Llevo una semana de ir corriendo a todos lados. Este lunes fui a buscar al niño en taxi en un viaje de ida y vuelta de casa al colegio y del colegio a casa. Cuando se sube al taxi le noto un rictus extraño. «Qué tienes?» Le pregunto. Me contesta que nada pero yo no me conformo. Salimos del taxi, llegamos a casa corriendo, y, mientras él merienda, yo encaro el salir pitando a su terapia. Mientras corremos, jadeando como un perro asmático a consecuencia de una rinitis brutal que me lleva acompañando toda la semana, le pregunto que si tiene deberes y me contesta que un examen el martes. Me paro en seco y me quito de la clase de las ocho en el gimnasio. Lo primero es lo primero! Prioridades maternales lo llamaría yo!
El martes fui en la guagua más tranquila pero aún con el recuerdo de que el niño vomitó esa mañana, supongo que por el examen, y me pongo a pensar en cómo afrontar lo primero que hable con él. Salí antes del trabajo, comí con mi hija, y, tras eso, a la estación de guagua, que queda como a media hora de mi casa, en paso de enana que soy, enana y asmática, como combo plus. Lo espero en la puerta del cole, sin prisas, mientras unas madres, a lo lejos, no lo suficiente, me miran mientras, supongo, hablan de mí. Y supongo bien porque las miro, las interrogo con la mirada, y ellas no dan crédito a que tenga un oído tan fino. Me explican sus polleces y mierdas de lo que iban hablando de este metro cincuenta y ocho de pura mala leche y yo les contesto secamente. Se alejan unos metros más. Así me gusta! Distancia! Las conozco de siempre, a algunas desde antes de que sus hijos y el mío coincidieran en un aula pero soy incapaz de crear vínculos con mujeres que viven una maternidad tan distinta a la mía, donde alguna ni siquiera trabaja, que no mira si hay puentes, o días sin clase, mientras yo, para quedar a algo o con alguien debo sacar el calendario de trabajo de mi aún marido, el calendario escolar, que ese día no tenga vistas, y ya estaría.
Al salir lo vuelvo a notar extraño y, al subirme a la guagua caigo en que no está extraño. Está triste. Lo saeteo a preguntas y él pasa del monosílabo al silencio profundo. Esa tarde se pone muy enfermo de rinitis y continúa así al día siguiente, miércoles, que ya se pone a llorar en silencio antes de ir al cole. Me quedo junto a él, lo abrazo, le digo que todo lo que siente es normal, que sus compañeros seguro que están igual y que lo quiero mucho. Cuando su padre llega esa mañana de trabajar se encuentra con ese cuadro en el salón. Él llorando, yo abrazándolo y su hermana con el rostro triste mientras nos contempla. No hace falta explicarle nada. El peque, ese niño de sonrisa eterna, las está pasando negras en el colegio. Los cambios están siendo muy duros. Le decimos que hablaremos con él a la tarde pero no suelta prenda.
Cuando llega el viernes, antes de que suene mi despertador, siento el timbre de la puerta. Me dirijo a ella con sigilo, miro por la mirilla y veo al que vende el agua por la zona. Le abro la puerta y le pregunto que qué día es. Se ríe. Yo no. Estaba convencida de que era sábado. Estoy tan cansada que no sé cómo voy a afrontar un día laboral sin mi compi que comienza sus vacaciones. «Mátame camión!» Digo en voz alta.
Por supuesto la mañana en el curro fue horrorosa y, al llegar a casa, mi aún marido ha hecho unos pinchitos que, por el olor que desprenden, están en mal estado. Salgo corriendo con ellos para tirarlos en el contenedor porque el olor es asqueroso. Vuelvo corriendo a limpiar los cacharros que han estado en contacto con esa porquería. Apaña otra cosa de comer y, mientras caigo redonda en la siesta, noto que sale a por el niño. Vuelve con él y éste se cuela en mi habitación para ver si sigo dormida. Abro los ojos, lo abrazo, lo beso, me dice que empiezan sus vacaciones carnavaleras. Se sonríe. Y con esa sonrisa caigo en el sueño un rato más. Cargando pilas para el viaje que me espera. Un viaje hacia su tristeza, para traerlo de vuelta.