¿Cómo conociste a tu pareja?
Esta historia ya la he contado pero hoy, que he llevado a su hijo en una caminata de unos tres kilómetros, comencé a recordar por el camino cómo había empezado todo. Yo tenía una depresión fortísima por aquella época, resultado de un viaje que hice el año anterior al extranjero para ver a mi madre. Antes de salir, tuve que hacerme el pasaporte y, como era menor, debía tener el permiso paterno. No coló eso de me llevo el papel y que mi padre lo firme. Mi padre fue a regañadientes y por no hacer daño a mi madre, que a esas alturas, ya estaba casada con otro y embarazada además, me hizo el gusto. Yo le importaba cero. Llegó con su eterno uniforme que daba a entender en qué trabajaba y con las manos como si saliera de una mina. La camisa, tres botones desabrochados y yo, a mis 17, pensando si no habría podido ponerse, por ejemplo, un poco de mugre por la cara y rematar el cuadro.
La visita a mi madre duró un mes y, a los tres días, ya sabía que se había equivocado otra vez de marido. Además de aguantar sus cretineces, tuve que ver cómo mi madre, embarazada de ocho meses cargaba para él cual esclava el equipaje. El mundo matrimonial, pensé, no es lo mío.
Al año de ese viaje mi padre deja de pasarme la pensión. Le digo a mi madre que porqué no denuncia que no le pasa a mi hermana la suya y me la da a mí que quiero seguir estudiando pero mi madre no escucha porque anda entre pañales con un niño pequeño que se despierta unas doscientas veces en la noche. Me quedo sin su apoyo. Voy al abogado y poco más o menos que me dice que espabile. Ya lo hago. Quiero seguir estudiando para no depender de nadie en un futuro. La justicia tampoco está de mi parte. Me enfermo y, tras una visita médica a casa porque yo veía insectos subir por las paredes, mi abuela localiza el teléfono del trabajo de mi mal llamado padre. Pregunta por él y, cuando éste se pone el teléfono en la oreja, oye la voz de mi abuela explicándole que estoy tan enferma que no puedo salir de la cama pero, que desde que mejore me iré con él para que, si no me da dinero, por lo menos viva y coma en su casa de lo que haya. No es el mejor de los apoyos pero funciona. No funcionará mucho tiempo pero sí el justo para que encuentre trabajo y me olvide de él.
Con esos mimbres, un amigo de mi tía me organiza una cita a ciegas que no he pedido y que no quiero. Me indica que estoy deprimida y que debo conocer hombres que no anden mal de la azotea. Le digo que ni loca e insiste. Le termino diciendo que sí por plasta. Luego me entero que quiere ver al amigo de este chico porque le gusta y de ahí tanta insistencia. Pienso que el sexo masculino es la monda lironda pero ya he dicho que sí a la cita y me planto con mi tía y con él en la sala 1 de unos multicines que ya no existen. Saludo a su mejor amigo, a otro conocido que me tira los tejos nada más verme y al que mato de un golpe de mirada, y él, el prota, se retrasa. Luego descubriré que su pasión es llegar tarde. No me gusta la impuntualidad. Empezamos de fábula. Lo veo subir las escaleras. No se parece nada a como lo ha descrito el amigo de mi tía y, sin dar crédito, le digo que me jure por Snoopy que no es ese que sube. Mala suerte. Sí lo es. Se sorprende al vernos porque nadie le ha dicho lo de la cita. Voy a saludarlo con un beso y me da la mano. Miro a mi tía que se muere de la risa mientras yo noto un interrogante gigante sobre mi cabeza.
Entramos a la sala y se han sentado todos para que nos toque juntos. Cuando voy a sentarme me pide que no lo haga porque le gusta poner su brazo estirado encima de la butaca de al lado. Lo miro alucinada y le contesto que voy a hacer algo mejor que es que voy a ponerme en el otro extremo para no verlo. Me pregunta que si estoy molesta. A esas alturas estoy flipando.
Vemos la película y, al salir, con la excusa de llevar a un amigo a su casa, él se queda solo con dos mujeres y un chico gay a los que no conoce de nada. Nos vamos a tomar algo y, cubata en mano, comienzo a escrutar a semejante tío raro y capto que lo es, pero que parece buena gente, y eso me atrae tanto como la luz a Caroline en Polstergate.
Así que, esa cita llevó a otra y otra más durante once años. Después de cinco años casados comenzamos a buscar a la niña y, cuando ella abrió los ojos descubrió que no estaba donde se suponía que debía estar. Yo noté su desasosiego desde el principio y él, ante aquellos comportamientos, solo pensaba que su hija era muy lista y muy juguetona. No le hizo gracia que le dijera que estaba huyendo de él en realidad, en vez de jugar pero esa es otra historia. El comienzo de Avatar…