He vuelto a la casa del sur. La última vez me despedí de ella de muy malas maneras, haciendo maletas deprisa, gritando órdenes a mis hijos, pidiéndole a mi cuñado que me llevara a Avatar…porque había muerto una prima de mi marido y eso cambiaba todos los planes.
Cuando entré ayer, la entrada estaba cubierta de huellas de barro, humanas, que me dejaban claro que la vecina alemana que vivía en la casa de enfrente, había regado el jardín. Me lo había dicho en un audio de WhatsApp y me había dejado caer que, si el jardín se descuida se secarán las plantas. Vaya por Dios! Otra responsabilidad más! Como si no me faltara ninguna. Como si yo no trabajase, tuviera familia, estudiase, llevara cuando toca al niño a terapia, tuviese un apartamento en alquiler, vamos, como si no tuviera otra cosa que hacer que viajar una hora ida y otra de vuelta para regar el jardín.
Hoy por la mañana me he asomado para ver si había habido alguna muerte plantil en estos días y me he encontrado con la mirada entre socarrona y despectiva del gato negro que duerme en mi terraza. «Hola humana estúpida que no sabe cuidar de ningún animal a pesar de que me comí una de las tórtolas que se cagan en tus barandas. Te dejé su cadáver en la terraza la última vez, como forma de regalo, pero no agradeces nada» me dijo antes de marcharse porque sabe que no puedo adoptarlo. Ya le he contado que soy alérgica, que mis hijos lo temen como a un nublado, que con mi marido él sería un no firme, que no soportaría vivir en un piso enano siendo libre ahora de andar por donde quiera, pero no. Estuvo a punto de ser adoptado por una alemana pero se acordó de que volvía a su país y el pobre gato moriría de pena y achantó.
Otros que siempre están son los canarios que viven en el árbol. Empiezan a cantar a las ocho de la mañana, como si vivieran en una comunidad de vecinos y supieran cuándo se puede hablar alto y cuando no.
Cojo la manguera y comienzo a regar. Hay calima y el día está marrón, en consonancia con mis sentimientos ahora mismo. Como dice la canción de Luz Casal: «voy a tener un día marrón, día de bruma en mi corazón…» siempre que vengo a esta casa me inunda un pozo de tristeza y por eso no puedo amarla como hizo mi madre.
Levanto la cabeza y veo a dos tórtolas picoteando las semillas del árbol. Luego, las voces que en otros tiempos me llegaban desde el salón vuelven a mis oídos, a mis recuerdos. Esta casa se lleva un jirón de mi cada vez que vengo! Yo he venido a limpiarla y la calima me lo impide. No importa! Ya llegará. Comienzo a recoger en la entrada. Oigo al marido de mi madre llamarla y ella contestarle desde la ventana de la cocina. Entro a casa. Le sujeto la puerta pero él ya no me ve. Solo ve su casa. Y a ella.

