Cuéntanos una habilidad secreta que tengas o que te gustaría tener.
Mientras vas cumpliendo años, tus objetivos vitales suelen ser no caerte, respirar de manera normal, no estar enfermo y, que al agacharte no te crujan en exceso las rodillas o se te escape una ventosidad. Tú a tope con el hecho cierto de que, en cualquier momento te visita la señora de la guadaña y ya nos ha jodido mayo, frase muy de los compañeros de mi aún marido, y que me viene que ni al pelo. Ya no quieres volar, o correr a la velocidad de La Superabuela. No no. Tú quieres poder seguir teniendo la suficiente energía para vivir el día a día sin usar taca-taca que es algo que hace mi suegra, o mejor, la abuela de mis hijos, que ella en los asuntos del querer me dejó fuera de la ecuación por ser hija de padres divorciados. Digamos que es una mujer muy católica y digamos también que confundió perdón y caridad con inquisición. Va mal de oído y de entendederas, qué le vamos a hacer!
Voy a hacer un paréntesis narrativo para contar una anécdota. Mi suegra conoció a mi madre el día antes de mi boda. A ella y a su tercer marido les puso un café y ya. Sé de la generosidad de mi «madre política» con los que quiere, y ya les digo yo que si hubieran sido otros, se hubieran celebrado ese día y los siguientes Las Bodas de Canaan. La conversación fue tensa y, cuando llegó el momento al tercer marido de explicar de qué sitio de España era, saltaron todas las alarmas. El segundo marido de mi madre era de un país pasando los Pirineos, y en esa historia dejé congelada a mi suegra porque, explicando los devenires de mi madre, me iba a ganar que un día me arrojaran una Biblia al coco y yo no estaba por la labor. Mi madre y su marido, que tenían mucha calle, consiguieron llevársela al huerto. Yo hace 38 años que la conozco y sigo como una gata bajo la lluvia. Solo que ya no me quedo a ver si me abren la puerta de marras. Ya he encontrado gente que me ha acogido en sus corazones. Mis hijos, mayormente.
Vuelvo a lo de la habilidad secreta. Si pudiera pedir una, sería la de poder comunicarme como Dios manda con mis hijos. Lo hago bien en un 70% de las ocasiones pero, si hay una urgencia médica o de otro tipo y debo dar órdenes de forma rápida nos vuelve a joder mayo. Entre las prisas, que tu boca y tu mente se tropiezan entre sí y las suyas que sufren un bloqueo, lo único sensato es respirar muy tranquilamente y pedir una cosa cada vez. Si no quieres que todo salte por los aires y la urgencia ya no sea tal porque ya ha pasado, y entonces la prisa dé paso a la resignación.
Ayer mi aún marido no comió con nosotros. Me castiga por lo que pasó el viernes que, si no sabes lo que es, está escrito en la entrada anterior. Total, que se va a hacer un recado y no le dice a los chicos que vayan con él. Va a comer solo y como señal inequívoca se lleva la tablet. Mi hija se pone de un humor de perro y, tras explicarle que su padre sólo busca molestar-me, y que, con su enfado gana, logré gestionar una comida tranquila y llena de risas. Pero hay algo que soy incapaz de conseguir. Ellos se miran y se dicen una palabra, que asocian a vete tú a saber qué, que a su vez se une a nosécuantos y se ríen cómplices. Soy incapaz de algo así.
Cuando volvió el padre del recado, y sin mostrarme enfadada le pedí ir a hacer la compra del mes. Salimos a unas horas en las que no había ni un gato y, al poco, ya estábamos de vuelta. Mientras estábamos en ello, observo que mi aún marido ha cogido una bolsa de tomates y, desde que lo hace, hasta llegar al carro, va intentando hacer un nudo sin éxito. Llega a nuestra altura y sigue, cual conejito de duracell, con igual resultado. Miro a mi hija. No me pilla lo que quiero decirle. Dirijo mi mirada a ella y luego a su padre y me río. Ahora sí que sí que me sigue el rollo. «Guau!» exclama. «Lo he debido heredar». Pienso que ojalá haber heredado unos pocos millones y no esa mente brillante, llena de sensatez y dificultades para entender el mundo neurotípico, que no hace más que preguntarse si alguna vez será capaz de hacer amigos por sí misma y no porque se vaya de vacaciones con las amigas de una, ejem, edad de su madre. Y de poder hacer un nudo a una bolsa de plástico. Eso sobre todo. Me gustaría tener esa habilidad, la de hacerle entender, sin poner de por medio el que soy su madre, que en ella no habita ninguna cosa que le impida conseguirlo. Ella, claro, quiere ver resultados, pero es que aún no se ha dado cuenta de que, la gente de su planeta es infinitamente mejor que la del nuestro. Cuando eso ocurra, si ocurre, que espero que sí, no habrá ningún ser humano capaz de parar todo ese potencial y ese don que sé que lleva dentro. Y entonces el mundo pondrá sus ojos en ella. Y no querrán ver otra cosa, porque toda ella es una maravilla del mundo.