Estas vacaciones me han cundido muchísimo. No solo porque tengo a parte de la familia aquí, sino porque las he exprimido a tope. Al hecho de tramitar el tema luz a muchos kilómetros de Avatar, se unió el hecho de cumplir la última voluntad de mi madre. Pensé que, anímicamente, me iba a ver bastante peor pero, la presencia de mi hermana, mi sobrina y mis hijos me ayudaron a mantener el ánimo. Lo había planeado como un sioux. Nos levantamos temprano, saco las cenizas de una urna que no es biodegradable, llegamos al punto donde ella quería descansar, pusimos sus cenizas, busqué en YouTube la canción de My Way de Frank Sinatra, y con eso dimos por cumplido su deseo. No nos vio ni perri. Y esa era la idea. Que pudiéramos llevarlo a cabo sin miradas curiosas, dando un minuto de descanso al ánimo.
Aquí en la casa poco se puede limpiar cuando somos tantos pero sí que hemos mantenido un orden. Ya vendré a limpiar en otro momento, que este es el de disfrutar de los míos. Y los he disfrutado a tope. Esta casa permite estas cosas. Vivir y gozar de ella sin tropezarnos unos con otros. Hoy comenzaré a recoger y a dejar todo preparado para mañana. Tranquila y sosegadamente. Sin prisas pero sin pausas que diría mi madre.
Pero todo llega a su fin y, mañana, con una comida, me despediré de ellos. Y volveré a Avatar. Uno que ya tiene luz pero que irá a medio gas porque vamos a encarar agosto, que en general, en la ciudad, se te puede caer la mandíbula a golpe de bostezo, y vendremos aquí de vez en cuando para no caer en depresión. Nuestra panza de burro, que nos protege durante los meses de junio y julio, se va, y nos deja con un sol de esos que te achicharran los pensamientos y te nublan el raciocinio. Pero también mi cuerpo me pide eso. Aburrirme. Parar motores. Cruzar tranquilamente los días, que luego llega septiembre y oh, señor!! comenzaremos con unas carreras que lo podremos flipar.
Hoy, en mi paseo diario por el jardín, he visto que ha salido flor a la tunera que tengo. Se ha abierto a golpe de agua, de podas, de unos pocos mimos y, porqué no, para presumir ante alguien lo bonita que es su flor. Debería haber florecido en agosto, cuando ya no hay nadie, pero este año quiero creer que mi madre está la mar de contenta y que agradece que ya por fin se cumpliera su deseo de descansar en la isla. Entre su paisaje. En uno bien bonito. Como ella era. Bonita. Por fuera y, sobre todo, por dentro. Mi madre ayudó a muchos a ser más feliz con su presencia, con su estímulo, con su punto divertido. Merece estar y descansar en un lugar a su nivel. Y así, con este último pensamiento, pensando en que si pudiera hacerlo lo haría, nos daríamos un abrazo envuelto en su perfume y me daría las gracias sin soltar una lágrima. Con su eterna sonrisa pintada en su cara.


