Si tu mascota pudiera hablar, ¿qué sería lo primero que diría?
Tengo una gata negra que en su cuello llevaba un pequeño collar rojo bien sujeto por una hebilla. Ella lo llevaba con orgullo puesto que relucía en su pelaje negro como si fuese hecho del mismo fuego. Era la envidia de la urbanización y lo demostraba en cada uno de sus regios andares felinos.
Venía a casa solo a pernoctar y el resto del tiempo vivía de adular a vecinos para que le dieran de comer, de dormitar entre el jazmín de mi jardín que la dejaba cubierta de perfume, de andar con otros gatos cazando tórtolas en los parques….en fin, que era una gata aventurera!
Un día se me olvidó encender la luz en la terraza. Andaba yo dando vueltas a los problemas que hacen fila en mi cabeza cuando se acerca la hora de dormir, aprovechando la luz de la cocina que, a esa hora, era lo único que seguía encendido. Oí un ruido en el jardín. Luego, sentí más que ví algo oscuro entrar en mi terraza. Dos puntos oscuros flotaban en el aire y se clavaron en mí con sorpresa. «Gata, eres tú?» «Dónde está tu collar?» No era reconocible sin él. Entonces se acercó despacio y le permití subirse al sillón de mimbre en el que estaba sentada. «Vas a dejarme el forro de ese cojín hecho una pena, pero te noto triste, supongo que por haber perdido el collar». «No lo perdí!» Me contestó. Yo me quedé estupefacta. Mi gata hablabla y allí estaba aquella minina mirándome con pena y a la espera de que yo le diera pie para contarme su historia. «Qué pasó? Lo perdiste en alguna pelea?» Le dije. «Eres una humana bien tonta!» Me replicó. Pero como lo del collar tiene que ver contigo, voy a contártelo.
Entonces se recostó en el cojín y, mirando a las estrellas comenzó a contarme la de años que ella llevaba visitando aquella casa más suya que mía, me dijo así como quien no quiere la cosa. El collar era un regalo de los antiguos dueños, gente más educada y con más posibles que yo. Me dio por pensar que, tal vez, yo no era, ni de lejos, la mejor de las dueñas de aquella vivienda y, por si me quedaba alguna duda, me dijo que, de las cuatro mujeres que habían pasado por allí, yo era la que menos caso le hacía y a la que ella menos quería. «Pero resulta, prosiguió, que hace unos días, me encontré con el espíritu de una de las antiguas dueñas de esta casa y me explicó que, si le daba el collar, yo podría hablarte como lo estoy haciendo ahora, y acepté. Sabes porqué? «Me preguntó. «Ni idea» le repliqué. «Pues porque me estoy haciendo mayor y necesito que me cuides un poco más de lo que has hecho hasta ahora, y, la verdad, chica, eres de lo peor conmigo.» «No te pases!» Contesté. «Duermes en mi terraza como una reina». «En invierno no soy ninguna reina. En invierno solo estoy sola y tengo frío».
Reflexioné un buen rato sobre lo que acababa de ocurrir mientras ella dejaba caer su cuerpo derrotado en el sofá. Acerqué mi mano a su lomo y comencé a acariciarlo por primera vez desde que nos conocíamos. «Gata, si tengo que tratarte bien vas a tener que venirte conmigo a la ciudad. Vivir en un piso, dejar de callejear, tendrás que tener un nombre, veterinarios, chips…» Ella me miró sardónica y, poniendo su pata en mi mano me contestó: «acepto!».
Desde entonces tengo a Katia andando por entre mis piernas con otro collar rojo más fulgurante que el anterior, para que no vuelva a decir por ahí que no soy una buena ama, sobre todo cuando la llevo al pueblo para que visite a sus amigos!