Este está siendo mi lema desde que empecé a caer por la pendiente de la tristeza. Me sentía quemada, agobiada, sola, que, si tenemos en cuenta que mi madre era mi mejor amiga en el mundo y que he tenido que distribuir ese amor que sentía por ella entre otras personas que, sin ser lo mismo, también merecen tener un hueco en mi corazón, sin ser ni de lejos lo mismo, pues todo hace un cóctel de esos que te arrastran suave hacia donde te quieren llevar y te escupen en una resaca de las malas a la orilla de una playa.
Total, que, echando mano de mi fortaleza, esa que me ha sacado de más de un jardín y a la que he dado vacaciones, decidimos, entre las dos, que ella se iba a un spa mientras que yo, este ser vulnerable que escribe, dejaba de sobrevivir sola y pedía ayuda.
Ahora estoy un poco mejor. Me ha costado digerir que muchas de las cosas que hago son decisiones que tomo para demostrar al mundo que puedo sola. Y, siendo eso verdad, lo es también que, con ayuda, las cosas fluyen de mejor manera. Y si debo hacerlas sola, puedo contarle a alguien que estoy hasta los topes, o que podría hacerlo sin ayuda pero que prefiero compañía. El sábado pasado, por ejemplo, salí a comprar dos aspiradoras para la casa. Una tiene un sistema de limpieza de colchones y la otra es para que, ella solita se ponga en marcha cada día, sin testigos. Quedé con mi tía más pequeña que es en cosas tan de diario como esas bastante más eficaz que yo. No quería que ella decidiera por mí, pero no deseaba hacerlo sin ayuda, sin oír a otra persona, sin anécdotas, sin risas.
Ella acudió triste por mi salida del grupo familiar y, después de hablarlo, de preguntarme si estaba bien, si necesitaba algo me dijo que el grupo estaba triste. No me acordaba que estuvo años sin hablarse con mi madre y el peso de esos años vividos sin ella, más el hecho de que, mientras mi madre se iba, lo hacía también su suegra que falleció pocos meses después, han hecho que ya no desee ningún conflicto más, ninguna arista. «Sólo quedamos cuatro gatos» me dice. Y es cierto. Somos muy mayores para gritarnos un «No te ajunto» que decíamos en nuestra infancia y que arreglabamos antes de dormir.
Ya no vale la pena enfadarse. Sobre todo con gente que te vio crecer, que jugó contigo, que no te conoce, pero que ya no te importa porque como dijo ella, «somos cuatro gatos». Y con ese soporte se fue mi madre. Y con el mismo soporte me iré un día yo. Entonces me acordé de Avatar y sentí mucha pena. Quién será su soporte cuando yo no esté? Una cosa cada vez. Vayamos a ello cuando toque. He vuelto al grupo familiar. Para ir poniendo las bases a ese soporte.
3 respuestas a “Una cosa cada vez”
una piedra otra piedra y una mas hacen un cimiento, una base donde apoyarse👏👏
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Si. Cierto! Gracias Manuel! ❤️
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Un abrazo
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