Esta semana ha sido un puritito corre corre. A la locura de lo que me sucede en lo laboral, tuve que añadir el crío y sus exámenes, más trabajos varios, más deberes, más notas que te dicen que el jueves próximo habrá churros con chocolate en el desayuno, que el plazo máximo para dar el dinero es el viernes pasado y que no he conseguido recordar. Le daré el dinero el lunes y rezaré para que no se quede fuera. Además, en el sumatorio de toda esta locura diaria que me ha impedido incluso ir al gimnasio, se ha añadido a que mi hija no ha estado bien. Migrañas, dolores menstruales que son un auténtico horror, cansancio…todo ello ha restado mucho de una ayuda logística que me es fundamental pero con la que no cuento cuando está así. El padre trabajando y cuidando a su madre…en fin! agotador!!
Hemos conseguido casi terminar una maqueta que nos ha quedado pinturera, sobre un paisaje tropical. Mandar hacer eso a alguien cuya psicomotricidad es pésima es condenar a su familia a buscar al bazar de turno cosas que podrían servir para poner en el dichoso trabajo. Perder dos tardes de gimnasio. Levantarte con un dolor de cuello de la silla de narices. Todo ventajas vaya!! No sé qué nota nos pondrá, pero vamos, yo creo que estamos aprobados! Hasta su padre trajo ramitas para crear los árboles. Es nuestro primer trabajo familiar.
Luego está mi labor de jefa. Resulta que subí planta por planta preguntando quién cogería permiso la semana que viene, y que me podían localizar en mi extensión telefónica para lo que quisieran. Pues en la última planta me formaron un follón de mucho cuidado. De una me lo esperaba, de la otra persona, que trabajó conmigo y que me conoce, no. Subí en el ascensor llorando, y ella subió detrás para decirme que no creía haberme faltado el respeto. Todo ello gritando. Que digo yo, que qué entiende la gente por faltar el respeto! Qué flaco favor se está haciendo en este país a las formas! Puedo entender la preocupación de lo desconocido, pero no que te conviertas en algo peor que lo que uno ve en algunos barrios donde la pobreza excusa esos comportamientos. Y no en todos los casos! Que hay gente que le da tres vueltas en cuanto a educación se refiere. En fin!
En medio de todo este maremágnum de hechos y deshechos, me tocó ir a buscar al niño en la guagua, a la que tengo que coger como a media hora de camino de casa, con un frío pelón, y con una lluvia que comenzó nada más poner el chiquillo un pie en el exterior. Salimos corriendo a la parada, y, con nosotros, un grupo de chavales del cole bien ruidosos. Cuando pasaban los conductores de las guaguas escolares, les sacaban el dedo corazón, supongo que consecuencia de habernos dejado sin transporte a todos los que estábamos allí. «Juventud divino tesoro» decía la poesía y yo, la verdad, los observaba como cuando ves algo que no sueles, con lo que coincides poco, algo que te deja maravillada para bien. Cuando bajamos de la guagua, comienza mi hijo a contarme qué le ha narrado una profesora de lengua sobre su época universitaria, qué le ha pasado a él durante la mañana, mientras yo lo observaba en silencio por el shock que da oír a tu hijo hacer algo por vez primera. Esas cosas pasan. A veces sus conexiones neuronales hacen match una vez y no vuelve a ocurrir nunca más. Yo le iba sacando las palabras con preguntas cortas, mientras él contestaba con frases largas. Se me hizo corto el camino desde la parada hasta casa que son unos quince minutos.
Al llegar, di un suspiro y me resigné en que, probablemente había visto un cometa, pero no uno cualquiera, uno como el Halley. A ese nivel. Me cambié, me puse con el paisaje tropical con su hermana y con él, en un silencio solo quebrado con un: «pon esto aquí» «pega eso ahí» «sujeta…» envuelta en el buen rollo que me había dejado la conversación.
Cuando me fui a la cama, a punto de cerrar los ojos sin esperar por el chiquillo, entra en la habitación con sus slips, descalzo, y una sonrisa brillante. Es su forma de andar por casa. Nunca tiene frío. Vuelve a conversar y ya no pienso en que he visto un cometa. Estoy viendo un milagro. Uno neuronal. Vuelvo a quedarme sin saber qué decir y creo que todo está mereciendo la pena. Lo abrazo y le beso y, cuando se va de la habitación, me duermo. Con la luz encendida. Agotada. Con una sonrisa como de haber ganado el euromillones!
