¿Con qué consigues evadirte?
Yo, más que evadirme, suelo relajar mi cabeza entre la música y la lectura. He descubierto, además, que, si me pongo un audiolibro, soy capaz de vivir la narrativa como si estuviera en ella y me veo gritando: «No!!» cuando me sorprende lo que oigo es un puritito giro de los acontecimientos. Ahora estoy con «Jotadé» que me está gustando porque el protagonista es de la raza calé y a mí me agrada la gente que va contracorriente, tanto, que los que han seguido el camino que la sociedad esperaba de ellos, le preguntan que si su profesión es resultado de una caída de la cuna. Me agrada la gente que no hace lo que llevan tatuados en la piel en forma de sino. Los que, si hace falta, se lo arrancan, como hizo mi madre.
La música ha sido otra de mis grandes pasiones. Si es en un idioma distinto del mío, intento que mi cerebro consiga descifrar qué me quiere contar el que escribió esa canción. Me encantaba escuchar a Édith Piaf o a Shirley Bassey, que era la crush del padre de mi mejor amiga en el cole (qué coño! mi única amiga en el cole) y que con algo debí sorprenderlo que, cuando me llevaba en el coche, solía preguntarme y comentarme las jugadas más interesantes en el mundo de la canción. Debieron ser mis gustos viejunos, producto de criarme con mi abuela y con unos tíos a los que, como a mí, nos encantaba ocultar nuestras caras detrás de un libro.
Mi madre era una gran lectora, aunque a ella le iban más los libros de biografías, que devoraba porque era de natural curiosa, tanto, que era capaz de, leyendo una entrevista en «Hola» su revista de cabecera, te podía decir quién mentía sobre tal o cual detalle de su vida. Yo, mientras, buscaba en Google lo que ella me contaba que era verdad cien de cada cien veces.
Su cantante preferido era Roberto Carlos y, cuando sacó una canción con su nombre consiguió el giro argumental definitivo. Mi madre lo ponía siempre que íbamos en el coche, a toda pastilla, yo con un ojo en la carretera y otro en las estrellas, supongo que para hacerme a la idea de qué vería cuando semejante conductora loca nos llevara hasta ellas. «Toda esa vida errada, que he vivido hasta ahora, comenzó en el triste día, en que me dejaste solo oh, Ana, Aaana, Aana, oh oh oh Ana, tengo ganas de tu amor» cantábamos ella y yo desgañitándonos, cada una por un motivo distinto, ella porque, lo mismo que aquel coche, iba dirigiendo su vida en una dirección distinta de lo que se esperaba de ella, yo porque, como buena copiloto, miraba en silencio cómo se alejaba de mí porque sabía que su viaje no era «nuestro» viaje, solo suyo, buscando la felicidad a toda costa. Sin importar sacrificios ni sufrimientos. Luego nos volvimos a encontrar hasta que la vida, esa cabrona, decidió que, definitivamente, debía apearse del tren en el que viajaba. Yo seguí en él, asomada en la ventanilla, viendo como mi madre se iba haciendo cada vez más pequeñita, yo gritando que la iba a echar de menos, que jamás había conocido a nadie tan buena gente ni tan especial. Ella me dijo que la recordara, pero no mucho, para no vivir mi vida penando, como el gato de Roberto, que se quedó triste y azul, aunque, como en la canción siempre sabrá de mi sufrir, porque en mis ojos una lágrima hay.