¿En qué momento te diste cuenta de que ya eras oficialmente adulto/a?
Cuando la vida te pone unos padres como los míos, esto es, una chica muy joven, mi madre me llevaba diecisiete años, y un señor que descubre al primer golpe de vista que si pudiera daría marcha atrás en eso de tener hijos, te toca espabilar muy rápido. Tanto, que, cuando tenía unos doce años, me levantaba y preparaba dos zumos de naranja para mi hermana y para mí, dos bocatas para el desayuno en el patio, ponía en una cantimplora agua para bajar el pan, la peinaba y me peinaba, y procuraba que no nos vieran hechas un cuadro dando un repaso al uniforme de ambas. Sin embargo, yo todo lo realizaba con gusto porque durante un montón de años había tenido que tirar para adelante en soledad y eso fue peor que hacer algunas tareas en nombre y representación de mi madre que permanecía durmiendo en su cuarto mientras yo me encargaba.
Luego llegó su marcha a un país extranjero con mi hermana del alma y con su partida llegaron las críticas feroces, algunas con razón, porque se llevó a la hija pequeña, a mí me tocó quedarme en casa de mi abuela y mi padre, que fue a despedirla al aeropuerto comenzó a decir que él no tenía ni idea de lo que iba a suceder para bien de victimismo y de dar pena a ojos ajenos. La mentira solo le duró un rato, el justo para darse la gente cuenta de que a su hija de trece años no le hacía ni caso. Había dejado de existir para él pero yo aún no lo veía. Los demás si y no me prepararon para la torta.
Eran los años ochenta, acababa de hacerse una realidad la ley del divorcio y separarte de esa manera podía dejarte sin la patria potestad de tus hijos cuando saliera la sentencia tres años después de solicitar la separación. Como para que te pensaras rebién si estabas segura de mandar a tu pareja a freír bogas! La suerte que tuvo mi madre fue que su ya ex no nos quería ni medio cerca de su ser y no reclamó nada para él. Se quedó con casa, coche, sin hijas, y volvió al mercado sentimental diciendo que era soltero y sin retoños. A mi hermana no le pasó jamás la pensión y a mí me tuvo años con la lengua fuera haciendo malabares para pagarme los estudios de bachillerato. Cuando quise estudiar en la universidad, me dijo que no y yo, después de hablar con el abogado de mi madre, que me dijo que ya me tocaba buscarme las habichuelas y que mi padre no tenía porqué pagarme nada más, todo ello en un tono muy desagradable colgándome el teléfono después de despacharse a gusto y tras una fuerte depresión que casi no me lleva al otro barrio, decidí estudiar Turismo y pagar yo las cuotas mensuales, los libros, mis gastos personales, con un sueldo ajustado a trabajar 15 días en total. Me había buscado un trabajo a tiempo parcial porque me encontré un día frente a mi progenitor suplicándome que dejara de molestarlo. No podía creer que alguien que trabajaba, que no tenía deudas, que vivía como un soltero, no pudiera hacerse cargo si quiera de mis estudios siendo yo su hija. Hoy día, cuando pienso en ello, doy gracias a la vida por no haberme hecho nacer en Avatar. No hubiera durado medio minuto terrestre.
En épocas de fiestas navideñas, trabajaba todo el mes, de lunes a domingo, para ganar un extra y poder comprar algún regalo a mi abuela y tíos. Estudiaba al llegar del trabajo, a las once de la noche, me levantaba a las 7 de la mañana y bajaba caminando a la escuela. Tenía un presupuesto tan ajustado que, el dinero para la guagua era el que era. Fuera de ahí, cuando ya no quedaba más, salía de la escuela de turismo y subía caminando hasta la casa de mi abuela. Para que se hagan una idea, el trayecto en la guagua duraba veinte minutos. Quiten las ruedas del bus, póngale dos piernas sobre un cuerpo con sobrepeso a causa de la ansiedad y calculen. Daba igual que lloviera, que tuviera que trabajar esa tarde, que estuviera enferma o que no me apeteciera. Si quería estudiar, era lo que había y punto. Eso sí, esos años me metieron en el mundo adulto de cabeza y no puedo estar más orgullosa de lo que hice con los mimbres que me dieron.
Todo lo vivido en esa época me hizo entrar en el mundo de la sensatez, de la responsabilidad y aunque ese dicho que dice que «no hay mal que por bien no venga» me repatea el hígado, he de decir que, a mis 56, me siento orgullosa de todo lo que hice por salir adelante. Tengo dos hijos bien guapos, bien listos y bien autistas y con ellos he aprendido la última de las lecciones. A ser coherente, a decir qué voy a hacer y a cumplir con lo que digo. Y así, creo, cerré el círculo de la adultez. Viviendo y amando en Avatar.