Después de la llorera del jueves noche, oí a mis hijos en el salón hablando muy bajito. No quise saber qué decían porque por eso hablaban en ese tono, para que yo no me enterase, así que cogí mis auriculares y me puse a ver algo superficial en la tablet para distraerme.
Al día siguiente, cuando le dije a mi hija que yo no estaba hecha de acero, me explicó que les había quedado claro a ambos lo que yo afirmaba. Luego me explicó que, a la pregunta del enano de porqué lloraba mamá, ella le contestó que, como a mí me pasara algo iba a estar más jodido y solo que el carajo. Que yo era la única persona en casa que estaba pendiente de todas sus cosas y, que, si seguía siendo un indolente para los estudios, iba a caer por una ladera tan alta y profunda que le costaría el futuro.
Cuando oí sus palabras sentí una pena infinita por el niño que me llevó a mi propia infancia. Yo era una niña buenísima que no se movía ni hablaba mucho para no molestar. Cuando comencé en el colegio, con tan solo cuatro años, recibí más golpes que explicaciones. Llegaba a mi casa con los pantalones empapados en orines y, como iba en un microbús, ponía mi chaqueta debajo del trasero para no mojar el asiento. Luego la profesora me hacía un gesto, me ponía a su lado, y mientras yo bajaba de la guagua, iba contando loas al día que había tenido. Yo no prestaba atención. Yo solo quería llegar a casa. Además, aquello que le contaban a mi madre no era algo que hubiese vivido así que para qué sonreír o pararme junto a ella. Mi madre que era joven, estaba embarazada y no era tonta, empezó a sospechar que algo no iba bien. Qué eufemismo!
Luego fui a otra guardería en el que fue el año más feliz de mi vida escolar. Acababa de nacer mi hermana y eso, junto con una profesora maravillosa que alucinó mucho cuando a mi primer error puse la mano para que me diera un reglaso, me hizo avanzar lo que no hice el año anterior.
Vuelta a otro cambio de colegio y vuelta a los golpes y castigos. Con su poquito de explicaciones y tal, que no se diga que tenemos a toda esta gente solo para zurrarles!
Luego fui al colegio donde acabaría mi viaje escolar, que comenzó con una profesora que, cuando te veía distraída, hacía sonar una campana de acero junto a tu oreja.
Al año siguiente tuve a otra maestra que me dijo que yo era un burrito, con orejas, rabo y pelaje incluidos pero que con su magia, ella iba a conseguir que fuera una especie de Pinocho a la inversa.
Tras un año de altibajos, llegué a un curso donde, mi profesora de inglés y de lengua, una mujer que había sido enfermera en los United Kingdom, no hizo otra cosa que criticar, palabras textuales, «mi horrible letra». Siempre se me dio bien la asignatura y a ella se le dio mejor llegar a suspenderme porque mi letra era un asco. Me castigaba sin recreo y me llevaba a un aula donde habían ovejas descarriadas como yo, a hacer caligrafía.
Los dos últimos años en el colegio, tuve la suerte de tener algo más de soporte. A lo que sucedía en casa de mi abuela se unió el que mi madre cogiera las de Villadiego, mientras yo hacía equilibrios para no partirme la crisma. Me cambiaron a la profesora y ese año a miss caligrafía la reubicaron en religión. Otro error. Tenía una compañera a la que, siendo de una religión distinta a la nuestra, debía asistir a sus clases, donde se le explicaba cuan equivocada estaba su familia y ella en lo que a creencias se refería. Y allí estábamos el resto soportando aquella turra de mierda.
Teníamos una profesora de esas dos asignaturas muy seria y con mucho desapego a su alumnado que ella mantenía a una distancia prudente. Era educada, culta, llevaba gafas de sol por un problema en sus ojos y jamás sonreía. Yo hacía todo lo posible por agradarla porque su rollo en clase me gustaba y mucho. Cero humillaciones, cero chapas, bien de explicaciones maravillosas.
Un día empezó a pedir los deberes a la clase y, no recuerdo porqué, casi ninguna compañera los había hecho. Llegó a mi y me hizo poner en pie. Fuimos corrigiendo ejercicio por ejercicio y, para mi agrado, los iba teniendo bien. Llevábamos cerca de una hora con la corrección y la oigo hablar de que no podía estar más orgullosa de una persona como yo, que, no solo había realizado la tarea, sino que la había hecho fetén. Me dijo que no dejara que nadie nunca me dijera otra cosa que no fuera que era una mujer trabajadora. Una mujer. Yo parecía una bombilla roja como un tomate, aguantando la emoción y las lágrimas de oír a alguien hablando bien de mi. Me pidió que me sentara y, al hacerlo, noté que me había transformado y pensé que, si algún día tenía hijos, nunca, jamás, en la vida, permitiría que nadie los hiciera de menos ni los abandonaría. Esa es la razón por la que doy el mil por cien con el enano. Porque debe estar harto de que lo consideren un fracaso y yo debo empujarlo para que él vea que lo que dicen de él no tiene porqué ser necesariamente verdad. La infancia necesita nutrirse solo de cosas bonitas para que, al crecer, sean como esos árboles espigados y hermosos. Esos a los que solo son capaces de mover el viento y no la rabia ni la frustración, ni la incompetencia.