Ayer tuve al enano muy malo de la alergia pero, a pesar de todo, me comporté como una madre normal y no de esas que parecen una central eléctrica cuando sus hijos enferman, exagerando las cosas como si fueran los chiquillos a morir (soy) y nos fuimos a comer fuera como si mi hijo no estuviera a punto de perder la nariz (les recuerdo lo de la central eléctrica). Comimos comida casera y ya de ahí nos fuimos a comprar porque, cuando vives en Avatar, debes ajustar primero de mes, fin de semana plus supermercado popularísimo con tu deseo de tranquilidad, poco ruido y cero esperas. Así que, si vas a comprar, debes hacerlo en esas horas que los supermercados llaman «la hora autista» que es la que no quiere nadie para ir a comprar. Porque es una hora más mala que el carajo, porque bajen o no las luces hay ambiente de siesta, y porque no tienes que esperar ni en el aparcamiento del súper ni en la caja a la hora de cobrar porque a esa hora España entera está durmiendo la siesta. La hora autista ya existía desde antes de que nadie la llamara así. Es la hora a la que ni regalada va un gato. A la que no va ni perri. En la que tú debes combinar comida relax con sacar la lista de la compra y luego hacerla ligerita porque, como el niño estaba estornudando, y su padre dijo que no era de recibo hacerlo encima de la comida, se quedó fuera esperando, con su hermana, mientras yo me movía como la superabuela por el local para acabar cuanto antes. Ni siquiera vi a mi aún marido seguirme. Coincidimos en la caja al pagar. Punto. La hora autista es un camelo total. Es la hora en la que a la cajera se le desencaja la mandíbula de bostezar. Básicamente.
Luego vinimos a casa y yo, que tengo una edad, caí muerta en la cama después, claro, de colocar la compra del mes. Menos estudiar para las oposiciones a Gestión, cualquier cosa. Leí los blogs a los que estoy suscrita, vi mi serie preferida, caí redonda de sueño, me desperté y puse el deshumidificador y seguí leyendo. Mientras, mi hijo seguía hecho polvo pero menos.
Cuando llegó la hora de dormir y me pidió que cuidara sus sueños unió esa frase a un primer ronquido. Siempre ronca cuando se congestiona pero, el deshumidificador hizo su función y al cabo de un rato su respiración se hizo menos agitada. Durmió como un bebé.
Al despertarnos me ha dicho que ayer se le terminó el antihistamínico y me he puesto como una mona. Ahora debo buscar una farmacia abierta que me quiera surtir sin recetas, aunque ya he sacado el informe de su alergóloga para apuntalar la falta de prescripción con algo de formalidad y algo de pena, aunque esto último no funciona en esa botica. Hay una cerca que abre los domingos y a la que odio ir. No son ni muy amables, ni muy empáticos, querrán saber qué y qué no y yo pondré la cara que pongo a los que vienen a la Ciudad de la Justicia. Cara de póquer combinada con atención plena, añadiendo a todo ello un toque de educación y de saber y contestar a todas las preguntas que me hagan por muy impertinentes que puedan ser. Jamás he tirado del clásico «Mira, es que es autista y es lo suficientemente autónomo para tomar la medicación pero no le llega la autonomía para explicarme que se ha tomado la última». Luego pararé en algún sitio a sentarme, mirar a gente terrícola, calmar mi ánimo y coger fuerzas para la semana que viene que estoy hasta arriba de citas médicas para mí, porque llevo, por ejemplo, más de un año sin ir al dentista y a entregar unos análisis al médico de cabecera que dicen que tengo colesterol. Eso y mi terapia psicológica el miércoles. Mi válvula de escape junto con lo de escribir por aqui. Un recado más y luego, vuelta a Avatar, a comer con los chicos, descansar un poco, estudiar con el niño, estudiar mis oposiciones, lavadoras a tope, doblar y guardar ropa, recoger la casa un poco y, con suerte, terminar el día respirando. Y que lo haga el niño conmigo. Sin congestión. Respirando tranquilamente. Descansando para encarar un nuevo día. Y ya estaría!