Hoy me he levantado como la canción «bailando» moviendo la pierna, el pie, la tibia, el peroné, la cabeza, el esternón y la cadera pero todo a la vez y de forma arrítmica. Me duele la cintura si toso. A ese nivel. Creo que es la falta de ejercicio, sumado al colchón de la cama donde duermo que tiene sus poquito de años.
Ayer, después de que mi marido llegara del trabajo, y tal y como estaba planificado, salimos a comprar comida preparada. Luego, cuando el sol ya caía, nos fuimos a la playa. Atrás ha quedado el llegar, poner las cosas en la arena y ver a mi hijo gritar en círculos en la orilla y sin quitarse la ropa. Una vez que esto sucedía se acababan los gritos. Es curioso! No recuerdo qué decía pero sí soy capaz de sentir su desesperación. Luego vino el acostumbrarlo a estar en manguitos. No porque él fuera un imprudente y se metiera a tontas y a locas en el agua, no. De hecho no deja que el mar toque su cara. Odia eso profundamente. Lo que nos daba miedo era que, en la propia orilla, y producto del mar de fondo pudiera llevárselo una ola. Eso porque íbamos a playas naturales hasta que a mi, por mi paz mental, se me ocurrió ir a las hechas por el hombre solo por una razón. El mar sube o baja, pero no hay oleaje. Así y todo, había que meterlo a rastras, gritando, con todo el mundo mirándolo sin entender, y, cuando ya podía empezar a nadar, comenzaba a reír y a hacer el perrito. Y entonces la gente nos miraba más y me suplicaban con la mirada una torta por haberles jodido un rato de su descanso el niñito caprichoso de marras. Yo lanzaba miradas asesinas y nunca llegaron a verbalizarme lo que pensaban.Con mi madre se daba largos paseos y se adentraba en el mar, ya digo, con los manguitos, y salía de nuevo nada más tocar las boyas. Luego se quedaba en la orilla, tirando piedras hasta la hora de irnos. Hasta que un día dije que se me habían olvidado los manguitos en casa (mentí) y lo animé a meterse conmigo en el agua sin ellos. Sin gritos. Enseñándole a nadar en paralelo a la orilla. Con más paciencia que el santo Job. Sin arrastres. Me costó la vida misma pero lo conseguí. Y mis chacras volvieron a alinearse.
Ayer llegó, se quitó la ropa, corrió a la orilla y se tiró al mar como si eso lo hubiera hecho toda su corta vida. Ahora se queda en el agua hasta que yo, toalla en ristre, le digo que tiene que salir que es hora de cenar. Eso lo entiende perfectamente. Es la única cosa que cambia por el mar. Cenar en la terraza como un gentleman, viendo como se mueve todo a sus pies. Sin importarle mucho esto o lo otro, pero viendo el paisaje, la caída del sol tras la montaña. Yo no suelo ponerme con él porque ceno después. Cuando todos ya lo han hecho. Me gusta sentarme en la mesa del salón e imaginar a mi madre frente a mi, riendo y a su marido riendo con nosotras. Otras veces no ceno porque hago la croqueta hasta la cama y allí me quedo. Porque estoy agotada de mover la pierna, el pie, la tibia, el peroné, la cabeza, el esternón y la cadera. Todo a la vez. Arrítmicamente.
