La colcha

El viernes, entre lío y lío, me tocó a la puerta la vecina que vive justo en frente. Me preguntó que si tenía dos segundos y, para enfado de mi hija, le dije que sí. A mi hija no le gusta que nos interrumpan cuando vamos a comer pero, la señora es mayor y decidí ayudarla. Creí que necesitaba una mano joven con alguna cosa.  Llego a su casa pensando en qué aprieto tendrá y descubro con sorpresa que no tiene ninguno. O por lo menos ninguno aparente! Me lleva hasta el final de su vivienda que está limpia y ordenada hasta los topes, mientras yo miro de soslayo con vergüenza. Ojalá tener mi casa así! Me dice que, como ya le queda poco para irse al cielito, me mira, hace un inciso, me pregunta si yo creo que existe, y le contesto que ojalá y que ahí estará mi madre para saludarla, quiere desprenderse de cosas que no le son útiles, continúa. Me pide que la ayude a subir el canapé de su habitación y me enseña dos colchas de ganchillo. Sonrío. «A mi madre le hubieran encantado», digo. Ella me cuenta que muchas veces mi madre la invitó a dar un paseo, invitaciones que ella declinó pensando que habría otros días. Se equivocó. Como la paloma de Alberti, un error de cálculo que hizo que ya no la viera más. Yo la miro en silencio, con pena, la misma que siente ella, o más, porque, qué diablos! era mi madre!

Cuando mi madre venía a la isla se quedaba unos días en mi casa. Me ayudaba muchísimo, al punto de darme hasta vergüenza, y, por eso, la invitaba a que fuera a visitar a su familia antes de irse al sur, para que no perdiera el tiempo con mis mierdas, pero siempre me ponía una lavadora, o me limpiaba cualquier cosa. Cuando se asomaba al patio, para tender la colada, su embrujo de mujer poderosa hacía que mis vecinas se asomaran a saludarla. Reían, bromeaban, contaban sus anécdotas y, al cabo de un buen rato, volvían a sus cosas. Cuando hice la misa por mi madre, aparecieron dos de ellas a presentarles sus respetos. Ella era así. Una hechicera.

Para abreviar la visita antes de que mi hija entre en crisis, le pregunto que para qué me llamó. Me pide que elija una de las dos colchas que me muestra. Si me gustan, claro! Me sonrío. Puedo sentir a mi madre con su brazo por encima de mi hombro. «Escoge la de los flecos, va a quedar increíble en mi habitación de la casa del sur». La señalo y me la da. Le digo que, efectivamente, en la casa del sur, en el cuarto de matrimonio, ya hay una colcha que compró mi madre y que no tiene repuesto cuando toca lavarla. Se pone contenta. Mi madre brinca de alegría a mi lado. Mi vecina sabe que su regalo tendrá un uso y me sonríe. Le doy las gracias. Mi madre también. La veo sonriente, pensando que mi vecina la puede ver igual que yo. «Dile que puede durar por lo menos 10 años más» me dice mi progenitora, «como mi marido, que me sobrevivió!» Me quedo en silencio. «Sosa!» Me espeta.  Voy a echar de menos a mi vecina cuando se vaya «al cielito» tal y como dijo ella. Hay gente que debería existir aunque sea en forma de olograma. Para no perderla nunca. Para pedir su consejo siempre. Para conversar con ella hasta que tú misma te vayas a su encuentro. Pero no! Solo te queda el sentirlas, en tu corazón. Y con eso haz de conformarte!

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3 respuestas a “La colcha”

  1. Ay Ana, qué historia tan bonita y tan llena de esas cosas que, como dices, se quedan viviendo en el corazón.
    Me ha gustado mucho ese momento en el que tu vecina recuerda a tu madre… porque, fíjate, entre todas las personas a las que podía darle esa colcha, pensó en ti. Y al hacerlo, de algún modo también pensó en ella.
    Imagino perfectamente esos ratitos que cuentas, asomadas al patio mientras tendían la ropa, charlando y riendo como si el tiempo no importara. A veces la vida se compone justo de eso, de conversaciones sencillas, de puertas que se tocan para “dos segundos” y terminan trayendo un recuerdo, una colcha y un pedacito de alguien que ya no está.
    Tu madre debía de tener algo muy especial si, como dices, hacía que las vecinas se asomaran solo para saludarla. Y mira qué curioso, al final, aunque aquella vecina no aceptara aquellos paseos, la vida le ha regalado ahora esta pequeña forma de reencontrarse con ella a través de ti.
    Y es que hay personas que deberían venir con versión holograma, (lo he pensado muchas veces), para que no se fueran nunca. Mientras tanto, nos quedan estos gestos, que son como guiños del cielo para recordarnos que algunas presencias no se van del todo.
    Un besito, preciosa y feliz noche. 😘💐💖🌷

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