Querida fortaleza! Llevas muchos años sosteniendo este cuerpo de menos de metro sesenta, sujetando con andamios hechos de abandono, tristeza, desesperación, angustia y una pizca de no pertenencia. Has hecho de mí la mujer que veo reflejada en el espejo, esa que no se sonríe porque no se siente válida. Ese ha sido mi problema. Sentirme válida hubiera requerido estar a gusto en mi triste pellejo y no ha sido así. Por eso decidí en varias ocasiones que no importaba si no estaba presente en la vida de nadie, como si mi simple presencia no fuese suficiente, entendiendo estar con cosas que no eran reales.
Tú siempre has estado ahí. Me aconsejaste que estudiara mucho, que así evitaba el contacto con los demás y me hacía «una mujer de provecho». Me mantenías despierta toda la noche planeando el día siguiente. Me hiciste una superviviente pro máster y me aconsejaste que, ante los jaleos que formaba mi abuelo, tuviera el uniforme y la mochila del colegio en modo huida. Para salir en cuanto las cosas se pusieran feas y fueras a dar con mis huesos en casa de una tía de mi madre, de un vecino, que en cuanto oía los gritos, entornaba la puerta de su casa, o peor, en casa de mis padres, y ahí, el sentimiento de tristeza se volvía opresión.
Me has sostenido cuando me dijeron que mis dos hijos, esos dos chicos increíbles que yo creía fuera de todo mal. «Qué van a estar fuera de las cosas de la vida, idiota!» me gritó ésta muerta de risa, y yo, una vez más, me ayudé de ti para escapar de la pesadilla. Gracias a tu ayuda he ido a mil congresos, tres millones de cursos y he rebatido a un montón de gente autoproclamada experta por la universidad del ego. Has hecho que los taladrara con la mirada y me has puesto en los labios la respuesta exacta en el momento correcto.
En estos momentos, con un casi ex dando por el saco y como si fueras un jefe de pista de un circo, has anunciado que voy a salir adelante dando un triple mortal que consistirá en tirar para adelante con niños, terapias, trabajo, casa y todo lo que eso conlleva. Que voy a dejar al mundo ojiplático tirando del carro, como siempre hago, pero ahora en soledad, porque mi aún marido ha decidido estar solo para lo estrictamente necesario, y eso supone hacerme viuda sin serlo. «No importa» me susurras. «Nunca has necesitado a nadie». Pero sí que hubiera necesitado, solo que no he querido verbalizarlo, por no molestar, porque no me he creído merecedora de tal ayuda, porque en realidad, dentro de mí, solo hay una niña pequeña, con sus botas ortopédicas, sus coletas, su sonrisa amplia a pesar de los años y los daños, que siempre ha estado hambrienta de cariño.
No me despido de tí, faltaría más! Eres parte de mi y me sigues haciendo falta pero, a partir de hoy, voy a echar menos mano de tu ayuda. Voy a mostrar mi vulnerabilidad y voy a demostrar que no estoy echa de otro material que no sea piel y huesos, con un montón de otras cosas por medio. Soy, como me dijo Elena, mi terapeuta, ayer, una mujer válida, aunque como hoy, me encuentre tirada en el sofá convaleciente de una fuerte migraña. Creo que exponer quién soy en una pizarra fue demasiado para ambas y amanecí con un dolor que me tuvo tumbada durmiendo hasta las once de la mañana. Y no pasa nada. Porque mientras eso ocurría, resulta que una compañera me indicó cómo debo hacer para presentar la documentación necesaria para la promoción interna que se publicó ayer, por fin, en el BOE. Y yo voy a acoplarme a su ayuda, y voy a aceptar acompañarla para salir indemne de este próximo paso. Y tampoco pasa nada. Y seguiré siendo válida aunque en vez de quedar entre las diez primera lo hubiera hecho la última. O no lo hubiera superado. Y seguiría siendo yo. Sin tener que demostrarme ni demostrar al mundo lo fuerte que soy.
Te doy un abrazo bien fuerte. Te quiero muchísimo y te agradezco lo que has hecho por mí. Por eso decido dejar de darte trabajo y elijo ir contigo de la mano. Para divertirnos juntas los que nos quede de vida. Gracias! ❤️❤️❤️