Los pequeños placeres

¿Qué placer sencillo de la vida te da alegría?

Después de que mi madre se fuera, o un poco antes incluso, descubrí, a golpe de sorpresa desagradable y desgarradora que había que disfrutarse todo como si de tu último día en la Tierra se tratase. Saber que mi madre se iba lo fuese yo a aceptar o no, a soportar, o no, me puso en un punto vital muy distinto hasta el de entonces. De la vida hay que disfrutarlo todo, que ya si eso, y con permiso del destino, te encuentras con la desagradable sorpresa de hallar tu camino lleno de fango. Y entonces tendrás que fajarte, y ponerte botas, y andar con cuidado no sea que te rompas la crisma. Hasta que el fango se convierte en carretera y todo se vuelve mucho más fácil.

A partir de ese momento, comencé a disfrutar, por ejemplo, de despertar junto a mi hijo, mientras él me acerca su cara para que la bese. No para besarme. No. Eso lo deja para situaciones extraordinarias. El ritual de levantarme y prepararme un café mientras recojo los cacharros fregados la noche anterior. El silencio que llena esa secuencia, a veces roto con la aparición de mi hija, en calcetines, porque no soporta ir descalza, con su pijama, diciéndome que le duele alguna cosa, pidiéndome consejo mientras a mí se me va el alma por la puerta de casa. Qué mal se pasa cuando un hijo enferma!

Me voy al trabajo, organizo mi día, y me lanzo a saludar a mis antiguas compañeras que están dispersas como una gran diáspora en pro de una mal llamada eficiencia. Es el único momento que disfruto ya de mi trabajo. Lo demás suena a pesadilla. A estar condenada a un trabajo forzado que no respeta nada de lo que se pactó en su momento. Es como pasar de trabajar en un estudio de arte a hacerlo en una cadena de montaje. Si te caes, ponen a otra persona y punto. Y tú pasas al vacío que es una palabra que empleaban los japoneses para hablar de la muerte en el libro «Shogún». Pero tengo buenas compañeras. Y me conozco gente a la que aprecio un montón y a las que veo mientras voy en busca de un montón de expedientes que sacar del archivo. El que no se consuela es porque no quiere!

Llegar a casa, que mi hija salga a saludarme con un beso y un abrazo, cosa que tampoco pasa siempre, está también entre los top cinco de momentos del día a disfrutar. Comer con ella mientras me mira y me sonríe, cosa que dudé que sucediera nunca cuando sufrí su infancia, es otro momentazo. No veo nada de aquella niña que corría despavorida por la casa mientras se preguntaba dónde estaba Avatar. Contarle las pocas anécdotas que traigo del trabajo, intercalando las vividas por ella durante la mañana, con tranquilidad, sin prisas por acabar de comer, me permite coger fuerzas para una tarde llena de terapias y gimnasio, todo ello mezclado pero no agitado con mil y un recados que te impone el día a día.

Cuando voy al gimnasio, cuando estoy levantando peso mientras me pregunto a qué ataque zombie me estoy preparando, cuando comienzo a sudar y pido la extrema unción, descubro algo en mí que nunca creí que existiera. Una mujer que, con todo, disfruto de la actividad y que, con ella, voy consiguiendo igualmente un cambio de mentalidad muy chulo. Sufro sí, pero salgo tan agustito. No como el del ex torero, no, sino como una persona que hace eso porque ha decidido tratarse como un templo. Uno pequeño y un poco desvencijado, cierto, pero con cimientos fuertes. Como los heredados de mi madre.

Luego llego a casa, paso revista a la tropa, mi enano sale del salón saltando y agitando las manos, y viene para que lo bese en sitios que él permite. Una mejilla, el pelo, o, tal vez, solo quiera un abrazo. Da igual! Tú llegas a casa sudando, cansada nivel Dios, hambrienta, y solo quieres comer algo y rodar hasta tu cama. Previa ducha y mi posterior encreme, que, con la postmenopausia tu piel se vuelve seca como jamás en la vida. Te aplicas crema porque hasta las axilas, esas grandes sufridoras, te duelen a causa de la sequedad. Y te hidratas. Y apuntalas. Mientras observas cómo el templo comienza a desmoronarse por otro lado. Recuerdo las palabras de mi madre. «Ponte de perfil como Nefertitis, no mires!» Y sigo su consejo.

Desde mi dormitorio, doy la orden para ducharse, me arrastro a la cocina por última vez para dar la vacuna de la alergia al enano, vuelvo a girar hasta caer en la cama, y oigo a mi hijo colocarse en el centro. Luego, un último abrazo, hasta que se queda dormido, y yo me vuelvo a girar para vivir el único rato para mí. Me elijo una serie, me veo un capítulo, y me deslizo al mundo de los sueños. Ese en el que tu madre y su marido siguen vivos y tus hijos no viven en Avatar. Vivir esa maternidad, aunque sea en sueños, es tan real, que, cuando al día siguiente me despierto, busco por un instante en mi hijo el muchacho soñado. Pero luego recuerdo a Calderón diciendo eso de que «la vida es sueño» y entonces…se me pasa!


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