Después de muchos tiras y afloja, que si le volvemos a poner una enfermera y alguien que la supervise, que si la llevamos al médico y le ponemos otra medicación, en fin, después de vivir los preliminares de lo que iba a ocurrir, ayer ingresaron a mi tía en un hospital. Por lo visto, ya no andaba bien de salud, y el lunes ingresa en una clínica de salud mental. Lo han hecho porque su hijo se ha visto obligado a pedir una ambulancia para que se la llevaran porque ya hacía un rato que ella había tocado fondo. El problema, no había cama en la clínica por las buenas, así que lo pidió por la vía urgente, que, honestamente, no sé qué pueda serlo en el país teutón y cómo estarán los que sí sean urgentes para ellos. Él es un chico que no llega, creo, ni a los 25 años, y entiendo que hacerse cargo de algo tan grande debe sobrepasarle. Total, que a pesar del cambio de medicación, los refuerzos, ella no encuentra el camino de salida. Debe estar a miles de kilómetros de sí misma porque dejó de medicarse hace meses. La culpo? En absoluto. Su enfermedad es lo que es y ella confió en algo que pasó por su cabeza.
Ayer, cuando supe de su ingreso, miré mi móvil y vi nuestra última conversación. En ella me decía que, al leerme, solo ella y mis hermanos saben lo del blog, podía recordar sucesos que su mente había borrado. Se refería a una entrada en la que contaba una anécdota de su padre y de la que ella solo tenía algunas imágenes. Es curioso. Ella no me dice «mi padre» sino «el abuelo» porque yo creo que jamás lo quiso. Él se lo buscó, la verdad. Luego me dijo que no dejara de escribir, que le servía a ella para recordar y, cuando yo le contesté que cumpliría con lo que me pedía y que la quería mucho, ella me contestó que también, que no me lo decía pero que era así y que el tiempo pasaba muy rápido y que un día ya no nos veríamos más.
Luego, despejando lo que será la habitación del niño, me encontré con una de sus muchas felicitaciones por mi cumpleaños, escrita con una letra tan bonita y con un sentido del humor tan agudo y la acaricié en forma de duelo. Tal y como hago con las cosas de mi madre. Saber que ella está viva pero aún más lejos que antes, te hace querer pensar que está más en tu corazón y en tu cabeza, que ya entre nosotros. Ella se ha ido a un mundo de fantasía, a uno donde no hay cabida sino para los que ama. Sus hijos. Espero que, al oírlos llamarla, vuelva de su viaje, despacito, si, pero que vuelva. Aunque me temo que este será su último viaje. Deseo con todo mi corazón que, cuando se vaya, pueda reconocer a los suyos que la estarán esperando al otro lado. Todos gente que la ama, que la cuidarán mejor de lo que ella se ha cuidado nunca. Ella ya no es de este mundo. Nunca lo fue realmente. Ella era sensible y delicada como las alas de una mariposa, creativa, con sentido del humor, culta. El día que parta al otro lado podrán todos notar cómo el mundo se vuelve de repente más gris, más triste, como el libro «Momo» de Michael Ende, el mismo de la «Historia interminable». La creatividad quedará de luto y la bandera de mi soledad hondeará a media asta hasta que recuerde que tengo hijos propios y, como tengo en mi estado de WhatsApp, serán mi fuerza para recuperarme de tan tremenda pérdida. Yo a ella no la quiero como una tía, la quiero como a una hija. Así que tendré que curar las laceraciones de mi corazón y seguir hacia adelante. Esta entrada la guardo aquí y la tendré presente por si decide regresar. Para ponerla al día de lo que sucedió mientras transitó por este mal viaje. Es el único consuelo que me queda. Ser la memoria viva de mi amada tía.
