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Una cosa cada vez
Este está siendo mi lema desde que empecé a caer por la pendiente de la tristeza. Me sentía quemada, agobiada, sola, que, si tenemos en cuenta que mi madre era mi mejor amiga en el mundo y que he tenido que distribuir ese amor que sentía por ella entre otras personas que, sin ser lo mismo, también merecen tener un hueco en mi corazón, sin ser ni de lejos lo mismo, pues todo hace un cóctel de esos que te arrastran suave hacia donde te quieren llevar y te escupen en una resaca de las malas a la orilla de una playa.
Total, que, echando mano de mi fortaleza, esa que me ha sacado de más de un jardín y a la que he dado vacaciones, decidimos, entre las dos, que ella se iba a un spa mientras que yo, este ser vulnerable que escribe, dejaba de sobrevivir sola y pedía ayuda.
Ahora estoy un poco mejor. Me ha costado digerir que muchas de las cosas que hago son decisiones que tomo para demostrar al mundo que puedo sola. Y, siendo eso verdad, lo es también que, con ayuda, las cosas fluyen de mejor manera. Y si debo hacerlas sola, puedo contarle a alguien que estoy hasta los topes, o que podría hacerlo sin ayuda pero que prefiero compañía. El sábado pasado, por ejemplo, salí a comprar dos aspiradoras para la casa. Una tiene un sistema de limpieza de colchones y la otra es para que, ella solita se ponga en marcha cada día, sin testigos. Quedé con mi tía más pequeña que es en cosas tan de diario como esas bastante más eficaz que yo. No quería que ella decidiera por mí, pero no deseaba hacerlo sin ayuda, sin oír a otra persona, sin anécdotas, sin risas.
Ella acudió triste por mi salida del grupo familiar y, después de hablarlo, de preguntarme si estaba bien, si necesitaba algo me dijo que el grupo estaba triste. No me acordaba que estuvo años sin hablarse con mi madre y el peso de esos años vividos sin ella, más el hecho de que, mientras mi madre se iba, lo hacía también su suegra que falleció pocos meses después, han hecho que ya no desee ningún conflicto más, ninguna arista. «Sólo quedamos cuatro gatos» me dice. Y es cierto. Somos muy mayores para gritarnos un «No te ajunto» que decíamos en nuestra infancia y que arreglabamos antes de dormir.
Ya no vale la pena enfadarse. Sobre todo con gente que te vio crecer, que jugó contigo, que no te conoce, pero que ya no te importa porque como dijo ella, «somos cuatro gatos». Y con ese soporte se fue mi madre. Y con el mismo soporte me iré un día yo. Entonces me acordé de Avatar y sentí mucha pena. Quién será su soporte cuando yo no esté? Una cosa cada vez. Vayamos a ello cuando toque. He vuelto al grupo familiar. Para ir poniendo las bases a ese soporte.
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Los pequeños placeres
¿Qué placer sencillo de la vida te da alegría?
Después de que mi madre se fuera, o un poco antes incluso, descubrí, a golpe de sorpresa desagradable y desgarradora que había que disfrutarse todo como si de tu último día en la Tierra se tratase. Saber que mi madre se iba lo fuese yo a aceptar o no, a soportar, o no, me puso en un punto vital muy distinto hasta el de entonces. De la vida hay que disfrutarlo todo, que ya si eso, y con permiso del destino, te encuentras con la desagradable sorpresa de hallar tu camino lleno de fango. Y entonces tendrás que fajarte, y ponerte botas, y andar con cuidado no sea que te rompas la crisma. Hasta que el fango se convierte en carretera y todo se vuelve mucho más fácil.
A partir de ese momento, comencé a disfrutar, por ejemplo, de despertar junto a mi hijo, mientras él me acerca su cara para que la bese. No para besarme. No. Eso lo deja para situaciones extraordinarias. El ritual de levantarme y prepararme un café mientras recojo los cacharros fregados la noche anterior. El silencio que llena esa secuencia, a veces roto con la aparición de mi hija, en calcetines, porque no soporta ir descalza, con su pijama, diciéndome que le duele alguna cosa, pidiéndome consejo mientras a mí se me va el alma por la puerta de casa. Qué mal se pasa cuando un hijo enferma!
Me voy al trabajo, organizo mi día, y me lanzo a saludar a mis antiguas compañeras que están dispersas como una gran diáspora en pro de una mal llamada eficiencia. Es el único momento que disfruto ya de mi trabajo. Lo demás suena a pesadilla. A estar condenada a un trabajo forzado que no respeta nada de lo que se pactó en su momento. Es como pasar de trabajar en un estudio de arte a hacerlo en una cadena de montaje. Si te caes, ponen a otra persona y punto. Y tú pasas al vacío que es una palabra que empleaban los japoneses para hablar de la muerte en el libro «Shogún». Pero tengo buenas compañeras. Y me conozco gente a la que aprecio un montón y a las que veo mientras voy en busca de un montón de expedientes que sacar del archivo. El que no se consuela es porque no quiere!
Llegar a casa, que mi hija salga a saludarme con un beso y un abrazo, cosa que tampoco pasa siempre, está también entre los top cinco de momentos del día a disfrutar. Comer con ella mientras me mira y me sonríe, cosa que dudé que sucediera nunca cuando sufrí su infancia, es otro momentazo. No veo nada de aquella niña que corría despavorida por la casa mientras se preguntaba dónde estaba Avatar. Contarle las pocas anécdotas que traigo del trabajo, intercalando las vividas por ella durante la mañana, con tranquilidad, sin prisas por acabar de comer, me permite coger fuerzas para una tarde llena de terapias y gimnasio, todo ello mezclado pero no agitado con mil y un recados que te impone el día a día.
Cuando voy al gimnasio, cuando estoy levantando peso mientras me pregunto a qué ataque zombie me estoy preparando, cuando comienzo a sudar y pido la extrema unción, descubro algo en mí que nunca creí que existiera. Una mujer que, con todo, disfruto de la actividad y que, con ella, voy consiguiendo igualmente un cambio de mentalidad muy chulo. Sufro sí, pero salgo tan agustito. No como el del ex torero, no, sino como una persona que hace eso porque ha decidido tratarse como un templo. Uno pequeño y un poco desvencijado, cierto, pero con cimientos fuertes. Como los heredados de mi madre.
Luego llego a casa, paso revista a la tropa, mi enano sale del salón saltando y agitando las manos, y viene para que lo bese en sitios que él permite. Una mejilla, el pelo, o, tal vez, solo quiera un abrazo. Da igual! Tú llegas a casa sudando, cansada nivel Dios, hambrienta, y solo quieres comer algo y rodar hasta tu cama. Previa ducha y mi posterior encreme, que, con la postmenopausia tu piel se vuelve seca como jamás en la vida. Te aplicas crema porque hasta las axilas, esas grandes sufridoras, te duelen a causa de la sequedad. Y te hidratas. Y apuntalas. Mientras observas cómo el templo comienza a desmoronarse por otro lado. Recuerdo las palabras de mi madre. «Ponte de perfil como Nefertitis, no mires!» Y sigo su consejo.
Desde mi dormitorio, doy la orden para ducharse, me arrastro a la cocina por última vez para dar la vacuna de la alergia al enano, vuelvo a girar hasta caer en la cama, y oigo a mi hijo colocarse en el centro. Luego, un último abrazo, hasta que se queda dormido, y yo me vuelvo a girar para vivir el único rato para mí. Me elijo una serie, me veo un capítulo, y me deslizo al mundo de los sueños. Ese en el que tu madre y su marido siguen vivos y tus hijos no viven en Avatar. Vivir esa maternidad, aunque sea en sueños, es tan real, que, cuando al día siguiente me despierto, busco por un instante en mi hijo el muchacho soñado. Pero luego recuerdo a Calderón diciendo eso de que «la vida es sueño» y entonces…se me pasa!
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A mi fortaleza
Querida fortaleza! Llevas muchos años sosteniendo este cuerpo de menos de metro sesenta, sujetando con andamios hechos de abandono, tristeza, desesperación, angustia y una pizca de no pertenencia. Has hecho de mí la mujer que veo reflejada en el espejo, esa que no se sonríe porque no se siente válida. Ese ha sido mi problema. Sentirme válida hubiera requerido estar a gusto en mi triste pellejo y no ha sido así. Por eso decidí en varias ocasiones que no importaba si no estaba presente en la vida de nadie, como si mi simple presencia no fuese suficiente, entendiendo estar con cosas que no eran reales.
Tú siempre has estado ahí. Me aconsejaste que estudiara mucho, que así evitaba el contacto con los demás y me hacía «una mujer de provecho». Me mantenías despierta toda la noche planeando el día siguiente. Me hiciste una superviviente pro máster y me aconsejaste que, ante los jaleos que formaba mi abuelo, tuviera el uniforme y la mochila del colegio en modo huida. Para salir en cuanto las cosas se pusieran feas y fueras a dar con mis huesos en casa de una tía de mi madre, de un vecino, que en cuanto oía los gritos, entornaba la puerta de su casa, o peor, en casa de mis padres, y ahí, el sentimiento de tristeza se volvía opresión.
Me has sostenido cuando me dijeron que mis dos hijos, esos dos chicos increíbles que yo creía fuera de todo mal. «Qué van a estar fuera de las cosas de la vida, idiota!» me gritó ésta muerta de risa, y yo, una vez más, me ayudé de ti para escapar de la pesadilla. Gracias a tu ayuda he ido a mil congresos, tres millones de cursos y he rebatido a un montón de gente autoproclamada experta por la universidad del ego. Has hecho que los taladrara con la mirada y me has puesto en los labios la respuesta exacta en el momento correcto.
En estos momentos, con un casi ex dando por el saco y como si fueras un jefe de pista de un circo, has anunciado que voy a salir adelante dando un triple mortal que consistirá en tirar para adelante con niños, terapias, trabajo, casa y todo lo que eso conlleva. Que voy a dejar al mundo ojiplático tirando del carro, como siempre hago, pero ahora en soledad, porque mi aún marido ha decidido estar solo para lo estrictamente necesario, y eso supone hacerme viuda sin serlo. «No importa» me susurras. «Nunca has necesitado a nadie». Pero sí que hubiera necesitado, solo que no he querido verbalizarlo, por no molestar, porque no me he creído merecedora de tal ayuda, porque en realidad, dentro de mí, solo hay una niña pequeña, con sus botas ortopédicas, sus coletas, su sonrisa amplia a pesar de los años y los daños, que siempre ha estado hambrienta de cariño.
No me despido de tí, faltaría más! Eres parte de mi y me sigues haciendo falta pero, a partir de hoy, voy a echar menos mano de tu ayuda. Voy a mostrar mi vulnerabilidad y voy a demostrar que no estoy echa de otro material que no sea piel y huesos, con un montón de otras cosas por medio. Soy, como me dijo Elena, mi terapeuta, ayer, una mujer válida, aunque como hoy, me encuentre tirada en el sofá convaleciente de una fuerte migraña. Creo que exponer quién soy en una pizarra fue demasiado para ambas y amanecí con un dolor que me tuvo tumbada durmiendo hasta las once de la mañana. Y no pasa nada. Porque mientras eso ocurría, resulta que una compañera me indicó cómo debo hacer para presentar la documentación necesaria para la promoción interna que se publicó ayer, por fin, en el BOE. Y yo voy a acoplarme a su ayuda, y voy a aceptar acompañarla para salir indemne de este próximo paso. Y tampoco pasa nada. Y seguiré siendo válida aunque en vez de quedar entre las diez primera lo hubiera hecho la última. O no lo hubiera superado. Y seguiría siendo yo. Sin tener que demostrarme ni demostrar al mundo lo fuerte que soy.
Te doy un abrazo bien fuerte. Te quiero muchísimo y te agradezco lo que has hecho por mí. Por eso decido dejar de darte trabajo y elijo ir contigo de la mano. Para divertirnos juntas los que nos quede de vida. Gracias! ❤️❤️❤️
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Mi día libre
El viernes me pedí el día con el único propósito de hacer unos recados que tenía pospuestos desde el año del pum. Arreglar el cierre de un bolso, arreglar mi anillo de la perla que se había caído, preguntar por la vacuna de la alergia del rubio en la farmacia, soportar, mientras tanto, una rinitis alérgica que iba en aumento a cada paso que daba, con su poco de drama porque todo el que iba delante de mí lo hacía fumando, cof cof, y, además, ir a buscar un cierre similar para el bolso de marras y que me llevó a tener que utilizar Google y su navegador porque no conocía ni la calle ni la mercería en cuestión. Cuando llegué a su puerta y vi dónde estaba situada, he pasado miles de veces por ahí, me quedé ojiplática. Me compré el cierre completo, volví a la zapatería, me dijo que la solución era una chorrada, le contesté que perfecto pero que iba a un profesional con la idea de no romper el bolso. El artículo lo compré en el mercadillo que frecuentaba mi madre los miércoles. Me costó una pasta pero se convirtió en mi bolso preferido y todo el mundo me decía que era una preciosidad. Salí de allí con el nuevo cierre puesto y con un poquito de moral tocada por lo que me había dicho la empleada. La gente no entiende que si acudes a ellos es porque no tienes ni idea?
Luego salí a comer con compañeros a los que casi no conozco, por esto de repetir el patrón de «soy mi prioridad». Dos colas zero y tres copas de vino con dos dedos de blanco en ellas después me levanté y dije que me iba. Lo curioso fue descubrir que, ahora que ejerzo de soltera, hay hombres a los que les gusto. Algunos de manera amistosa, otros por querer pedirme salir alguna vez…hasta que les digo que tengo un hijo autista de trece años y se les pasa. Como digo, después de algún ruego y alguna pregunta más, cogí las de Villadiego. He asumido que no soy mujer que pueda rehacer su vida en caso de llegar a divorciarme, pero eso, como lo de mi ignorancia respecto a cambiar cierres de bolso, es algo que mis casi 158 centímetros tienen muy interiorizado.
Llegué a casa y ahí estaba el rubio. Esperando a que llegara de la comida para ver su tarta. Dije que llegaría a las 6 y media y lo hice pasada esa hora solo en diez minutos. Ni tan mal! Su padre salió de la habitación con pinta de estar perjudicado. Él también salió a comer con compañeros, aunque él lo hace hasta dos veces por semana y yo una cada cuatro meses, y nos sentamos en la mesa de la cocina. Al abrir el envoltorio y al ver la tarta, mi hijo se quedó boquiabierto. Me había pedido una tarta de chocolate kinder pero me dijo que de esas no se fabricaban. Imaginen su sorpresa al ver que la había conseguido para él y me dio un beso y un abrazo.
Comenzamos a hablar de nuestro día y, cuando su padre se fue de la cocina, le dije no recuerdo qué al niño y vi que no me había entendido. A veces ocurre que tú crees que te oyen y te entienden perfectamente y no es así. Me contaron una anécdota en el que yo le dije un poco seria que lo iba a desheredar. Lo recordé y me acordé de su llanto inconsolable que me costó parar. Me había entendido que lo iba a descerebrar, o lo que es lo mismo, que le iba a quitar su cerebro. Me imaginé cómo debió sentirse y entonces intercambiamos los papeles en cuanto a besos y abrazos.
Me arrastré al dormitorio para quedarme allí, con el purificador de aire trabajando a tope, y aquí un inciso, si eres alérgico a los ácaros y otras coñas, cómprate uno, funcionan! contesté a las últimas felicitaciones, me puse la tablet, y ojeé por encima un nuevo caso de Carles Porta, casos que ponen en Movistar, de una pobre peregrina estadounidense que estuvo desaparecida un tiempo largo. La jueza de instrucción trabajó conmigo y quería ver si aparecía en el documental. Lo hace en la reconstrucción con su imagen pixelada pero es ella. Reconozco su voz en cualquier sitio. Esa voz que me contestó «por encima de mi cadáver!» cuando le dije que su Secretario Judicial buscaba expedientarme. No volvió él a molestarme jamás y por eso trato de buscarla en un documental.
Entonces, en la cama, con la luz apagada, con mis auriculares puestos, sonándome a tope, descubrí que con quien se porta bien conmigo, ocupa por siempre un lugar en mi corazón. La pongo en un altar, con flores, velas y todo lo que haga falta, aunque solo me haya ayudado una vez. Da igual! A los altares! Debo hacerme mirar esta pedrada. Pero esa, será en otro momento. Quizás este próximo miércoles que tengo terapia. Quizás! Tengo tanto que digerir este domingo!
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Feliz no cumpleaños
Yo estaba en un grupo de WhatsApp con las hermanas de mi madre. Me quedan tres tías y un tío del que no sé de su vida por los encontronazos que tuvo con mi madre hasta poco antes de morir. Como digo, yo estaba en ese grupo, y, en él, daba los buenos días y ya no me acordaba más del dichoso grupo.
Estaba en él por compromiso y porque así veía alguna cosa de la tía que vive en Alemania. No me llevo muy bien con el resto de las hermanas aunque ellas dicen que, al haberme criado con mi abuela soy más hermana que sobrina. No es cierto. Se lo repiten mucho para autoengañarse pero no. No llegan. Total que, el fin de semana pasado, y tras los buenos días correspondientes, pasar la jornada de domingo en casa descansando, me meto en el Instagram de un primo mío y descubro, para mi horror que casi toda la familia que tengo se había ido a comer para celebrar sus 40 años que cumplía el lunes. Me subió una bilis muy intensa, le di a me gusta a la publicación y apagué el móvil.
Al día siguiente lo felicité, le dije que sentía mucho el que no me hubiera invitado, que me disculpaba por lo que quiera que sea que hubiera hecho mal. Luego fui al grupo y, tras explicar que yo no soy mi madre, que si estaba allí, con ellas, era porque entendía que no habían secretos entre nosotras, y que si eso no era así, mejor me iba yluego le di a salir del grupo.
Luego vinieron disculpas, muestras de pena, sobre todo por parte de mi tía más joven, una llamada de la madre del cumpleañero en horario laboral que corté enseguida y luego un mensaje cargado de reproches y mentiras. Hay gente que no tiene la menor vergüenza! No ya por hacerme daño de forma gratuita, sino porque, encima, debía hacer como que no había pasado nada y aguantar sus coñas otro año más. Como les expliqué en el mensaje, yo no soy mi madre. Ella les aguantaba sus cosas por esto de vivir lejos, pero yo no tengo suficientes kilómetros de distancia para poner buena cara. La excusa fue que solo se había podido reservar una mesa de 8 personas porque no están bien económicamente. Cuándo has ido bien en ese sentido? Dónde está el problema? Porqué no me lo explicas antes de yo ver las fotos? Porque eres una tóxica que quieres convertir malas acciones en dramas de mierda como excusa última para hacer daño que es lo que te pone cachonda? No querida, no. No te equivoques. No eres la sal de mi vida. Estaba deseando poner distancia y lo he conseguido con tu ayuda. Luego vino un mensaje ya con más odio de su parte. Eso tenía que ser así. No puede ser que ese daño gratuito lo hicieras por nada. No. Lo hiciste porque me guardas rencor por algo de lo que yo no tuve culpa ninguna. No importa. Ya he dicho hasta aquí. Ayer felicitaron al enano todas las personas que lo quieren o porque me quieren. Esas personas son las escogidas para transitar por nuestra vida viviendo y sintiendo cosas bonitas. Ese es el legado que quiero dejar en mis hijos. Hacerles saber y entender que, para llegar a Avatar uno debe hacer méritos y así evitar que cualquiera se meta en nuestro terreno. En nuestras vidas. Pisoteándolas como si tuvieran algún derecho. Sólo si me quieres estarás conmigo. Es así de simple. Así de complicado.
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El cumpleaños del rubio
Hoy es el cumpleaños de mi hijo, y, dicho así, en siete palabras, parece algo sencillo y banal. Un año más, regalos, tarta de cumpleaños y vuelta a la normalidad. Para mí, saber que han pasado trece años tan rápido, me produce vértigo. Me he hecho muy mayor corriendo detrás de él, gritando su nombre, rogándole que parara, mientras él reía delante de mí, así hasta que algún alma caritativa lo paraba antes de que muriera asfixiada. Saben la cantidad de almas caritativas que hay por ahí? En todas las carreras vividas, solo un pobre anciano que arrastraba los pies se apiadó de mi. Eso da un total de un alma caritativa por millón de habitantes!
Me hice mayor, e incluso diría que me encogí, el día que me dieron su diagnóstico de autismo. Ese jarro de agua fría en la cara, ese recordatorio de muchos diciendo «ya te lo advertí!» Qué daño hace eso a la mente materna! Llenándote de una culpabilidad que cargas como una mochila de militar. Intentando no romperte la crisma ante una pérdida de paso. También me hice mayor el día que decidí medicarlo. No podía creer que no pudiéramos sacarlo adelante sin necesidad de algo químico que le aliviase su inquietud, esa que lo hace parecer un colibrí, aleteando rápido sus manos, hacia atrás, hacia adelante, intentando al mismo tiempo despegar sus piernas del suelo, que hace cosquillas en su cerebro y que lo hace reír durante horas. En casa eso nunca ha sido un problema. En el colegio, ese lugar donde intentan que los niños encajen todos en un molde imaginario impuesto por una mente gris, estas cosas, sus cosas, son inaceptables. Él lo sabe y, por eso mismo, no quiere, ni siquiera, llevar una caja de ambrosías y repartirlas en clase. No quiere tener que ver nada con el colegio, ni con compañeros, ni con profesores.
El día que él nació amaneció luminoso. Yo rompí aguas de madrugada, y con mi poquito de contracciones, me fui al hospital. Me dijeron que no estaba de parto pero que me quedaba ingresada ante mi estupefacción. No podía entender que tuviera que estar allí cuando tenía que cuidar de su hermana. Como diría Sabina «y nos dieron las diez y las once, las doce y la una y las dos y las tres…» A las siete menos cuarto sentí un dolor fortísimo y, sin casi poder respirar llegué al paritorio. Tras un par de preguntas impertinentes de la matrona sobre la lactancia materna y de porqué yo había decidido que no como si esa decisión afectase a la economía del país y no a la rutina familiar y tras contestarle que haber cómo se apaña una mujer con una hija autista, con rutinas de autista y con un «espera hija, que voy a darle el pecho a tu hermano. Tú, como decía aquella, haz cosas de niña autista, no sé, pinta un búfalo!» Creo que la matrona entendió el sarcasmo. Tomó nota muy seria y comenzó a ayudarme. La oigo gritar: «aquí viene un rubio!» Y entonces apareció ante mí un niño tan enorme que no podía creer que lo hubiera parido sin complicaciones. Nos enredaron en sábanas para que no pudiéramos casi movernos el uno junto a la otra y, como sigue Sabina «desnudos al anochecer nos encontró la luna». A él lo besó en la frente y le alborotó su engranaje neuronal y a mí me susurró que tuviera paciencia con él. Que era un niño mágico lleno de problemas y capacidades maravillosas. Yo lloré porque no me veía capaz de repetir la historia. Entonces llegó la vida y me dijo que sí que sería capaz porque él y yo estábamos forjado en acero. De uno inolvidable!
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Las opiniones hirientes
Después de la llorera del jueves noche, oí a mis hijos en el salón hablando muy bajito. No quise saber qué decían porque por eso hablaban en ese tono, para que yo no me enterase, así que cogí mis auriculares y me puse a ver algo superficial en la tablet para distraerme.
Al día siguiente, cuando le dije a mi hija que yo no estaba hecha de acero, me explicó que les había quedado claro a ambos lo que yo afirmaba. Luego me explicó que, a la pregunta del enano de porqué lloraba mamá, ella le contestó que, como a mí me pasara algo iba a estar más jodido y solo que el carajo. Que yo era la única persona en casa que estaba pendiente de todas sus cosas y, que, si seguía siendo un indolente para los estudios, iba a caer por una ladera tan alta y profunda que le costaría el futuro.
Cuando oí sus palabras sentí una pena infinita por el niño que me llevó a mi propia infancia. Yo era una niña buenísima que no se movía ni hablaba mucho para no molestar. Cuando comencé en el colegio, con tan solo cuatro años, recibí más golpes que explicaciones. Llegaba a mi casa con los pantalones empapados en orines y, como iba en un microbús, ponía mi chaqueta debajo del trasero para no mojar el asiento. Luego la profesora me hacía un gesto, me ponía a su lado, y mientras yo bajaba de la guagua, iba contando loas al día que había tenido. Yo no prestaba atención. Yo solo quería llegar a casa. Además, aquello que le contaban a mi madre no era algo que hubiese vivido así que para qué sonreír o pararme junto a ella. Mi madre que era joven, estaba embarazada y no era tonta, empezó a sospechar que algo no iba bien. Qué eufemismo!
Luego fui a otra guardería en el que fue el año más feliz de mi vida escolar. Acababa de nacer mi hermana y eso, junto con una profesora maravillosa que alucinó mucho cuando a mi primer error puse la mano para que me diera un reglaso, me hizo avanzar lo que no hice el año anterior.
Vuelta a otro cambio de colegio y vuelta a los golpes y castigos. Con su poquito de explicaciones y tal, que no se diga que tenemos a toda esta gente solo para zurrarles!
Luego fui al colegio donde acabaría mi viaje escolar, que comenzó con una profesora que, cuando te veía distraída, hacía sonar una campana de acero junto a tu oreja.
Al año siguiente tuve a otra maestra que me dijo que yo era un burrito, con orejas, rabo y pelaje incluidos pero que con su magia, ella iba a conseguir que fuera una especie de Pinocho a la inversa.
Tras un año de altibajos, llegué a un curso donde, mi profesora de inglés y de lengua, una mujer que había sido enfermera en los United Kingdom, no hizo otra cosa que criticar, palabras textuales, «mi horrible letra». Siempre se me dio bien la asignatura y a ella se le dio mejor llegar a suspenderme porque mi letra era un asco. Me castigaba sin recreo y me llevaba a un aula donde habían ovejas descarriadas como yo, a hacer caligrafía.
Los dos últimos años en el colegio, tuve la suerte de tener algo más de soporte. A lo que sucedía en casa de mi abuela se unió el que mi madre cogiera las de Villadiego, mientras yo hacía equilibrios para no partirme la crisma. Me cambiaron a la profesora y ese año a miss caligrafía la reubicaron en religión. Otro error. Tenía una compañera a la que, siendo de una religión distinta a la nuestra, debía asistir a sus clases, donde se le explicaba cuan equivocada estaba su familia y ella en lo que a creencias se refería. Y allí estábamos el resto soportando aquella turra de mierda.
Teníamos una profesora de esas dos asignaturas muy seria y con mucho desapego a su alumnado que ella mantenía a una distancia prudente. Era educada, culta, llevaba gafas de sol por un problema en sus ojos y jamás sonreía. Yo hacía todo lo posible por agradarla porque su rollo en clase me gustaba y mucho. Cero humillaciones, cero chapas, bien de explicaciones maravillosas.
Un día empezó a pedir los deberes a la clase y, no recuerdo porqué, casi ninguna compañera los había hecho. Llegó a mi y me hizo poner en pie. Fuimos corrigiendo ejercicio por ejercicio y, para mi agrado, los iba teniendo bien. Llevábamos cerca de una hora con la corrección y la oigo hablar de que no podía estar más orgullosa de una persona como yo, que, no solo había realizado la tarea, sino que la había hecho fetén. Me dijo que no dejara que nadie nunca me dijera otra cosa que no fuera que era una mujer trabajadora. Una mujer. Yo parecía una bombilla roja como un tomate, aguantando la emoción y las lágrimas de oír a alguien hablando bien de mi. Me pidió que me sentara y, al hacerlo, noté que me había transformado y pensé que, si algún día tenía hijos, nunca, jamás, en la vida, permitiría que nadie los hiciera de menos ni los abandonaría. Esa es la razón por la que doy el mil por cien con el enano. Porque debe estar harto de que lo consideren un fracaso y yo debo empujarlo para que él vea que lo que dicen de él no tiene porqué ser necesariamente verdad. La infancia necesita nutrirse solo de cosas bonitas para que, al crecer, sean como esos árboles espigados y hermosos. Esos a los que solo son capaces de mover el viento y no la rabia ni la frustración, ni la incompetencia.
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La vida ideal
If you had to describe your ideal life, what would it look like?
Si describiera en algún momento de hace 30 años cómo sería mi vida ideal en el futuro, hubiera dicho que una vida sin ataduras. No andaba en mi cabeza casarme ni tener hijos pero, el tiempo, la madurez, todo mezclado con un poco de insensatez dieron como resultado otra cosa.
Tener hijos es algo precioso que se transita, si asumes que todo puede ir muy bien pero también terriblemente mal, y si aceptas todo lo que venga. He visto compañeras de trabajo confesarme, y hacerme jurar que su secreto estaría a salvo conmigo, el que sus hijos habían dado con sus huesos en prisión. Algunos por meses, otros por años porque se dedicaron al tráfico de drogas, y, para eso, la pena mínima es de 9 años, incluido ese delito en el que eres madre y visitante, y, convencida por tu hijo o por tu pareja, decides que llevarles droga a la prisión no es una mala idea si lo piensas con la cabeza encajada en las axilas. He vivido enfermedades de años, discapacidades enormes, he visto llorar a padres porque sus hijos, esos niños a los que habían idealizado desde el útero materno, resulta que no quiere jugar al fútbol. Vaya por Dios! He visto parejas destrozadas porque su hijo decidió marchar antes que ellos…en fin, que el tener hijos es una aventura, si, pero en modo yinkana, aunque las cosas vayan como la seda!
Toda esta chapa que he pegado es introductoria a la semana de mierda que llevo con mis retoños. Desde el «tengo que hacer un trabajo y va de esto» y resulta que no, que ha malinterpretado lo que ha dicho la profesora y vamos a hacer la tarea el puto día antes porque su profesora es alérgica a la aplicación escolar, hasta la desregulación que lleva mi primogénita que es ya de traca. Entre unas cosas y otras, porque no puede hacer el enano las tareas sin ayuda, y porque subirlas a la aplicación requiere de un conocimiento tecnológico que aprendí durante el confinamiento, y que olvidé en cuanto mi madre marchó, nos estábamos acercando peligrosamente a lo sucedido. Mi cerebro decidió ocupar espacio ram de memoria cerebral para instalar el dolor y decidió que eso eran chorradas olvidables y prescindibles. Lo de la aplicación digo.
Total, que olíamos a drama familiar desde lejos y ya desde principios de año. «Divorcio is coming» me dice mi primogénita cada vez que me la cruzo por el pasillo y ahí está la causa de su desregulación. La incertidumbre de no saber qué va a pasar con nosotros como familia. Nos íbamos deslizando por un meandro tranquilos y en paz, y hemos entrado en una zona donde debemos remar con mucha fuerza para no ahogarnos. No saber qué va a pasar es lo peor para un autista y eso, ahora mismo, es algo que se respira con fuerza en mi casa.
Todo saltó por los aires el jueves. Mi hijo debía hacer un video en inglés explicando un libro, video que quise evitar correo electrónico mediante. No hubo suerte. Me iba al gimnasio y los dejé a ambos en proceso de grabación muertos de risa. Al volver el ambiente se podía cortar con un cuchillo. Cuando pregunté, mi enano me miraba lloroso mientras también lo hacía de soslayo a su hermana. Al dirigir la mirada a ella noté que estaba a punto de explotar. Ya había amagado durante la comida pero desactivé la bomba, bueno no, solo pospuse la catástrofe unas horas. Ella fregaba y yo trataba de calmar toda aquella ira, pero qué va! No tuve suerte! Y entonces ocurrió. Me gritó. Me amenazó. Me dijo que estaba sola con todo, incluido lo de enviar lo del trabajo a la plataforma. Yo estaba tan nerviosa que no daba pie con bola con la tablet y le pedí ayuda. Me dijo que no de una manera muy desagradable. Entonces me quedé de pie allí como la mujer de Lot, como una estatua de sal, y noté que me rompía, sin poder evitar el derrumbe. Lloré y lloré y lloré, tanto, que nos fuimos a acostar los tres con el estómago encogido. Ellos de verme y yo de no cenar después de semejante mal trago.
Al día siguiente nos fuimos a comer juntas. Me pregunta que porqué había llorado de aquella manera. «Porque soy humana hija! Porque me crees fuerte pero solo soy una mujer vulnerable que trata de salir de esta crisis con el menor número de heridas posibles». Como si las heridas pudiéramos evitarlas! Creo que en ese instante dejé de ser la madre fuerte para ser una mujer hecha de barro que comete errores y que no puede saltarse esta etapa de catástrofe por la que estoy pasando. Pero no me importó. Porque soy todo lo que ha pasado en mi vida. Para lo bueno…y para lo no tan bueno. Ojalá haber tenido una vida en que lo más emocionante que me hubiera pasado es descubrir que hay un nuevo sabor de mi helado preferido! Por ejemplo! Ojalá haber tenido una vida sin tantos sobresaltos. Ojalá!
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Feliz día de la madre!
Querida mamá! Hoy te escribo esta carta para felicitarte por el día de la madre y así, te pongo al día de las últimas novedades. Sabes que, al mes de tu irte me presenté a las oposiciones y las aprobé? Si. Y lo que es más increíble, me quedé a menos de la mitad de la tabla! Desde ese entonces ya puedo decir lo que decías tú, mi hija es funcionaria…y ahora podrías añadir, de carrera. Lo más increíble de todo es que, tu nieta, obligada mucho por las circunstancias familiares, esto es, por no tener dinero para poder sostener su carrera, se presentó a las mismas que yo, y, al segundo año las aprobó. Cuando me enteré de su gesta, salí corriendo a abrazarla, y lloré mucho y pensé en ti. Cuánto querías a tus nietos! A las niñas las dotabas de poderes incluso extrasensoriales y cósmicos para esto del estudio. Al niño…bueno! El niño había sido un fallo vital que había venido a llenar nuestros días de risas, que hoy día, si no fuera por su sentido del humor, la vida aquí en Avatar sería como pasear por un pueblo abandonado a las tres de la tarde. Un aburrimiento supino!
El roro, ahora llamado enano, aunque ya queda poco para soltar lo de enano, va para adelante, con muchas dificultades, pero va. Es cierto lo que decías de que los chicos tienen más problemas que las chicas. La primera de todas, vivir su autismo sin enmascarar nada, y eso, mutti, hoy día es hasta pecado. Todos debemos dar apariencia de normalidad, aunque luego nos pongamos a hablar con otra persona por videollamada en una guagua atestada de gente, a grito pelado, o lleven unos altavoces para poner la música en la playa porque deben desconocer la palabra auriculares. Eso no importa. Lo que importa es que tu hijo se levante de la mesa y aletee las manos como un colibrí. Eso está fatal. Lo de ellos es moderno y constitucional, que ya me gustaría darles con el BOE en la cabeza, también te digo! Lo de mi hijo es distinto y por lo tanto molesto y, por lo tanto, la sociedad preferiría que ya si eso, no salga de Avatar para nada. Ni para estudiar. Para qué están sus padres?
Mi aún marido y yo vamos regulinchi, aunque en realidad entramos en ese estado cuando nos dieron el diagnóstico del enano en el despacho del neuropediatra. Ahí todo cambió en nuestras vidas. Ahí me sentí la rubia de la familia Monster, y quise decir que yo si tal me iba yendo de Avatar. Recuerdo que me dijiste que uno abandona el barco, deja de intentarlo, por falta de amor a su pareja pero que debía pensar en mis hijos y en lo extraordinarios que son, y entonces te emocionaste y yo te acompañé en el llanto. Cómo echo de menos las conversaciones contigo! Cómo me encantaría volver a reír como lo hacía junto a ti! Ya no he vuelto a reír igual jamás de los jamases. Como diría Bob Esponja, mi compañero de fondo mientras estudiaba en la cocina, se me rompió la caja de la risa, y me volví Calamardo, y, de repente, al mirarme al espejo descubrí un rostro que no era el mío. Era el de una mujer mayor, que había recibido muchos palos y a la que la vida no le importó cero arrebatarle de lo poco importante que había a su alrededor. A su madre. A su amiga. A sus risas.
He de contarte una última cosa. Cuando pasamos juntas el último verano, tuve la sensación de que el cosmos me decía que espabilara y aprovechara porque esa sensación de bienestar se iba a tomar muchos vientos. Te dije que te miraras aquello del estómago con aire preocupada porque sabía de lo que era capaz la vida. Y así fue. Porque mantener a mi lado a alguien como tú era para ella como un poquito demasiado. Qué hijaputa! Pero no importa. Como decías «tú ponte de perfil como la Nefertitis y deja que todo fluya!» Y aquí sigo, fluyendo. Como diría Sabina «extraña como un pato en el Manzanares. Así estoy yo sin tí».
Un beso grande mamá! Dale otro a la abuela de mi parte y felicítala por mí. Las quiero mucho a ambas, y siempre, siempre, las llevaré en mi corazón. 💕 Te quiero a morir!
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Camino a la sanación
Tengo una especie de paralís biológico producto de este Bornout que transito y que me impide o me pone zancadillas para que me encargue de lo que es ahora mismo prioritario. Me apetece solo estar metida en la cama, sin ser molestada por nadie, y eso, ahora mismo, es imposible. Bueno! Siempre lo es, pero ahora el niño encara su tercera evaluación y hay que echar el resto. Sabe alguien cuánto es el resto de nada? Como palanca para salir de esta situación, he vuelto al gimnasio al que no iba hace un mes. El peso que me pongo en la barra es pequeño pero debo volver a recuperar mi forma poco a poco, sin prisas. Ya hablé con uno de los monitores, en parte por desahogo, en parte por si él, desde su experiencia, aporta alguna idea que me pueda ayudar. Y eso ya es novedad. He pedido ayuda!
A consecuencia de esto que me pasa, he perdido mi plaza en la piscina municipal. Fui a pagar la mensualidad y, al pasar la pulsera para acceder a la oficina, me vi con un mensaje en la pantalla que me decía que me habían dado de baja. He respirado tranquila, he salido de allí y he elegido dar un paseo hasta casa en vez de coger la guagua para atemperar mi ánimo. He tomado la decisión de no flagelarme ni hablarme mal. «Ya volverás! Cuando todo esto pase, volverás» me he dicho, y, con ese mantra que daba calorcito a mi alma he llegado a mi destino.
También me he dedicado mucho mucho a la lectura. Al audiolibro concretamente. Me decidí al principio por una escritora sueca, Camila Läckberg, y su «Una Jaula de Oro» pero…no pude acabarlo. Empecé a meterme demasiado en la historia y esto me llevó a una angustia innecesaria ahora. Volveré al libro en otro momento. Sin prisas. Como con la piscina. Ninguna de esas cosas es importante y yo solo debo realizar lo que lo es. Despacio. Como cuando se pisa suelo lunar. Ese rollo. Así que, en este conjugar los verbos descansar y priorizar, mirando videos de tik tok, sí, esta aplicación del demonio es otra cosa que debe una utilizar como si desactivara una granada, descubrí a la dueña de una librería que recomienda muchísimo los libros de Pedro Simón, y, como no tenía el gusto, y ella me parece una lectora con solvencia, me pedí en la biblioteca dos audiolibros y dos libros electrónicos, todos del mismo autor, por esto de que la distancia física con la biblioteca más cercana a mi casa me impide estar yendo cada semana, por poner un ejemplo a elegir y devolver. Total, que estoy con «Los incomprendidos» y este sí que sí. Hay su poquito de drama y una historia que puedo leer sin que mi alma se haga pedazos. Tengo que recordar el ponerle un comentario a la librera por esa recomendación. Pedro Simón escribe maravillosamente y a mí, su libro, me lleva de camino a la sanación.
A consecuencia de este estado mental que transito, y como si no fuera ya poco lo que llevo, el domingo anterior, a las 8 de la tarde recibo un correo de la profesora de inglés de mi hijo. Que no había realizado una redacción pero que si el lunes la entregaba, ella, ser de luz por excelencia y magnánimo donde los haya, le recogería la tarea. Hice la croqueta y escribí yo misma una redacción porque él ya dormía. Al día siguiente le cuento a mi hijo y él me dice que esa tarea ya la había hecho pero que no entendió que debiera entregarla. Contesto el correo a su profesora y le digo que estos malos entendidos se hubieran resuelto si pusiera la tarea en el classroom. Ser de luz no me responde. Como para ponerme en mi sitio, recibo otro del profesor de biología. Que en el examen del viernes (estamos a lunes y él, curiosamente, lo recuerda ahora que he escrito un mensaje explicando lo que pienso de ser de luz y compañía) mi hijo ha dibujado un pene en el examen y que, al llamar la atención de mi hijo autista delincuente, éste no le hace caso. Le sigo el juego y cuando me encaro al enano me comporto como lo que soy, una persona que no está para afrontar estas chorradas desde la serenidad. Salimos de casa para la terapia y el niño va llorando todo el trayecto. Llora durante toda la terapia. Llora el camino de vuelta. Lo abrazo fuerte al llegar a casa y me explica que ya se había disculpado con su profesor y que el dibujo no lo hizo en el examen. Le escribo a éste y le contesto que haga lo que quiera con la nota (me había dicho que dibujo de pene era igual a suspenso) que ya habíamos hablado con el niño y que me disculpaba por lo sucedido. Demasiadas explicaciones a gente que trata a mi hijo como si a éste no le pasara nada. Como si él no sintiera, pensara, entendiera, de manera diferente. Como colofón, pasa el crío por una migraña tan fuerte que el martes no va a clase. El lunes próximo le voy a escribir un correo a su tutor. Uno en el que voy a dejar nítidas las líneas de actuación del próximo curso. Pero eso será el lunes. Hoy voy, sin consigo ánimo suficiente, a salir de entre estas sábanas atrapa-sueños y ponerme las mallas del gimnasio. Que ya solo el ceñimiento debería considerarse como un deporte de riesgo. «Serán solo 45 minutos» me digo para animarme. Pero es tan fuerte el olor a quemado que desprendo!