Mis dificultades en Avatar

Ayer fue un día «molto difficile» para mí en Avatar. De entrada, por la mañana, aterrizando en el trabajo,  caigo en la cuenta de que el niño no se ha tomado la medicación para el tdah. Miro el reloj y son las ocho y cuarto, es decir, aunque llame a casa, él ya no está. Me pongo triste. Tiene un examen de recuperación y yo acabo de pincharle una rueda. Me enfado conmigo misma, y estoy, toooodaaa la mañana flagelándome por semejante ignominia. Luego recuerdo que debo ir a buscarlo en un taxi, el tiempo y dinero que me supone, y ya me pongo en nivel «menos mala madre». Salgo del trabajo y voy a comer con mi hija. Entre plato y plato, toca aguantar las voces de un señor borracho como una cuba. Él no tiene la culpa de que la bebida y su adicción hiciera polvo a mi familia, pero yo hace tiempo que llené mi cupo de alcohólicos y pido la cuenta. La camarera tarda en llegar a la barra y yo ya estoy cabreada. Quiero dejar de oír a ese señor arrastrar las palabras aunque para ello tuviera que achuchar a mi hija para que acabara de comer. Me voy a buscar a mi petit enano caliente como una mona.

Llegamos a casa en un viaje en taxi que me descubre, una vez más, que el mundo de una isla es un kleenex. El taxista y yo tenemos conocidos en común, es más, tenía un negocio en el barrio en el que viví hasta que me casé y su madre vive en el barrio donde trabajo y donde vive mi aún suegra.

Salgo del taxi más contenta que la mar, llego a casa, monto una mesa plegable que me compré en el chino del barrio, le pongo una silla de la cocina que ya conoce mis cuartos traseros y comienzo a estudiar para gestión.

Antes de eso, me meto en una aplicación de esas que te dicen  que estás aprendiendo idiomas (spoiler, no) y, con los auriculares puestos, comienzo una lección. En mi cama, junto a mi hija que duerme una súper siesta. De repente se pone tensa y noto su enfado. Es capaz de oír lo que hago aunque me meta los auriculares dentro del cerebro. Bajo el volumen y quito la vibración que hace para que no moleste a esa pequeña gran tiquismiquis que duerme a mi lado. Cuando termino le pregunto que si quiere café y tras un, «menuda siesta!» me dice que sí.

Comienzo, ahora si, a estudiar y, aquí, en Avatar tu sonido es muy molesto, pero mis hijos, en el salón comienzan a hablar en otro idioma, en uno que sólo entienden ellos, de esos que conectan directamente con el amor que se tienen, y a mi no me queda más remedio que cerrar la puerta de mi habitación.

A las ocho y pico me estoy preparando para ir al gimnasio y veo a mi hija peleando con una lata de carnes, de esas que se abren girando una llave. La llave no ha hecho su función, o su psicomotricidad decidió abandonar su cuerpo, y ahí está peleando por conseguir terminar lo que empezó. Abrir la lata. Puedo sentir su cabreo supino flotando en la cocina. Está utilizando un abrelatas de mala manera y, antes de que se ampute un dedo, decido quitarle muy suavemente la lata de sus manos. Ahora mismo, mi hija es un oso grizzly y yo, yo puedo ser una víctima perfecta. Le digo con suavidad que está ofuscada y que su padre, cuando venga del trabajo la ayudará con la maldita lata. Me entorna los ojos y me dice que la tire a la basura. Ni caso. La pongo en la nevera. Ella cruza por delante de mí, y se mete en MI habitación, cerrando la puerta, y entrando al baño que hay dentro, para cerrar su puerta también. Como la conozco, antes de ponerme las playeras, toco en la puerta del baño. Le pregunto que si está bien y me pide, no, qué coño! me exige! que no entre a MI habitación y que me largue. Le tomo la palabra. Antes de irme le digo al hermano que se ponga a fregar los cacharros, cosa que hace de mil amores. Quiere comer y si, para eso, hay que ayudar, no problemo.

Llego al gimnasio. A las 9 de la noche, un viernes, el local es un páramo. Claro! Hay que lucir lo que se ha trabajado durante toda la semana! Mi clase es virtual y veo que están limpiando la sala. Me siento fatal. La monitora me dice que no importa. A esas alturas me siento una rata de cloaca. Me pone una clase de spinning facilita y, como me ha dado tanto apuro, no he colocado la bicicleta y me doy en una de las rodillas. Tanto, que creo que me va a salir un moratón tamaño Japón.  Me bajo a colocar el manillar. «En el pecado llevas la penitencia » me digo. Bien de flagelarme mentalmente! Acabo la clase aún triste por el día que llevo, pero contenta porque he conseguido ponerme de pie en la bici muchas veces. No para ningún premio, pero sí para mejorar mis doloridas rodillas.

Llego a casa y, nada más entrar, mi hija me abraza pidiéndome perdón. Le digo que vale, y me cuenta que su padre consiguió abrir la latita de las narices, pillar la mitad de su contenido, y cenar con ellos. Papá 1 latita 0. Me voy a duchar. Ceno como un pajarito y me arrastro hasta la cama. El enano se pone junto a mi y me pregunta si voy a cuidar de sus sueños. Le digo que me abrace, así tendrá la absoluta seguridad de que no voy a soltarlo en el viaje a los sueños. Luego me pregunta si se olvidó de tomar la medicación. Le digo que si. Tras un rato en silencio, me dice que el examen estaba muy fácil y que no le hizo falta la pastilla. Los exámenes siempre son fáciles según él y luego los escacha a tope.  Otro silencio. Tras un rato me dice que me agradece que le insistiera en tomarla. «Gracias por arreglar mi vida mamá!» Y con esas palabras tan inesperadas, que vienen de una persona que nunca dice lo que siente, con el corazón lleno de amor, me deslizo hacia el mundo de los sueños. Con el enano, por supuesto!! ❤️

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