¿Eres de los que nunca dejan de aprender?
Me he desvelado esta madrugada. Nunca me había pasado, ni siquiera cuando he cuidado en hospitales, que ha sido pocas veces pero con unos problemas de salud que deberían haberme quitado la capacidad de dormir Jamás. Anoche me estrené. Cogí la tablet y me puse a ver vídeos de medicina forense porque me gusta saber cómo avanza la tecnología para pillar al que comete un delito o cómo, a través de los estudios genéticos ya se sabe qué tipo de enfermedad se tiene, qué rasgos tiene el delincuente o de quién es pariente. Mientras aprendía todas estas cosas caí otra vez al sueño y me desperté a las 7. Abrazo al enano y noto que comienza a despertar y ahí lo espero yo, paciente, a que abra los ojos. No hay prisas, es domingo y, aunque no lo fuera, él no tiene más obligaciones hasta casi mediados de septiembre.
Me pongo a leer los blogs a los que estoy suscrita. Me nutro también de lo que escriben otros, de sus frases, de sus giros. Me gusta mucho leer y, para ver otros puntos de vistas de otros lectores, me he apuntado a un club de lecturas. Todavía no he pillado el libro pero hay tiempo. Yesteryear se llama. Tiene nombre de bodrio pero seguro que solo por eso me sorprende.
Otra actividad en la que mi cerebro aprende es escribiendo. Voy a hacer unos retos de escritura que he visto por ahí, a Manuel Warlock concretamente, porque creo que con ellos uno aprende a escribir mejor. No sé si será así pero…qué más da! Escribir e imaginar es de lo mejor de la vida y solo con sentarme y estrujarme el coco frente a una pantalla en blanco ya estoy encantada.
Durante el desvelo recuerdo el día de ayer. Salí a dar un paseo con mi tía más pequeña. Me mete en una tienda de productos de belleza, me enseña lo que busca que lo tiene en capturas de pantalla y me da una charla sesudísima sobre ácidos y vitaminas para la piel que me dejan ojiplática. Me dice que todo lo sabe por alguien a quien sigue en YouTube, por eso, pienso yo, y por el curso de auxiliar de farmacia que sacó con unas notas buenísimas y que no le sirvieron para encontrar trabajo, que no lo dice, pero se nota. Mientras seguimos paseando aprendo del mundo en el que ella vive que es el planeta del que salí en el año 2005. Ese mundo ha cambiado y ahora, cuando voy en la guagua, por ejemplo, me tengo que tragar la videollamada a gritos de un adolescente que repite mucho «bro». Se sube un montón de juventud extranjera mientras yo recuerdo que en mis tiempos los que se subían eran algunos broncas que hacían que me tuviera que bajar del bus y esperar al siguiente. No termino de decidir si el mundo ha cambiado para peor o no.
Me enseña marcas del hogar que yo no tenía ni pajarraca idea. «Encantada» me digo mientras ella me las enumera. Luego me indica una marca de pantalones carísima que tampoco tenía el placer. «Yo me quedé en Levi’s» pienso. Eso será muy cerca o muy lejos de la ancianidad? Prefiero no dejarme llevar por ese pensamiento nefasto.
Me pregunta por Avatar, más por cariño a los chicos que porque su mente sea capaz de abarcar qué significa para mí entrar a otro mundo cada vez que giro la llave de casa. A la gente no le gusta escuchar los problemas a los que te enfrentas en cosas cotidianas. Eso sí, puedes dejar patidifuso a alguien cuando cuentas que es difícil poner a tu hijo en el colegio que tú deseas ni siquiera pagando porque hay unos ratios en los que, claro está, no se hacen excepciones, por ejemplo. O que no vas a un determinado centro comercial porque, desde su estructura misma, con unos techos que hasta yo llego saltando, no está hecho para los habitantes de Avatar. «Pero hacen un tributo a Michael Jackson!» Me dicen. «Con un montón de gente en un lugar no compatible con la necesidad de libertad que tienen mis hijos» pienso. Tampoco salgo de vacaciones en agosto por si me llaman del Centro Base para valorar al niño. Cositas!
Contesto a su pregunta y le pregunto por su hijo. Me cuenta sus desvelos y le replico que está de adolescente total. Ella deja de dormir porque a él se le caduca el aprobado de la teórica de coche. Amazing! No me río porque entiendo que eso, en este planeta, debe ser una putada gastarte una pasta y tirarla a la basura por dejadez del chaval y por falta de examinadores pero es que yo llevo más de un año esperando la llamada de la valoración, con el grado de discapacidad caducado y sin ayudas de ningún tipo. «Cada loco con su tema» que diría Serrat. Entonces entramos en un mundo lleno de magia y de lugares desconocidos. Estamos en la sección de libros. Paro de hablar y empiezo a acariciar los lomos de los escritos por mis autores preferidos. Le explico tal o cual libro, tal o cual autor. Ahora soy yo la cicerone.
Cuando salimos de allí, yo ya sé un poco más del planeta Tierra y ella otro poco más de Avatar. La acompaño a la parada y hablamos otro poco hasta que vemos llegar la gigante amarilla. Me despido con un gracias y ella me pide que repitamos. Me dirijo a mi parada y, cuando llego a casa, el olor a lo que está guisando mi hija me llena las pituitarias. Un beso de bienvenida de cada uno y un prepararme una ducha para cenar en calma después y ya siento que estoy en casa. Estoy, para bien y para mal, de vuelta en Avatar.