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Respirando
He vuelto, cómo no! a la casa del sur. Lo he hecho para coger resuello ante lo que nos espera. A mí, el examen de las oposiciones, al que este año me acompaña mi hija, al enano, unas yincanas estupendas por esto de que no hay bus escolar. Por el medio, visitas médicas, un viaje a Córdoba para el mes que viene, y un intentar sobrevivir en este año mierdoso que va llegando a su fin. Aunque, pensándolo bien, deseé con muchas fuerzas que se terminara el 2020, y al año siguiente perdí a mi madre. Así que, vamos a tomarnos todo lo que sucede con tranquilidad, y eso lo consigo aquí, entre estas paredes, paredes que van, por algunas zonas, pidiendo un arreglo urgente.
La casa ahora mismo está cubierta de una película de polvo marrón, consecuencia de la última calima que, además de larga fue copiosa. Así que toca arremangarse y limpiar porque esto todo es como estar en una foto en sepia. Y a mí no me gusta ese color. Ya tuve una vida así, sin luces y con muchas sombras. Ahora solo quiero luz. Dar luz a la vida de mis hijos. Que no recuerden el vivir junto a mi con dolor de estómago, sino con un puñado de grandes recuerdos felices.
El canario ha subido a la copa del árbol que ya pasa con mucho el alto de la terraza, y me ha saludado piando mientras yo estiro mi esqueleto en los sillones de mimbre que me acogen cada mañana. Me levanto para verlo más de cerca y, al asomarme recuerdo a mi madre subiendo la cuesta que lleva a la casa. La vivienda está impregnada de su energía, de su perfume, de su risa.
Hace un rato ha venido mi hijo y se ha recostado a mi lado. Nos hemos quedado abrazados, como un par de estatuas, sintiendo el calor del uno en el otro, mientras he envidiado que él tenga la oportunidad de cobijarse en los brazos de alguien. Yo me consuelo con el mimbre y el calor de los cojines. A cada uno lo suyo. Dos vidas. Dos realidades. Dos deseos. Uno cumplido. El otro anhelado. Pero se aprende a vivir así. Y el resultado, la imagen que me devuelve el espejo cada mañana. El rostro de una superviviente que, ahora, lo único que desea, es disfrutar de momentos bonitos. Respiro profundo y me lleno de la paz que da esta casa. Me levanto a quitarme el pijama para coger una muda de ropa para la jornada maratoniana de limpieza de hoy. Dejo el blog para empezar a crear recuerdos bonitos. Buenos días!
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Las pilas
Hoy me he levantado con los rabotazos de una rinitis alérgica que comenzó ayer. Estoy bastante mejor pero no bien del todo. Debe ser algún cambio de tiempo porque mi nariz actúa como un barómetro natural que se activa cuando va a producirse uno. Ojalá fuera que va a llover!
Luego, mientras preparaba mi desayuno ha venido el niño. El mando se ha quedado sin pilas. Lo miro y me devuelve la mirada como si, en vez de unas pilas, hubiera muerto su mascota. Bueno, pensándolo bien, la tele ES su mascota, y lo que ve en ella, el amor de su corta vida. Es su interés profundo.
Busco entre las miles de cajas que mi marido tiene por ahí llenas de cacharros y me pongo a buscar las pilas. Encuentro de otros tamaños y no de ese, la alergia comienza a protestar por mirar trastos, y retrocedo. Luego va él, por si su madre, esa vieja, no ha visto las pilas por culpa de ser tan mayor. Le he repetido que no hay lo que está buscando y recula. Me mira triste. Más que antes.
Me vuelve a repetir lo que ya sé. Él solo quiere que le diga qué solución le voy a dar al asunto y no una reiteración de una frase inútil y evidente. LAS PUTAS PILAS SE HAN ACABADO!! Le digo que no he ni desayunado y que me deje en paz. Solo de pensar en salir a comprar cuando estoy enferma debería computar como un máster de pacienciología.
Comienzo a desayunar y escucho a su hermana levantarse. Aparece en la cocina. Le doy los buenos días y me contesta un «pa quien los tenga». Antes de darle un mordisco a mi sándwich le digo que qué saludo más lleno de buen rollo. No me pilla el sarcasmo. Me pregunta, ella, que es a tope de Avatar, que porqué está el mando en la cocina. Le explico. Me mira y coge unas pilas más pequeñas y papel de aluminio. Le digo que si rompe el mando me da un parraque. Ella me contesta que no sea exagerada. Que su reloj, el de su habitación, funciona haciendo lo mismo. Se sienta en el salón y la observo peleando contra su psicomotricidad fina destartalada utilizando su arma secreta. EL FOCO. Nadie puede ganar a la concentración de una persona autista. Miran tan a tope lo que tienen entre manos que, si pasas disfrazada de la Gallina Caponata no se darán cuenta. Un poco de FOCO más. «Ya está!» Le dice al universo. Su hermano vuelve al salón dando brincos. El mando funciona con ese truco. El orden en Avatar se ha restituido. Me echo el último trozo de sándwich a la boca. Doy mi último trago de café. Los miro y pienso que qué pena no caerles en suerte una madre de su planeta. Yo sólo fui la receptora de dos crías de Avatar que debe aprender no sólo de maternidad, sino también de seres de ese planeta. Sus costumbres, su forma de ser, sus FOCOS…me arrastro hasta mi habitación por no estar a la altura de las circunstancias. Al cabo de un rato, vienen los dos a besarme. «No te flageles terrícola» parecen decirme. «Entendemos tu falta de paciencia por estar enferma. Ustedes humanos sois así. Unos flojos que, ante esa adversidad de mierda se ponen como monos furiosos. Nosotros ya sabemos de esas chorradas vuestras pero, a pesar de todo, eres una buena madre con la paciencia justa para no haber cogido la maleta y haberte ido, por ejemplo, a Tegucigalpa». Los miro salir de mi habitación y pienso que la vida no pudo ponerme delante a dos personas más maravillosas. Si volviera a repetirse la historia querría vivirla de la misma manera. Con ellos. En este rincón de Avatar.
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Soltar para avanzar
Esta semana que dejo atrás ha sido una montaña rusa, aunque creo que eso es muy propio de la vida misma. Hacerte subir, para luego bajar, a veces de un momento a otro. Que, a veces, consumimos un día pensando que mañana habrá otro más, y resulta que no. Que la vida te saca del juego, y ya no habrá otro momento, ni otro amanecer.
He ido al gimnasio, cosa que me congratula porque, teniendo en cuenta que la menopausia entró en modo desagüe, es decir, giraba y me hundía al mismo tiempo, y, con el calor que hace fuera y dentro de mi cuerpo, ponerme las mallas y salir a la calle es de un mérito de esos de los de darme besitos. Paré en la farmacia a comprarme unas pastillas recomendadas por mi terapeuta que tienen como contraindicación la migraña, pero la chica de la farmacia me tranquilizó diciendo que muchos medicamentos ponen lo mismo y luego no ocurre. Le he dicho que si no funciona puedo volver y pedir que me pegue un tiro en el mostrador. Por rematar y dejar de sufrir. Me ha mirado raro. Creo que no le gusta mi humor. Lástima!
En el trabajo he tenido un momento corre corre a raíz de un señor muy enfermo, con una enfermedad altamente contagiosa, que no quería permanecer en el hospital. La cuestión es que, con una edad avanzada, politoxicómano adeplús, se sentía lo suficientemente mal como para acudir a urgencias, que le diesen sustancias legales para aliviar el dolor, y luego ya si eso, me voy y ya regreso cuando sienta que me muero. Eso fue hasta que, por un problema grave de salud pública, le hemos puesto unas medidas acordes al problema. Espero no volver a saber de él, y deseo que mejore. Pero este, con su actitud egoísta va pidiendo que su vida sea corta por esto de que, si coge a alguien con las defensas tiernas, lo manda al otro barrio en un homicidio perfecto. Utilizando como arma su enfermedad. Sin contacto. Es tan contagioso lo que tiene que, hasta una hora y media después de estar en una habitación, sigue el virus con toda su intensidad entre las cuatro paredes. Y él se larga, coge el bus, se echa encima de la gente pidiendo dinero…Que tío más majo!
También he ido a la piscina. A otra distinta de la que iba antes. Más grande. Más olímpica. Estuve cuarenta y cinco minutos dándolo todo y, cuando iba a acabar, descubrí que, mientras nado, medito. No pienso en nada en absoluto, y me encantó esa sensación. Podía ver las gradas llenas de padres, hermanos…de los niños que estaban de cursillo, y aquí hago un inciso. Un minuto de silencio por esos monitores que soportan a algunos niños que hacen de Herodes un héroe. Al caer la tarde, entraron los últimos rayos de sol por los ventanales de la instalación y se proyectaron en el fondo de la piscina, como una vidriera gótica pero hecha sin la intervención del hombre. Entonces entré en comunión con aquellos rayos, la gente, el agua, y dejé de escuchar incluso el murmullo de la actividad de la propia piscina. Y pensé que, ojalá estar allí para siempre. En esa tranquilidad.
Mi terapeuta me ha dicho que, uno de los traumas que llevo colgado de mi cuello con una cadena, podría soltarse si escribo una carta a quien causó el trauma. No era obligatorio, pero ya la otra vez que me vio me preguntó si la había hecho. No vamos a leerla. Consiste solo en escribirla y destruirla. Y que el fuego, o la trituradora o lo que sea, hagan de catalizador para poner un broche final a algo que lleva mucho tiempo conmigo. Tengo varios de esos, la verdad, pero quizás este es el más grande y me apetece largarlo por ahí. Mi cerebro está tan disociado que no entiendo cómo soy capaz de acordarme siquiera de cómo me llamo.
He decidido que, según vaya la tarde, tal vez hoy sea un buen día para hacer ese ejercicio. Tal vez escriba y, a lo mejor, con suerte, salga bien y me sienta más ligera al acabarla. Porque no quiero dar un minuto más de poder a lo sucedido hace tanto tiempo, porque quiero sentir la misma felicidad que sentí en la piscina. Porque merezco ser feliz y debo poner todo de mi parte para conseguirlo. Pero, sobre todo, porque quiero tomar decisiones que no van a gustar a muchos y debo hacerlo sin rencor. Para avanzar. Ligera. Como una pluma mecida por el viento. Como un rayo de sol reflejado en el agua de una piscina.
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El sentir de los años
Hoy me he levantado healthy que es algo que suelo hacer cuando mi aparato digestivo protesta. Pocas veces lo hace porque yo finto muy bien lo de cuidar lo que como pero con el calor, con la menopausia, los años mismos, hacen que la torre que tú creías firme se vaya yendo a tomar por el jander que diría Chiquito y ya los quiebros de cintura que hago para evitar problemas dejan de funcionar. Y, Houston, tenemos un problema! Antes, una resaca la solucionabas en un pis pas. Las agujetas de hacer deporte, esa cosa que practicaba solo en la clase de gimnasia allá por el pleistoceno, no me duraban un día entero. Ahora como algo un poco fuera de lo regular y mi aparato digestivo protesta de muy mala manera, tanto, que he comenzado el desayuno con fruta y acabaré el día con una ensalada, más fruta y agua. Que no se diga! Luego, si ya si eso palmo, seré un excelente abono para plantas.
Por si fuera poco, anoche la menopausia decidió coger un pandero enorme y empezó a aporrearlo dentro de mi cabeza como los monos esos que tienen dos platillos. A esa velocidad. He tenido que oír todas las puñeteras veces que mi marido se ha levantado de la cama, que ayer salió y los excesos que llevaba en el cuerpo no le han dejado dormir. He pensado que él se lo merece pero que yo, que trabajo de lunes a viernes, me merezco dormir como un bebé, o en su defecto un sacerdote y que alguien acabe con mi vida de manera rápida e indolora. A la mierda las medias tintas!
A lo del pandero y los paseos de mi marido, se ha unido el calor. Porque aquí, en Avatar, se piensa mucho en el cambio climático y no ponemos ni un ventilador porque su ruido molesta y no pueden dormir. Añadamos a eso que mi marido se sigue tapando con el plumón (un minuto de silencio por las fatigas que paso al verlo) y para qué queremos más. Que alguien me remate!
Ahora, en un último acto masoquista, para terminar de hundir mi fin de semana y ponerle la guinda de «has sido un finde de mierda» voy a refrescar la casa, que consiste en fregar los pisos y limpiar los baños mientras chorreo sudor por cada poro de mi piel. Yo! Que no sudaba nunca! Que he sido un jarrón Ming de mantenerme imperturbable mientras todo se derrumbaba a mi alrededor, ahora sudo como una puerca y me enfado como una mona (otro minuto de silencio por esas dos comparaciones odiosas) mientras quito todo lo que mi marido ha puesto por el suelo y yo no he tirado aún a la basura. En fin! Si. Es cierto que mi hija tiene 20 años y me echa una manita, pero sin abusar que la chavala está opositando.
En fin, voy a hacer la croqueta, a bajarme de mi cama donde escribo estas tontadas que dejo al mundo online, y a poner una lavadora. Así comienza mi calvario que terminará cuando pase la fregona por el salón. Y luego, ya si eso, puedo pedir que me den la puntilla en el rellano de la escalera. Al fresquito. Morir si, pero sin asarme. Sin ensañamiento.
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Calentando motores
He tenido una semana de esas que sientes ya a septiembre soplándote en la nuca. Ya se puso en contacto conmigo la terapeuta del niño para decirme que, desde el día 1 estaba dispuesta para empezar y que, por cierto, este año sube las tarifas de una manera asumible, la verdad, pero no a los que van con becas de NEAE. A ellos no, porque las becas suelen ser una inmundicia que te dan después de presentar veinte mil papeles, hacerlo online con certificado electrónico, abrirle una cuenta al crío previa tramitación del dni. Todo eso como digo, para luego que te den un dinero que, a lo mejor, cubre 3 meses de terapia. A mi me la deniegan siempre. La cosa es que me la han denegado incluso, cuando mi cuenta llegaba a quedar en números muy muy rojos. Pagaba hipoteca, coche, terapias, porque hasta este año iba mi hija también, colegio, instituto privado (sí amigos! porque cuando tu hija tiene cuatro amigas y todas van al mismo sitio, tú vendes tus riñones para que ella pueda gozar de esa amistad) Con lo que yo abonaba, se iba todo mi sueldo. Cuando había un extra, ejemplo el seguro del coche, nos quedábamos como digo en números rojos. Así hasta la cancelación de la hipoteca. Dejé de pedirla hace mucho rato porque, según ellos ganábamos un montón y éramos ricos. Con dos hijos autistas con necesidades mil, pero ricos. Así que siempre venía denegada. La orientadora me llegó a decir que debía de haber algún dato mal en lo que presentaba. No. Lo único mal es que para darte cuatro chavos, debes rozar la indigencia. Es más, conozco a alguna que es madre soltera de cinco hijos incluido un bebé de meses. Madre soltera. El milagro de María y Jesús pero sin José. Cinco veces! Y claro! A ella sí. A topísimo la administración con su causa-milagro!
Luego he estado en el curro corre que te pillo por esto de que me pusieron dos demandas urgentes y a la vez. Dos días seguidos. Que digo yo, letrados del mundo, que ustedes pidieron la inhabilitación del mes de agosto para tener vacaciones, y como no les era suficiente, lo mismo hicieron con el periodo navideño. Lo entiendo perfectamente. Son autónomos y eso ya me da muchas ganas de gestionar una adopción. Pero hombre! Plantas una demanda urgente y, cuando te llamo te has largado de vacaciones! Eso es tirar la piedra y esconder la mano! Que estuvimos a punto de hacer la reunión online nosotros en sala y la letrada con gafas de buceo! En la península! De ahí la reunión online! Total, que ella es un amor de mujer y, tras disculparse y hacerme la pelota la mar de bien, cuando acabamos la reunión le lancé un beso con la mano. Soy una rebajona! Pero me puede la buena gente!
También salí a dar una vuelta con mi marido con menos éxito que la primera. Nos fuimos a la casa del sur, con mil grados de calor, porque tenía que llevar ropa limpia, arreglar una cámara de seguridad, regar el jardín, que ya no lo hacen las vecinas…nos fuimos luego a un local lleno de ingleses todos tan jóvenes y guapos. Y con dinero. Porque el local era un atraco. Top. Pero atraco. Total que, por la calima, me dio la alergia y nuestra comida iba de comentar platos a mi congestión. Salimos del local y echo de menos a mi móvil. Le digo que espere. Vuelvo al local. Se me había caído en el suelo. Me dice que cómo me pueden pasar estas cosas. Lo miro y le recuerdo que él ha dejado el coche en marcha y ha subido a casa. Para encontrarlo a la mañana siguiente casi sin gasolina. Por ejemplo. No le gusta lo que le digo y ya no vuelve a hablarme. Le pregunto que si está enfadado y no me contesta. Me río. No debe hacerle mucha gracia. Su drama se convierte en opereta por obra y gracia de su mujer que, está enferma, si, pero a la que le sigue llegando el aire al cerebro, y piensa que hace dramas de auténticas chorradas. Dejo de hablarle yo también. Lo mio no es por enfado. Es por placer. No le doy a tontos la oportunidad de hundirme en la miseria, porque como dice Ana Ribera en su blog, yo desde tan abajo, no explico. Pues eso!
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Las maternidades
Ayer, perdiendo el tiempo en Instagram, me encontré a alguien a quien sigo explicando que, cuando eres madre y no sigues a ese tipo de mujeres que dan de mamar, portean, colechan etc también eres una buena madre y también lo haces bien. Nombró una bañera, con forma de maceta y que salían una pasta y a mi se me desbloqueó un recuerdo. Yo compré esa gilipollez. Me gasté un dineral porque, por aquél entonces, mi hija lloraba muchísimo. Claro, al llorar tanto, tragaba aire y le daban gases y yo, por primeriza, pensaba que era eso por lo que lloraba. No era así. Ella lloraba porque, al abrir los ojos vio que no estaba en Avatar. Que había nacido en un planeta que no conocía con una tontorrona que compraba macetas para que ella estuviera mejor. Según instrucciones del propio producto, el bebé se sentía como en el vientre materno y se quedaba en la posición que tenía dentro del útero. Eso, cuando no eres de otro planeta o cuando te da porque esa bañera te parece una chorrada muy propia de un adulto disfuncional. Fue poner a mi bebé en la bañera y ella empezar a moverse nerviosa yo creo que pensando un: «que me matas idiota!» Tragó agua, lloró, como no! y se acabó la bañera con forma de maceta.
Porqué cuento esto? Pues porque, si hoy al universo le da por poner esto que escribo en manos de una madre primeriza, quiero recordarle que, hagas lo que hagas, lo estás haciendo muy bien. Incluso si no te apetece amamartarlo, o dormir con el bebé, o lo que sea, esas son cosas que te conciernen solo a ti. Son tus decisiones. Es tu cuerpo, tu energía, las energías de tu cría, y solo tú sabes y a ti solo deben importarle. A nadie más.
Me tiré 7 años de mi vida pensando que era una madre horrible hasta que llegó el diagnóstico. Diagnóstico por el que estuve peleando porque el que le habían dado no tocaba ni la superficie de lo que ocurría en realidad. 7 años en los que tuve que oír que, lo que le pasaba a mi hija, que todo lo que tenía se lo provocaba yo porque, o bien la malcriaba, o bien no la llevaba suficiente a los parques a jugar con otros niños, o como se me llegó a decir alguna vez, «si no te gustan los niños cómo te dio por meterte en ese jardín?» Yo pensaba que hay gente que maltrata a sus hijos, que los mata incluso y luego, cuando entrevistan a los vecinos, les dicen a los periodistas que eran unos padres de diez. Yo sólo deseaba que mi hija fuera feliz y, si para eso debía arder con un bidón de gasolina, lo hubiera hecho. No tienen que gustarte todos los niños, ni ser niñera. Sólo deben caerte bien los tuyos.
Más tarde hubo quien, tras el diagnóstico, me quiso explicar que, seguramente, por yo no ser una madre afectuosa, mi hija, emocionalmente desconectó de mi. Pero yo ya no escuché ni una sola opinión más. Yo andaba muy lejos, como una cometa a la que zarandea el viento. Y así estuve un tiempo corto. Vacía. Triste.
Como ya estaba harta de las opiniones ajenas, comencé a estudiar y a informarme. Con información avalada por gente que sabía porque, en tierra de expertos, también hay cantamañanas, así que, poco a poco separé la paja del grano.
Han pasado 20 años desde aquella maceta-bañera que acabé, primero, llenando de trastos, y después llevé alegremente a la basura. 20 años de los que he disfrutado estos últimos. El resto ha sido una lucha continua por explicarle a mi hija que, el mundo que creamos a su alrededor, Avatar, solo está entre las cuatro paredes de nuestra casa. Lo demás es otro planeta llamado Tierra y que no, nunca volverá a su planeta de origen. Nosotros hicimos una maqueta que ha quedado bien chula pero al pasar el umbral de la casa, está la realidad. Aunque eso ella ya lo sabe. Ayer, en la playa me explicaba con mucha madurez porqué no tiene amigas. Creo que a su padre y a mi se nos fue un poco de las manos la maqueta. Ahora ella es absolutamente feliz. Y eso es algo que conseguimos a pesar de tanto «sabio» consejo.
Por eso termino diciendo que eres una madre o un padre estupendo. Da igual cuando leas esto!
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Un día marrón
He vuelto a la casa del sur. La última vez me despedí de ella de muy malas maneras, haciendo maletas deprisa, gritando órdenes a mis hijos, pidiéndole a mi cuñado que me llevara a Avatar…porque había muerto una prima de mi marido y eso cambiaba todos los planes.
Cuando entré ayer, la entrada estaba cubierta de huellas de barro, humanas, que me dejaban claro que la vecina alemana que vivía en la casa de enfrente, había regado el jardín. Me lo había dicho en un audio de WhatsApp y me había dejado caer que, si el jardín se descuida se secarán las plantas. Vaya por Dios! Otra responsabilidad más! Como si no me faltara ninguna. Como si yo no trabajase, tuviera familia, estudiase, llevara cuando toca al niño a terapia, tuviese un apartamento en alquiler, vamos, como si no tuviera otra cosa que hacer que viajar una hora ida y otra de vuelta para regar el jardín.
Hoy por la mañana me he asomado para ver si había habido alguna muerte plantil en estos días y me he encontrado con la mirada entre socarrona y despectiva del gato negro que duerme en mi terraza. «Hola humana estúpida que no sabe cuidar de ningún animal a pesar de que me comí una de las tórtolas que se cagan en tus barandas. Te dejé su cadáver en la terraza la última vez, como forma de regalo, pero no agradeces nada» me dijo antes de marcharse porque sabe que no puedo adoptarlo. Ya le he contado que soy alérgica, que mis hijos lo temen como a un nublado, que con mi marido él sería un no firme, que no soportaría vivir en un piso enano siendo libre ahora de andar por donde quiera, pero no. Estuvo a punto de ser adoptado por una alemana pero se acordó de que volvía a su país y el pobre gato moriría de pena y achantó.
Otros que siempre están son los canarios que viven en el árbol. Empiezan a cantar a las ocho de la mañana, como si vivieran en una comunidad de vecinos y supieran cuándo se puede hablar alto y cuando no.
Cojo la manguera y comienzo a regar. Hay calima y el día está marrón, en consonancia con mis sentimientos ahora mismo. Como dice la canción de Luz Casal: «voy a tener un día marrón, día de bruma en mi corazón…» siempre que vengo a esta casa me inunda un pozo de tristeza y por eso no puedo amarla como hizo mi madre.
Levanto la cabeza y veo a dos tórtolas picoteando las semillas del árbol. Luego, las voces que en otros tiempos me llegaban desde el salón vuelven a mis oídos, a mis recuerdos. Esta casa se lleva un jirón de mi cada vez que vengo! Yo he venido a limpiarla y la calima me lo impide. No importa! Ya llegará. Comienzo a recoger en la entrada. Oigo al marido de mi madre llamarla y ella contestarle desde la ventana de la cocina. Entro a casa. Le sujeto la puerta pero él ya no me ve. Solo ve su casa. Y a ella.
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Mi sobrina
Hoy es el cumpleaños de mi sobrina, que cumple 12 años que se igualan a los de mi enano y que me deja patente que es en lo único en lo que son iguales. Solo se llevan tres meses pero ella ya es mujer, adolescente, y él aún está en una infancia impuesta por su lóbulo prefrontal que hace que su madurez aún esté buscando cobijo en alguna parte de su ser. Sin embargo, y a pesar de sus diferencias, ella y él han compartido mil y un juegos, toneladas de carcajadas, kilómetros de carreras y, por increíble que pueda parecer, eso la convirtió en el único ser humano que entiende y ama a Avatar, porque entre estas tierras se siente a mi sobri como a una Eowin cualquiera, salida de entre las líneas de Tolkin, con su pelo azabache, con su piel nívea, sus ojos igual de azules que el mar que toca sus pies desde siempre. Ese mar que es el nexo que une a nuestra alma de su espíritu, y que hace que, tres horas de viaje se vean como un suspiro y no parezca que hace unos 300 días que no nos vemos.
He de confesar que hecho de menos verla bajar las escaleras y esperarla para darle los buenos días acompañados de un beso, pero es lo que tienen las distancias, que debes besar, abrazar, demostrar tu cariño…por si las cosas un día vienen mal dadas y ya no la ves más. Y ella no te ve más a ti. Así que procuras dejar una huella aunque sea pequeña en su corazón con el ánimo de que te recuerde. Que no seas un pariente de los que debes hacer esfuerzo para recordar su cara, su nombre.
Además, para hacerlo todo aún mejor, es una enamorada de los niños, y, sintiendo como siente, la adultez pisando fuerte y entrando en su vida como el humo que se cuela por las rendijas, le encanta compartir ratos con mis hijos, que, como digo, tienen sus más y sus menos con la madurez. En sus últimas vacaciones, para aprender una nueva lección de Avatar, le preguntó a su primo que porqué se olía las manos. En realidad, no huele nada, se pone la mano un poco más alta que su cara, la acerca y cierra un ojo mientras mira levemente por el otro. El le dijo que era un tic, yo prefiero pensar que, a veces, los humanos, con nuestras voces, nuestros perfumes, nuestras conversaciones, hacen que él necesite tomar un pequeño respiro. Para poder seguir viviendo en un mundo que lo aparta de su lado. Menos ella. Ella no. A mi sobrina se la veía sonriente, con los auriculares puestos, como sus primos, jugando en red, comentando entre risas las jugadas. Y por eso le deseo una vida llena de aventuras bonitas, de viajes a Avatar, de comidas ricas y que, como una heroína de cuento de final feliz, la sonrisa no se separe nunca de su rostro. Porque se lo merece. Porque sí. Por buena gente.
Felicidades mi niña linda! Vuelve a Avatar cuando quieras!
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Las manías
Ahora mismo mi móvil marca que aquí, en la capital, estamos a 27 grados. En una isla donde la temperatura media suele ser de unos 23, estos 27 pesan como una losa. Deben venir con calima porque he intentado recostarme y ha estado mi nariz a punto de salir disparada por culpa de la rinitis y los estornudos.
Mi plan de hoy es limpiar un poco Avatar, que está con 27 grados que se sienten como 1000 si estás en menopausia, por lo menos yo! Pero voy a seguir el plan y limpiar con la fresca, pasar un agua a los pisos y refrescar este horno.
Ayer estuve todo el día de semi quietud aunque poca porque los fines de semana me dedico a poner lavadoras como si estuviera en una obra y, en vez de lavadora, tuviera una hormigonera. Estoy segura que, si viviéramos en un libro de Asimov, este robot me odiaría fuerte e intentaría estrangularme con su cable, harta del uso y del abuso que le doy.
Por la tarde, por esto de hacer la digestión y que ya las temperaturas pasaban alegremente de los 30 grados, me terminé y me empecé dos libros. Audiolibros más bien. Si eres de esas personas que les cuesta sostener la mirada en lo que lees, esta es una buena opción. El primero era uno de Dolores Redondo, «esperando el diluvio» que ya me lo había leído pero que, en su momento no me gustó. Al oírlo se me ha hecho menos bola.
El otro se llama «Monteperdido» de un tal Agustín Martínez (encantada Agustín!) que por lo visto fue hasta una serie. Me gusta porque, vivir en Avatar, donde el televisor es un adorno más, no me llegan ni noticias, ni opiniones, ni consejos…nada! Así que, me lo he puesto en audiolibro para que, mientras voy haciendo las tareas, escucho a otro ser humano.
Aquí en Avatar no se habla mucho, de hecho, mi cuñado, mientras me llevaba a casa el día que falleció la prima de mi marido, comenzó el viaje diciendo que se dormía porque nadie en el coche le daba conversación. Eso es algo muy común aquí. También lo es estar en algún sitio de la casa, sola, escuchar ruidos, cesar el sonido, salir de la habitación, y encontrarte con tu hija o tu marido trasteando por la casa sin dar los buenos días y llevarte el susto de tu vida porque, como si fueran gatos, no se oye por donde andan. El enano sí lo hace, pero él es, como me dijo una amiga, un cascabel que condensa todo el humor del que carecemos los demás. Mi humor es más ácido y me sale ante las desgracias o ante un buen cabreo. Él no. Él disfruta y es feliz, y, cuando no anda saltando en el salón, se está duchando porque su temperatura corporal alcanza niveles tan chungos que evolucionan a migraña y, a su vez, a vómitos. Como ayer.
Así que, en la mitad del libro, me quité los auriculares y le di la atención que se merece al crío. Y así estuve, para acabar la jornada, limpiando vómitos y boca mientras le ponía frío en la cabeza para bajar el dolor.
Luego se despertó por la noche. También pasa mucho en este planeta. Despertarse y madrugar a unas horas insolentes es la pasión familiar. A mí, mientras, me sostienen el café y la mala leche que me da haber caído en un planeta donde la que hace cosas raras soy yo. Todo lo que ellos hacen es normal. Incluido el hablar solos. Si. Es algo que no se dice mucho pero los autistas se hablan a sí mismo muchísimo. A mi hija, hace años, le dije que íbamos a pactar circunscribir el hablar sola únicamente en el baño. Lo hice porque lo hacía en el cole y ya saben lo que supone ser distinto dentro de cualquier colectivo. El horror. Me quiero imaginar la cara de mis vecinos mientras oían sus charlas! El enano, al que yo creía fuera de esto, ha empezado ya. Más tarde que su hermana porque es un chico. Los chicos maduran más tarde que las chicas. Eso es un hecho y para prueba, mi sobrina y él. Ella lo ha adoptado de toda la vida como si él fuera su bebé y resulta que él es tres meses mayor que ella. Tampoco es que mi hija sea en algunos aspectos muy madura! Pero vamos, que ambas dos le comen el bocata a mi retoño!
Los oigo trastear fuera. Van a sacar la basura y le ha pedido a su hermano que vaya con ella. A mi nadie me dice nada. No hace falta. Yo ya sé que aquí las charlas intrascendentes no existen así que, mi cuerpo y yo vamos a hacer un semi giro hacia la derecha, me saldré de donde estoy, y me pondré con el audiolibro. Porque a mí las charlas intrascendentes no me gustan, pero que me cuenten una buena historia si, y este señor, Agustín, me tiene enganchada!
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Mi terapia
Hoy, como el fin de semana anterior, casi tenía la firme decisión de no escribir. Tenía un cabreo monumental a causa de los despertares a horas intempestivas de mi hijo. «Dónde irá este tan temprano?» Me preguntaba mi madre cuando me veía al bajar de su habitación, con los ojos cerrándoseme por el sueño. «Quieres café mi hija?» Y entonces me tomaba mi segundo café mañanero en compañía de alguien adulto y no de un colibrí enano que agita sus manos para salir volando a Nunca Jamás, con Peter Pan y así dejar de crecer. Qué le gusta a mi hijo su infancia!
Luego, tras el cabreo que me dura el orden de unos tres segundos, me digo a mi misma que, total, voy a escribir un ratito. «Para qué?» Pienso. «No te lee ni perri!!» Pues para tí chica, que pareces tonta y ya vas por 55 tacos! Porque necesitas contarle al universo las cosas que te pasan. Así que si. Cojo el móvil, me recuesto, y comienzo a escribir. Esta semana he ido a terapia. Le he contado lo del apagón de Avatar y nos hemos dado cuenta que, mi ansiedad, ha dado paso a una bonita resiliencia que hace que, en vez de boquear como un pez fuera del agua, me dedique a buscar soluciones. «No fue terrible» le digo. Y lo siento así. Terrible es que te digan que tienes un cáncer de estómago camino del trabajo, y aguantes la jornada laboral aguantando conversaciones de ascensor que te importan cero. Eso le ha pasado a alguien que aprecio muchísimo. Alguien a quien conozco en justicia antes incluso de entrar yo a trabajar ahí. He levantado los puños hacia arriba y le he dicho al 2025 que ya le pueden ir dando mucho. Que, definitivamente, este se gana la palma como año mierder.
Me gusta ir a terapia. Sé que la cosa tuvo su principio y, a lo mejor, un final más o menos lejano. Es en el único lugar donde soy yo. En todos los sitios sigo siendo la niña delgaducha y desconfiada que no quería acercarse a ningún extraño por miedo a que descubriera, arañando un poco, lo que escondía tras mis espaldas. No quería que nadie pudiera utilizarlo en mi contra, así que decidí callar y callada llevo casi toda mi vida. Sin ni siquiera confiar en mi marido. Qué triste!
Este jueves pasado tuvimos una cita él y yo. Le contamos una milonga a los chicos, aunque yo hubiera optado por la sinceridad del que explica que, a veces los padres, necesitamos estar a solas y hablar de cosas que no sean hijos y comportarnos como unos adultos funcionales. Como digo, mi marido optó por mentir. Fue divertido comer los dos juntos, hablar de esta etapa de nuestra vida. La etapa de la madurez. De la menopausia. De subir en un ascensor y confundir un 3 con un cinco. Escuchar mal e ir a meterte por un sitio que no era. Menos mal que me di cuenta pronto de que, efectivamente, le falla el oído que es un primor.
No ha sido una cita para hablar de problemas, sino para afrontar realidades. Luego, al salir de cenar, paseamos por la avenida de la playa, viendo el ocaso, sintiendo el nuestro, aceptando nuestros años y nuestras manías. No le di la mano sino que lo cogí del brazo, como dos maduretes que somos y que han compartido casi 37 años de sus vidas juntos. Y así, en ese sentimiento, con un poco de vértigo, volvimos a casa. Sabiendo que somos aún jóvenes y que podemos, si nos apetece, seguir juntos o separarnos. Eso no será tan importante como lo que hemos creado unidos. Miramos por el retrovisor lo logrado, nos miramos a la cara, sonreímos, y salimos a encarar el futuro. Salimos de vuelta a Avatar.