La semana larga

Esta semana que termina me ha dejado un poco triste, aunque yo creo que es por el esfuerzo que he realizado para superarla.

Primero, en el curro. A una de mis jefas le pareció bien acumular varios trámites que había realizado, ir a mi mesa, decirme que estaban mal redactados (lo copié íntegro de mis compañeros) y, sin fijarse en la columna de expedientes de mi izquierda y en mi cara de tristeza porque acabábamos mis amigas y yo de posponer el viaje a Asturias de este mes, me dijo que repitiera cinco documentos que solo verían el compañero de turno y ella.  Nadie más. Me puse a llorar y lo hice llorando a mares. Una charla con mis compañeros y varios ánimos después y volví al tajo porque si algo tengo es que a los imbéciles les doy el tiempo justo en mi vida y ya, antes de salir del curro, me había olvidado de la anécdota porque me había puesto manos a la obra con la columna. Eso sí, lo plasmo aquí para recordar que a la gente como ella siempre bien lejos.

Segundo, el viaje. Decirle adiós a unos días de olvidarme de la maternidad y practicar la palabra amistad ha sido muy duro. Lo hemos pospuesto porque, entre otras, algunas de mis amigas ya son abuelas además de madres y eso es un plus de dificultad cuando quieres volar libre como un jilguero. Llevamos la fecha a abril y cruzamos los dedos para que el karma no nos venga a remover otra vez la vida.

Tercero, el examen de tramitacion al que se presentó ayer mi hija. Para evitar esperarla nerviosa en casa, me fui al gimnasio y me hice una clase con una amiga y veinte personas más. Cuando llegué a casa, preparé todo para cuando ella saliera solo tuviera que sentarse a comer, y, cuando llegó lo hizo con la misma cara que el año pasado y diciendo que no cree haber superado el supuesto práctico. Veremos a ver, que es mi frase estándar a todas las que me lanza la gente en forma de aviso de catástrofe. «Que viene un terremoto»-«veremos a ver», «me temo que he suspendido»-«veremos a ver». Y con esa frase, cayó de la silla donde comía y salió rodando a su habitación donde se enredó con las sábanas para caer en un sueño profundo. Yo hice lo propio en mi cuarto, porque insuflar energía a alguien que la ha perdido toda en una mañana es muy agotador. Al despertar, creí que más que dormir y despertar había resucitado. Y aún me quedaba la tarde y sus coñas, como hacer la compra del mes en un supermercado atestado de gente, que, dicho sea de paso, deben tener mi misma vida social. Cero absoluto.

Por último mi matrimonio. El viernes salimos a hablar de nuestra relación y de el porqué de llegar a este punto. Él comenzó diciendo que yo no era agradecida porque él me había animado a ser funcionaria y me había apoyado todos estos años. Yo contraataqué diciendo que, por si lo había olvidado, las oposiciones las había estudiado, pagado y aprobado yo, y que si se le volvía a ocurrir faltarme el respeto él iría a Boston y yo a California. Volvió a repetirme lo de desagradecida, y yo le indiqué, por si no lo sabía, que decirme eso era faltarme el respeto. A mí y a mi esfuerzo. A mí y a mis sacrificios. A mí y a todo lo no vivido con mis seres queridos. A mí y a mi dinero. Y entonces supo que yo he cambiado y, que o acepta a esta nueva mujer, o le pueden ir dando mucho. No indico qué ni cómo. Tras la conversación, donde hemos dejado claro muchas cosas, entre otras, que debemos buscar ratos de intimidad donde podamos volver a conocernos, a enamorarnos de estos nuevos yo, de disfrutar de un tiempo nuevo donde el enano tiene un papel principal y nuestra chica ya encara sus comienzos universitarios. Con todo, intentaremos reconstruir lo derruído y, o nos sale una construcción fuerte, o nos vamos a crear otras por separado.

Hoy me he levantado, he abierto la ventana y he visto a la gente caminar como zombies hasta la única cafetería que permanece abierta en esta zona los fines de semana y, mientras los observaba he pensado que la vida está llena de momentos corrientes como ese, en el que yo miro a otros mientras ellos y yo desconocemos las batallas vividas para llegar ahí. A esa fotografía. A ese punto vital en el que quieres un café y otra persona observa tu rutina en la distancia.

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2 respuestas a “La semana larga”

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