Hoy me he levantado desinflada. Amanecí con un dolor en la zona lumbar que me ocurre cuando no voy al gimnasio durante días y luego me pego un atracón de dos días seguidos haciendo ejercicios de fuerza. Si no lo hago así, el dolor persiste durante días. Todos los que no acudo a hacer deporte. Total, que, al levantarme me he dado cuenta de que adquiría forma de un 3 y, así, en esa postura he ido a la cocina a comenzar la mañana. Me he sentado y he empezado a leer un blog al que estoy suscrita y, en medio de un relato de vida cotidiana, de sueños, de recuerdos, de juegos, he caído en la cuenta de que, aquí, en Avatar, no existe la imaginación. Mientras ella contaba cómo sus hijas se disfrazaban y vivían las vidas de esos personajes, yo llegué a la conclusión de que, ni siquiera yo, he volado tan alto. No los he visto jamás pensar que no eran otra cosa que ellos disfrazados de payaso, por ejemplo, aunque mal ejemplo es porque lo de pintarse toda la cara tampoco ha sido de sus aficiones top.
Cuando mi madre vivía y ellos eran más pequeños, la veía trastear entre los juguetes de los niños, alucinaba con lo que se encontraba, y comenzaba a jugar con ellos, metiéndolos en una historia, a la fuerza, mientras la miraban estupefactos, hasta que uno de mis hijos soltaba una frase que la devolvía a la realidad y, entre risas, guardaban el juego. Aún así, les era divertido jugar con ella y, a golpe de inventar otras vidas, ellos crearon a «la familia Verga» que es uno de sus apellidos añadiéndole una R. Todas las historias comenzaban con un «era un día normal en la familia Verga…» Y acababa con que a alguien se le ponía los ojos rojos y hacía una escabechina. También comenzaron a simular que llamaban a un departamento de clientes de esos sitios web de Oriente, y comenzaban a quejarse porque tal o cual producto era una porquería. Lo dejaron de hacer porque, se metía mi hijo tan bien en el personaje de cliente cabreado, que su hermana entraba en una especie de pánico que les hizo tirar la toalla y no jugar más. Aún me llevo a toda la familia Verga en mi maleta cuando salimos de vacaciones. Son figurillas de la patrulla canina, minions, un búho…con eso hacían los teatrillos.
Ahora estamos de carnavales y esto supone que, mientras esto ocurra, hay una zona capitalina que no pisaremos. No he visto ni el escenario donde suceden todos los eventos. Nada. Además, como mi hija estudia las oposiciones muy cerca del escenario carnavalero estará un mes o más con las clases online. El año pasado, a resultas de salir de clase tarde mientras las mascaritas tomaban posiciones acodándose en las barras de los chiringuitos, se tuvo que bajar de una guagua porque a un zoquete se le ocurrió empezar a tocarla con el dedo índice, hundiéndole el dedo en las costillas. Otra le parte la cara, ella bajó en medio de ninguna parte y llamó a su padre al fijo de casa que salió a buscarla. Yo creo que el zoquete padecía de alguna enfermedad, pero la verdad, no quisimos saber cuál. Yo, además de la enfermedad le arreglo los dientes, porque soy una persona enferma igualmente que no anda tocando la moral de nadie. A raíz de esa experiencia evita todo lo posible a gente que suma alcohol incluso antes de salir de casa, y que coge el transporte público para no sentir el crujido de una multa de tráfico por ir con el hígado caliente.
Somos de ese tipo de gente que va a horas extrañas a comprar al súper, que acuden a los centros comerciales cuando las tiendas están cerradas, que no participamos de ninguna algarabía popular, que no acudimos si quiera a manifestaciones que reivindican derechos porque odiamos las multitudes y los ruidos altos…lo único que me permiten, a mi, a la distinta es que, cuando suena en el CD del coche la canción de el grupo «siempre así» cantando «a mi manera» me dejan que la ponga a un volumen alto. Así lloro en silencio, mientras comienza la canción y me viene a la cabeza mi madre y lo rápido que se fue «el fin, muy cerca está, lo afrontaré, serenamente…» Y la recuerdo, efectivamente, siendo fiel a lo que había sostenido siempre, que ella viviría y moriría a su manera. Como, en definitiva, nos enseñó a los habitantes de Avatar.
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