A mi primer amor lo conocí en un cine. Lo vi subir las escaleras presuroso porque llegaba tarde a una cita que no tenía conmigo. Tampoco con otra. Nos presentaron en la puerta de la sala. Había quedado para ver la misma peli que yo con un amigo.
Más adelante, siendo novios, me abrazó muy fuerte mientras yo lloraba porque, por aquel entonces mi vida no era un carnaval y, mientras lo hacía, durante el abrazo, me juró que, mientras estuviera en mi vida, se iba a encargar de hacerme feliz. Que ni el aire que me rozara me lastimara.
A mi primer amor lo he visto cuidar de su padre hasta su fallecimiento, con un mimo y un decoro que retrata perfectamente cómo es de buena gente. Solo quien lo ha pasado sabe lo que es bañar a alguien mayor, levantarlo en las caídas, las horas de hospital…
Lo he visto reír a carcajadas, enfadado, preocupado, a veces por su propia salud, pensando que, tal vez, le hubiera salido el palito corto, aunque pesar de eso nunca lo he visto llorar hasta las lágrimas. Me dijo que estaba muy agradecido con su vida.
Cuando venía de camino la niña, me ayudó a soportar los dolores con duchas de agua caliente, en silencio. También cuando llegó el enano. En ese momento, además, tuvo que buscar acomodo para la niña antes de salir al hospital y encontrarse con el parto a punto de acabar. Un hombre que odia los quirófanos, que se marea ante la visión de la sangre ha entrado las dos veces al paritorio porque dijo que no era plan dejarme sola ante esa tesitura.
Mi primer amor, me miró ayer a los ojos y me preguntó que si me había hecho feliz durante estos años. Al mirarlo, casi pude verlo 36 años atrás, mirándome de la misma manera, con una media sonrisa colocada en su boca. Le contesté que si, y, que si volviéramos para atrás volvería a elegirlo como novio, marido, padre. «Ya sabes que eres el amor de mi vida», le dije. Luego nos abrazamos. Y así hubiéramos seguido si la vida cotidiana no nos hubiera interrumpido.
Hace mucho tiempo, leí un libro escrito por una granjera alemana que se llamaba «leche de otoño». Trataba sobre la historia de esta buena mujer, que se queda huérfana de madre, con un montón de hermanos, y a la que ponen al frente de la casa. La pobre trabajaba de sol a sol y, cuando algo no le salía bien, se ponía su familia en fila y uno tras otro la iban abofeteando. Para que aprendiera. Tócate los pies!! Recuerdo que su principal anhelo, su deseo más ferviente, era tener tiempo para dormir lo que quisiera, lo que le pidiera el cuerpo.
Pues a mi me pasa igual. Tener dos hijos autistas ha sido como pasar por las pruebas de un programa que veía de joven en la televisión.»Humor amarillo» se llamaba, y aquello era una yinkana brutal, donde acababas hecho una mierda. Pues mi vida es igual solo que yo no caigo eliminada, yo me levanto, me sacudo un poco la ropa, miro izquierda y derecha, y continúo corriendo, no porque sea una súper nada, sino porque no me queda más narices.
Me han despertado, una y otro, a distintas edades, a distintas etapas de mi vida a las 3 de la mañana, por ejemplo, ellos como si se hubieran tomado un café y yo pidiendo la extrema unción. Con mi hija actué de una manera menos inteligente que con el niño. Con ella me levantaba, me tomaba un café, y buscaba una manera de entretener a alguien que era incapaz de hacerlo con absolutamente nada, y así hasta que amanecía y la llevaba a la guardería. Con mi hijo, la madurez, el conocimiento, me ha hecho ser más comedida. Cuando me dice que no tiene sueño, repaso qué le puede pasar, qué puede preocuparle, y, a partir de ahí, trato de calmarlo diciendo que todo va a salir bien. Hablándole muy bajito. A veces incluso, vuelve a dormirse, dejándome a mi contemplándolo, con los ojos como dos platos, esperando que la menopausia me de una tregua y me permita dormir a mi también.
Mis hijos piensan que soy una especie de bruja porque adivino incluso lo que están pensando o van a decir. A veces los miro y les digo: «ni se te ocurra!» Y ellos me miran azorados porque estaban planeando una travesura, pero nada tiene que ver con la brujería, tiene que ver en que tú te conectas en la misma longitud de ondas que ellos, en su mismo estado de ánimo con el único objetivo de no despistarte con sus necesidades. Hay que tener en cuenta que, una persona autista verbal, a la que tú le preguntas y te responde, tiene una desconexión entre lo que crees que ha entendido, y el mensaje que ha recibido en realidad. Y, si quieres que todo vaya bien, debes hacer como los ladrones de cajas fuertes, esos que se ven en las pelis, acercarte mucho a él o ella, y girar muy lentamente la perilla de la sensación de las emociones para conseguir abrir la caja donde se guarda un gran tesoro. Porque, siendo difícil llegar hasta ahí, si consigues abrir y mirar en el interior de una persona autista, entonces lo habrás conseguido todo. Porque ellos pueden quererte muchísimo pero pueden decidir no confiar en ti. No contarte nada íntimo. Nada que puedas contar a otro ser humano. Si quiebras su confianza, lo habrás jodido absolutamente todo. La confianza para ellos es algo no regalable. No se la dan a todo el mundo.
Yo me considero el lóbulo prefrontal de mi marido y de mi hija. Con mi hijo aún estoy girando la perilla para que me permita ver qué esconde dentro de sí. Sé que me esperan cosas maravillosas, pero debo tener paciencia, la misma que la granjera alemana. Años y años de esfuerzo para conseguir dormir a piernas suelta. Lo que haré en cuanto la maternidad me lo permita!
Anoche soñé que mi hijo no era autista. Estoy convencida de que esto es así porque su forma de hablarme, de mirarme, no era la que veo cada día. Era distinto. Con un empaque de madurez que no tiene por su alto tdah, que deja su prefrontal vendido ante las vicisitudes de la vida diaria.
Lo peor es que, junto a él, estaba el niño autista. Quieto. Como a un muñeco al que se le han acabado las pilas. Estaba frente a un plato de comida ya vacío, mientras yo advertía al que me miraba de frente que tuviera cuidado con él, no fuera a hacerle algo.
Lo más curioso, si a este sueño se le puede tildar de curioso, es que mi hijo es cero violencia, cero agresivo, nunca ha tenido una crisis, también porque uno ya sabe que la anticipación es un plus de calidad para su vida, y me ha dejado muy mal sabor de boca. Si algo me apasiona en la vida es ver lo maravillosas personas que son mis hijos. Son algo fuera de serie. Por eso me ha molestado que mi cerebro se haya comportado como una inteligencia artificial y me haya dado la imagen de otro niño que jamás he pedido. La mente humana es así y se resetea en forma de sueños absurdos.
Al acompañarlo al cole, le fui anticipando el cambio de horas y de días en las terapia, luego le he dicho que ya le queda poco para acabar el curso, y sonriendo me ha dicho que se me ha olvidado darle la medicación. Le he dicho que tampoco era necesaria ya a estas alturas, y, sonriendo me ha dicho: «Qué bien! Hoy toca paella en el cole!» Lo dice porque la medicación le impide tener hambre y claro, hoy va a hacerle el amor a su plato de paella, y se lo va a comer muy a gusto.
Me he despedido de él con un te quiero más sentido que otras veces. Que no se le olvide nunca, que no se me olvide nunca que en ese metro y medio de ser humano habita todo el amor que se merece. El mío propio y de quien se molesta en conocerlo como es realmente. De quien lo ama incondicionalmente.
¿Cuál es ese pequeño lujo sin el que no podrías vivir?
No sé si llamarlo pequeño lujo o uno bien grande, pero lo que sí es cierto es que, sin ellas, no podría vivir. No es algo subjetivo, no es algo banal, no lo digo por decir, las terapias han cambiado la vida de mis retoños y, por ende, las de mi marido y la mía. Tan es así, que sin ser lo mismo, decidí yo acudir a unas para mí en el 2020 cuando todo en mi vida comenzaba a cambiar. Y ahí sigo.
Todas son privadas, no te dan ninguna, o te dan unas pocas, dependiendo de la Comunidad Autónoma en la que vivas. Aquí, no te subvencionan nada, y eso que, cuando empezamos, yo no trabajaba y el sueldo de mi marido tenía que sostener los gastos de la terapia, más la hipoteca de la casa, más la comida, más la guardería…
Recuerdo una vez, hablando con una madre allí en el gabinete, llegamos a la conclusión de que, a pesar del daño económico que sufríamos, era de lo último que pensábamos renunciar. Ella tenía muchos problemas. No tenía casi dinero, vivía de ayudas y de comer en cáritas, hacía magia con cada euro. Me contó que prefería pasar hambre que volver a ver a su hijo en los inicios. A la casilla de salida. Me quedé reflexionando un rato largo después de que ella se marcharse con su niño. Qué sacrificios se hacen en pro de la felicidad de un hijo!! Qué cantidad de cosas eres capaz de dejar por el camino!
Eso sí, busquemos siempre un buen terapeuta. No uno que tenga lista de espera o que te cobre un riñón cada vez que vas, o, si en caso contrario, lo de dar el riñón funciona, que te trate con respeto. Que no te haga esperar una hora en la sala de espera, por ejemplo. Y que si lo hace, te de una explicación de por qué ha sucedido.
Una vez, estando con mi hija, la terapeuta no paró la sesión anterior y, se pasó de su hora unos 30 minutos. A mi hija se la llevaban los demonios. Cuando la terapeuta salió a buscarla, mi hija le dijo lo que pensaba, a la cara y a las claras. Pero yo no podía estar más de acuerdo con ella así que me callé. Cuando terminó de hablar, rematé con un, ella es tu paciente y yo soy su madre, así que, mejor, nos buscas otro hueco porque en este estado, no está para terapias. Así que, nos vamos!
Al salir a la calle mi hija me miraba preocupada, sin saber si estaba o no enfadada con ella por lo que había sucedido. Luego me preguntó con algo de miedo y, entonces, me paré, la miré y me eché a reír. «No mi hija» -le contesté- «has estado genial, muy educada y te has explicado como la niña madura que eres. Quieres que nos tomemos alguna cosita?» Entonces nos sonreímos y plantamos nuestros cuerpos serranos en una cafetería. Y así también hubo terapia. Mirándonos a los ojos. Hablando. Terapia de la buena!!
Si todo el mundo tuviera un lema, ¿cuál sería el tuyo?
Si tuviera un lema, que lo tengo efectivamente, sería, si no aportas, aparta. Me explico. Me gusta la gente que me aporta risas, ganas de seguir adelante, amor, cariño…y luego existen otras que, literalmente, te restan toda tu energía en una sola frase. ¿No han tenido a nadie nunca que, tras explicarles cualquier torsión de la vida les contesta, yo, ante eso prefiero morir? Como si le acabaras de confesar que padeces una enfermedad degenerativa o algo igual de grave! Yo, ante esas personas, cuando me dicen algo así, me convierto en una especie de papel de fumar y caigo liviana al suelo para luego ser pisoteada por el primer despistado que pase.
Nadie pide un consejo. A veces todo se reduce a un, solo quiero que me escuches, que me acompañes en el dolor que siento. No necesito que me arrojes más negatividad a la que tengo. No hace falta. Gracias!
También me acompañaron durante un tiempo largo aquellos que te dicen, yo, en tu lugar hubiese…aún sin haberles pedido opinión. «Cómo se te ocurrió tener otro hijo?» Me preguntaban. Como si yo les hubiera pedido soporte económico, acompañamiento con mis hijos…nada de eso ha sucedido nunca. Miento. Solo una vez. Y no me dejaron ni acabar la frase. Y no tenía al niño. Solo era una madre cuyo marido trabaja tooodo el día y que hacía encajes de bolillo para trabajar y conciliar. Al final todo se solucionó porque mi suegra se ofreció. Yo no había pensado en ella porque cuidaba de su marido ya muy enfermo, así que no quería añadir una niña que parecía un terremoto a su vida, y sin supervisión paterna. Ni siquiera un rato. Pero a ella nunca le molestó mi hija. Quizá por eso la niña la adora y, lo que es igualmente importante, a pesar del comportamiento de mi hija, que cada vez que iba «le redecoraba la casa», el amor es recíproco. A veces, sin avisar, se le presenta allí, en su casa, y le da compañía, se ríe con las anécdotas que su abuela cuenta una y otra vez y que, el padre y yo nos sabemos de memoria, le ayuda en las tareas de la casa…
Me he dado cuenta de que a la abuela se le están aturullando los recuerdos y, algunas veces, ella que contaba con una memoria prodigiosa, ahora te cuenta las anécdotas un tanto enredadas. Pero yo no le contesto. Solo sonrío y asiento. Y hago como que es la primera vez que las escucho. No quiero herir sus sentimientos. A pesar de no gustarnos, nos respetamos mucho. Sobre todo, respeto el amor incondicional que ella ha dado siempre a la gente que quiere, y que la hace merecedora de todo el cariño que está recibiendo en los últimos años de su vida. A pesar de que sufre por estar enferma, por los achaques de sus ochenta y cuatro años, nunca, jamás, la he oído quejarse ni decir una palabra negativa. Y sé, porque lo he visto, que no es poco de lo que podría quejarse.
Por eso, si alguna vez me comporto como esas personas que he comentado antes, si alguna vez hiciera algo así, doy permiso al cosmos para que, tras decir la frase inoportuna, lance un rayo que me ilumine durante unos segundos, para que los demás vean perfectamente quién acaba de meter la pata hasta el corvejón, y me haga cenizas. Que no quede nada de mi que pueda hacer que se me recuerde. Por joder la vida de otro ser humano, por lanzar porquería por la boca. Por, en definitiva, tocarle las narices al universo.
¿Qué es lo más importante para tener una buena vida?
Hace ya más de una semana que volvimos de visitar a la familia allende los mares, y ya la vida me ha empezado a pasar por arriba como un elefante. Llevo toda la semana intentando, que no consiguiendo, mantener un cierto orden en casa y en mi vida, concretamente, en la planificación de mis estudios que andamos ya, en la recta final. Hemos llegado y hemos empezado con los deberes del niño, sus exámenes, las clases de mi hija, las malditas lavadoras…La rutina vaya!
Nada más poner un pie en tierra después de un viaje de tres horas, recordamos que era el cumpleaños de mi hija. No porque no lo supiéramos de entrada, lo sabíamos, pero no habíamos tenido tiempo de disfrutarlo con el ajetreo del viaje. El avión de vuelta a casa sufrió un pequeño retraso, y la pobre se pegó toda esa espera diciéndole a su hermano que se relajara mientras yo, por otro lado, hacía lo que podía para no pedir que nos pasaran antes incluso que un pobre muchacho que volvía de una operación de cadera. Pero es que el nivel de desesperación que te entra cuando algo se tuerce y tienes que razonar con un chaval que, con su hiperactividad podría volar sin necesidad de avión, es muy alto y muy muy estresante.
Entonces llegó el sábado, y con él un recordatorio de mi marido de que debíamos celebrar los 19 años de nuestra chiqui. Salí corriendo a la pastelería que tenemos a un paso de casa y compré la última de las tartas de su estantería, la puse en la nevera, y le dije a mi hija que por la tarde soplaría las velas.
Me fui a estudiar, y, en esas estaba cuando comencé a observarla. Lo mucho que ha cambiado en esos años es algo que me deja sin aliento. Anoche, sin ir más lejos preparó tacos para su hermano y para ella. Había ido al supermercado, que también tenemos a dos pasos, y había comprado los ingredientes ella sola. De hecho, subimos juntas en el ascensor mientras me explicaba sus adquisiciones. Para mi hija, crear platos, cocinar, es algo muchísimo mejor que comprarse unos pantalones o una camiseta y lo disfruta el triple.
Nos estamos planteando el que deje la terapia, o buscar otra terapeuta que le de un horario cerrado de citas y no una que le busca un hueco improvisado o uno que ha soltado otro paciente, no porque ella no tenga tiempo, tiene todo el del mundo y puede ir a las que se le propone, el problema es que las olvida. Si ella tuviera un calendario de, por ejemplo, voy a terapia cada quince días los lunes, todo correcto, pero si las citas son distintas cada vez, Houston, tenemos un problema.
La cuestión es, que, a pesar de quienes me rodean, que dicen que soy o somos como padres muy esto o lo otro, lo único que hemos buscado todos estos años en los que ella se ha convertido en una chica maravillosa, ha sido que fuera feliz. Pero no feliz a base de llenarle las manos de cosas, o de cerrarle la boca a base de otras, queríamos que fuera feliz porque se sintiera cómoda en su propia piel. Que lo que ella es, esto es, una persona increíble, autista, para más señas, no le impidiera disfrutar de todo lo que la vida ofrece, no como en una fiesta llena de excesos, sino de pequeñas cosas, como cenar tacos con tu hermano, tacos hechos por sus manos. En eso consiste todo. En disfrutar de todas las pequeñas cosas, de todos los pequeños momentos. Cuando estamos sentados en la mesa de la cocina, a punto de comer, nos miramos los cuatro a los ojos y brindamos. Ayer fue por la familia. A veces brindamos por el amor que nos tenemos. Porque de eso va todo al final. Lo que hayas sabido disfrutar. Que el saldo salga positivo.
Esa ha sido nuestra realidad. «¿Qué te puedo dar, que no me sufras?» dice la canción de Víctor Manuel, ese fue nuestro mantra durante estos diecinueve años, y digo nuestro porque en eso mi marido y yo hemos hecho piña. No nos hemos puesto de acuerdo en muchas otras cosas, pero en las fundamentales, si. Cuando nos dieron el diagnóstico, un agujero negro, enorme, se abrió a nuestros pies, y, mientras giraba éste sobre sí mismo, oímos que una voz nos decía, «si queréis que esto mejore, tenéis que saltar al agujero». Y sin pensar en nada más, sin importarnos qué sucedería y cómo de terrorífico podría llegar a ser todo, nos cogimos de la mano y, de un impulso, saltamos al vacío. Y no hemos parado de girar hasta que, por fin, la encontramos y la trajimos de vuelta. Con nosotros. A nuestra vida.
Cuando era niña esperaba con ansias el día de Reyes, a pesar de que, por ser la mayor, y por tener mis padres las brújulas vitales apuntando ya en distintas direcciones, me tocaba levantarme en un súper madrugón propiciado por las ansias de mi hermana de abrir los regalos.
La rutina era, ella me despertaba mucho antes de mis propias expectativas, abríamos los regalos, quitaba yo el embalaje y montaba el juguete de marras, y nos íbamos a dormir, o no, dependiendo de la efervescencia de la benjamina de la casa. Si el juguete hacía ruido nos volvíamos a la cama antes de llevarnos la bronca de mi madre, si no, ahí estaba yo, cayéndome de sueño intentando saborear mis regalos.
Hubo una vez que lo que tocó fue el cuento de Heidi, de la que yo era muy fan, tanto, que hasta el papel pintado de nuestra habitación estaba hecho con sus dibujos. Pero el cuento era sobre la Heidi original. No la del dibujo animado. Esto último era un absoluto culebrón cuyo final se aplazó unas semanas porque había muerto un señor muy mayor y el país, durante ese suceso, paró en seco. Estamos hablando del año 75. Recuerdo a mi abuela llamarme para que fuera a verlo a casa de una vecina porque ella no tenía televisor y mis carreras para no perderme ni un solo minuto. Yo quería ver el final y corrí que me las pelaba por las escaleras. Tres pisos subí sin enterarme!!
Pues bien, ese libro copó durante mucho tiempo el lugar de lectura favorita en el mundo hasta que, una Navidad, apareció en el salón uno de portada roja, con letras doradas, que, al abrir, me cautivó para siempre.
Trataba de un recopilatorio de cuentos de los hermanos Grimm y era una auténtica maravilla. Ya empezaba yo a entender de encuadernación, de calidad del papel, de valorar aquello que leía. Tampoco tenía cinco años, sino unos pocos más claro, pero ya apuntaba maneras de enamorada de la lectura.
Cuando abría el libro y elegía qué leer, comenzaba con la historia, que si el príncipe, la princesa, el lobo…pero a medida que iba avanzando en lo que leía, la historia me envolvía como un pequeño tornado, y comenzaba a flotar por la estancia hasta desaparecer entre sus páginas. Y entonces era absolutamente feliz porque el cuento, el que fuera, siempre era mejor que lo que observaba a mi alrededor. Podía ver, cuando no leía, cómo mi vida se diluía como un azucarillo, al mismo ritmo que el matrimonio de mis padres. Si miraba a mi hermana, sentía una pena infinita porque ella no se daba cuenta de que, la separación y la distancia, se iba colando entre nosotras cada día un poco más. Como una gota que termina por ser un mar inmenso. Igual.
Cuando todo saltó por los aires, lo hicieron también mis recuerdos y mis pertenencias. Mi padre se encargó de no dejarme nada de lo que era mío en aquella casa. Todo lo donó o lo regaló a gente a la que consideraba merecedora de aquello que me habían hecho creer que era mío. No era así..
No siento ahora ninguna pena, pero, a veces, en los sueños, ese libro me llama y me permite seguir navegando entre sus páginas. Etérea, ligera, libre!
Describe una cosa sencilla que hagas y que aporte alegría a tu vida.
Pues ya han pasado los cinco días de mi viaje, que se han ido en un pis pas. Han sido los cinco días de viaje más tranquilos que recuerde. No he ido a ver ningún monumento, los únicos, mis hermanos, que son bien guapos los dos. Hemos quedado de paseíto corto por la avenida de la playa, tomar algo, mirarnos a los ojos, abrazarnos…eso que no puedo hacer de diario y que me hace tanta ilusión. Me estaré volviendo mayor!
Mi hermana vive en un sitio bastante tranquilo, lleno de pinos, poco tráfico, el sitio tiene jardín comunitario, piscina comunitaria…y eso es lo que hemos disfrutado. De verdad que a cualquier otra persona el viaje le hubiera parecido un orfidal, pero con el trajín que llevo a diario esto ha sido una buena recarga de pilas.
Luego ha estado el ver a la benjamina de la familia, mi sobrina, que se va haciendo mayor por momentos y que está cogiendo maneras no solo de buena gente, sino de buena gente de calidad. De esa que no te juzga, que te quiere porque sí, que juega con mis hijos y habla, y se ríe, y no está todo el rato juzgando y pensando que ellos son distintos. No. Se la trae al pairo, y se le nota. Tiene mucho sentido del humor. Humos ácido como el que practica su padre, uno de esos que nunca entendió mi madre pero que tampoco le ha hecho falta. A él también le gusta hacer las cosas a su manera. Por eso quizás chocaban tanto. Porque a ninguno de los dos les gusta las imposiciones. Y me parece bien. Uno debe plantarse firme cuando creen que se le quiere pasar por arriba. Aunque luego la realidad sea otra. O no.
También he visto al viudo de mi madre, que se me presentó sin afeitar, cosa que no hubiera ocurrido jamás si mi madre viviera. Lo de él con nosotros es un poco raro. Nos aprecia, yo creo que a mis hermanos los quiere, no como a sus hijos, claro está, pero sí mucho y de verdad. Ha hecho cosas por mis hermanos que no enumero aquí porque son cosas que no son asunto de nadie, pero que demuestran el cariño auténtico que les tiene. A mi, por ejemplo, me aprecia. A mi me conoce menos. Yo era la hija satélite. Existía pero no se me veía a no ser que viajaran o que nosotros viajáramos hasta allí. A él le debo el que pagara mi parte del convite de la boda. Por aquél entonces, mi marido y yo íbamos tiesos, yo más que él, y él me apoquinó mi parte y nunca jamás en la vida, me lo ha recordado. Siempre saco yo el tema. Lo hizo porque quiso y pudo, y por aprecio hacia mí, plus un poco que yo era la hija que menos comulgaba con su persona porque siempre quería salirse con la suya, con la idea de que él era mayor y me ganaba por experiencia. Ahora veo que tenía razón pero seguimos los dos vivos y ya se lo he podido reconocer más de una vez entre risas.
A mi hermana le he dicho que así exactamente me gustaría jubilarme, o pasar algunos de mis días. En un apartamento tranquilo, con poco tráfico, relajándome en familia, claro está que eso una pequeña cosa no es, y más si le incluimos una piscina, pero hombre, puestos a soñar..
Y esas son las pequeñas cosas que me hacen feliz. Disfrutar de los míos, verles con salud, hacer asaderos que les encante y vuelta para casa.
Ahora toca poner el acelerador para el examen. Estudiar, estudiar, estudiar…y escribir aquí!
A mis amigos no les pido ninguna cualidad para serlo. No se trata de un concurso, de un examen a superar. Los amigos son esas personas que te acompañan en tu dolor cuando te has llevado un disgusto, da igual el tamaño.
Son las mismas personas que respetan tus manías, tus imperfecciones, tomándote el pelo a veces, cuando notan que te pasas de frenada.
Son las que te entienden cuando estás en un apuro y, sin pedirlo, vienen en tu ayuda para echar una mano en lo que haga falta.
Son las que te cuentan un secreto, llorando, mientras rezan en su interior con no ser juzgadas por lo que van a contar, y se encuentran con la sorpresa de que, efectivamente, no van a serlo ni en ese momento ni nunca.
Los amigos son risas, son compañía, son red.
Tengo muy buenas amigas, a algunas no las veo tan a menudo como quisiera pero da igual, porque, solo con cerrar los ojos, las tengo presentes, pero a todas ellas las llevo dentro de mi. En un huequito en mi corazón.
Había en una ciudad, un niño pequeño que tenía muchos problemas en el cole. Cada dos por tres, llamaban a sus padres explicando que, en aquella cabeza, difícilmente cabía una letra. Además, cuando sus padres intentaban motivarlo diciéndole que, si estudiaba de mayor podría ser, por ejemplo, médico, el negaba con la cabeza y decía, «eso no me gusta».
En esas estaba, llevándose broncas de su padre, suspiros de impaciencia con su madre, cuando decidió salir a la calle a dar una vuelta a ver si viera a alguien trabajar en algo que le gustase. Algo que se le diera bien. Miró al señor de la tienda de chuches un buen rato, y luego decidió que no. Para cobrar, había que hacer cálculos matemáticos. No. Eso no.
Luego entró en un supermercado y vio a la chica de la charcutería cortando el embutido en algo que le pareció una máquina del demonio. «No no. Esa máquina puede cortarme un dedo!».
Salió del supermercado casi corriendo y entró en una pastelería. El pastelero estaba preparando una tarta de comunión muy bonita, con el retrato de quien iba a recibir el sacramento en el centro mismo. Le preguntó al pastelero si era difícil su trabajo y este le dijo que tenía que gustarle y tener buena memoria para los ingredientes y las cantidades. Entonces agachó el chico la cabeza apesadumbrado. «Si no soy capaz de retener las tablas de multiplicar cómo voy a retener cantidad alguna?» Salió de la pastelería muy triste y siguió avanzando por la calle. De repente vio, en un escaparate, un cartel que ponía, «señor Antonio, creador de historias de todo tipo». Entró curioso, y, detrás de un mostrador pudo ver a un señor con una barriga bien amplia sentado delante de un ordenador que parecía quedarle pequeño. El señor levantó la vista, y le preguntó qué deseaba. -«Es usted el señor Antonio?». -Si, le respondió. «-Cómo es eso de hacer historias? Es muy difícil?»
Entonces Antonio, que llevaba un mostacho bien poblado le sonrió. -«Verás, hacer historias es una cosa muy difícil o muy fácil según el momento. Si te encuentras en forma, te salen en un periquete, si no, tienes que pensar y pensar hasta que te sale humo de la cocorota» -dijo riendo.
El chico lo miró con los ojos llenos de lágrimas y le dijo: «todos los que me conocen piensan que a mi no se me da nada bien, y creo que eso es cierto». Se hizo un silencio entre ellos y el señor Antonio le dijo: «lápiz, hada, tornillo». El chico lo miró boquiabierto y le contestó: «-Eso qué significa?»
-«Hazme una historia con esas tres palabras. Inténtalo a ver qué te sale».
El chico quedó un buen rato en silencio, y luego comenzó a relatar una historia llena de magia, de hadas, de lápices, donde incluso encajaba un tornillo. Al acabar, Antonio lo miraba asombrado, con una mirada llena de calidez. Entonces se agachó y le dijo, «si eres capaz de hacer historias tan bonitas y llenas de magia, podrás ser, si lo deseas, un gran escritor. Eso se te va a dar muy bien. Ya verás. Vuelve al cole y estudia mucho para que tu cabeza se llene de recuerdos bonitos que luego te sirvan para contar tus relatos». El chico lo miró, lo abrazó, le dio las gracias, y salió corriendo de su negocio en busca de su futuro.