Te hecho de menos. Cuando miro a mi hijo y caigo en la cuenta de que no le viste cumplir ni siquiera el año, siento una tristeza profunda porque tu muerte fue un fracaso médico y del entorno. Cuando alguien toma la decisión que tú tomaste, los que nos quedamos aquí rumiamos qué pudimos haber hecho diferente, si no contestamos a tus llamadas con la suficiente celeridad, si no te dijimos demasiadas veces lo que te queríamos. Mi madre te recordó hasta el último día de su vida y, cuando partió lo hizo en el temor de no verte al otro lado, porque su educación le hacía creer que tú irías a Boston y ella a California, hasta que yo la tranquilicé diciendo que sí que sí que tuviera la esperanza de que eso ocurriría. Entonces se fue con su alma más ligera al otro lado!
La depresión, y quien lo ha vivido lo sabe, es como un monstruo gigante pegado a tu espalda, que va alimentándose de tu energía y acabas como lo hiciste tú, arrastrando los pies como un anciano, abrazándome suave como si pudieras romperte, preguntando a tu hermana si no podías enviarle WhatsApp preguntando qué debías hacer en todo momento. La depresión es un asco. Uno de enormes proporciones, tanto, que yo era incapaz de reconocer al hombre con su agudo sentido del humor, fuerte, que parecía capaz de gestionar un imperio, tras cuyas espaldas se escondía tu madre en las movidas con tu padre. Eras la única persona por la que él sentía respeto, pero es que eras culto, hiciste un viaje por casi toda Europa, con tus primos, en una época en la que eso era una audacia, lector impenitente, amante de la música de Nat King Cole, que no podía reírme más cuando te veía imitarlo porque eras un cachondo, o asomabas tu cabeza de algún cuarto y movías las orejas de soplillo que Dios te dio. Te debo todo lo que sé. También te debo haber dado la cara por mi en ocasiones en que debió estar mi padre, y tú que no querías hijos, decidiste que la vida te diera una sobrina coñazo. Eso sí, eso te dio derecho a un hueco en mi corazón hasta que cierre mis ojos. No todo el mundo tiene derecho a ese puesto! Tampoco sé si te importe esto una porra!
Lo que más rabia me dio de tu marcha es que, cuando fui a despedirme de ti, antes de la incineración, fue ver tu rostro con aquella paz, aquella felicidad, mientras yo me moría por dentro. Antes de abandonar la sala te dije que te veía bien y luego te deseé buen viaje. Luego fui a llorarte tras la mampara, a sostener a mi madre que te adoraba y que no quiso verte muerto.
Mientras siga con vida, mientras tenga memoria, tú serás mi tío varón favorito y de los hombres más importantes de mi vida con permiso de mi hermano, mi hijo y mi aún marido. Te quiero mucho cariño!