Ayer fui sola con el enano a la playa porque su hermana decidió que un fin de semana, es poco propicio para tumbarse al sol, más si eres autista y la gente o las multitudes mejor, no le van a tu sistema nervioso. Al llegar se confirmaron los pronósticos de mi hija. No había sitio en la orilla. La arena quemaba pero, llegado un punto le dije al peque que se descalzara. No me gusta que toque lo que el agua arrastra con zapatos de la calle. Que hay gente que pasea con playeras por la orilla? Si! Que quiero asesinarlos por incívicos y poco solidarios con la naturaleza? También! Cuando me di cuenta, tocaba con sus zapatillas la arena mojada y zanjé la discusión con un «te das un baño y nos vamos!» Busqué un sitio que quedaba casi donde las duchas del balneario mientras mi hijo, calzado en mano, se disculpaba hasta en latín.
Estuve mucho rato como una madre divorciada o viuda, cuando de repente sentí un llanto enérgico a mi derecha. Era una niña pequeña, que no creo que hubiera cumplido un año, a la que su padre había dado un baño antes de recoger el chiringuito. La sentaron con su madre y el papá le ofreció una tortita con pinta de saludable a quinientos metros. Para apuntalar algo tan superlativamente sano, ella decía y repetía helado a cada mordisco. La cría tenía un carácter igual de enérgico que su llanto, pero sus padres tenían la paciencia de Job y una educación de esas que no pillas en los libros. Dejé de observarlos y me puse a recordar mis días de playa con una niña del mismo tamaño, con un carácter idéntico pero que no podía verbalizar ni señalar qué quería. Una niña con la mirada a ratos perdida, que, en cuanto quedaba suelta en la arena echaba a correr como alma que lleva el diablo, mientras yo la perseguía gritando su nombre. Yo no tuve ayuda del padre, que me soltaba con el equipaje a las puertas de esta casa, sin pasar siquiera a saludar a sus suegros y luego agitaba la mano contento porque yo me quedaba con mi madre y él tenía una lista de actividades enorme a la que hacer check. Debía él quemar la semana o diez días que yo cogía para estar en esta casa que ahora pertenece a mis hermanos y a mí. Yo no podía permitir que aguantara, una pareja de personas mayores que venían a descansar, a una peque que era la reencarnación del monstruo de Tasmania, más tiempo que ese.
Después de esas vacaciones, cogía siempre otras en noviembre, época en que todos los críos se enferman coincidiendo con el cambio de estación y el comienzo del curso. Y allí quedaba yo, sola, agendando médicos y mil historias mientras el padre cogía la puerta excusando actividades del tipo «tengo que traer el barco de un amigo desde tal o cual isla». Cuando le decía que me parecía una desvergüenza me contestaba que comprara una vida, unas amigas, distracciones varias como el poner la lavadora.
«Es curioso» pensé mientras volvía al presente. He hecho todo lo que me dijo que debía hacer para que estuviéramos bien y seguimos igual, o peor, porque uno ve por el rabillo del ojo a la señora de la guadaña y quiere vivir lo que le quede en paz. No sé qué es lo que me impide decir hasta aquí, pero, ahora mismo, estamos a miles de kilómetros sentimentales el uno del otro. Observé a mi hijo que me saludó desde la orilla. Algo he debido hacer bien en tanto en cuanto el peque me busca mientras juega en el mar ajeno al resto del mundo. Me levanté y fui al agua y allí, mecidos por el mar, tuvimos una charla sesuda sobre la calima, lo que era, su alcance y consecuencias. Entonces le hablé que, cuando la abuela estaba ingresada hubo calima en Barcelona. «Me acompañó hasta allí!» Le dije. Me preguntó de qué murió la abuela. Le contesté. Y entonces flotamos un rato en silencio, yo siguiendo los pasos de mis recuerdos y él…él había escapado hacia Avatar.
8 respuestas a “Nuestra primera jornada playera”
Querida Ana, me has hecho sentir muy identificada con lo de las zapatillas en la orilla. A mí tampoco me gusta que se pise la arena mojada con el calzado de la calle y, mientras te leía, pensaba, «No soy la única». Después al seguir leyendo, me ha impresionado la paciencia que tienes, en muchos aspectos… Pero la mía no llegaría ni de lejos a la tuya; yo debo de ser bastante más mala porque con un marido que pasa tanto de todo, yo tal vez habría dicho «hasta aquí» mucho antes, pero hay que verse en la piel de cada uno, para facer cómo actuaríamos. Yo noestoy atravesando un buen momento, como sabes, por eso tal vez Betty todo con tanta rigidez. La pérdida de mi hermana me está costando muchísimo y creo que el cuerpo ha acabado hablando por mí, llevo una semana en la cama con una lumbalgia que apenas me deja andar. Por eso me ha gustado tanto imaginaros caminando por la orilla y dándoos esos baños de mar que siempre parecen poner un poco de paz por dentro.
Te mando un abrazo muy grande para ti y para tus niños y claro, no me olvido de esos pajarillos de tu jardín. ❤️🥰 🐤🐤💝
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Querida Yvonne! Me alegra servirte de distracción ante una situación como la tuya. No eres una persona mala ni el cosmos te castiga por ninguna cosa y yo…yo he sido un poco demasiado permisiva, tanto, que ahora resulto ser la mala de la situación. En fin! Te envío un abrazo enorme y apretado de los que, ojalá! se llevara todo lo malo de tu cuerpo. Un beso enorme preciosa! Cuídate mucho!! ❤️🫂😘💗
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Ay Ana, veo mis erratas al releer mi comentario, perdona y si quieres corregir, hazlo.
Es que hasta me cuesta escribir, aunque sabes que para ti siempre saco un ratito, os tengo muchísimo cariño.
Gracias por ese abrazo sanador, todo pasará.❤️💝🥰
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No pasa nada! Con erratas y todo te entendí perfectamente! Es lo que tiene leerte con el corazón!
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Que te mejores pronto Yvonne. Cuídate mucho!
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Muchísimas gracias!!💝🌷
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Yo me pregunté lo mismo por años, más de 20 años. Y yo no tengo hijos. Hasta que un día… simplemente dije no más y me fui sin mirar atrás. Fue muy difícil y todavía duele. Pero no me arrepiento. Ahora tengo paz. No te presiones. Ese día llega. Un abrazo.
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Muchas gracias por el apoyo y por explicar algo que es siempre doloroso. Si, yo creo que todos los cuerpos tienen un límite y ya al mío le va quedando poco más que aguantar!
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