Hoy ha amanecido lluvioso aquí en la capital. Nos íbamos a la casa del sur pero es que, las predicciones meteorológicas decían que llovería por allí también y decidí no ir bajo juramento al enano de volver el fin de semana que viene so pena de acabar suplicando su perdón por no cumplir mi promesa. Para consolarme, miro en las webcam que hay colocadas en las playas de la zona para ver cómo va todo. Me encanta ese lugar! Está todo tan ajardinado, tan tranquilo, que me sienta como un orfidal en mi ánimo. Luego miro la casa por la cámara conectada a la alarma para ver cómo están las cosas allí y así veo cómo  dejé la casa, si la gata  que nos visita cada noche ha vuelto (resulta que el gato negro era gata, según mi vecina, que es la que trajo hasta la urbanización una comuna de gatos muy poco adecuada para la fauna de la zona) porque cuando se sube a la terraza una luz ilumina toda la entrada y hace que la cámara se ponga en alerta y me envía una notificación tras otra diciéndome que alguien ha accedido a la terraza. Patrañas. Hasta ahora, claro! Es una mascota, la mascota de la casa, más concretamente. Ha perdido su collar rojo y ahora, cuando la veo no consigo distinguirla. Ha perdido su mojo la gatita.

Luego pienso en mi madre. Ella amaba esa casa. Qué me diría si siguiera viva? Le gustarían los cambios que he hecho? Le parecería bien lo que hago con la casa? De una cosa estoy segura. Le habría encantado saber que la vecina se mudó a varios kilómetros de allí, no porque esta le cayese mal, sino porque es tan invasora en la vida de los demás como sus gatos, y, cuando eso ocurre, o la pones muy en su sitio o te pones muy de puntillas para que no se de cuenta de qué es lo que haces en cada momento. Pero todo se acaba y eso, increíblemente, es otro ítem que hemos alcanzado con el paso de los años.

Ha entrado el niño a mi habitación y me ha dicho que está lloviendo. Me vuelvo a la webcam. Si. Allí el día también va regular. El ánimo se alinea entonces con el día y decido que hoy debo pasar a la acción. Necesita mi mente mucha distracción para no tener pensamientos tristes, pensamientos de anhelos, de añoranza, llenos de recuerdos bonitos y en familia. No seamos cenizos. «Recuerda que tienes hijos y que ellos te necesitan fuerte, con la moral alta» me digo.

Siento la mano de mi aún marido en mi brazo. De vez en cuando necesita asegurarse que no he cogido las de Villadiego y me he hecho humo. Ayer se enfadó porque puse su pantalón de trabajo a lavar y, a pesar de mirar en los bolsillos delanteros y traseros, no me fijé que tenía otro a media pierna. Ahí estaba su agenda, un bloc de notas, un pilot y una pluma. El resultado ha sido un enfado, un repetir colada, y todo lo que estaba en el bolsillo arruinado. Que porqué no me di cuenta? Alguien ha convivido con tres personas autistas en casa? Pues eso! Que cuando presto atención a lo importante no me fijo en cosas nimias. Ojalá haber tenido ese mantra años atrás! Tal vez eso me hubiera hecho aprovechar más tiempo de calidad con personas que ya se han ido.  Yo no soy Édith Piaf, que no se arrepentía de nada. Yo soy Sandra, la floja, la familiar, la que daría todo lo que le dejó su madre por conseguir un añito más a su lado. «Déjate de lamentaciones, levántate y ponte a recoger!» me digo. Pues eso! Feliz día!

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