Hoy amanezco en la casa del sur. Es el último fin de semana que creo podré acercarme hasta el próximo año. En la isla corre un aire caliente que ha parado al alisio y que tiene a toda la población hermanada con los países del trópico.

El niño, ante este calor, se ha levantado más temprano, con el cuello mojado, como su madre. Dormimos con la ventana abierta y con un ventilador que chirriaba tanto, que tuve que pararlo antes de dormir. Parecía que Nosferatu salía de su oxidado ataúd una y otra y otra vez.

Total, que estamos aquí porque por lo menos por estos lares hay playas que nos gustan y que nos refrescan, y podemos estar hasta pasadas las ocho de la tarde en ellas.

Hoy esta zona ha amanecido como envuelta en una capa gris que, me temo, sigue siendo polvo en suspensión.

Como digo, hemos bajado a la terraza, y me he bebido un vaso enorme de agua fresca. A mi hijo no le gusta estar solo mientras prepara su desayuno, pero a mi, ante este calor, solo me apetece que me den la puntilla.

Pienso en la cantidad de cosas que dejo en pausa hasta la fecha del examen el próximo día 27. Lo más urgente, arreglar uno de los pilares de la terraza. Luego miro al jardín y se me encoje el corazón pensar en cómo va a soportar las ausencias. Quién lo regará, con una manguera rota, y, a la que según mi marido, solo necesita una abrazadera. Voy a ver si consigo que, en su pluscuaperfección, me de el suficiente crédito para mirar si, la abrazadera que tengo en la caja de herramientas, sirve para ese remiendo. O si ya va siendo hora de que compre otra y tire la que tengo.

Siempre me despido de esta casa con pena y, cuando estoy en el trabajo, miro la imagen que me da la cámara de seguridad que tengo en el salón y que transmite los distintos estados de la vivienda. Por la mañana, los rayos del sol filtrándose de forma tenue por los estores. La tarde, con el sol arreando duro sobre el salón. La noche. Esa oscuridad completa que solo se rompe cuando salta el gato negro a la terraza, captado por una luz que se enciende con el movimiento, y que mi cámara avisa de  que es una persona. Más quisiera él! Tendría que darle una participación de la casa si eso fuera así. Porque él ya se ha agenciado el usufructo de la terraza. De la terraza de la humana a la que mira con desprecio desde el jardín.

Sigo debatiendo conmigo misma si debo ir al examen. Estoy segura de que puedo aprobar los dos primeros pero el profesor me corrigió un supuesto del tercero y me ha dicho que, así, no voy por buen camino. Y dejar al niño tantas horas, por la cabezonería de presentarme e intentarlo me parece un poco too much.

Explicando a una compañera lo difícil que se me hace, y los encajes de bolillos que debo hacer, me contestó que mi marido no me llegaba a mi ni a la mierda que tenía bajo mis sandalias. Y por eso, solo por el hecho de que no quiero que se salga con la suya, es por lo que voy a poner, la semana que viene,  en práctica un plan para ver si puedo conseguir desconectar de mi realidad y hacer un buen papel opositil. Todo ello aderezado con juicios, escritos, demandas, soledad, gimnasio, terapias,  llevar y traer al niño del cole, alimentarme, alimentar a mi hija, calmar sus nervios, alentar su ego, mantenerme en calma a pesar de todo este maremágnum, y salir viva y victoriosa sin un pelo descolocado. Con estos 1000 grados de calor. Como colofón final.

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