¿Qué hábito es el que más ha mejorado tu vida?
Aquí, en Avatar, comenzamos la etapa de ir a todo sin prisas, algo que se prolongará hasta después del día 8 de septiembre. A partir de ese momento, comenzarán otra vez las carreras, los disgustos, algunos gustos como el viaje a Asturias de mi hija y mío y el estrés volverá a desatarse dentro de mí. Voy a preparar un memorándum para el claustro de profesores, para dejar claro lo que queremos para el enano, que no es otra cosa que lo que puso su profesora de PT en su informe, me meto de cabeza en el proyecto literario que prometo contar si va para adelante, preparo una lectura que tengo para un club de una librería donde se reunirán el 17 de septiembre, y preparo mi ánimo para todo el maremágnum post vacacional. Voy a preguntar a mi terapeuta por unas clases de yoga que se dan en el gabinete al que voy. Mola mucho el yoga. Mucho. Y no quiero desaprovechar el que haya aparecido en mi vida.
Ahora que dejamos atrás la última terapia, que celebramos con un helado y una charla con la terapeuta, se ha abierto la posibilidad de añadir rutinas a ese espacio temporal inviolable donde, menos enfermarse o morir, nada puede alterarlo. Me he agendado, por ejemplo, una peluquería el lunes, que mi rubio comienza a ser un pelo gris lleno de lugares revueltos y tengo pinta de terrier. También salí ayer con las amigas en lo que debió ser la comida de Navidad. Imaginen lo que me supone quedar con alguien con el que no encuentro espacio para ir a pasar un rato cerca de mi casa, tanto, que volví caminando mientras la cerveza que me había tomado me pedía salir. Menos mal que pude entrar a mi trabajo e ir al lavabo, que si no, ay la edad! me lo hago encima como un bebé!
Al grano con lo del hábito. En realidad tengo dos. Ir al gimnasio y mis citas con la psicóloga. Desde que hago ambas cosas, la gente ha empezado a mirarme y a verme. Creo, y no lo digo en modo altivo, que he sido muy camaleón en la vida, tanto, que esa frase viene de quien le da terapia al enano que me lo dijo el jueves pasado. Siempre consideré que mostrarme vulnerable, decir, oye! esto que me has hecho me ha dolido, la propia muerte de mi madre, que, para empezar, nunca digo que murió sino que se fue (como la pobre madre de Marco, el del mono Amedio) era una forma de dar al que me hacía daño a posta, una satisfacción.
Desde que voy a terapia soy más yo, aunque sigo poniéndome vendas antes de las heridas, tengo por lema que al enemigo ni agua y, por eso mismo, y a que me toca elegir plaza en tramitación, penal, por más señas, solo he dicho qué voy a elegir pero sin señalar juzgado, por no dar ideas a los que están delante. Alguna de esas personas que presumía ser amiga mía hasta que, tras jurarme que no iba a presentarse al examen, me pasó por encima en el escalafón por segunda vez porque había estudiado aprovechando una baja. Se presentó al examen estando en esa situación, pero eso sí, recobrará su salud cuando le toque tomar posesión. No les quepa ninguna duda. Que me mientan me revienta pero, que lo haga una persona que dice ser amiga, me da grima. Como premio, cada vez que me pregunta si puede llamarme le digo que no, por si acaso en un descuido le digo algo que le interesa. Encima está enferma, enfermedad que le impide todo menos estudiar, por lo visto, y cuando te llama todo lo que te cuenta te parece falso como el cartón piedra. Es lo que tiene decir que eres la best friend de una persona como yo, que cuando utilizas artimañas para tu beneficio pasándome por encima, te cierro la puerta en las narices. Y ahí te quedas. Para siempre.
Otro hábito que me ha venido bien ha sido el gimnasio. De hecho, y para mi sorpresa, en una de las clases se me acercó una mujer de más o menos mi edad, se me presentó, me presentó a otra amiga suya que tal vez también conoció en el gimnasio y, colorín colorado, he acabado en un grupo de WhatsApp llamado «las divas del gym». Hace años, cuando bebía y fumaba como Hemingway sin escribir como él, por supuesto, si alguien me hubiese dicho que iba a acabar así, en un grupo cuyo nombre no me representa pero que me hace gracia, cosa que también clama a la vengaza divina, le hubiera echado el humo en la cara y me hubiera caído de la silla, mitad por la risa, mitad por el alcohol bebido. Y ahora estoy ahí, diciendo que me he agendado Power a las 8. Muero. Cómo me ha cambiado la vida!
Qué guay es vivir sin pensar en otra cosa que evitar lo tóxico, quererse un puñado más que antes, cero, y buscar todo lo que pueda ser divertido o bueno para tí. Me encanta esta sensación de bienestar que está calando en mis hijos. Sin ir más lejos, ayer no incluyeron a su padre en sus planes. Se fueron a comer los dos solos, invitados por mi dinero y luego se fueron a comprar ingredientes para la cena. Llegaron después que nosotros, sus progenitores, con caras de haber pasado una tarde feliz, aunque incluyera peluquería de mi hija que se ha estrenado con mi peluquero, eso sí, después de advertirle que él es un cachondo que todo lo que habla es chiste. No hay nada peor para un habitante de Avatar que un peluquero que todo lo dice con doble sentido.
Cuando estaba en la comida, me avisaron de que mi móvil estaba recibiendo una llamada. No llego a tiempo. Miro el teléfono. No me suena el número. No devuelvo la llamada. Recibo el mensaje de una aseguradora. Empiezo a enfadarme porque me huelo por dónde van los tiros. Los tiros resultan ser ciertos porque incluye la matrícula de nuestro coche. Entonces recibo un código y un mensaje de mi aún marido. Que le envíe el código. Se lo escribo con un «no vuelvas jamás a tocarme los huevos con tus mierdas mientras estoy con mis amigas. Eso no me lo hubieras permitido a mi». Leo el mensaje dos veces, tres. Quiero estar segura de que se entiende. Creo que sí. Le doy a enviar. Sigo con la conversación mientras mis amigas ayudan a sostenerme. Y volvieron las risas. Y los planes. Y todo siguió su curso. Como si nunca hubiera recibido mensaje alguno!