Si tuvieras un millón de dólares para regalar, ¿a quién se los darías?
Jugaba él con la máquina tragaperras, pensando en qué haría si le tocara el bote de un millón que daba aquél cacharro, con aquella música machacona, que sonaba bien alto, para atraer con ella a hombres como nuestro personaje. Él se limitaba a poner monedas por la ranura, apretar los botones, comprobar la jugada y vuelta otra vez de nuevo.
Qué haría con aquel millón? Qué sentiría si lo ganara? Entonces, cuando ya no esperaba nada, la máquina comenzó a hacer un ruido ensordecedor mientras él la miraba asombrado esperando no sé qué del aparatejo.
Mientras la música sonaba, se vio rodeado de curiosos, primero, y del personal del casino después. Montaron enseguida una fiesta en su honor y le dieron un gran cheque con la cantidad del bote impresa en él. Y algo de alcohol. Champán del bueno. La ocasión lo merecía.
Cuando todo terminó, cuando salió del casino llevado por una limusina propiedad del mismo, y que le pusieron como cortesía de la casa, comenzó a sentir de nuevo el vacío y la soledad de su día a día, eso, a pesar de estar algo achispado por el alcohol. Mientras pensaba en ello, y cuando aún podía ver las luces del casino a través del cristal del coche, decidió que, al día siguiente volvería a la misma máquina, a su música machacona, a sus pulsadores, para ver si así acallaba las voces de su interior. Esas que hablaban cuando se alejaba de SU máquina.
Ella cantaba en un pub de esos donde va mucha gente de edad madura a tomar una copa, en silencio, mientras te cantan. Solía tener mucha afluencia por esto de que los elegidos para entretener al público solían llevar unos músicos buenísimos. El dueño, pagaba bien, pero quería la caja llena cada noche.
Durante cada noche, veía a un joven sentado solo en las mesas del centro de la sala. Cuando ella terminaba su actuación, aplaudía entusiasmado, se acababa su consumición y volvía a la noche siguiente.
Hasta que, una noche, él la esperó en un descanso, acodado en la barra. Ella pensó que iba a decirle alguna majadería y decidió no hacer contacto visual con él. «Eres mi cantante preferida, cantas como los ángeles. Tu voz me transporta a otros tiempos más felices» Le dijo. Entonces, ella lo miró, y se encontró con la mirada de alguien que exudaba ser buena gente. Guapo además. «Gracias» Le contestó. Y, para su asombro, se levantó él de la silla y se marchó. Ya no lo vio al día siguiente, ni al otro, y así pasaron meses.
Paseando un día por el mercado, le pareció verlo con un sombrero bien ajustado a su cabeza, pálido en exceso, como si estuviera enfermo. Se acercó y le soltó un «hola» tímido. Le devolvió el muchacho la mirada y se puso colorado. «Te he echado de menos en el bar desde la última vez que hablamos!» «Ya ves!» Y quitándose el sombrero dejó al descubierto su cabeza sin pelo. «Cáncer! Me ha tocado! Por eso te dije aquello esa noche, porque quería que supieras lo que significaba lo que haces para mí. Pero, durante un tiempo, se han acabado para mi las salidas nocturnas!»
«Supongo que no querrás dar un paseo conmigo ahora verdad?» Le dijo ella. «Si quieres puedo cantarte incluso alguna cosa!» Él se echó a reír y le contestó que vale. Ella le cogió del brazo, y, despacito, mientras se alejaban del mercado, comenzó a cantarle bien bajito. Sólo para él.
Una pitonisa le dijo un día que se casaría con una mujer con una marca bien visible en su rostro.
Con el paso de los años, se enamoró y se decepcionó un montón de veces. Pero un día, llegó demasiado temprano a clase, en la universidad donde estudiaba, y se sentó a esperar en unos bancos que habían fuera. Pasó una compañera, miró el aula cerrada y le dijo que si se iban a tomar un café juntos.
Él ya se había fijado en ella, una chica bajita, con el pelo corto, rapado por detrás, que era exactamente el tipo de mujer que no le gustaba. Pero esa chica tenía una personalidad muy fuerte, envolvente, que hacía que su cabeza se girara a su paso.
Decidió tomar ese café con la firme decisión de desencantarse de una vez del magnetismo de aquella mujer.
Se sentaron a la mesa y ella pronto decidió que también tenía hambre y llamó al camarero para pedirle un bocata. Y allí, mientras ella comía, se fijó en sus labios, que ella siempre llevaba pintados de rojo. Ella hablaba y reía mientras lo observaba escrutadora, con aquellos ojos grandes y marrones.
Se limpió sus labios con la servilleta, dejando a la vista una pequeña cicatriz que recorría su boca de arriba abajo.
«Qué te pasó ahí?» Le preguntó. «Te arañó un gato?». Ella se sonrió y le contestó que no moviendo la cabeza. «Mi madre» contestó en un murmullo. «La maternidad le llegó muy joven y yo era muy llorona. Perdió los nervios y, de una bofetada, me dejó esta marca».
Él se la quedó mirando, mudo, y notó cómo su alma se deslizaba suavemente por debajo de la mesa hasta llegar a ella. Y supo que estaba unido irremediablemente a aquella chica. Y entendió que no querría separarse nunca.
Se levantó esa mañana muy temprano, para meterse entre fogones cuanto antes. Hoy tendrían una comida familiar de esas que suceden cada mucho tiempo, reuniendo a su familia y a la de su marido a la vez. Él era el artífice de la reunión, el que lo había organizado todo. Llevaban ellos dos un tiempo largo en el que, la pasión, la intimidad, el hablar de cosas que no tuvieran que ver con sus hijos, habían cogido la puerta del hogar y se habían marchado, cansadas de que nadie diera aire a las últimas brasas para volver a avivar el fuego del amor. Era el aniversario de su boda. ¡25 años ya! ¡Bodas de plata!
Había decidido hacer una receta que hacía en los primeros años de su matrimonio, cuando su marido, después de volver del trabajo, ponía en sus manos un pequeño detalle en forma de ramillete, notas de amor, o cualquier cosa bonita que viera en los escaparates de las tiendas por las que pasaba antes de llegar a casa. De eso solo quedaba un beso frío y rápido, antes de subir corriendo para asearse antes de la cena. Saludo a los niños, retirarse a leer. Dormir. Y lo mismo al día siguiente.
Suspiró, miró al jardín que bordeaba su vivienda, y comenzó a cortar verduras. Como ya había supuesto, la labor le llevó toda la mañana, pero estaba satisfecha con el resultado y quería que fuera un día gozoso para todos, alrededor de aquella mesa grande, que daba idea de lo numerosa que iba a ser la reunión.
Antes de que llegaran los invitados, decidió darle a probar la comida a su marido, para ver si aún era capaz de recordar lo mucho que se amaban cuando la mesa en la que comían era solo para dos. «¿Te gusta? -le preguntó. Él puso una cara rara, parecía querer escupir lo que tenía en la boca. Mal presagio ese. Le contestó que sí, y fueron a recibir a los invitados que empezaron a llegar en ese momento.
La comida fue todo un éxito. Su madre le dijo que era de lo mejorcito que había hecho nunca y la familia de su marido afirmó que iban a salir rodando de la vivienda. Hubieron risas, sorpresas, noticias buenas e inesperadas, y sobre todo mucho amor.
Los niños se fueron a jugar por el jardín y su marido decidió dar un pequeño paseo antes del café. Ella le siguió y se puso a su lado. Podían ver a sus hijos correteando con sus primos y sus caras de felicidad. Aunque solo fuera por eso, todo había valido la pena. En esas estaba, cuando le llegó un aroma a jazmín que venía de su marido. Se giró, y se encontró con que le había hecho un ramillete con el que tenían plantado en el jardín.
Lo miró, y lo oyó decir: «se me había olvidado la persona maravillosa que eres. He estado tan ensimismado con mi trabajo y con los niños que he dejado de tenerte en cuenta. Espero que perdones todos los momentos de soledad que has debido vivir estos dos últimos años».
Se abrazaron en silencio, recordando cada uno cómo era el cuerpo del otro. El alma del otro. ¡Había tanto por lo que hacer memoria!
La hora del café pasó y, la familia, al verlos en aquel momento de intimidad, se fue marchando sin hacer ruido, llevándose a los pequeños para que pasaran la noche fuera de casa. Mientras ellos permanecían allí, reconstruyendo sus vidas. Reconstruyendo el amor. En silencio. Abrazados.
Hace mucho tiempo, en un pueblo pequeño, de una isla remota, vivía una muchacha hermosa y llena de vida. Era alta y espigada y, al caminar, su cuerpo se unía en un baile cadencioso con el viento que soplaba en la isla desde el mar.
Estaba comprometida con el mejor de los muchachos. Anhelaba él momento de la boda porque ya había planeado al milímetro cómo sería su vida junto a él y lo felices que iban a ser. Pero lo cierto y verdad es que nadie puede construir una vida de dos siendo una persona sola.
Una mañana, él tocó a su puerta y, al abrirle, sin dejarla casi terminar el saludo, le dijo que todo había terminado, que había descubierto que no la quería como ella merecía y que no podía permitirse ni perder ni hacerle perder más su tiempo. Y se fue. No la dejó decirle absolutamente nada. No la dejó explicar cuánto amor tenía para darle, cuántos planes había construido…nada.
Al cerrar la puerta sintió que algo dentro de ella empezaba a crecer muy lentamente. Primero, muy sutilmente, pero luego, con el paso de los días, de los meses, se convirtió en un rencor tal, que tomó posesión de su alma y de su cuerpo.
Una mañana, al mirarse al espejo no fue capaz de reconocerse. Se pasó la mano por el rostro, y lo descubrió lleno de arrugas, mustio, feo. Aquel odio infinito que sentía hacia el que iba a ser su marido la estaba matando. Literalmente.
Entonces se preguntó si debía permitirse seguir muriendo entre todo aquel odio que no la permitía seguir avanzando, sino hundiéndola en un mar de rencor que, encima, sólo le era perjudicial a ella. Él había seguido con su vida! Le había costado un poco, pero decidiendo que había sido lo mejor romper con ella, como si se hubiera quitado un gran peso de encima, sentía que avanzaba en la dirección correcta. Ella no. Ella estaba siendo succionada por un torbellino de emociones negativas que le impedían avanzar como hacía él.
Entonces salió a pasear, dejó que su cuerpo volviera a mecerse al son del viento, y comenzó a sentir paz de nuevo. Siguió caminando y recordando los buenos tiempos vividos, que habían sido muchos. Se rió ante el hecho de pensar que su vida terminaba con aquella ruptura. Y siguió riendo hasta volver a casa.
Al abrir la puerta, volvió a ver su imagen reflejada en el espejo. Pero esta vez se encontró con una imagen que le gustaba. Y supo que, a partir de ese momento, volvería a ser feliz. Cuando terminara de soltar todo lo que ella había permitido que se adueña de su alma. Que tendría que ser cuanto antes. No quería volver a perder el tiempo en la infelicidad. En vivir mirando hacia atrás. Eso no valía la pena!