LO QUE HE APRENDIDO

Si la gente cree que de un diagnóstico como es el autismo no se aprende nada, se equivoca. Otra cosa es que te regodees en el dolor y en no salir de ahí porque tu cerebro recibe placer en la queja, que es algo que ocurre y que ha demostrado la ciencia. Yo preferí sacar de la noticia y de lo que vivo, aprendizajes. Por ejemplo, he aprendido a que no es un dolor tan grande el diagnóstico como que la vida te golpee con una enfermedad, por ejemplo. También he aprendido a no mentir. No hay nada peor para un autista que decirle que vas a hacer una cosa o vas a ir con él/ella a algún sitio, y no cumplir con lo dicho. Eso es de primero de tratar con una persona como ellos. He aprendido a relativizar. Cuando falleció mi madre me acompañaron en el dolor, pero al cabo de poco tiempo me dijeron que debía asumir que no iba a volver a verla y que era doloroso, si, pero que todos íbamos a pasar por ahí antes o después y que ya si eso, fuera pensando en mitigar eso que sentía.

Recuerdo que, cuando mi hija se fue de viaje de fin de curso, una de las cosas que me preocupaban era que sufriera un accidente y no verla más (es lo que tiene la ansiedad, vivimos muchos frentes catastróficos que nunca sucederán). Pues bien, poco antes de irse me preguntó ella que por qué estaba tan nerviosa. Como no contestaba me dijo: «Si crees que puede sucederme algo y que muera te diré una cosa, si me muero, no pasa nada, uno no sabe dónde le toca, así que tranquilízate». Creo que no me había sentido tan ridícula en mi vida.

He aprendido a ser respetuosa. Es lo que tiene vivir en minoría. Lo he sido tanto, que no he movido nada prácticamente de mi casa por miedo a lo que pudieran afectarle los cambios. Ahora que son todos algo mayores, puedo, por fin, dedicarme a arreglar esta desvencijada vivienda y hacerla habitable para quienes son mis herederos.

Otra cosa que se me ha acentuado de vivir con ellos ha sido mi poder de observación. Cuando no se establece una comunicación efectiva, observar y tomar nota de cambios físicos, psíquicos…y estar atenta ante posibles enfermedades me ha dado un master. Estar presente para lo que necesiten es algo que se agudiza con la convivencia. Con ello también aprendes a encontrar las cosas que tienes en común, lo que te une, entenderlo, y hacer pegamento con ello.

Las convivencias nunca son sencillas,ni siquiera con nuestros hijos, y, a medida que se van haciendo mayores y que ya no hacen lo que tú les dices porque ya no eres el oráculo de la verdad porque has sido sustituida por sus propios pensamientos y creencias, la cosa comienza a ser peliaguda. Si a eso le añadimos que ellos, con mayor frecuencia, comienzan a tener una serie de rituales sin los que no pueden estar, pues apaga y vámonos. Por eso me gusta llevarlos a que vean el mundo neurotípico y que vean que hay cosas en él que son maravillosas. Por ejemplo, viajar con mujeres que rozan o pasan de los cincuenta años, con todas sus majaderías, y hacerte un hueco, a tus dieciocho años, entre ellas.

A finales del año pasado nos fuimos a Granada. A ver la Alhambra y a hacer turismo por la capital. Antes de irnos me dijo que no estuviera nerviosa. Que el viaje sería una maravilla, y no se equivocó. Eso sí, a causa de los madrugones, de los larguísimos paseos, de no tenemos planeado donde vamos a comer, ni cenar…ni nada, cuando llegó el penúltimo día se puso mala de morirse. Cosas de que tengas una menstruación muy dolorosa y le añadas ese plus. Menos mal que mejoró y por la tarde volvió a unirse al grupo. Y así terminó lo que, sin duda, ella y yo nos llevaremos, y, cuando la parca venga a buscarme, y mi vida pase por delante de mis ojos, esa, sin duda, será algo que vuelva a revivir. Y así, con ello, espero no temerla cuando venga.


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