Mis creencias infantiles

¿Qué es algo que creías de niño y que ahora te parece ridículo?

Cuando era niña creí, como todos los de mi edad, que existían tres señores, Reyes para más señas, que trabajaban a destajo un día y pico para traernos regalos que podían coincidir o no con lo que les habías puesto en la carta de marras que escribías con todos los nervios a flor de piel. Luego caí en que, en otros países, era un señor vestido de rojo con mucha pinta de buena gente, que se deslizaba por las chimeneas, siempre apagadas, de los hogares agraciados y eso ya fue un mosqueo sideral porque yo no entendía esa diferencia entre países, que yo era pequeña, si, pero siempre he atado cabos de una manera maravillosa.

También creí en el Ratoncito Pérez que luego resultó ser un hada en otros lugares y ya, la balanza de 3 Reyes versus Noel, quedó equilibrada con Ratón frente a Hada. Es decir, un hada preciosa para unos y un ratón con sus orejotas, sus ojos chiquitos y su gran cola? No es justo. Ni estético.

Llegué a creer que los matrimonios eran todos felices y se amaban porque ninguno de los dos cogía el portante. Más adelante, claro está, entendí que no existía el divorcio en nuestro país, y que lejos de ser felices, aguantaban porque no había forma humana de disolver aquello y, cuando eras abandonada por tu marido, te veías en un problemón porque necesitabas su autorización para abrir una cuenta corriente, como si tu materia gris fuera distinta, más infantil, con alguna discapacidad desconocida por todos menos por quien puso esa norma. Recuerdo una anécdota maravillosa (vaya por delante que llamarla «maravillosa» es un sarcasmo) donde mi madre se quitaba de otras cosas para poner dinero en la cuenta familiar y comprarme una habitación. Tenía cuatro años y dormía en una cuna de ese hierro que sabes que en cualquier momento se hundirá por tu peso y, para paliar semejante atropello mi madre me colgó a los pies un payaso horroroso hecho por ella y que, cuando despertaba a media noche, parecía un señor colgado en un suicidio que, si llego yo a saber, me apunto. Mis pies, además de rozar con el pobre muñeco, se salían fuera de la cuna y me levantaba hecha un ocho porque me golpeaba contra los barrotes de hierro. Total, que ella, mi madre, hacía sus cuentas y, cuando creyó que podía retirar la suma por la que podría comprarme una cama y un armario, qué dispendio por Dios! le dijeron en la entidad bancaria que eso lo había hecho su marido antes. Durante la comida, algo que a mi padre le reventaba porque le encantaba comer en paz, sacó la cartilla y le preguntó que dónde había puesto el dinero. «En los forros del coche» le contestó colorado. Entonces descubrí que lo que yo entendía por un héroe no era más que un egoísta al que le importaba nada que a mi me doliera el esqueleto. Mi madre, como respuesta, se fue a comprar mi cuarto a plazos. Cuando llegó mi cuarto y vi que tenía una cama litera, además de un precioso escritorio donde estudiar, supe que llegaba un hermanito o una hermanita a mi vida y así fue.

Yo creía que mi padre me quería que está en ilusiones justo detrás de creer que un ratón te traía una moneda por un diente. Pero entonces vi claro que no, y como respuesta a entender que había preferido a su coche que a mí, me dediqué a tirar de los flecos de colorines de sus forros y dejarlos desparejados. No porque nadie me hubiera dicho que mi padre no era más que un hombre al que le importaba cero, no. Sino porque sentí, en aquel momento en la mesa, que yo era menos que nada para él.

Yo creía que, tal vez, si me esforzaba mucho, y hacia muchas cosas bien, aunque no daba yo pie con bola, lograría su cariño. Luego, cuando descubrí que no sería una dibujante maravillosa como mi primo el mayor, o una bailarina de pro, o una estudiante de manganilla, como todos mis primos paternos, que mi padre circunscribía a los de un hermano suyo, teniendo tres más, cuando, en definitiva, supe que jamás, ni en mis sueños más húmedos estaría yo a la altura ante un hombre que terminó la EGB y que trabajaba desde bien pequeño, al que jamás vi leer un libro pero era capaz de declamar a Lope de Vega porque fue tipógrafo en una imprenta, de quien luego descubrí unos orígenes turbios que dejaban la vida de mi madre a la altura de un cuento de hadas bien naif, cuando me rogó que dejara de molestarlo, como si ejercer de padre le arrancara la piel a tiras, entonces recogí la creencia de que ser padre, ejercer, no era para todo el mundo y la tiré bien lejos de mi vida.

Mi padre fue el que hizo que, mi idea de niña de que las familias eran todas de cuento, era una auténtica mamarrachada, y ahora, en unas vacaciones en soledad con mis hijos, donde mi marido no llama a mi hija para preguntar si respira o si lo hace su hermano, mientras tengo que escuchar preguntas del tipo qué es lo que han hecho mal, yo les digo que, a veces, los padres no somos un cuadro perfecto. Tenemos nuestras luces y nuestras grandes sombras. Por ello pagan los que menos culpa tienen, los hijos. Queda del otro progenitor, si es un poco sensato, aliviar el pesar que queda en el espíritu de nuestros retoños. Y en esas estoy! Pero sin dramas, que aquí, en mi casa del sur, solo hay hueco para la tranquilidad, el descanso y la diversión. Todo lo demás queda fuera, como dicen en Justicia, esperando su momento procesal oportuno.

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