El jardín y el genio

Un genio te concede un deseo. ¿Cuál pides?

Ella estaba en la cocina, de pie, mirando el jardín mientras tomaba el primer café de la mañana. De repente, vio algo brillar junto al jazmín que trepaba por el muro situado al fondo del todo. Al principio solo fue extrañeza pero luego, la curiosidad le pudo y fue a mirar qué diablos era aquello.  Al acercarse, vio como un insecto luminoso volando que resultó ser un pequeño gnomo alado medio enredado entre las ramas de un arbusto. Rió por la sorpresa y oyó: «no te rías y sácame de aquí, por el amor de Dios!» Se puso manos a la obra y, en un rato un tanto angustioso, el gnomo salió volando hacia las nubes para luego volver como una bala y situarse frente a ella. «Gracias! Creí que no la contaba!» Le dijo. «De nada!» Le replicó.

Tras un rato de silencio, le preguntó él si podía hacer algo por ella como recompensa. «Algo como qué?» Le replicó. «Bueno! Te puedo conceder algún deseo, pero uno solo porque he perdido mucha energía en mi pelea con esa maldita planta!» Ella se le quedó mirando un rato largo y luego le contestó: «Podrías hacer que volviera a ver a mi madre?» Él se quedó en silencio y luego habló: «A ver querida, concedo deseos, no milagros! Tu madre ya no existe entre nosotros pero está en la energía de todas las cosas que te rodean!» «Pues la vida es bastante más gris sin ella! Y yo no noto esa energía de la que hablas! Menuda porquería de genio eres que no puedes conseguir algo tan simple» replicó llorando.

El genio, al ver sus lágrimas suspiró y dijo: «No puedo hacer que la veas pero sí que sientas esa energía de la que te hablo». Ella lo pensó un momento y contestó: «Vale, me sirve!»

Entonces el genio se puso muy serio y comenzó a murmurar palabras que eran de otro mundo y, al cabo de un rato, el jardín se convirtió en pura luz. Ella comenzó a elevarse y, cerrando los ojos y poniendo los brazos en cruz, comenzó a sentir todo el amor que había entre aquellas ramas, entre aquellas flores. Le atravesó el pecho como una espada y comenzó a llorar pensando en todo el cariño que su madre se había llevado. Luego notó su perfume y, por último, sintió una voz que le dijo: «Vive! Así me sentirás en todo lo que te ocurra. Secaré tus lágrimas en las penas y te acompañaré en tus alegrías. Pero, por el amor de Dios, vive!!!»

Cuando todo acabó miró al genio y este le preguntó: «qué? Qué tal te ha ido?». «Bien!» Le respondió. «Muchas gracias por tu magia!». «Bueno, pues si es así me alegro mucho por ti y me voy a un sitio que no tenga tantas ramas donde pueda volver a enredarme, a disfrutar de cada uno de los días de hoy en adelante. Cuando estaba atrapado pensé que moriría atrapado como un insecto en una tela de araña y, al salvarme, me has dado ímpetu para no perderme nada a partir de ya mismo». «Sabes qué?» Le replicó ella «sin tú saberlo has hecho lo mismo por mí, así que no hay nada que agradecer».

El genio la miró unos segundos en silencio y luego salió volando sin un rumbo fijo, disfrutando de lo que oteaba  desde las nubes. Ella lo miró hasta que desapareció de su vista y luego entró a casa y preparó una mochila. Ella también saldría de viaje sin rumbo fijo y gozaría de todo lo que pudiera ver a ras del suelo. Porque ella y el genio tenían una cosa en común. Querían disfrutar de los años que le quedaran por vivir. Y así sería…


2 respuestas a “El jardín y el genio”

Deja una respuesta