De lo más importante de mi vida, lo que me ha llevado a no perder los papeles, ha sido la paciencia a la que he dado un toque de inteligencia. Me explico. Soy paciente con mis hijos, mucho, con la gente mayor, con todo el que tiene alguna dificultad para entenderme o para aguantarme pero, también es cierto que, no es una paciencia resignada. Con mis hijos sé que si no conozco eso que forma parte de su ser, si no estudio, si no me formo, voy a necesitar, cada vez, un mayor grado de ese razgo de mi persona. Y mira, por ahí, no. Prefiero formarme que vivir en un mundo volátil.
Con la gente mayor soy paciente pero firme, y con los bordes y maleducados, solo firme. Con la dignidad que se merecen ellos y yo.
De más joven era una chavala muy muy callada. No quería que saliera de mi boca nada que hiciera sospechar que estaban ante una persona que hacía muchísimo tiempo que se buscaba la vida por su cuenta. Me inventaba firmas, excusas, yo creo que de ahí sale mi vena de inventora de historias…pero no dejé, jamás de perder el norte de mi vida. Tenía un lema que me acompañó mucho tiempo, que era que, justo ahí, detrás del horizonte de penalidades por las que estuviera pasando, estaba algo mejor para mí. Mi tierra prometida. Mi Edén.
Ya no me sujeto a ese lema, es cierto, pero cuando las cosas se me tuercen mucho echo la vista atrás y pienso en lo que he superado. Y entonces respiro profundo, achico los ojos y pienso, tranquila, justo ahí detrás de este problema, sigue estando para ti la tierra prometida. Y así se me va la angustia. En ese respiro profundo.
Una pitonisa le dijo un día que se casaría con una mujer con una marca bien visible en su rostro.
Con el paso de los años, se enamoró y se decepcionó un montón de veces. Pero un día, llegó demasiado temprano a clase, en la universidad donde estudiaba, y se sentó a esperar en unos bancos que habían fuera. Pasó una compañera, miró el aula cerrada y le dijo que si se iban a tomar un café juntos.
Él ya se había fijado en ella, una chica bajita, con el pelo corto, rapado por detrás, que era exactamente el tipo de mujer que no le gustaba. Pero esa chica tenía una personalidad muy fuerte, envolvente, que hacía que su cabeza se girara a su paso.
Decidió tomar ese café con la firme decisión de desencantarse de una vez del magnetismo de aquella mujer.
Se sentaron a la mesa y ella pronto decidió que también tenía hambre y llamó al camarero para pedirle un bocata. Y allí, mientras ella comía, se fijó en sus labios, que ella siempre llevaba pintados de rojo. Ella hablaba y reía mientras lo observaba escrutadora, con aquellos ojos grandes y marrones.
Se limpió sus labios con la servilleta, dejando a la vista una pequeña cicatriz que recorría su boca de arriba abajo.
«Qué te pasó ahí?» Le preguntó. «Te arañó un gato?». Ella se sonrió y le contestó que no moviendo la cabeza. «Mi madre» contestó en un murmullo. «La maternidad le llegó muy joven y yo era muy llorona. Perdió los nervios y, de una bofetada, me dejó esta marca».
Él se la quedó mirando, mudo, y notó cómo su alma se deslizaba suavemente por debajo de la mesa hasta llegar a ella. Y supo que estaba unido irremediablemente a aquella chica. Y entendió que no querría separarse nunca.
Llevo un rato pensando en esa pregunta. Qué me gustaría hacer más? Pues cuando era joven, me levantaba los fines de semana a las diez de la mañana. Estudiaba por las mañanas y trabajaba por las tarde, además de madrugar muchísimo y acostarme muy tarde.
Recuerdo que iba a clases caminando porque solo podía permitirme un cupo de diez viajes al mes. Y los dosificaba. Si llovía o si me levantaba tarde usaba el transporte público. Si no, bajaba y subía caminando. Luego llegaba y hacía las camas de todos los ocupantes de la casa. Limpiaba los cacharros, tendía ropa, comía, descansaba un rato, volvía a por más ropa, y luego me iba a trabajar. Trabajaba en un súper, y, a veces, salía a las doce de la noche. A principios de mes.
Durante esa época, por ser joven, leía muchísimo, escuchaba música, inventaba historias que nacían y morían en mi mente, iba al cine, y todo ello tenía un único objetivo. No estar. No ser visible. Pasar desapercibida. Por eso imaginaba historias ajenas, vidas ajenas. Porque la mía no era muy feliz.
Ahora, con bastante más años, y menos energías, no tengo tiempo de hacer esas actividades pero no puedo negar, que, aunque carezca de tiempo, de que viva en constante estrés, mi alma está serena. No tengo que evitar ninguna situación, ni a ninguna persona.
Si me dijeran de volver a pasar por ese tiempo, diría que no. Comparto mi tiempo con gente bonita, que me hacen la vida agradable. Solo quien haya pasado por algo así en su vida, que somos unos cuantos, me entenderá.
Difícil decir cuál ha sido el mejor. Quizás, el que me dió mi madre, cuando me dijo que, aprender sobre autismo no era derrochar el dinero sino todo lo contrario, una inversión. Y es cierto que ha sido así. Desde que hice el máster (ese que no pude acabar) las cosas en casa van bastante mejor y el niño ha salvado los muebles durante el verano.
Me explico. Mi hijo tiene un potente tdah que hace que, durante los meses de verano, todo lo aprendido durante el curso, hasta lo más elemental, desaparezca como un azucarillo en un vaso de agua. Este año eso no ha sido así. Esto gracias a su padre, las cosas como son, que lo ha puesto a trabajar cosas sencillas de matemáticas y de lengua.
Respecto de su parte autista, aunque yo creo que él está dotado de un cerebro diferente que hace que sea enteramente autista, también hemos conseguido que no aparezcan las rigideces, que es lo que suele ocurrir en verano, con las vacaciones. Si descuidamos la parte de la anticipación, de avisar qué viene dentro de un rato, haremos que pelee panza arriba como un gato cabreado, protegiéndose de la ansiedad que le provoca que, a cada rato se mueva su mundo de una manera distinta. Eso ocurre cuando acaban las clases, se acaban las rutinas. Luego, su terapeuta se va de vacaciones, cosa lógica por otra parte porque la muchacha no es ningún robot, y entonces nos quedamos a la deriva. Como un astronauta en el espacio exterior, unido solo por una cuerda para no irse a tomar por saco. En este caso, el cabo que lo une a la Tierra, a estar cuerdo, es la familia. Si ella se pone en modo vacaciones también, cuando se vuelve a la «normalidad» descubres a un muchacho lleno de ansiedad, desregulado y con muchas ganas de que se le respete eso que, sin con lo que no hubiera pasado durante el verano, habría hecho que sufriera una crisis.
Y ahí he estado yo. Haciéndole de cicerone del mundo. Explicándole desde el día anterior qué iba a suceder el siguiente. Incluso, qué íbamos a comer. Y que, si eso no ocurría de esa forma, haríamos un plan b que también le explicaba. Y ha funcionado. No ha sido perfecto, porque salíamos y aleteaba las manos en un intento de bajar su ansiedad, pero no ha sido terrible. No lo he visto pasar ningún mal momento. No ha tenido ninguna crisis. Además, hemos procedido a darle pequeños encargos de independencia, como por ejemplo, salir a comprar. Una sola cosa, cierto, pero ya sabemos que, en algunas circunstancias eso puede ser como adentrarse en un bosque mágico que fuera cambiando la ubicación de su flora a cada paso. Angustiante. La primera vez, fue su hermana detrás, por si necesitaba ayuda, la siguiente, se fue solo, porque su hermana no quiso acompañarlo. Ella también debe luchar contra sus propios bosques mágicos y eso se debe respetar como todo lo demás. La cosa es que tardó más de la cuenta, y, empezó a decirme que si no estaba preocupada, que si no iba a echar un vistazo, y le dije que no. Que le había dicho a su hermano que confiaba en él, y que, si se producía alguna situación de emergencia, el supermercado está en la esquina de nuestro edificio (como a un océano de distancia para alguien que explora el mundo por primera vez solo) y que yo sabía que lo iba a hacer bien.
Cuando volvió a casa, al abrir la puerta, lo esperamos todos para aplaudir su azaña. Nos lanzó una sonrisa de esas que te iluminan toda la casa, y le hice una foto con la bolsa de pasta que fue la adquisición de esa tarde. Entonces caí en la cuenta de lo mucho que habíamos caminado para llegar a ese momento. Un momento que, para muchos padres, es algo que forma parte de la rutina, de su día a día. Algo normal. Nosotros habíamos puesto una pica en Flandes, habíamos ido por el desierto con tan solo una cantimplora, y lo habíamos conseguido atravesar. Queda mucho muchísimo por hacer. Pero todo será poquito a poco. Un pasito detrás del otro.
Dejando claro que mi vida es complicada, ahora, en estos momentos, se ha añadido un elemento «externo» La salud de mi suegra. Hace muchísimos años que tiene problemas de movilidad que se han ido agudizando por los propios de la edad. Total, que, yo salgo del trabajo, como deprisa, salgo a la carrera a buscar al niño, vuelvo con él, le doy la merienda y me enchufo al colchón de mi cama para dormir aunque solo sean diez minutos. Así era hasta ahora, pero, según ha ido avanzando el mes, y como a mi cuñado, que vive con mi suegra, lo están llamando para trabajar en un hospital cercano, tiene que acudir mi marido a calentarle la comida y acostarla luego para que pase cómoda la tarde. Hasta que llega el hermano. Ojo cuidado! Independientemente de nuestra mala relación hay algo que en mi casa, en mi matrimonio, hemos tenido muy claro. A los padres, si nos han querido y cuidado y limpiado nuestros culos de bebés, hay que devolverles todo ese amor, en forma de cuidados cuando ellos se convierten en personas que no pueden valerse solas. Así que yo, de verdad y con la mano muy en el corazón, no siento que esté haciendo un sacrificio. Creo que solo hacemos lo que es correcto y decente.
Ahora como después de recoger al niño. Sobre las cuatro de la tarde. De hecho, si no le ha gustado la comida del cole ese día, se une a nosotros y comemos en familia. Y luego, sí, si no hay terapia, me arrastro a la cama, como un alma en pena, cerrándoseme los ojos. No lo puedo evitar. La menopausia tiene esas cositas a las que también debemos acostumbrarnos, y aceptar.
Otra cosa que hace que se me recargue la batería es estar con mis hijos, en casa. Siento la buena vibra que trasmiten y que va inundando la casa hasta ocupar todos los rincones, y ya no digo si, encima, descarto el trabajar porque estoy de vacaciones. Entonces mi cuerpo alcanza valores de dínamo y soy capaz de dosificar esa energía hasta pasado septiembre, donde echo el resto, llegando a octubre buscando pasar vacaciones en otra isla, alejados de todo el follón que tenemos en esta. No sé si lo haremos este año, espero que sí.
Los fines de semana, como este en el que estamos, suelo empezarlo con una taza de café tamaño maxi, me asomo a la ventana y veo la poca actividad que hay en la zona los días no laborables. Luego me siento a escribir este blog, esta entrada, que, no sé porqué, hace que me vaya llenando de energía a golpe de teclear lo que pienso. Luego me levanto de aquí y ya me pongo con todo lo demás, hacer la compra, la lavadora, my friend, y así ando hasta media tarde.
Luego toca leer, si no he caído muerta, y estudiar idiomas que también es algo que me gusta. Me gusta hacer cosas que me agraden. Debería ir a la piscina. Un ratito. Hacer ejercicio me vendría muy bien. Pero estoy tan agustito escribiendo…!
Si mi vida no tuviera música, hubiera tenido que inventarme una con el viento que mueve las ramas de los árboles, con el sonido del mar al tocar la orilla, en el aleteo de las aves en el cielo, o con el de mi hijo en el suelo.
Si no tuviera música, no me podría haber emocionado con canciones que tengo asociadas a hechos ocurridos con mis hijos, You say best, «when you say nothing at all» dice una de ellas, y hay tanta verdad en esa frase!
Tampoco me hubiera podido reír a carcajadas cuando mi hijo se ponía a bailar «can’t stop the feeling» de la película Trolls y en su baile descubrir que tenía un fuerte sentido del ritmo.
Si no hubiera música, no podría recordar que, hace casi 25 años, cuando nos pusieron el vals a mi ya marido y a mi, en el banquete de boda, él se empeñó en que quería hacer bomba de humo y desaparecer por esto de que es muy tímido y yo lo sujetaba, entre risas y le decía que sonriera que nos estaban grabando. Aún se oye nuestras risas en el vídeo solapadas solamente por aquel vals.
Si no hubiera música, mi vida no tendría su propia banda sonora. La mía, durante muchos años fue una de Luz Casal, «cuanto más bella es la vida, más feroces sus zarpazos, cuántos más frutos consigo, más cerca estoy de perder…» ahora es más, «yo no me doy por vencido» de Luis Fonsi, o «perfect» de Pink. Con cualquiera de las dos podrían enterrarme.
Las fiestas que yo celebro son muy pocas. Prácticamente cumpleaños y la Navidad, y esta última ha quedado muy descafeinada a la muerte de mi madre.
Ella decoraba la casa y la llenaba de luces, te esperaba con una diadema de cuernos de reno, o con un gorro de Papá Noel, y vivía la fiesta como lo que era. Una mujer con el espíritu de una niña.
Su muerte se llevó eso. Vivir las fiestas a gusto y en paz. Yo, al principio de mi matrimonio, iba un año a casa de mi madre y otro, a casa de mi suegra. Pero las cosas se torcieron y decidí no hacerlo más y celebrar siempre con mi madre. Le expliqué a mi suegra que quería pasar el mayor tiempo posible con mi madre, por si algo pasaba, y, como la excusa fue buena y al final, cierta, no se lo tomó a mal.
Como digo, al irse mi madre, tuve que volver a celebrar la Navidad con gente con la que no quiero estar. Estuvimos así tres años pero, el último, ocurrió que mi hija se discutió con mi cuñado.
Mi cuñado es una de esas personas que debes coger con papel de fumar. Delicado como un jarrón Ming. Y si no haces o dices lo que él desea, te monta unos pollos que te dejan sudando.
Ese año le tocó a su madre, y mi hija, que es una santa, intervino. Y a él no le gustó y se fue a su cuarto para no vernos más en toda la noche.
La casa es de su madre y él es un malcriado. Pero eso no es el tema. El tema es que no voy ni de donde escribo, a la esquina de mi mesa, a pasarlo mal. Y a comer con disgusto. Y mi hija tampoco. Así que ahora toca comer en casa e inventar alguna cosa para no ir más. Porque creo que se lo han buscado, y porque, este año, compraré diademas de cuernos de reno, o de lo que sea, y nos lo vamos a poner en el coco, mientras nos miramos a los ojos y nos juntamos las manos celebrando una Navidad como corresponde. Una feliz Navidad!
Cuéntanos una lección que te gustaría haber aprendido antes.
Hoy, si el texto me sale muy regulinchi, espero que, quien lo lea me sepa perdonar porque anoche tuve noche toledana con el peque. Mi hijo sufre de migrañas, y anoche tuvo un episodio, así que, hoy tengo los ojos abiertos pero estoy durmiéndome de pie.
Al grano, que me gusta enrollarme. Las lecciones de la vida, las peores de todas, claro está, porque uno solo aprende de lo malo, las aprendí de bien pequeña. Hasta los 23, en los que decidí que mejor si eso, me iba y dejaban de joderme. Yo no tuve nunca que convivir con la gente de la calle, nunca hice una amiga íntima, que sí tuve alguna con la que salía mucho, pero no era íntima porque también me hizo alguna jugarreta que le perdoné pero que sirvió para poner los límites en nuestra relación. Procuraba pasar desapercibida, pero, en muchas ocasiones, yo evitaba fuera lo que tenía dentro de las cuatro paredes de la casa donde vivía. Mi conocimiento del ser humano se circunscribe a esas experiencias, a esas lecciones no pedidas, a esos momentos de angustia, a mis traumas. Total, que, como digo, un día decidí irme, pero no a buscarme la vida, no a casarme, no, irme con Dios.
Estaba tan absolutamente confundida y perdida que, si no hubiera fallado, no hubiera tenido todas las experiencias que he tenido después de los 23, aunque, por supuesto, no haya sido un viaje de placer, pero un poco como todo el mundo, supongo. Con sus altos y sus bajos. Y la maternidad. No hubiera conseguido saber que se puede tener hijos y hacerlo bien, y esa es otra de las lecciones que me ha enseñado la vida.
Total, que todas estas vivencias me llevaron a terapia, y con ella, a confiar un poco en el ser humano. En general, la cosa no ha ido mal, hay gente por ahí maravillosa, incluso, detrás de un ordenador, pero también hay quienes te quitan el aliento cuando tratan de tomarte por tonta. No es por nada, pero cuando tienes más conchas que un galápago, que traten de venirte con cuentos chinos es hasta un poco gracioso. Pero solo un poco.
Cuando preparaba promoción interna, tuve a dos compañeras, una con una enfermedad crónica y otra con una discapacidad física, a las que animé y apoyé muchísimo por esto de que me decían que no iban a poder con el examen. He de decir que, ambas, son solteras y no tienen hijos, pero padecen enfermedades o discapacidades limitantes y eso me hizo casi, dejarles incluso mis apuntes. Pero no. Sobre todo cuando una de ellas me dijo que porqué había dejado el máster que estaba preparando, que ella no lo habría dejado. Entonces le contesté que yo, sobre todo, soy madre, y que nunca, jamás, en la vida, se me iba a olvidar eso como eje central de mi existir. Y me miró con una cara rara. Y a mi su expresión facial no me gustó. Y me dije, ¡cuidado!
El día del examen estuvimos las tres en el aula con 8 personas más. Solo teníamos que aprobar y aquello sería nuestro. Un cinco pelado. Me relajé. Podía sacarlo. Ellas andaban entre el, «voy a entregar el examen pasados los diez minutos obligatorios» y «jujú, jajá, que risa que voy a suspender».
Ninguna se levantó a los diez minutos y ninguna de las dos suspendió, de hecho, sacaron más nota que yo. Las dos. Cuando me dijeron sus resultados, las miré, a cada una por separado, y les dije que no soportaba ese tipo de tomadura de pelos. Que habían fingido necesitar ayuda cuando la que en realidad estaba jodida era yo misma que tengo que lidiar con mis hijos, sus terapias, la casa, marido…Que me habían escupido a la cara y que no se lo iba a consentir más. Hacerme eso era una falta de respeto. La verdad, me puse un poco Vito Corleone en el Padrino. No puedo evitar esas actitudes de mierda. Me gusta dejar bien claro que han perdido para siempre mi amistad, y decirlo tan nítido que no necesiten diccionarios. Soy así. Aunque esto último no me justifique.
Ahora estamos pendientes de qué vamos a elegir y si nos vamos de nuestros actuales trabajos o no. Yo ahora me estoy haciendo la muerta. No digo qué quiero que me ofrezcan para irme, ni si me voy o no o ninguna cosa. Como decía un compañero de mi marido «Al enemigo ni agua». Pues esa sería mi lección. No se le debe decir a todo el mundo qué quieres, qué anhelas, que, a lo peor, te lo quitan y lo toman para ellos.
Se levantó esa mañana muy temprano, para meterse entre fogones cuanto antes. Hoy tendrían una comida familiar de esas que suceden cada mucho tiempo, reuniendo a su familia y a la de su marido a la vez. Él era el artífice de la reunión, el que lo había organizado todo. Llevaban ellos dos un tiempo largo en el que, la pasión, la intimidad, el hablar de cosas que no tuvieran que ver con sus hijos, habían cogido la puerta del hogar y se habían marchado, cansadas de que nadie diera aire a las últimas brasas para volver a avivar el fuego del amor. Era el aniversario de su boda. ¡25 años ya! ¡Bodas de plata!
Había decidido hacer una receta que hacía en los primeros años de su matrimonio, cuando su marido, después de volver del trabajo, ponía en sus manos un pequeño detalle en forma de ramillete, notas de amor, o cualquier cosa bonita que viera en los escaparates de las tiendas por las que pasaba antes de llegar a casa. De eso solo quedaba un beso frío y rápido, antes de subir corriendo para asearse antes de la cena. Saludo a los niños, retirarse a leer. Dormir. Y lo mismo al día siguiente.
Suspiró, miró al jardín que bordeaba su vivienda, y comenzó a cortar verduras. Como ya había supuesto, la labor le llevó toda la mañana, pero estaba satisfecha con el resultado y quería que fuera un día gozoso para todos, alrededor de aquella mesa grande, que daba idea de lo numerosa que iba a ser la reunión.
Antes de que llegaran los invitados, decidió darle a probar la comida a su marido, para ver si aún era capaz de recordar lo mucho que se amaban cuando la mesa en la que comían era solo para dos. «¿Te gusta? -le preguntó. Él puso una cara rara, parecía querer escupir lo que tenía en la boca. Mal presagio ese. Le contestó que sí, y fueron a recibir a los invitados que empezaron a llegar en ese momento.
La comida fue todo un éxito. Su madre le dijo que era de lo mejorcito que había hecho nunca y la familia de su marido afirmó que iban a salir rodando de la vivienda. Hubieron risas, sorpresas, noticias buenas e inesperadas, y sobre todo mucho amor.
Los niños se fueron a jugar por el jardín y su marido decidió dar un pequeño paseo antes del café. Ella le siguió y se puso a su lado. Podían ver a sus hijos correteando con sus primos y sus caras de felicidad. Aunque solo fuera por eso, todo había valido la pena. En esas estaba, cuando le llegó un aroma a jazmín que venía de su marido. Se giró, y se encontró con que le había hecho un ramillete con el que tenían plantado en el jardín.
Lo miró, y lo oyó decir: «se me había olvidado la persona maravillosa que eres. He estado tan ensimismado con mi trabajo y con los niños que he dejado de tenerte en cuenta. Espero que perdones todos los momentos de soledad que has debido vivir estos dos últimos años».
Se abrazaron en silencio, recordando cada uno cómo era el cuerpo del otro. El alma del otro. ¡Había tanto por lo que hacer memoria!
La hora del café pasó y, la familia, al verlos en aquel momento de intimidad, se fue marchando sin hacer ruido, llevándose a los pequeños para que pasaran la noche fuera de casa. Mientras ellos permanecían allí, reconstruyendo sus vidas. Reconstruyendo el amor. En silencio. Abrazados.
Cuando era pequeña, odiaba caminar. Era una actividad que odiaba, más, si tenía que hacerlo acompañada de un adulto porque eso solo significaba dos cosas, o que iba a un médico, siempre fui muy enfermiza, o que estábamos de vacaciones y nos íbamos de paseo. Odiaba hacer eso con mis padres, creo que porque, por muy lejos que me fuera, por mucho que me separase de ellos, la sensación de que algo no estaba yendo bien me alcanzaba por el cogote como una garra de acero y me iba poniendo de muy mal humor.
Cuando tuve a mis hijos, caminar se hizo obligación. Había que ir a terapia y buscamos un gabinete que estuviera cerca de casa. Excepto una vez, que se mudaron a un sitio más lejos, a un edificio sin ascensor y al que debíamos acceder por una escalera de caracol. Cuando iba sola, dejaba el carro de bebé en el rellano del edificio y bajaba con el niño en brazos con cuidado de no matarnos. Cuando la terapeuta de mi hija se fue, nos marchamos con ella y, con eso, ganamos calidad de vida. Otro sitio más cerca, con ascensor, junto a un teatro, al que iba a mirar su programación hasta que, un día, el niño, que ya apuntaba maneras de vivir en Avatar, se puso a llorar. No fue un llanto muy grande, yo me había parado y él quería que las ruedas de su carro, a las que él miraba hipnotizado, siguieran rodando. Entonces me salió una señora de no sé dónde y me dijo que el niño molestaba. La miré extrañada y le contesté que no estábamos en medio de una función y me dijo que eso no era importante, que lo vital era que el niño molestaba. Ese sitio, la entrada del teatro que es un patio enorme, no estaba hecha para él. Entonces hice como que pensaba un rato y le respondí después que hablara con propiedad. Que la frase correcta era «el niño ME molesta a MI» y apostillé un gilipollas y un, espero que nunca jamás en la vida te veas en una como yo. El niño al que le toque no se lo merece! Le grité.
Hoy día él camina delante de mi, muy deprisa. Aleteando las manos. Como un enorme colibrí. Siempre me espera en las esquinas. No cruza la calle solo. A veces, cuando me pongo a su altura, le digo que un día, con el aleteo de sus manos, se separará del suelo y saldrá volando. Me devuelve una sonrisa socarrona. «Te quiero mamá » me responde, como si intuyera que si eso sucediera no nos veríamos jamás.
Hoy he vuelto a desvelarme. He notado que el niño, justo antes de abrir los ojos, mueve su cuerpo como si sufriera descargas. Ha abierto los ojos, lo he abrazado y le he dado un beso. Le he recordado que es viernes, que mañana no hay cole, y su sonrisa ha iluminado la habitación. Y nos levantamos a por el viernes!