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¿Dónde te ves en 10 años?
Dentro de diez años mis hijos tendrán treinta, y veintidós años respectivamente. Yo tendré 65, pero no podré jubilarme, a no ser que, renunciando a una jubilación completa, me quede suficiente para vivir y entonces, chao curro, hola paseos por la playa, gimnasio, comer en sitios ricos, disfrutar mucho de los años que me queden si, a esas fechas, no la he cascado ya.
En mi familia morimos antes de los 70. Algunos de enfermedad, y otros porque deciden dejar de sufrir y se van sin avisar, sin un adiós. Yo pienso despedirme de la vida cada día. Me dará pena mi hijo. Espero que a esas alturas ya esté en busca de un objetivo vital porque esta que les escribe hará como los prisioneros de Alcatraz, apuntando los días que le quedan en la pared, siendo plenamente consciente de que la parca ya empieza a afilar su guadaña. Es ley de vida!
A mi abuela le faltaron dos meses para llegar a los 70. Sin cuidarse nada. Tenía la tensión alta y el médico le recetó y le pautó unos medicamentos y otra forma de vivir la vida. Llegó a casa y, al entrar, antes de preguntarle qué le había dicho el médico, rompió todo delante de mis narices, y mi alma vino a caer en el mismo cubo de la basura donde tiró los trozos. Supe pues que moriría de un infarto, como así fue, pero años después de la anécdota. Le dio tiempo, incluso, a quedarse viuda, cosa que le dio empuje para disfrutar lo que no había hecho durante ninguno de los años de su vida. Murió durmiendo, tranquila.
Luego, mi madre, que se cuidaba como un jarrón Ming, falleció a los 67. Mi madre lo celebraba todo. Que estuviera el día soleado, que no, que si estaba sola, que me voy de crucero…El año que falleció tenía planeado ir a Austria, un país que le gustaba mucho, con unos amigos. Yo creo que, cuando despertaba alguna mañana de mal humor en el hospital, era por despedir todo lo que hubiera querido hacer y no pudo. Murió tan rápidamente como vivió. También mientras dormía.
Mis planes, en ese entonces, era jubilarme y traerla a vivir a la isla. Ella me llevaba 17 años, así que yo quería jubilarme y marchar juntas a la playa, sentarnos en la orilla, y desternillarnos de la risa con nuestras tonterías. Me decía que, si estaba algo gagá no me olvidara de tenerla siempre bien arreglada. Quería ser mayor, pero no parecer un cuadro.
He tenido que reestructurar los planes. Ahora me veo en soledad. Con una cerveza y un bocata, mirando al horizonte, y, cuando me canse volveré a casa. Sola? Acompañada? Qué más da! Si sigo viva y estoy bien, habrá que celebrarlo. Eso pensaré mientras subo hasta la avenida. Caminando por la arena. Mirando los rostros de quienes me cruce por el camino. Inventándole historias. Como cuando era niña.
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¿Qué trabajo desempeñarías gratis?
Yo creo que esta es una pregunta que podemos contestar todos y conseguiríamos un abanico amplio de respuestas.
Hacemos mil labores gratis, unos porque ayudamos a nuestros hijos con sus nietos, otros, porque tenemos padres mayores, otros porque tenemos hijos con algún tipo de discapacidad…El mundo está lleno de personas que hacen un sacrificio altruísta en pro de esa persona a la que ha decidido, o la vida le ha decidido por ella, que debe cuidar. Es cierto que lo haces de gratis, y lo es también el hecho de que a lo mejor, no lo hagas con el cuerpo contento, pero no por ello te alejarías de su lado, apartándola de tí, como si no fuera parte de tu vida, como si fuera una perfecta desconocida.
Mi compañera me dijo esta semana que, una tía de su marido, que no tiene hijos, ni bienes, ya no podía levantarse de la cama. Van a cuidarla por turnos los fines de semana. Entre todos le pagan a alguien para que se la cuide entre semana, también le pagan la vivienda, y, porque cobra 400 míseros euros, muchas veces, la comida. Y eso es algo que ninguno de ellos hace de gratis, es un sacrificio económico que les supone un desembolso a las maltrechas economías de ahora que, vivimos, o sobrevivimos a la vorágine de la subida del precio de todo en general.
Yo soy cuidadora de mis hijos. Lo hago a tiempo completo. Lo hago de forma gratuita y estoy en un nivel alto de cuidado porque quiero.
El resultado está siendo que, cuando la gente ve a mi hija, por ejemplo, y no la veían desde pequeña, que era la encarnación del monstruo de Tasmania, alucinan muchísimo por el cambio. Y no digo que sea educada y se sepa comportar en muchas situaciones, que también, sino que, durante muchos años, muy poco a poco, le fuimos dando independencia, alejándola de nosotros cada día un poco más, acercándola a una altura en la que ella se sintiera segura a la hora de saltar. Aún queda resolver el tema laboral, pero trabajamos en eso igualmente. Ya toma sus decisiones sola aunque sigamos explicándole cosas sobre la gente neurotípica que a ella no le gustan nada. Por ejemplo, lo falso que somos y cómo nos acercamos a otro para ver si obtenemos información de un tercero.
Ayer se le acercó una monitora del gimnasio, a cuyas clases no voy porque no me gusta su actitud en particular ni ella en general, y le preguntó que si había dejado el gimnasio. Todo porque el otro día, con mis cosas de escribir, mis estudios, mis hijos…cerré el candado con la llave para abrirlo dentro de la taquilla. Le pregunté que si tenía unas llaves genéricas de candado de chinos, que así era el mío, y ella, sin contestar a nada, me rompió el candado y me lo dejó en la mano. Cuando la miré debió sentir la furia sorda que emitía, a pesar de mi sonrisa hipócrita de, «dientes, dientes, que es lo que les jode» y, como estoy yendo al gimnasio a las ocho de la noche, porque me estoy preparando para ascender a gestora, ella creía que mi vida de ejercicios, había quedado rota como aquel candado que puso en mi mano. Como si ya la vida no hubiera cogido ya una cizalla, y hubiera partido mi vida en dos. Como si todo dependiera de un candado de los chinos. Qué pena!
Cuando le expliqué a mi hija a qué venía esa pregunta tan rara para ella, porque es que, cuando la monitora te ve no te da ni la hora, alucinó muchísimo y dijo que nuestra forma de pensar era muy compleja. La miré unos segundos, en silencio, y le contesté: «no cariño, no es complejo, solo somos, cuando nos ponemos, una panda de hijos de puta» Y a partir de ahí!
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¿Cuál es tu rutina de mañana? ¿Qué haces durante la primera hora del día?
Me levanto temprano, sobre las 6 de la mañana. Me abrazo a mi hijo, que aún duerme conmigo, y me quedo un ratito respirando su olor. Le acaricio el pelo, le cubro la cabeza de besos, y para no despertarlo me levanto como un sioux de la cama. Muy despacio. Voy al baño, y oigo que él se levanta para ir al que está en el pasillo. Vuelve a la cama corriendo. Cuando salgo del baño, arrastrando los pies por una lesión que tengo hace muchos años y que me impide agacharme, me voy hasta la cama para darle los buenos días y abrazarlo otro poco más. No puedo estar mucho rato en esa posición, doblada como una servilleta, pero no me importa. Quiero que, si algo me pasa, si algo le pasa (no lo quiera Dios!) recuerde esos instantes conmigo. Preguntándole si ha dormido bien, afirmando que lo quiero con toda mi alma.
Luego paso a la cocina y empiezo a secar los cacharros de la cena y a colocarlos en su sitio, aguantando el dolor que me atenaza. Preparo un zumo, lo único que desayuna, un café, lo único que tomo a esas horas, y preparo lo que lleva al cole para comer allí, que procuro sea contundente. Luego me visto, le digo que se ponga el uniforme, y en ese momento comienza a aletear sus manos. Dejando claro que el cole no lo regula, que se iría volando por la ventana como un Peter Pan, deseando no crecer, si sus manos y sus brazos pudieran aguantar el peso de su vuelo.
Se pone las deportivas y yo me siento junto a él para hacerles el nudo. Se lo hago fuerte, rezando para que no se deshagan en el rato que estoy sin verlo.
Salimos de casa y nos dirigimos a la parada a esperar el bus escolar. Hablamos un poco y le afirmo que va a tener un buen día, mientras pienso que, tal vez, algo repetido muchas veces resulte ser cierto. Mientras el bus se acerca a la parada, le deseo un hermoso día y le digo que lo quiero. Y lo abrazo. Y vuelvo a besar y a oler su pelo. Hay quien dirá que lo tengo consentido, pero en realidad, lo hago solo en mi beneficio. Porque después de que él se sube al microbús, yo entro a mi trabajo. Con su aroma pegado a mi nariz. Sabiendo que así, de esa manera, podré soportar el tiempo que estoy sin verlo. Haciendo algo que me gusta, cierto. Pero si tuviera que quedarme con algo, sería en ese momento en que me despierto. Acurrucada. Serena. Madre.
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Si pudieras ponerle a algo tu nombre, ¿qué sería?
Hay una canción de Serrat que dice: «tu nombre me sabe a hierba, de la que nace en el valle, a fuerza de sol y de agua…» Y a mí me hubiera gustado mucho que alguien, al pensar en mi nombre evocara un paisaje, un sentimiento. Sería un placer dejar una huella bonita en alguien y, que al pronunciar mi nombre le llevara a algún sitio o recuerdo bonito. Eso en el mundo del metaverso y de la cuarta dimensión sería realidad, pero aquí, junto a mí, rodeada de gente que te quiere mucho muchísimo pero que no les evocas una porra puesto que te quiero porque eres, porque estás, y el día que no estés no te evoco ni te extraño ni voy a llorarle a la luna porque esto es Avatar y aquí las cosas funcionan así, pues cuando no esté se acabó. Así que podrían ponerle mi nombre a una mantequilla, a un bus, a una estrella, y, ni siquiera ante la lectura de este en la etiqueta les llevaría a ninguna parte.
No critico la forma de ser de ninguno de los habitantes de Avatar, cada uno es como es y punto pelota. Me encantaría ser tan realista, tan pragmática, y no llorarle a la luna las ausencias, pero, cuando aquí digo que echo de menos a mi madre, me miran con pena medio segundo y luego me piden que les pase el agua por favor. Y es lo que hay.
Ya he dicho que tengo nombre de culebrón, y mi madre se moría de la risa cuando lo decía. Tengo nombre de serie de estas que ponían antiguamente, donde se veía que eran rodadas con pocos medios, donde se veían fallos por todos lados, un poco como lo que me pasa a mí. No soy infalible. Soy tan imperfecta como esos seriales. Me equivoco mucho, no me gusta hacer deporte y lo hago, porque quiero sobrevivir hasta ver a mis hijos encaminados, no sé yo! escribo muchas veces en el móvil porque lo hago entre carrera y carrera a las terapias, y queda, lo que escribo, como queda, tengo un aspecto normal tirando a albondiguita (estas lorzas no se han hecho sin currarlas amigos) y cuando me enfado grito, lo que en esta casa se considera una auténtica ordinariez y a mi, que vengo de donde el grito era trending topic, me resulta hasta liberador aunque siendo sinceros, a las personas autistas un grito les supone una desregulación así que hago como Carl, el de «cosas de casa» cuento una, dos y tres, cuatro, cinco seis, yo me calmaré, todos lo veréis» y continúo con mi vida. Con muchas ganas de romper un plato, cierto, pero más calmada. Ya si eso me queda ir al baño a llorar un rato, o la lectura, para distraerme. O la escritura, que esta sí que me sabe a hierba…
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¿Qué te hace reír?
Todo comenzó una mañana. Mientras recogía su cuarto. Oyó una risa tenue, lejana. Pensó que sería la de algún chaval en el jardín que lindaba con su edificio y no le dio mayor importancia. Hasta que se asomó al balcón y no vio a nadie. Entonces quedó eso ahí, como un poso de café en una taza, en un lugar de su psique.
Al cabo de los días, volvió a oír la risa, pero ahora ya como si estuviera dentro de su minúsculo apartamento. «Las paredes de este edificio son de papel, debe ser el vecino que tiene visitas» pensó. Al cabo de un rato, cuando salió a la compra, se tropezó con una vecina y le comentó lo de la visita del vecino del 4°C y de cómo se oían sus risas. Su vecina la miró extrañada: «El señor Klaus? No se ha enterado? Murió la semana pasada de forma repentina!» Entonces se le pusieron los pelos del cogote de punta. De quién o de qué era aquella risa? Al volver a su vivienda, el silencio se había apoderado de ella por completo.
Al cabo de una semana, comenzó a oír risas y voces durante la noche, y, con mucho miedo se acurrucó más entre las sábanas y permaneció muy quieta hasta el amanecer, y con éste siguió oyendo un susurro, que sabía que se dirigía a ella pero no podía entender qué le decía. Aún.
Con el paso de los días, el murmullo se convirtió en una voz clara que le decía que debía tener cuidado y no salir a la calle porque allí se tramaba un complot contra ella en la que estaba implicado todo el pueblo. Dejó de salir, de visitar amigas, de tomar café en la cafetería a la que iba habitualmente. Dejó de hacer fotos a las flores que ponían expuestas en la floristería, y, lo que es peor, dejó de tener contacto con su familia.
Cuando la voz la apoderó por completo, comenzó a tener conversaciones con ella, y, en una de tantas, tuvo una discusión enorme porque esta no hacía más que repetirle que sus hijos, sus adorados hijos, se habían puesto de parte de los vecinos, y eran un grano de arena en aquella montaña de murmuraciones en su contra, pero ella no podía creer algo así, porque si algo sabía, si algo sentía era que sus hijos la adoraban. Ellos habían sido siempre el muro donde descansar el peso de sus vicisitudes vitales. Y comenzó a gritar que la voz era una mentirosa, cada vez más y más alto, hasta que, extenuada, cayó en un rincón de su vivienda, hecha un ovillo.
Allí la encontró su hijo a la mañana siguiente. La cogió en brazos y le prometió que, una vez más, harían frente a la enfermedad. Su hermano, ella y él volverían a retomar la lucha y volverían a vencer en esa guerra de la paranoia de la mente contra la cruda realidad. Sólo necesitaban un médico, y un poco de voluntad por parte de su madre. Sólo eso. Un poco de voluntad. «Dame la mano mamá» le dijo. «Voy a buscarte donde estés y voy a traerte de vuelta. Espérame que voy!».
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¿Cuál es tu clima favorito?
Vivía en un desierto. La sequía había afectado a toda la provincia donde tenía su domicilio y todo lo que hacía debía hacerlo dentro de aquellas cuatro paredes. Si salía fuera, moriría. No conocía a otros seres humanos y sólo contactaba con el exterior a través de videollamadas y chateos online. Sabía que, si seguía así, si las cosas seguían de aquella manera, moriría en soledad y sin que nadie pudiera siquiera rescatar su cadáver. Aquel cubículo pasaría de ser su vivienda a su tumba.
En la parte de atrás de su habitáculo, a base de mucho esfuerzo y de imaginación, había conseguido ir, muy poco a poco, creando un jardín. Con el paso de los días, de todos aquellos años viviendo sin compañía, había expandido su jardín bastante más allá de los límites de su propiedad, cosa que le daba lo mismo porque su residencia estaba en una especie de tierra de nadie, sin otro ser humano cerca.
Las plantas proporcionaban oxígeno extra a su hogar así como alimentos que eran considerados rarezas a esas alturas de la historia de la humanidad. Con el efecto invernadero, se producía agua, así que la construcción de aquel jardín era, no solo para rellenar sus ratos libres de algo que hacer, sino que además, le permitía tener mayores posibilidades de sobrevivir un día más.
Una mañana, al dirigirse al fondo del jardín, pudo distinguir, tras el plástico de su invernadero, otras plantas que ella no conocía. Al acercarse, cayó en la cuenta que otro ser humano, hombre para ser exactos, había tenido la misma idea que ella y ahora su jardín lindaba al norte con el del desconocido. Abrieron entre los dos un lugar por donde encontrarse, y, tras años de no tener contacto con otro ser humano, se abrazaron y lloraron juntos el alivio de no saberse solos nunca más. Y, estando en ese abrazo, oyeron un ruido extraño. Algo tropezaba con el invernadero al caer desde vete tú a saber de dónde. Asomaron sus rostros tímidamente y descubrieron que lo que oían era lluvia. Entonces decidieron salir al exterior, y vieron que otros seres humanos habían tenido la misma idea. Volver oasis su parcela de desierto y, poco a poco, lo que antes únicamente era un paisaje yermo, se había convertido en un vergel. Con un poco de recelo ante una situación tan extraña, se fueron acercando unos a otros y, al encontrarse, unieron sus manos creando un círculo perfecto, miraron al cielo, y, en silencio permitieron que la lluvia mojara sus rostros llenando sus mentes de esperanza. Ya había acabado su soledad. Ya no morirían solos.
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¿Qué te gustaría tatuarte? ¿Dónde?
Si me tatuara algo sería en mi mente. En ella pondría que recuerde que todo lo que siento es válido y que mis pensamientos son producto de la vida que he tenido. Que con ellos me convertí en la mujer que soy. Que gracias a ellos he sobrevivido. Tal vez suene a tontería eso que he dicho, pero en mi entorno, hay personas a las que amo que decidieron un día desconectar su mente, apagarla desde dentro como a un enorme motor al que se accede con un interruptor minúsculo e inventarse una vida paralela a la que prefieren volver cuando dejan de tomar la medicación. En su propio Avatar. Pero este, lleno de monstruos, como las pinturas negras de Goya, torturando sus mentes una y otra vez. Porque, para sus desgracias, estos seres que atacan su interior y que les hace hacer cosas aparentemente ridículas, son mejores que los de carne y hueso. Esos que tienen nombre y apellidos y que habitan entre nosotros, siendo respetados por todos, porque los demás no ven lo que nosotros vimos. Su verdaderas caras.
Si tuviera que tatuarme algo sería algo así como utiliza todo tu ingenio, toda tu fuerza, y sigue caminando. Viviendo. Resiliencia. Qué palabra más bonita, llena de música, de textos, de horas de estudios arrancadas al sueño, de ajustes económicos, de sacrificios.
Si. Si tuviera que tatuarme una sola palabra sería esa. Resiliencia. Es algo que no sólo debemos ponerlo escrito en la piel, sino en el corazón, en la mente, en el alma. Y atrincherarla ahí, para el próximo disgusto. Como el que tengo yo cuando veo caer a alguien que estuvo conmigo en la batalla. Ahora mismo soy como la madre de Jesús en La Piedad. Lloro por las almas perdidas, por nuestra maldita suerte, por ti mi niña linda. Sujeta mi mano. Sujeta mi fuerza. Agárrate a la vida.
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¿Quién es la persona más segura de sí misma que conoces?
Si la pregunta esta la hubieran hecho en pasado, la respuesta habría sido sin duda mi madre, pero, como es en presente, y como me gusta responder a esto lo más sinceramente posible, me rompí el coco un rato hasta dar con la respuesta. Y me acordé de sexy boy.
Sexy boy es un tío con el que trabajé algo menos de un mes. Cuando dije quién era mi compañero, la gente me miraba, empezaba a agachar la cabeza y me preguntaban en voz baja si el tío era fotógrafo o si era el acosador. Ambas personas son la misma, aunque he de decir que, por lo menos conmigo, tal vez porque no era su tipo, se comportó de manera correcta. El único pero era que quería llevarse todo el protagonismo porque en el sitio donde trabajábamos te pueden nombrar cargo de confianza y, si no has aprobado las oposiciones, como le ocurría a él, puede ser una opción más que interesante. Así que él se dedicaba a hacer las cosas y adulaba a los jefes con vinos traídos de sus viñedos, mientas yo solo podía mirar de lejos, y aprender a base de preguntar a otros compañeros. Soy lista porque ser una superviviente te hace espabilar pero daba mucha rabia trabajar a ciegas. Estoy segura, si hubiera seguido, que me habría ido muy bien. Pero no podía soportar el ambiente servil y de peloteo que existía y sigue existiendo. De hecho, me enteré que esta semana, han nombrado a la que considero una tía muy trabajadora y una gran pelota. Le he dado las felicidades. Ella tiene el combo del que yo carezco.
Al grano. Sexy boy. Empezaré diciendo que es un tío de mi edad, 54, canoso, delgado, no muy alto, que tartamudea un poco al hablar. Es un muy buen fotógrafo, va a una dietista, si amigos, me compartió que iba a una por si quería deshacerme de mis lorzas, y además, creo que, por algún lado asoma una discapacidad que es detectable y llevable solo si tienes mucha cintura para aguantarla. Es un plomo, nivel Dios del Olimpo con cualquier chica soltera que respire con normalidad, siendo esta susceptible de ser agasajada con una caja de bombones y lo que se tercie. No se tercian muchas más cosas, la verdad. Yo no recibí ninguna porque como digo, debes cumplir con los dos requisitos anteriores. Respirar, yo lo hago malamente por mi alergia y ser joven. No amigos! Él es joven con 54, yo con su edad, al asilo nena!
Le puse el sobrenombre de sexy boy porque, cuando camina, puedes oír la canción de los Right Said Fred, I’m too sexy mientras camina.
Siendo como es un tío feo, con el problema añadido de su falta de fluidez al hablar, es el hombre más seguro que conozco del planeta Tierra. Camina de manera desgarbada pero con un aplomo del que carezco. No quiere a cualquier mujer en su vida, quiere un prototipo que a lo que él considera que merece y, para ser honestos, él cree que lo merece todo. Yo creo que la vida me lo puso delante para que aprendiera algunas cosas de él, no las laborales, no, porque él no soltaba prenda, pero si de actitud en la vida. A veces me gustaría ser como él. Sentirme merecedora de todo lo bueno, pero en mi existe un cable toma-tierra chungo que hace que nunca crea ser suficiente. No escribo bien, no soy buena madre sino un desastre con patas que hace lo que puede, en el curro soy un bah, en fin, que tengo mucho que trabajar para llegar a sentirme en mi pellejo la mitad de bien que él con el suyo. Y yo el suyo no lo tocaría ni con un palo. Pero admiro su aplomo. Su seguridad. Los límites que pone.
En los últimos exámenes de oposición fue mi hija y coincidió con él. La casualidad de que los apellidos de ambos empiezan por la misma letra. Consiguió dejarla toda loca en un momentito porque él intentó ligar incluso, con la persona a la que le tocó vigilar el aula. Ahora mi hija, cuando me enfado me suelta: «rrrr, qué carácter!!» Que fue lo que él dijo cuando la otra le recordó que no estaba en un bar. Tal vez no tenga el don de decir las cosas donde se debe, pero lo que sí que hay que admirarle es la seguridad que lleva en su ser. Cuando vean a alguien moverse al ritmo de «I’m too sexy» probablemente estén ante la persona con el ego mejor colocado del mundo. Hagan paso!
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¿Qué estrategias usas para lidiar con las sensaciones negativas?
Ayer fue un día convulso. Suele serlo cuando es el aniversario por la muerte de tu madre. La llevas todo el día en el coco, con esa sensación de nubecilla gris sobre tu cabeza, con un aluvión de mensajes telefónicos que recibes porque el resto de la gente que la conoció también la echa mucho de menos, y con esa tristeza que se queda abrazada a ti todo el día. Como una cría de koala. A tu espalda.
Encima de estar toda la jornada aullándole a la luna, me dice la tía a la que sustituyo que ya está de alta, hoy sábado, y que va a pillarse las vacaciones de 2025. Podría haber cogido las del año pasado, y yo haber estado trabajando un mes más en sustitución pero, por lo que sea, ha preferido que su mesa se pegue más de un mes sin funcionaria que la haga funcionar. Sé que yo no soy santo de su devoción. Y ella y yo, hace años, tuvimos alguna movida en la que le expliqué que ser funcionario significa tener un poco de educación y respeto por el que tienes delante, ya sea compañero o usuario. Ahora le debe escocer un pelín que no se la eche de menos y que yo me ofreciera a hacerle el trámite de solicitar las vacaciones por ella. Cuando entregas mal y recibes bien es una putada cósmica. Vas en busca de pelea y te encuentras con que, incluso, te ayudan. Habrá deseado mucho escupirme con su bilis, pero se encontró con alguien que perdió hace muchos años el interés por discutir por chorradas.
A última hora de la tarde, recibo un mensaje de móvil. Acaba de fallecer la madre de mi compañera y amiga en el Registro. El mismo día que mi madre. Y pienso en que hay veces en las que uno debe entender que no son todo coincidencias, sino alineaciones de astros, el cosmos, Dios, o como quieran llamarlo. Por la mañana había puesto un aparato que sirve para limpiar la placa de descanso que me pongo por la noche a funcionar. Al cabo de un rato, comienza a apagarse y a encenderse. Como no se aclara, lo apago yo. Se vuelve a encender. Lo vuelvo a apagar. Sigo con mis cosas y vuelve a encenderse. Tres veces lo mismo. Decido desenchufar el cacharro. Y entonces me viene a la cabeza la madre de mi compi, que, al igual que mi madre, tiene el mismo nombre que su hija. Siento que partirá ese mismo día. Puedo incluso sentir a mi madre diciendo que la mujer va a estar bien. Que ella siempre fue una gran anfitriona y que estará al otro lado esperándola. No quiero imaginar la cara de la señora cuando vea a mi madre acercarse con toda su buena energía, con su paso enérgico, su sonrisa en los labios y ofreciendo un abrazo de bienvenida que hace que se te quiten todos los miedos.
Al apagar la luz para dormir, he apoyado mi cabeza en la almohada y he caído en la cuenta de otra cosa. He hecho lo mismo que mi madre hacía con la gente mal rollo. Sonreírles, ofrecerles sus mejores viandas, y si te vi no me acuerdo. Y me he sentido orgullosa, porque no hay nada más bonito que devolver bien por mal y dormir esa noche como un bebé. Y es lo que he hecho. Y me ha sentado maravillosamente.