Pérdidas y ganancias

Hay semanas que pasan sin sentir y, cuando ves la cifra que marca el calendario sientes hasta vértigo, y hay semanas que te pasan como una apisonadora, lenta, arrolladora por completo, sistemática incluso. Esta que voy dejando atrás es una de ellas.

Los problemas aquí en casa no paran de crecer. Entre los que tengo con mi aún marido, los que surgen en casa y los laborales, le sumas sin querer la pérdida de un familiar cercano, en este caso, una prima hermana de mi madre que, dicho así, parece un nadie trascendente, pero que te vio crecer, lo mismo que tú la viste casarse, tener hijos, salir del agujero familiar y disfrutar de sus triunfos para luego caer en una enfermedad, demencia frontotemporal, que la hizo querer abandonar este mundo en varias ocasiones. Al final, ha sido el corazón quien se rindió ante tanto sufrir y, una autopsia y un velatorio posterior te dejan parada en medio de la nada, recordando que no llegó siquiera a tocar la edad de la jubilación y piensas que tu familia, en general, no es muy longeva y cómo deseas vivir los años que te quedan.

Cuando llegué al tanatorio, me encontré con una de sus hermanas y nos pusimos a recordar lo mucho que hemos compartido, el montón de gente a la que hemos despedido juntas, la de fines de semana que pasamos corriendo por la playa, a veces con las toallas anudadas en forma de capa simulando ser unas superheroínas de esas que vuelan tan alto que pueden viajar a otros mundos sin morir por no llevar traje especial alguno.

Las madres de todos nosotros, allí el único marido era mi padre, se ponían en círculo y hacían una especie de terapia de grupo donde se contaban grandes problemas solo a medias no fuera a ocurrir que, alguno de sus vástagos, pillara que su padre, por ejemplo, le era infiel a su madre hacía como un millón de años. Yo me ponía lejos, pero no tanto como para no oír lo que decían y, a veces, pensaba que todas ellas habían elegido malos compañeros de viaje y que a mí no me iba a suceder igual. Espoiler de la vida…si.

Con todas las emociones a flor de piel tuve que ir al trabajo porque, haber compartido con alguien millones de anécdotas no te da para pedir un permiso. Que digo yo que podrían poner un emociómetro y medir cuánto cariño teníamos hacia esa persona y, a razón de los resultados, dejarnos ir a despedirlo como corresponde. Me pasé por la última torre y quise que me fueran adelantando qué iba a trabajar cómo y con quién. A eso se le llama ansiedad. Me presenté a mi jefa, una chica más joven que yo, casada con un magistrado mayor que yo, y que, para que no saliera huyendo despavorida me tranquilizó incluso, diciendo que no hay nadie ocupando mi plaza desde marzo pero que el trabajo se ha ido repartiendo entre todos. Eso se traduce en que ya no llaman a interinos para cubrir esos huecos y la consecuente sobrecarga de trabajo para el resto de la oficina pero eso no lo dice porque ella está a tope con la reforma, a diferencia de mi, que entiende que, cuando llegue y me pongan a remar donde me ha tocado, esto es, en una zona donde no soy imprescindible y con un trabajo que evite que me deje a alguien en prisión más tiempo del debido, no voy a ser la preferida de mis compañeros. Para mí bien, soy capaz de asumir la situación, para los demás, no sé yo. Cuando salí de la reunión a la que acudió otra chica que aprobó conmigo, tuve la necesidad imperiosa de salir de allí y llamar a mi madre para contarle la suerte que había tenido después de 17 años de trabajo. Me paré en seco en el pasillo que conecta las cuatro torres, y, como si viviera mi propio eclipse solar, pasé de la luz a la oscuridad un rato largo. Luego recordé que, seguramente, ella se enterara al mismo tiempo que yo, sin teléfono ni otras tontadas. Y entonces pasó el eclipse y volví a ser luz. Y seguí mi camino…

,

Deja un comentario