, sin saber qué exactamente. Como a esa gente a la que vendan los ojos y luego les lanzan unos contrapesos que deben evitar sin saber por dónde viene el golpe. Tan es así, que, cuando aún no tenía un año, y porque la opinión general era que yo, como madre, no estaba al nivel que se esperaba, busqué un jardín de infancia donde ponerla. Yo no trabajaba pero no daba la talla. Entonces pensé que, con una guardería, podría apuntalar mis terribles carencias.
Mi hija no hablaba, no señalaba, no mostraba ninguna emoción en su cara y, cuando cambiabas el camino a la guardería, o cuando se sentía frustrada, formaba unos líos tremendos, pero como sus progenitores eran principiantes, y sin saber qué teníamos entre manos, decidimos delegar en «gente experta».
La guardería resultó no estar a la altura. Estaba dirigida por personas cuyo único currículum consistía en tener muchos hijos. Eran un matrimonio Hasta ahí la experiencia. Les quedaba enorme mi niña. Tampoco tenían a gente profesional. Recuerdo que una vez, al llegar a recoger a mi hija, pasé hasta su clase, enfadada como un miura porque tocabas a la puerta y tardaban hasta veinte minutazos en abrir. Que digo yo, que dónde diablos estaba el personal. En fin! Lo dicho! Llego a la clase y veo a mi hija rodando encima de un espejo que se encontraba de pie una y otra vez. Le pregunto a su profesora que si considera que mi hija es una niña normal y me pregunta que en qué sentido. «En el sentido de que todos juegan menos ella, que rueda sobre ese espejo». Se ríe. Me dice que eso es normal. La miro y me pregunto cuántos niños habrá tenido en su vida, pero yo, he ayudado con unos cuantos y ninguno llevaba ese perfil. Salgo con la palabra autismo girando en mi cabeza.
Luego vino el diagnóstico, el enseñarla a hablar, a señalar, a quitarle los pañales, a apuntarla en natación, a quitarle el biberón porque ya tenía 3 años, y porque necesitábamos apuntalar su retraso madurativo, cambiarla de guardería, que fue dificilísimo porque, un niño o niña diagnosticado, requiere de una atención extenuante y no todas están dispuestas a asumir esa responsabilidad y ese gasto.
En contra de lo que decía su terapeuta, cuyo diagnóstico decía que no era autista, la puse en inglés. Se suponía que el problema que mi hija llevaba tenía que ver con el lenguaje y, ponerla en idiomas era pegarse un tiro en el pie. Me arriesgué. Porque yo sabía que el problema era muy profundo y, hacía años, cuando vi que se apagaban sus ojos y dejaba de mirarme, primero grité y luego juré que, donde quiera que hubiera ido yo iría a buscarla, la encontraría y la ayudaría. Solo quería que fuera feliz. Lo de los idiomas fue un éxito, lo que demostró, de nuevo, que el diagnóstico no era el correcto.
Luego vino el colegio, que la acogió a ella y a la loca de su madre que enviaba correos a diestro y siniestro, que daba consejos, que mandaba a la terapeuta a ver cómo se podía encajar a mi hija en un grupo ya formado, con niños que se conocían desde los 3 años. Pedí una profesora en el patio porque captamos abusos por parte de algún chico de clase. Ya ella, sin poder relatar, era capaz de reproducir conversaciones que se daban a su alrededor y que tenían que ver con su persona. Con «te vamos a dar para el pelo» mayormente, y así cortocircuitamos a todos los que lo intentaron, incluido algún profesor peor incluso que ese alumnado.
Hoy día mi hija habla, señala, aunque cuando tú le haces lo mismo a ella, debes situarte por detrás, girar su cabeza en la dirección que debe mirar y hacer como si tu brazo fuera el suyo para que ella vea lo que quieres enseñarle, hace de comer, tiene un móvil con el que se comunica con el mundo, y ha sido capaz de presentarse a unas oposiciones a justicia sin explotarle el cerebro. Y no lo digo por el estrés, que también, sino porque como se me parece, aunque ella es más guapa, se le acercaron un montón de desconocidos a saludarla y desearle suerte, sin devolver ella ni un exabrupto, producto de la sorpresa de que alguien se te acerque y te achuche.
Cuando pienso en éxito pienso en mi hija. Porque fui a buscarla, a rescatarla, y resultó que me mostró Avatar y entonces supe que no necesitaba ser rescatada. Que Avatar era un sitio difícil pero no terrible. Me ha hecho de cicerone y yo hice lo propio con el mundo terrícola. La próxima semana nos vamos de viaje. A celebrar que nos encontramos. A celebrar todos sus éxitos.
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Anoche
He tenido una noche de sábado movidita. Mientras esperaba pillar el sueño viendo algún podcast en la tablet, y a pesar de que pongo el volumen medio-alto por esto de que pierdo oído, comencé a oír a mi hijo resoplando detrás de mi. Se movía nervioso y me dio muy mala espina. Me giré y le pregunté qué le pasaba pero, cuando enferma, su mutismo le cierra la boca con una cremallera fuerte y no hay manera de que diga nada. Lo veo que se toca la cabeza. Corro a la cocina por ibuprofeno. Cuando estoy en la habitación, le pregunto si quiere vomitar. Me dice que no con la cabeza. Salgo corriendo de nuevo a por frío, para ponérselo en el coco. Me acuesto a su lado mientras presiono la máscara de frío en su frente. Me levanto y enciendo la luz del baño. Por si resulta que sí vomita. Vuelvo junto a él. Me levanto de nuevo y cierro la puerta porque, su hermana, cuando no está el padre, deja la puerta de su habitación abierta y le puede molestar la luz encendida. Me vuelvo a acostar a su lado. Lo miro como un vigilante a una joya valiosa de un museo. Insistente. Con los ojos como los de un búho. Le pregunto que si se le pasa y me dice que si, pero se sigue retorciendo de dolor y no me convence. Pasados cinco minutos, lo noto quieto. Se habrá dormido? Abre los ojos y me mira. Vuelvo a preguntarle si está mejor y me contesta un «que si!!» en un tono de «qué pesada!!». Me quito el cojín que me mantiene el cuerpo alzado y caigo sobre la almohada. Cuando esto ocurre, el forro que la envuelve comienza a cantarme canciones para dormir. Como un hilo musical. Noto que mi cuerpo se relaja. Abro los ojos a mirar al niño. Ahora está quieto, con la boca un poco abierta, a la espera de un primer ronquido. Me levanto y apago la luz del baño y abro la puerta. No quiero pasar calor. Me vuelvo a poner a su lado. Y entonces sí, entonces caigo por el tobogán de los sueños. Suavemente. Al final del mismo, me espera mi hijo aleteando los brazos y saltando. Con su sonrisa perpetua en los labios. Me dice que me perdona mi salida de tono de hoy cuando, al ir a estudiar biología, descubro que se ha dejado el libro en el cole. Oportunidad perdida para hacer un buen papel en el examen del lunes. Nos abrazamos. «Vamos a jugar?» Le pregunto. Ahora tengo su misma edad y llevo el pelo suelto pero con una pequeña coleta que me sujeta el flequillo. Me mira sorprendido. Tienes el mismo color de pelo que yo!! Me dice. No sabía de la magia de los tintes. Nos echamos a reír mientras salimos corriendo a Avatar, donde los sueños están llenos de buenas personas y lugares maravillosos. Qué bonito es tu planeta cariño!! Le digo. Y el me mira sonriente. «Volamos?» Me pregunta. «Si, volemos…» Pero él enseguida vuelve a despertar. Es lo que tienen las rutinas, y se ha despertado a la misma hora de siempre a pesar de cerrar los ojos a la una de la madrugada. A mi me puede el sueño y deseo volver a él. Dormir está sobrevalorado, me digo. Giro mi cuerpo y salgo de la cama. No hay dolor, no hay sueño, me repito. Lo abrazo y le doy los buenos días. Y nos vamos juntos a la cocina. A comenzar su preciosa rutina.
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La vida adulta
¿Cuándo fue la primera vez que te sentiste adulto de verdad (si es que te ha pasado)?
Es curiosa la pregunta, pero yo la cambiaría por un ¿alguna vez te has sentido niña? Y ya estaría contestada.
Viví mi infancia en un «ay!» percibiendo claramente que, mis padres, no tendrían mucho recorrido juntos. Es curioso eso porque, en este país, el divorcio no entró en vigor hasta el año 81. Mi madre se fue en el 83. Así que fueron un montón de años de esperar lo inevitable, de ver cómo ambos demolían lo que habían construido, hasta los cimientos y yo no hacía más que pensar en que, se puede no querer, pero no se debe faltar el respeto. Ella se lo faltaba a él, y él se alejaba de sus hijas como si contuvieran el foco de todos sus problemas. No era consciente de que el problema dormía a su lado cada noche. Cuando mi madre lo dejó, nos mató y enterró en un jardín mental de donde no hemos vuelto a salir. Ni siquiera cuando alguien, como para fastidiar, le pregunta que qué tal estamos, lo cual tiene muchos bemoles porque es que no tenemos contacto con él desde el año 2003. En el velatorio de mi abuela a quien ese señor llamó su suegra, se presentó a dar sus respetos a una mujer que, si hubiera podido se hubiera levantado y le habría torteado la cara. Si hubiera conocido la última conversación que tuve con ella! Si hubiera imaginado siquiera que «su suegra» me preguntó cómo no podía quererme si yo debía ser mirada con orgullo! Hablábamos de mí, claro, porque no estaba mi hermana presente! Ella llegó días después, destrozada por la muerte de su abuela, que decidió partir con una parca que se le apareció casi al amanecer, en forma de infarto, y del que no despertó. Siguió durmiendo. Soñando con su madre, una mujer adorable que vivió una vida durísima y que pasó con ella un montón de años hasta que marchó de su lado por las mismas causas por las que luego partiría su hija. El corazón. Ese que no cabía a ninguna de las dos en el pecho. Cansado de trabajar en casa, de aguantar maridos, de criar hijos, todo ello con situaciones que, de vez en cuando, las hizo salir en los periódicos. Ese era el nivel. Esa era nuestra vida. Y digo nuestra porque mis padres, en un alarde de, vamos a ser irresponsables y vamos a serlo mucho, tú por joven y yo porque me importan cero mis hijas, me llevaron a vivir con mi abuela a una casa que yo definiría como una casa de grillos y un camarote de los hermanos Marx todo junto y a la vez. Ahí sí que pude ser niña. Un rato. Jugando con mi tía pequeña y con mi hermana, que solía estar en todos lados, como un protón rubio lleno de energía. Entonces sí. Entonces fui niña. Hasta que todo saltó por los aires. Y entonces esa niña murió. No solo en la mente de mi padre, sino espiritualmente. Y comencé a dar pasos en la vida adulta. Sola. Sin ayuda.
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Después del examen
Al día siguiente del examen de oposiciones, salieron las plantillas oficiosas para corregir, si querías, tu propio test, así que estuve hasta el lunes insistiendo a mi hija para que se metiera en cualquier página de preparadores y lo hiciera. Su respuesta fue no. No quería sino la oficial. La del ministerio. «Pero esa saldrá muy tarde chiqui!» Le dije. Entonces le pedí su hoja de respuesta y, para mi sorpresa, me la dio, todo un rato antes de salir corriendo a la terapia con el hermano. Metí sus respuestas de la primera prueba y en el resultado me sale que ha aprobado. Luego corrijo el supuesto práctico y aquello empieza con unos diez fallos. Me pongo nerviosa. Sigo corrigiendo y remonta. A partir de ahí tiene todas las respuestas bien. No me da tiempo de sacar la nota. Doblo el papel y me lo pongo bajo la axila en modo Cenicienta te vas a convertir en calabaza si no corres. Llego a la terapia justo cuando la muchacha abre la puerta para dejarnos pasar. Subimos, y, después de explicarme qué habían hecho el niño y ella durante esa larga mañana, le explico lo de mi hija. Ella coge una calculadora y, oh my god!! resulta que mi hija también supera el práctico. Me pregunta cuál es el corte y, cuando se lo digo, las dos soltamos un grito de alegría. Nos recomponemos. Aquí se viene a hablar del enano. Nos miramos. Volvemos a gritar de alegría y chocamos nuestras manos. Le doy las gracias por su generosidad, porque ella forma parte de ese resultado. Por su ayuda inestimable.
Sin saber que ese día era su cumpleaños, salgo rauda y veloz a comprarle un regalo por quedarse con el niño. Uno que no es suyo, y que, además, tiene su qué toda la mañana de un sábado. Me llego a una librería y le compro un organizador tan bonito y con una pinta de bueno tan grande que me gusta hasta para mí, solo que yo no lo trataría como merece. Le compro un par de cosas más. Todo me parece poco.
Luego paso por una tienda de esas que yo considero de energías y buen rollo. Le compro un detalle a mi compañera que sé que ella no ha superado el test. Vuelvo a la terapia, y, después de darle los regalos sin envolver, nos abrazamos la chica y yo, intentando darnos todo lo positivo la una a la otra. Al día siguiente le doy a mi compañera su regalo. Es un llamador de ángeles. «Para que lo bueno te encuentre» le digo, porque el llamador suena como un cascabel, y la abrazo fuerte para aliviar la pena de llevar tanto tiempo preparándose, saber tanto, y no haber conseguido nunca pasar la prueba. El yin y el yan. Mi hija y ella. Sus nervios que la hacen perder el norte y borrar lo estudiado. Los nervios de acero de mi extraterrestre, su lógica aplastante, su preparación sin descanso, con una madurez de una mujer de más años, que, al salir, notó las bajas energías de las demás y las hizo suyas. «Me salió mal mamá, lo siento» me dijo. Y yo la creí, porque ella es lógica pura, y mi alma hizo las maletas y me dijo que estaba hasta la coronilla de tanto drama. «Ahí te quedas!» me espetó, pero volvió resuelta en cuanto se enteró del resultado. Ahora a esperar a ver si consigue o no la plaza.
Al salir de la terapia, mientras caminaba yo dos palmos por encima del suelo, mi hijo me soltó: «quiero ser chófer de guaguas» por si pensaba que yo esperaba de él lo mismo que de su hermana. «Sabes? yo tenía un tío que lo fue! Tienes que ser muy serio para llevar a personas de un lugar a otro! Le dije. Él me sonrió, y, en medio de la calle lo abracé. Porque yo no espero que sea ministro. Sólo quiero que tenga salud y sea feliz, y, en ese abrazo, lo fuimos los dos, juntos.
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La opinión sobre mí
Háblanos de un tema o asunto sobre el que hayas cambiado de opinión.
Uno cambia de opinión muchísimas veces. A veces porque la información que tienes es solo la que te ha dado una parte y, ante la versión de la otra, con pruebas, porque claro! tendemos a sentenciar sin ser objetivos, o eso hacía yo en otros tiempos, ya vemos el cuadro completo y nuestra mente vuelve a hacerse otra composición diferente.
Hoy día, con los años que tengo, las lecturas que he devorado, las experiencias, las enseñanzas, han dado como resultado una persona distinta a la de antes. A veces me veo con 18 años, con la parte de atrás de la cabeza rapada, cuando antes las mujeres debíamos ser monocordes, mis pantalones gastados porque mi padre me pasaba una miseria y, de ella, debía descontar lo que se llevaba mi abuela, y mi camiseta raída y cool. La ley decía que debía ser todo para ella, pero mi abuela respetaba los cuatro chavos que me tocaban y que me daba para que yo hiciera con ellos magia. De ese dinero, 60 euros de los ochenta, debía salir, la ropa que me ponía, los libros que me compraba, ojo cuidado que iba al instituto, el transporte, y el maquillaje. Si quería visitar un médico privado debía reunir el dinero mes tras mes. Así que, en ese tiempo, todo mi comportamiento giraba en torno a demostrar que era una rebelde. Que mi padre podía no quererme ni cuidarme, pero que tampoco me importaba. Que yo era tan feliz a pesar de escucharle decir que no volviera A SU CASA, a molestarlo. Que no me afectaba ver cómo hasta mi abuelo, que era para darle de comer aparte, me mostraba más cariño que él, y que, así y todo, no dudó en echarme a la calle a los quince años. Una semana durmiendo en casa de su hermana, y al cabo de esos días, entré de nuevo. A pesar de decirme que allí no pisara más. A pesar de pensar que, tal vez, aquél sería mi último día en La Tierra. Porque no tenía dónde ir. Y si, pensé que si era mi último día que así fuera porque de esa manera acababa ya con toda aquella mierda.
Durante un montón de años, y con ese bagaje personal tan deprimente, pensé, de verdad verdadera, que no era merecedora de afectos. Tal vez por esto mismo llevo con mi todavía marido 37 años. Pensaba que, en otra vida, había sido una Elisabeth Bàthory de la vida o algo así, y que debía purgar, en esta, el pecado de haber matado a aquellas chicas vírgenes y pobres como ratas. Ese era mi estado mental cuando llegué a terapia más de 35 años después de todos aquellos acontecimientos. Creía, estaba convencida, de que merecía lo que recibía porque había algo malo en mí.
Ya llevo cinco años de terapia. Creo que, de hecho, cumplo los cinco en este mes de octubre o ya los hice en septiembre. Da igual. Ha sido un viaje hacia dentro maravilloso. Un conocimiento sobre mí que ni Jacque Coustó en sus sueños más húmedos. Porque, es cierto que no soy un tesoro real, pero estoy aprendiendo a quererme y protegerme como si lo fuera. Es una pena que esté en estas lecciones de vida de forma tan tardía. Pero no importa. He cambiado sobre la forma en la que me miro al espejo. Y eso, amigos, vale oro!!
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100 suscriptores Esto me llegó el otro día y solo puedo dar las gracias a quien toma un momentito para suscribirse y para leerme, yo, que hago cero publicidad del blog, alucino muy fuerte con la cifra. Tanto que, he decidido hacer un poquito de pausa laboral para agradecer el apoyo.Mil gracias!! ❤️❤️❤️💫
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El examen
Llevo un fin de semana bastante tristona, supongo que, consecuencia directa de la yinkana que he tenido que hacer para poder presentarme al examen de las oposiciones. Resulta que se empezaba un poquito a criterio de quien estaba dentro del aula donde hacías el examen. Con el primero de los tres, nos pegamos hora y media. Luego vino un segundo que, por supuesto, no empezó seguido del primero. Este fue de media hora. Pedí ir al baño porque llevaba desde las siete y cinco de la mañana allí y eran las doce, y aproveché para preguntar a quien vigilaba el aula si podía irme a la mitad del tercer ejercicio si no sabía las respuestas. No. Y el examen último era de 45 minutos. Socorro! Total que salí a la una y cuarto, corriendo, llamando a mi hija, a la terapeuta de mi hijo, e intentando que no saltara, a esas horas, todo por los aires. Cuando me encaré a mi hija me dijo que el examen no le había salido bien, y, de repente, mi alma viajó hasta mis pies, mi ánimo se fue a tomar por saco y, desde ahí, hasta ahora mismo, mis ojos parecen dos fuentes de esas que enchufas y no dejan de manar agua.
Cuando llegamos a casa, fui a comprar para hacer algo rápido de comer y volví corriendo. Brindamos por el esfuerzo hecho por los tres para sobrevivir al día y pico de mierda que llevábamos y mi hija y yo nos arrastramos al dormitorio a dormir y recuperarnos del madrugón. Al despertar de la siesta, comencé tímidamente a recoger un poco la casa y a disfrutar de series de esas que son bonitas, basadas en un libro de una escritora como Jane Austen, y en las que, lo más terrible que pasa es que, por ejemplo, la protagonista ponga sus dos pies en un charco y se arruine su vestido. Mientras, yo la veía y secaba mis lágrimas.
Como tenía el móvil en silencio, no vi que me había entrado un mensaje. Una amiga, que vive por la zona, se ofreció a dar un paseo conmigo esta tarde para hablar un poco. Supongo que debe notarse mi tristeza. Quedarme el día de la oposición con mis hijos, sola, porque a mi marido le importa cero que yo deba ir como pollo sin cabeza solventando todos y cada uno de los obstáculos, que le pidiera por favor que no fuera al viaje y que, como no! no ha mirado ni para atrás, me ha dado en toda la línea de flotación. Eso sí, sin volver para atrás ni para coger impulso. Le he dicho que cuando vuelva del viaje dejaremos de ser una pareja para ser un tú y yo. Se acabó el nosotros. Creo que él nunca ha sabido hablar en plural, ni siquiera cuando se refiere a sus hijos pero esto último, tal vez, lo diga desde el cabreo y la decepción.
Puede que esta tarde salga a dar ese paseo con mi amiga. Tal vez le pregunte si se alquila algo bueno, bonito y barato en su barrio. Un barrio en el que, a pesar de todos los problemas que tiene, se está dando una pátina de lustre porque, cada vez, la gente desea más vivir en un lugar donde se encuentran las cuatro torres de la ciudad de la justicia, que que les ha hecho convivir con un glamour que les era desconocido.
Si. Tal vez me vaya a dar ese paseo. Para hablar con alguien de fuera de Avatar. Para que me diga que no estoy loca por decidir que, si me tocas a los chicos y los dejas tirados, no mereces seguir casado conmigo. No cuando me he dejado la piel para acompañarlos en un viaje que es apasionante y duro a partes iguales. Si no me aportas te apartas. Pero es tan duro ver cómo lo ha hecho sin dudar ni un solo segundo…!
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Los desvelos
Ayer la isla tocó el pico más alto de calor, empezó a soplar aire caliente y todo ello unido a un Lorenzo en todo su esplendor dio como resultado un calor de fatigas, de estar quieta en un sitio y sentir las gotas de sudor recorrer tu cuerpo, de beber agua hasta decir basta y de ir a la playa hasta ver al sol ponerse. También ardió un coche porque se dieron varias circunstancias para ello. Era descapotable, alguna de sus piezas hizo efecto lupa y el material donde se reflejó el sol no era ignífugo. Se quitaron los vehículos de su alrededor, tras una pequeña explosión, y los bomberos acudieron en un pis pas.
Colo digo, tras la novelería del fuego, nos fuimos a la playa y, al volver a casa, notamos que el aire refrescaba, sin ser una maravilla, y que, al ponerte en la terraza, podías pasar el sofocón. Pero claro, la oscuridad atrae insectos, y nos vimos todos atrincherados en casa con las ventanas cerradas. Luego peleas por un ventilador, aunque yo cedí gustosa el mío a mi hija porque en su habitación el calor es peor que en la de matrimonio, donde yo duermo, y así, y tras una noche de sudar como en una sauna, hemos llegado a tocar la mañana. Mi hijo se levantó a las 5 a beber un vaso de agua fresca, y, por el desvelo, tocamos las 8 de la mañana.
Ayer fue una jornada de playa donde vimos avances. Se puso el enano las gafas y el tubo de su padre y, desde las boyas, fue avanzando muy despacio hacia la orilla. Sin preocuparse de que el agua tocara sus ojos, defendidos estos por unas gafas de adultos.
Estando en la playa recordé a mi tía. Mi hermana me había dicho que llamó a la clínica donde estaba ingresada y que le habían dicho que ya no era paciente allí. Le escribió al hijo para preguntar dónde estaba su madre y, para sorpresa de todas, su hijo no sabía dónde diablos está. Creemos que en una residencia de mayores. Me debatía yo entre, es un muchacho joven y no tiene la madurez suficiente para llevar un tema como este y, lo que debe ser que te lleven y te traigan a algún sitio y no ver a nadie de tu familia. Y no volver a la que era tu casa. Y no estar donde era tu pueblo. Y llevar así, Dios sabe cuánto, pensando que no preocupas a nadie, mientras su familia en España vive en un sinvivir ante esta situación espeluznante. Y digo en España porque, su hijo, el teutón, no sólo afirma que no tiene idea de dónde está su madre sino que nadie le ha llamado para informarle. Y tú te quedas con mucha cara de tonta, rezando para que ella no crea que hemos sido tan cabrones de deshacernos de ella como si fuera basura. No es así chiqui, y, si lees esto, que me consta que te pasas por mi blog, quiero que sepas que todos te queremos igual y que ninguno ha pensado ni por un momento en hacerte pasar por semejante situación. Te quiero cariño. Te queremos. No lo dudes jamás y estás en nuestros sueños y desvelos. Así que, si quieres, nos veremos en alguno de ellos. Como cuando éramos solteras y sin hijos. Paseando. La una de la mano de la otra. Hasta el final de los tiempos.