Carta de mi yo de 2030

Hoy me he levantado tarde. Hacía tiempo que no dedicaba tanto rato a dormir y ahora, a un mes de cumplir los sesenta, lo he conseguido.

Mi «enano» ya tiene 17 años y ha decidido hacer un grado en educación infantil. Dice que quiere ayudar a los niños que, como él, decidieron que era mejor volar que caminar y ahí está, haciendo prácticas en un colegio donde estoy segura de que lo escogieron por alto, por guapo y por su eterna sonrisa, esa que ilumina esta casa ya de por sí luminosa cuando entra por la puerta y grita: «holaaa!» Tiene una medio novia, aunque cuando le pregunto hace como su tío, me mira, pestañea, y pasa de responderme.

Mi hija sigue viviendo conmigo. Ya trabaja de tramitadora porque, como auguré hace cuatro años, aprobó y sacó su plaza por segunda vez. Se quedó conmigo cuando su padre, el simio de espalda plateada como le llaman mis hijos, decidió marcharse. Quedamos en no vender la vivienda y él se fue a vivir muy cerquita a donde fue la casa de su madre. Mi hija a veces, al salir del trabajo, para en su casa y comen juntos. A veces no come con ninguno de los dos porque queda con amigas que ha ido haciendo en esa enorme Ciudad de la Justicia. El enano lo lleva peor pero yo le digo siempre que si por algo no nos hemos ido de aquí es por todo el amor que les tenemos su padre y yo. Mi hijo me mira un poco suspicaz y en silencio pero eso es muy propio de su edad. Como decía la canción «volver a los 17, después de vivir un siglo, es como descifrar signos sin ser sabio competente». Eso me pasa cuando hablo con él. No sé descifrar aún sus signos.

Me compré un coche pequeño para poder seguir visitando la casa del sur y, ahora, lo cargo de maletas, hijos y amigas y nos pasamos el fin de semana no haciendo otra cosa que ir a la playa y comer fuera. Es muy raro, pero así llegó la tan ansiada independencia que anhelaba. A las malas. Pero la lección está bien aprendida!

Tengo un buen grupo de amigas, de esas que, cuando el simio de espalda plateada abandonó Avatar, estuvieron recogiendo los pedazos de un puzzle que cayó al suelo donde se perdieron algunas piezas. Ya el puzzle no es el mismo, pero hace su función mientras yo, poco a poco, voy creando nuevas piezas que rellenen los huecos que faltan. He de reconocer que, desde que Avatar no tiene a quien se creía líder, yo duermo y vivo mejor. Es curioso! Pensaba que no podría levantar el morro del Boing 747 en el que se convirtió mi vida aquella mañana en que decidió marcharse, pero sí lo hice y ahora, si volviera, no le daría los mandos del avión nunca más. Ahora vive solo, se pidió una señora que viniera a limpiar cada semana, invita a sus amigos, pasan el rato tocando las narices a los vecinos con sus carcajadas, y recibe la visita de sus hijos que le avisan en ese código tan particular que crearon entre ellos. Tiene todo el tiempo del mundo porque se jubiló en cuanto cumplió 60, y, ahí, miró a su alrededor, y descubrió que yo ya no estaba en su vida y, para mi sorpresa, resulta que él tampoco en la mía.

En un instante se me acabaron las ansiedades, las rumiaciones, empecé a disfrutar del sueño y también de viajar con mis hijos con ojos de niños chicos, explorando todo con curiosidad y respeto. No sabe una la cantidad de maravillas que existen por ahí hasta que no da con ellas!

Este año planeamos hacer el Camino de Santiago, antes de que yo sea demasiado mayor para cargar con una mochila, aunque el gimnasio está aportando su grano de arena en este esqueleto que me sostiene. Cumplo los 60 en julio, así que llegaremos a Santiago en todo el apogeo de la ciudad. Esa ciudad maravillosa con la que me quiero reencontrar y abrazar al Santo, a ese a quien con trece años abracé como más tarde hice con mis hijos y le pedí por favor regresar. «Te lo concedo» me dijo y yo, he decidido salir a su encuentro.

,

2 respuestas a “Carta de mi yo de 2030”

Deja un comentario